Hoy me siento como esos soldados victoriosos de vuelta a casa, sanos y salvos, enteros moral y físicamente tras una guerra injusta, como todas, pero necesaria, como sólo pueden serlo unas pocas... Batallas ineludibles en busca de una independencia que todos necesitamos, pero que sólo parecen merecer los que mandan, siempre han mandado y quieren seguir haciéndolo. Soldados agotados, conmocionados tras el fragor de la ofensiva, pero felices, merecedores de saborear su triunfo tras una larga lucha, pero incapaces de disfrutarlo como deberían, porque no pueden eliminar de su cabeza la mirada humillada del vencido. Unos ojos que no se resignan a perder.
Y no lo hacen, al final no pierden. No del todo. Porque consiguen de un zarpazo sangriento y destructivo más que si hubiesen ganado antes. Saben del poder demoledor de sus actitudes. Y de sus palabras. Y las usan. Hay cosas que se dicen, a veces ni siquiera delante de ti, pero te llegan con la fuerza de un proyectil, aunque estén solamente cargadas de amargura, pero huecas de significado real. Y no por eso dejan de doler. Mucho.
Palabras de ésas, de las que matan sin dejar heridas, de las que no se toman al pie de la letra, ni falta que hace, esas mismas armas que jamás aprenderé a usar, aunque me vaya la vida en ello, pues ésas las he tenido que escuchar hoy, y verdaderamente, amargan la victoria más dulce...
Y ésta, para mí, lo era.
Lo fue.
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martes, noviembre 11, 2003
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1:30 PM


