El verano no me gusta, no sólo por el calor, que me atonta, me atolondra y me anula, sino por esa obligación insana de pasárselo bien por huevos, de estar guapo y delgado por decreto ley de todas las portadas de revista, de ligar o morir en el intento, de tener que contar historias acojonantes a tu vuelta de algún lugar aunque no te haya pasado nada interesante, de huír hacia cualquier parte, donde sea y al precio que sea, aunque sea al puto pueblo que tanto odias, el caso es salir, como si la casa propia quemase y hubiese que salir pitando de ella en cuanto toca pasar bajo su techo más de las horas reglamentarias de cenar, dormir y desayunar.
Ya, ya lo sé. Seguramente me trague mis palabras a los tres días de desconexión y luego no quiera volver al tajo ni atada. Y lo más probable es que el fresquito de la Douce France consiga que me lie a escribir posts como una loca en una libreta, y lo primero que busque en los pueblos que visite sea el cibercafé para poder colgarlos. O lo mismo no tengo ni tiempo ni ganas de escribir nada hasta que vuelva. Y que cuando vuelva, ya no tenga sentido ponerme a contarlo. No tengo ni idea.
Bueno, pues eso. Que el viernes me voy. Pero volveré. Yo siempre vuelvo. Igual que el otoño, que es lo bueno que tiene: que siempre termina por volver.
Lo malo es que el verano, también...
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martes, julio 26, 2005
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a las
8:38 PM


