Ha sido esta mañana, al abrir el armario y encontrarme de pronto con la caja del puzzle de 6000 piezas de los Dolomitas, donde guardo las cartas. Esas cartas que cada vez menos pueblan los buzones, las que están escritas a mano y traen un sello de los de chupar que a veces hasta es un guiño cómplice, si el remitente es detallista. Las mismas que terminan agrupadas según su autor, atadas con cintas de raso (sí, tal y como debía atar la mismísima Madame de Tourvel las que recibía del Vizconde de Valmont...), tan sugerentes por fuera como por dentro. Cartas escritas con esa pluma, y no otra, y en ese papel verde, como las hojas de los árboles, precisamente, porque cuando nos adentramos en el universo epistolar esas cosas son tan importantes...
Me he pasado casi tres horas tirada en el suelo, dentro de un círculo formado por sobres, miles de palabras dirigidas a la que fui y cintas de raso, unas rojas, otras azules, alguna verde... Rodeada de recuerdos tan míos y ya tan ajenos, demasiado dolorosos por lo lejanos.
Hoy me siento triste.

1 dejaron sus dedos sobre el cristal:

  1. Qué frase tan descriptiva... "miles de palabras dirigidas a la que fui". Yo creo que en el fondo todos "seguimos siendo", en ocasiones no es necesario ni releer una carta, basta con tocar esa cinta de raso.

    PD. Casi cinco años desde que escribiste este post, ¿aún eres la misma que se pasó tres horas tirada en el suelo rodeada de miles de palabras?