Soy una trabajadora temporal, una sustituta de una embarazada, y eso pesa. El ambiente no es frío, pero tampoco cálido. La gente es amable, simpática, pero no cordial, falta ese intento de hacerte parte del grupo, o al menos yo no lo siento. Podría ser cuestión de tiempo, pero lo dudo. Es la cruz de ser una empleada de trabajo temporal, ese desarraigo, ese sentimiento de ser una advenediza útil, pero no necesaria, igual que la cara buena es lo rápido que se encuentra empleo a través de las ETTs.
Un trato educado, pero distante, en manos de una inmensa mayoría femenina. Si el hombre es un lobo para el hombre, la mujer para la mujer no es loba, sino leona, tigresa, hiena y buitre, todo en uno. Ese escalofrío en el espinazo que se siente ante determinados comentarios salidos de boca de mujer no tiene parangón con los ataques más duros, pero frontales, atestados por un hombre. Lo siento por la parte que me toca, pero así es. Y esta empresa es territorio femenino. Territorio mujeril en su mayor parte de la zona sur de Madrid, que mira con desdén y, supongo, que envidia, a los de la zona norte, y no digamos ya si se mueven en un coche como el mío, “Soy la Barbie, y me voy a mi casa con mi Beetle”, escuché por descuido el viernes, entre risitas ahogadas y pitorreo generalizado…
Unas veces por pobre, otras veces por “rica”… No sé cómo me las apaño, pero siempre, de una manera u otra, termino siendo una especie de “outsider”, siempre al margen del grupo, siempre sola…
Debe ser parte de mi encanto, o lo mismo es que me he acostumbrado, pero estoy por decir que ya hasta me mola…
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domingo, febrero 22, 2004
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1:58 PM



En ese trato frió y distante vivo yo permanentemente, mientras sustituyo a quien no se ha ido.
Ese ser el eterno outsider que parece que desde su cima mira hacia abajo. Y que solo conoce la opulencia de lo que parece.
Ese infame que todos los días se va en su gran coche, con su aspecto de tirano medieval que con su mano y su espada rige con despotismo ese feudo que no contempla nada ni a nadie.
Cuando en realidad sigo siendo ese niño asustadizo que un buen día se puso un traje y quiso jugar a ser hombre.
Afortunadamente siempre estará ahí esa soledad en solitario para el triunfador que nunca ha triunfado.