Mi primer recuerdo, la primera imagen que se me viene a la mente cuando me remonto lo más atrás posible en el tiempo, es un pañuelo con una Caperucita Roja. La niña con su cestita, camino de casa de la abuelita, y el lobo mirándola, detrás de un árbol, esperando el momento y relamiéndose los bigotes. También recuerdo el silencio. Como si de repente alguien hubiese bajado el volumen del máximo a cero. Y a mi madre, volviéndose de pronto hacia mí, e intentando tranquilizarme, mientras me secaba las lágrimas con el pañuelo de la Caperucita. Pero retumbando aún en mis oídos, los gritos de mi padre. La primera discusión de mi vida. Al menos la primera que recuerdo. Aunque no sería la última.
Esa imagen, esos sonidos, esas lágrimas incontrolables y esa sensación de no poderme mover del hueco de la puerta, desde donde veía la escena, todo eso se impone a cualquier otro recuerdo anterior. Pero me estremezco aún al recordarlo. Y sólo fueron unas voces más altas de lo normal. Algunos insultos. Palabrotas que yo nunca me hubiese atrevido a pronunciar, ¿qué digo pronunciar? Ni a pensarlas, siquiera.
Nunca más volví a usar ese pañuelito sin acordarme de aquel día. Hasta tal punto era doloroso ver ese trocito de tela con la niña sonriente en medio del bosque que cuando iba al cajón de mi madre a por un pañuelo y estaba el de la Caperucita, cogía el de debajo, y metía a la niña de rojo bien lejos, oculta entre los pañuelos de mi padre...
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jueves, noviembre 27, 2003
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1:23 PM


