Soy diestra, lo que implica que mi mano izquierda es una inútil total, una vaga que en su vida ha dado un palo al agua por sí misma, y que se limita a dar apoyo a la otra, y gracias. Y así le va, que no tiene fuerza para levantar ni una jarra de agua sin que la derecha tenga que acudir en su ayuda para evitar un desastre. Aunque no hay más que verlas para confirmar que eso de la igualdad no cuenta entre ellas. Mientras la derecha, a pesar de no tener que desarrollar tareas especialmente duras ni ingratas, deja ver que el invierno la afecta, cuarteándose en los días más fríos, la izquierda se mantiene fina y suave, como si las bajas temperaturas no fueran con ella, como si estuviera por encima de semejante vulgaridad. Cuando la pobre y trabajadora derecha pide a gritos un respiro o, hablando claro, unos guantes de goma, la chulita de la izquierda, que por no hacer ni siquiera carga ya con el reloj, se muestra más blanca y sedosa que nunca, con una arrogancia de niña rica malcriada que restregase su juventud y lozanía a la mujer de la limpieza, tan joven como ella, pero quién lo diría, con mucha más vida, y no precisamente de la buena, a sus espaldas.

Nota mental: comprar crema Neutrogena, la de los pescadores del Artico, antes de que, un año más, los nudillos de la mano derecha me empiecen a sangrar y luego no haya quien arregle el desaguisado. Porque no es plan ir por la vida con una mano digna de una delicada señorita sacada de una novela de Proust, y la otra como la del albañil polaco de la hormigonera de la obra de la esquina...

0 dejaron sus dedos sobre el cristal: