Mi padre tenía la costumbre de pegarnos bronca a mi hermano y a mí cuando, de pequeños, nos caíamos. Sus mayores enfados con nosotros eran ésos, y en lugar de consolarnos y sonarnos los mocos, nos ponía verdes y se acordaba de Dios y toda su familia, para escándalo nuestro, criaturitas ambas a cargo de colegios religiosos. Y los dos fuimos de caernos mucho. De perennes costras en las rodillas, cardenales y rasguños un día sí y otro también. No sé qué temía más, si el agua oxigenada de mi madre o los gritos de mi padre, despotricando sobre mi torpeza.
Con el tiempo dejé de caerme. Pero no de meter la pata o estrellarme de nuevas y dolorosas maneras. Y aún hoy me siguen doliendo más las consecuencias que en los demás puedan tener mis descalabros que mis propias heridas.
¿Y si pensara un poquito más en mí misma?
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miércoles, diciembre 17, 2003
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1:37 PM



Hay cosas con las que se nace. Y la de pensar en los demás es una de ellas.
Bien por los avatares de la vida, o por la experiencia que se va adquiriendo.
Tal vez porque evitamos hacer a los demás lo que no nos gusta que nos hagan.
O quizás porque somos infantilmente tontos, y anormalmente buenos.
Aunque… yo casi que me prefiero así.
Saludos desde la media noche.