A veces los recuerdos se incrustan en la memoria, se fosilizan, se funden de tal manera con nosotros mismos que cualquier esfuerzo por desprendernos de ellos es inútil, agotador y frustrante. Una obstinación en permanecer, en mimetizarse como si de un camaleón se tratara, para volver a aparecer, moviéndose lentamente, como una culebra, cuando creíamos haber logrado olvidarnos de ellos. Una resistencia al paso del tiempo, ese que todo lo cura, el que dicen que todo lo borra, que nos lleva a preguntarnos si será posible que los recuerdos indeseables, los que nos hieren, los que nos bloquean, los que nos arañan el alma poquito a poco, reabriendo la herida anterior cuando ya estaba casi cerrada, esos malos compañeros de viaje, serán capaces de seguir ahí, inmutables, incluso cuando nosotros ya nos hayamos marchado...
No me gusta mirar atrás. No es una postura natural, hay que girar la cabeza, torcer el cuello, y las personas estamos hechas para ir hacia delante. Pero de vez en cuando, el pasado me pisa los talones, me toca el hombro y me obliga a mirarle a la cara...
Posted in:
on
sábado, septiembre 13, 2003
at
a las
1:05 PM


