Hoy ha sido uno de esos días en los que, al volver a casa después de todo el día fuera, te das cuenta de que no eres la misma que salió pegando un portazo horas antes. Bueno, sí, eres la misma, y eso es lo más curioso de todo: que sin haber hecho nada para dejar de ser la que vienes siendo desde hace tiempo, ves con asombro cómo bastantes cosas respecto a ti han cambiado de repente, en un pestañeo, con un simple y favorecedor “sí” pronunciado por la persona adecuada en lugar de un igual de modesto pero demoledor “no”. Y te encuentras mirándote con el mismo asombro y sorpresa divertida que en otras ocasiones es estupor y pánico, asistiendo al azaroso capricho de las circunstancias que, sin saber por qué, unas veces te permite salvar un abismo de vértigo sin esfuerzo mientras que otras hace que te estrelles con sólo pisar un poco de arenilla…

Hay quien dice que es cuestión de suerte, y algo de eso hay, porque en esta vida, y no digamos en el mundo laboral, siempre está bien estar en el momento preciso en el lugar adecuado con las personas correctas que justo ese día tienen el humor exacto para que las cosas te favorezcan. Pero creo que en situaciones como la que he vivido hoy, reducirlo todo al destino es negarse algo que, sólo porque no se vea, no quiere decir que no exista. Y es porque se trata de un proceso lento, casi imperceptible, como el de las estalactitas y estalagmitas, que para el espectador casual no es más que gotas de agua cayendo y perdiéndose entre las piedras, pero no así para el observador atento que sí sabe lo qué está ocurriendo y lo qué ocurrirá si espera el tiempo suficiente.

Hoy me siento estalagmita. Una forma fabulosa y espectacular que ha brotado en medio de la empresa, que nadie (si hasta yo tengo mis pequeñas dudas…) se explica de dónde ha salido, y que sólo hace unos meses no era más que un charco de agua sucia...

0 dejaron sus dedos sobre el cristal: