Mi padre tenía la costumbre de pegarnos bronca a mi hermano y a mí cuando, de pequeños, nos caíamos. Sus mayores enfados con nosotros eran ésos, y en lugar de consolarnos y sonarnos los mocos, nos ponía verdes y se acordaba de Dios y toda su familia, para escándalo nuestro, criaturitas ambas a cargo de colegios religiosos. Y los dos fuimos de caernos mucho. De perennes costras en las rodillas, cardenales y rasguños un día sí y otro también. No sé qué temía más, si el agua oxigenada de mi madre o los gritos de mi padre, despotricando sobre mi torpeza.

Con el tiempo dejé de caerme. Pero no de meter la pata o estrellarme de nuevas y dolorosas maneras. Y aún hoy me siguen doliendo más las consecuencias que en los demás puedan tener mis descalabros que mis propias heridas.

¿Y si pensara un poquito más en mí misma?

1 dejaron sus dedos sobre el cristal:

  1. Hay cosas con las que se nace. Y la de pensar en los demás es una de ellas.
    Bien por los avatares de la vida, o por la experiencia que se va adquiriendo.
    Tal vez porque evitamos hacer a los demás lo que no nos gusta que nos hagan.
    O quizás porque somos infantilmente tontos, y anormalmente buenos.

    Aunque… yo casi que me prefiero así.
    Saludos desde la media noche.