Alegrarse por el bien de los demás es quemarse las pestañas con los chispazos de su éxito. Es dejarse rociar por las salpicaduras de su júbilo, unas partículas finas, ligeras como la lluvia de un aspersor en un día de agosto. Una bruma que no moja, pero sin calar refresca, e, inexplicablemente, saca a la luz nuestro lado más juguetón e infantil, y nos hace corretear por el césped buscando y huyendo del chorro como si tuviésemos de nuevo cinco años. La felicidad de la gente que te rodea, incluso la de los desconocidos, es una alegría que no te pertenece, que no va a cambiar tu vida, ni va a solucionar tus problemas. Pero es una prueba palpable de que las cosas, a veces, pueden terminar encajando. Y eso, en sí mismo, es un motivo para sonreír. Aunque sólo sea por poder ser testigo de ello. Por poder mirar al mundo con unos ojos menos sombríos.
Por si algún día, mira tú por dónde, nos toca a nosotros...
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martes, abril 27, 2004
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2:14 PM


