Hay libros que se leen por obligación, porque es el precio en el que se tasan ciertos aprobados. Su lectura crea fobias difíciles de curar, que los profesores deberían tener en cuenta cuando obligan a leer ciertas cosas a ciertas edades. Una reacción alérgica a la cosa literaria que lleva a más de un lector coaccionado incluso a estudiar carreras de ciencias, con tal de no tener que volver a leer versos ni a hacer comentarios de texto.
Hay libros que según avanzan ante nuestros ojos van borrando su rastro, y si les concedes la prerrogativa de llegar hasta su última página, lo haces porque te puede el gusto por lo impreso, y porque no pierdes la esperanza de que quizás unas páginas más adelante la cosa cambie. Típica actitud de bibliófago empedernido.
Hay libros que se ganan a pulso un sitio a tu lado para el resto la vida, y cada cierto tiempo vuelves a ellos con el entusiasmo y la sorpresa del que se reencuentra con un viejo amigo muy querido, al que los años no han cambiado en absoluto, y que sigue siendo capaz de saber donde tocar para hacerte reír y cuando callar para no herirte. Libros que acompañan y reconfortan tan sólo con acariciar sus pastas, simplemente hojeándolos y entreviendo frases que casi conoces de memoria, abriéndolos al azar y empezando a leer, por cualquier lado, con el mismo gusto que la primera vez.
Hay libros que te emocionan, te impactan de una manera peculiar, hasta el punto de necesitas compartirlos. Guardártelos para ti solo es una actitud demasiado egoísta que resta placer al descubrimiento. Unicamente alcanzan su verdadera dimensión, su auténtica plenitud, cuando consigues que alguien a quien aprecias también los disfrute. Y ese poder compartirlos los hace todavía un poquito más especiales. Si cabe.
Hace tres días recibí uno de estos libros especiales. Y la semana pasada fui yo quien regaló otro. (*)
Gracias a los dos. Por pensar en mí para compartirlo, y por estar ahí para aceptarlo.
(*) El libro recibido es Veinte años y un día, de Jorge Semprún, y el entregado Alto riesgo, de Richard Russo.
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viernes, septiembre 26, 2003
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7:01 PM


