Cuando era pequeña, me encantaba ver en las películas ese momento en que el camarero de un bar más o menos decadente o lujoso, según el caso, nada más entrar el protagonista por la puerta ya se disponía a prepararle un whisky con hielo, mientras le saludaba con un "Buenas noches. ¿Lo de siempre?". El guapo de turno asentía, se tomaba el whisky en silencio, bajo la mirada respetuosa del barman, pagaba y se iba, dejando tras de si el bar de nuevo vacío, como si sólo tuviera sentido y realidad mientras él estaba ahí.
Ahora que ya no soy pequeña, cada día, después de comer, me dejo caer en un bar, como uno de esos héroes perdedores y desgraciados que ahogaban sus penas en alcohol. Yo no soy tan glamourosa y ni siquiera me he emborrachado jamás, así que sólo me tomo un café que me ayude a alejar de mi la modorra de la hora de la siesta, pero igualmente me sorprendo casi como si fuese capaz de desdoblarme. Y como si mirase a través del ventanal, desde la calle, me veo ahí, algo distante, aunque amable, con ese punto misterioso que tienen las mujeres solas que toman algo sin nadie a su lado, escuchando a una camarera preguntarme sonriendo "¿Un café con leche, verdad? Y observo la escena, yo con mi libro, en el sofá, junto al ventanal, conmigo misma, en una isla de soledad buscada, deseada, necesaria...
Y entonces, mientras me caliento las manos con la taza y dejo vagar a mis pensamientos prisioneros durante toda la mañana por la disciplina laboral, la camarera calienta leche mirándome de reojo, y yo me sorprendo pensando que, después de todo, a veces la vida te sorprende encajando piezas diversas cuando ya ni siquiera te acordabas de que tenías un puzzle en el armario. Y sonrio, con la certeza cada vez mayor de que mi madre se equivocaba cuando decía que algunas cosas sólo pasaban en las películas...
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jueves, enero 20, 2005
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11:02 PM


