Dicen que no se valora en su justa medida una cosa hasta que se pierde. No creo que sea cierto. A veces se es consciente de lo importante que es mucho antes, hasta el punto de llegar a notar los efectos devastadores de su futura ausencia cuando nada indica que algún día pudiera llegar a faltar, cuando ni siquiera existe un riesgo cercano ni racional. Pero esa amenaza intuida y tan sólo hipotética, aparte de hacernos pasar un mal rato sin motivo alguno, tiene una ventaja: logra que no sea necesario un peligro real para que veamos lo importante y valioso es eso que tenemos ahí, al alcance de nuestra mano. Es una lucidez dolorosa, la de saber antes de tiempo, la de adelantarse a los acontecimientos, la de acertar casi siempre. Pero es una lucidez justa con las cosas, que permite exprimir al máximo cada momento, cada acontecimiento de esos que sabemos que son únicos.

Cuando decidí volver a trabajar sabía que no dispondría de tiempo para nada de lunes a viernes. Que se había terminado una época, la de la indolencia, las lecturas, los paseos y las reflexiones en voz alta gritadas desde mi ventana: sabía de sobra que tendría que abandonar el blog como lo he hecho. Y ya entonces sabía lo importante que se había convertido en mi vida ese mundo paralelo, esa colmena llena de ventanas a las que me asomaba cada día, encontrándome con sus habitantes y riendo ante sus ocurrencias, dándoles ánimo cuando estaban decaídos o simplemente diciendoles “hola, cuánto tiempo sin encontrarnos en la escalera, ¿no?” Sabía que se terminaría lo de pasear por casas ajenas, y sentarme un rato en la cocina a charlar frente a un té (¿verdad, maRia?). Y lo echo de menos mucho, muchísimo. Pero no por eso he descubierto ahora nada que no supiera mucho antes, algo que ya intuía antes de empezar esto, cuando aún sólo me limitaba a leer blogs ajenos.

No me ha hecho falta perderos un poco para saber lo importantes que sois.

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