Si la venganza es un plato que se sirve frío, el rencor es un guiso espeso, contundente, que necesita mucho tiempo y reposo, mucho fuego lento y paciencia para mantener la llama encendida… Tanto resentimiento puede acumular un rencoroso y durante tanto tiempo que incluso llegará a no tener demasiado claro cómo empezó todo, y al final lo único que conseguirá será que el caldo de los reproches se consuma, hasta churruscar la cacerola y quedarse sin nada que sacar a la mesa. Tan sólo con un cacharro ennegrecido, que, encima, le tocará frotar bien a fondo con el estropajo, y que nunca quedará como antes...

Y lo que es peor, teniendo que servir deprisa y corriendo un reseco bocadillo con dos lonchas mal puestas de indiferencia…

0 dejaron sus dedos sobre el cristal: