A veces creo que mi destino está irremediablemente ligado a mi incapacidad de decir “no” sin sentirme mal. Y es que no distingo si me siento peor cuando digo “no” y veo el efecto nefasto que para mí tiene, o cuando soy débil y digo “si” cuando realmente lo que quiero decir es un “no” rotundo y cabrón, de esos que abofetean ya no tanto por lo que traen consigo sino por el factor sorpresa y el respingo que pega el que espera un “sí” que parecía inevitable. De esos que hacen que la gente, después de soltarte un “no” que te deja k.o., se vaya con una sonrisilla de gusto y autosuficiencia que yo jamás he sentido. Y que reclamo el derecho a conocer. Estoy harta de decir “si”. De ceder. De priorizar siempre a favor de los demás y dejar para el final de la lista lo mío, que siempre puede esperar. De sentirme mal. De saber que me sentiré mal y que luego me sentiré peor por saber que así sería y no haber hecho algo.
(*) ¡Ay, pero qué a gusto me he quedado!
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martes, julio 12, 2005
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a las
9:04 PM


