Supongo que si rectificar es de sabios no llegar a meter la pata es poco menos que de dioses. Así que tampoco hay que ser excesivamente severo a ese respecto, ni con uno mismo ni con los demás. Pero reconocer y enmendar un error, con decir mucho de quien lo hace, y ser fin y principio de muchas historias dolorosas, no suele ser suficiente. No se puede borrar el pasado, como mucho se puede echar una paletada de tierra encima, y pisarlo bien, dejarlo a nivel del terreno, y hacer como si ahí debajo no hubiera nada. Intentar olvidar, y construir encima. Y hasta quizás lograr que crezcan plantas nuevas, hermosas y robustas, fortalecidas por el abono nauseabundo de ese episodio lamentable. Pero eso no aligera la pesada carga del que se siente culpable de lo que ya no tiene remedio, por muchos propósitos de enmienda que haga o por mucho tiempo que deje pasar para intentar cauterizar la herida. Ni el tiempo ni el olvido logran borrar del todo la sombra de la desconfianza en la parte ofendida, ese miedo a que vuelva a ocurrir, esa pérdida irrecuperable de la inocencia, esa ruptura de algo que no tiene pieza de repuesto. Se sabe, ambas partes lo saben, que ahí debajo hay algo feo que puede estar aún activo, como un residuo nuclear, incómodo de mirar, dañino incluso, que si se remueve termina oliendo peor y hasta puede quemarte las manos. Los mismos restos del naufragio que otras veces el paso del tiempo, el dejarlo estar y el seguir adelante sin mirar atrás terminan por fosilizar, convirtiendo un episodio dramático en un resto arqueológico curioso, un vestigio del pasado que termina siendo inofensivo, e incluso despierta el asombro el día en que vuelve a ver la luz.

Los errores pesan. Mucho. Y lo peor es que es una carga personal, intransferible e indivisible. Un lastre del que sólo el que ha errado puede ir deshaciéndose. Poco a poco. O de una vez. Un milagro que sólo empieza a tomar forma el día en que empiezas a perdonarte a ti mismo.

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