Por si alguien lo había olvidado, o acaso era lo bastante joven para no haber oído hablar de ello, hoy de nuevo la palabra “Atocha” se ve asociada a asesinatos en masa, muerte y espanto. Nadie volverá a coger un tren de cercanías en Madrid sin sentir un escalofrío. No sólo se han perdido vidas de todas las edades, brazos o piernas que jamás volverán a hacer correr a sus dueños. Hemos perdido un poco más de nuestra inocencia. Hoy se ha quedado entre los cristales y los hierros mucha de esa despreocupación que nos permitía montarnos en el tren y echarnos a dormir, dejándonos llevar mientras arañábamos unos minutos de sueño. Ya no podremos encontrar, por mucho que busquemos, esa confianza natural que se tiene en los otros cuando sabes que no has hecho nada por lo que puedan desearte algo malo. Madrid se ha volcado con los muertos, con los heridos, con los familiares. España entera y parte del extranjero llora de impotencia y miedo, y llorará durante mucho tiempo.
Y es que la desgracia une como no lo haría el mejor pegamento de contacto. La adversidad deshace todas las diferencias, como un cubito de hielo sumergido en un vaso de agua caliente. Los reveses duros de verdad, esos de los que su sola narración estremece, consiguen allanar los baches del camino de una manera definitiva, como no lo logran los éxitos más rutilantes. El más sangriento e injusto de los cataclismos, ése que por más que miras no consigues explicar, tiene un algo que no lo hace menos terrible, pero reconforta levemente cuando crees que el sufrimiento lo ha invadido todo y ya no queda sitio para el consuelo.
Porque, mal que nos pese, es así: hay que esperar a las grandes tragedias, a que la vida y las circunstancias tensen la cuerda hasta el límite, para conseguir que aflore lo mejor de las personas. Como ha sucedido hoy.
Ojalá sirviera de algo…
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jueves, marzo 11, 2004
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2:10 PM


