¿Quién no ha mirado con envidia e intriga a partes iguales las ventanas iluminadas de las casas ajenas? Imaginar qué sería de tu vida si hubieras ido a caer en cualquier otro domicilio y familia distintos a los que te han correspondido por el azar. Lugares, las viviendas ajenas, que invitan a ser mirados, donde las persianas no estorban (¿a santo de qué esa obsesión de las madres de echar siempre las cortinas, como si temieran que el sol les fuera a desbaratar todo su esquema vital?). Espacios que dejan entrever cómo se desarrollan unas vidas que parecen tener todos los ingredientes que le faltan a la tuya. Esa sal que tan bien le vendría a unos padres demasiado cuadriculados, tan centrados en la intendencia y en las normas educativas que parecen haber olvidado que la improvisación y el rectificar no siempre traen consigo caos y desbarajuste. Ese perejil verde esperanza del entusiasmo por cualquier pequeñez, el mismo que parece amustiarse con las primeras letras de la hipoteca y las primeras noches en blanco por culpa de un diente que sale o por unas malas notas. Especias exóticas, o quizás no tanto, pero completamente desconocidas para ti, aromas de los que sólo conoces lo que te cuentan los que dicen conocer a alguien que las tuvo una vez a su alcance, pero que jamás has probado y, sabes que, te ha tocado, se siente, tú nunca probarás. Casas ajenas donde vislumbras lo que pudo haber sido, y no fue, ni será nunca. Por suerte o por desgracia. A saber…

Me hubiera gustado haber podido escaparme una noche a una de esas casas tan envidiables, tan distintas a la mía. Aparecer diciendo que era una hija perdida, y quedarme a ver qué tal. Tener durante un tiempo unos padres que castigaran, pero que también me dejaran ir a jugar a casa de mis amigos, porque no les importase que luego ellos vinieran a la nuestra. Dormir en una litera, con mi hermano mayor encima, y mi hermana pequeña en la cuna, en la habitación de al lado. Y comprobar si yo estaba en lo cierto, y la vida allí era mejor, más llena de alegría, de optimismo, sin el sentimiento de culpa flotando en el ambiente, sin riñas, sin rutinas inamovibles y absurdas, sin miedo al futuro y temor al volver la vista atrás... O quizás, por el contrario, yo estaba equivocada por completo, y la casa de mis padres vista desde allí, desde la casa de enfrente, iluminada también ella y con los visillos descorridos, también parecería mejor, más cálida, más llena de vida, sencillamente porque era otra, cualquiera, justo la que no me había tocado.

Lástima que me haya quedado con las ganas de averiguarlo…

1 dejaron sus dedos sobre el cristal:

  1. Best regards from NY! » » »