Un día abres los ojos y te das cuenta de que, aún teniendo delante lo mismo, lo que ven no es eso en lo que se contemplaban la noche antes, antes de cerrarlos. Y no puedes afirmar que ves lo que ya no ves. Bueno, sí puedes, pero vivir así no es fácil. Cómodo, quizás sí. Políticamente correcto, seguramente. Pero para nada sincero. Ni espontáneo. Ni llevadero. Es una losa que se puede arrastrar, a veces durante toda una vida, pero a expensas de una existencia falsa, de una coartada elaborada a medida, siempre con la intranquilidad en el cuerpo, de un vivir como se espera de nosotros que vivamos, pero que en el fondo es un sin vivir construido sobre los quebradizos cimientos de la mentira.

Intentas explicar y explicarte lo inexplicable. No pudiste hacerlo cuando el flechazo te alcanzó en el sentido contrario, y tampoco puedes hacerlo ahora. Ni esa persona hizo nada para calarte tan hondo ni ahora tampoco es responsable de que te sea indiferente. Lo malo es que entonces, cuando saltó la chispa, a nadie le extrañó que de la nada saliera tanto, que sobre el desatino se planeara construir una vida entera, que la razón no entendiera las razones del corazón. Ni falta que hacía. Lo mismo que un día te hizo algo parecido a un superhéroe de los sentimientos, un ser capaz de llevar su existencia con las riendas del corazón, hoy hace de ti un ser ruin. Porque se admira a quien se mueve por impulsos, y mediante corazonadas vive, y ama, y se entrega. Pero no se perdona a quien mediante el mismo impulso sin argumentos, sin razones, sin lógica, decide que se acabó, que donde hubo de repente ha dejado de haber también sin avisar, y sin refriegas razonadas de por medio. A un adúltero le salva la fuerza de un amor más fuerte, o simplemente la imperiosidad de su bragueta, pero nada salva al que de pronto ya no ama. Aunque lo haga con la verdad por delante, con la honestidad del asesino a sueldo que mata porque es su obligación, y lo hace con limpieza, casi con mimo, pero sin dudarlo, a pesar de la mirada suplicante de su victima. Es lo que tiene que hacer, aunque duela, aunque destroce, aunque aniquile.

Y es que los flechazos del desamor están tan mal vistos y son tan despreciados como admirados y novelescos son los saetazos del amor.

Cuando ambos son igual de legítimos.

0 dejaron sus dedos sobre el cristal: