No puedo dejar de leer los diarios de Andrés Trapiello desde que empecé con “El Gato Encerrado” hace algo más de un año tras leer un post de Trapo, en aquel tiempo aún encarnado en Mi Boli Bic. Creo que no me había sentido así, con esta impaciencia y este afán por querer leerlo todo, desde aquellos lejanos tiempos en que devoraba los libros de Los Cinco. Entre aquel primer libro de Trapiello y “Una caña que piensa”, que se me acaba a poco que me ponga dos ratos este fin de semana, he entremezclado otros libros y otros autores, claro está, pero lo cierto es que sabiendo que este hombre tiene diarios publicándose constantemente y que aún ando por 1993, me encuentro atrapada en una espiral de la que no puedo, ni quiero, salir. Leo un libro, máximo dos, y no puedo evitar coger el siguiente tomo del “Salón de pasos perdidos”, y volver así a zambullirme en las reflexiones de Trapiello sobre lo divino y lo humano. Su mundo, esa vida que él dice aburrida y que objetivamente quizás lo sea, es un delicioso microclima en el que me encuentro tan bien que quizás comprenda ahora mucho mejor que antes la avidez de ciertos lectores de blogs con sus bitácoras favoritas. Ese colarse en el mundo interior de alguien, y encontrarse bien ahí, y lógicamente querer más. Ese afán por volver sobre lo leído, e increíblemente sacarle sustancia una y otra vez, descubrir matices nuevos, quedarse pensativa por una frase, por un adjetivo colocado tan primorosamente bien que una siente un escalofrío atravesarle el espinazo.
Ese mirar y reconocerse...
Posted in:
on
viernes, febrero 04, 2005
at
a las
4:41 PM


