Sus canas nunca me pusieron en guardia. A fin de cuentas, fueron llegando poco a poco, y tampoco son tantas, aún se puede decir que tiene el pelo más moreno que canoso. Las arrugas son numerosas, pero dentro de un orden, sin apergaminar sus rasgos, quizás porque siempre ha sido una mujer delgada, pero no en extremo. Tiene la suerte de ser la dueña de unas piernas estupendas, que no se han visto asaltadas ni por la celulitis, ni por una mala circulación. En definitiva, que salvo el deterioro lógico de los años acumulados, mi madre es una mujer que luce con bastante dignidad sus sesenta otoños. Pero las cifras cantan inmisericordes: mi progenitora está cada vez más cerca de poder apuntarse a las excursiones del Inserso y de obtener las medicinas gratis. Aunque no la veo... No, no puedo imaginármela. Por mucho que me esfuerce. ¿Ella en manada por las playas de Benidorm en invierno, con lo a gusto que se está en casa? ¿En el bingo del hogar del pensionista? ¿Dejándose magrear por un vejete mientras baila un pasodoble? De eso nada.
Pero la realidad es otra: mi madre ya es una señora mayor. Una vieja aún joven, pero a un paso de entrar en la tercera edad. Y sólo me di cuenta de ello ayer. De golpe. En el autobús, una chica le cedió el asiento. Yo me quedé mirándola con cara de susto, como si me hubiesen dado una colleja y no supiera por qué esa niñata encima de pegarme, me sonreía. Pero lo peor de todo fue que mi madre, devolviéndole la sonrisa, le dio las gracias y se sentó. Sin parpadear. Como si fuera lo más normal de este mundo.
No sé cómo lo hago. Siempre soy la última en enterarme de las cosas...
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miércoles, septiembre 24, 2003
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1:01 PM



El tiempo pasa incesante para todos, aunque algunos estemos más alejados de ciertas cosas.
Mirar a nuestro alrededor y comprobar como la edad hace mella en quienes más queremos es algo indescriptible.
Llegará el día en que alguien nos mirará a nosotros, y tras unos instantes, también se levantará de su asiento cediéndonoslo al pensar que nos hará más falta el sitio.
Siempre nos quedará el mar, que al menos para mí, es la mejor terapia para el olvido y el rejuvenecimiento…
Un abrazo.