La sinceridad es como esa ropa muy de vestir, elegante, fina, delicada de mantener, de la que todos tenemos alguna prenda en el armario y que, por lo difícil de combinar solemos ponernos contadas veces. Es más fácil tirar de vaqueros y camisetas, e ir no sólo más cómodos, sino tener muchos menos problemas a la hora de lavar, ya que basta con meterlo en la lavadora y, a veces, ni siquiera plancharlo. Pues igual pasa con eso de decir lo que uno piensa en los momentos más inoportunos: es incómodo, políticamente poco correcto, impopular, y la mayor parte de las veces te trae más problemas que otra cosa. Sería mucho más práctico terminar diciendo lo que se supone que debes decir, lo que es más favorecedor para ti, lo que contribuiría a hacerte mucho más popular y reconocido, eso que te unirá a la masa en lugar de separarte de ella, convirtiéndote en un traidor y un renegado. Es cuestión de gustos (o de carácter, en este caso) decidirse por un estilo formal y muy de vestir o por lo "casual" o decididamente "grunge". O cuestión de carácter, en este caso…
Si mi pecado viene por ser sincera sobre mis temores, o lo que es lo mismo, por decir lo que siento o pienso, creo que voy a seguir pecando muy, muy a menudo. Tal y como lo vengo haciendo desde que abrí esta ventana, un lugar donde, afortunadamente, no me he autocensurado nunca, ni tengo intención de hacerlo. Porque me siento libre para poder ser sincera... Y esa libertad es algo que está por encima de filias y fobias, de lo virtual y de lo real, de la gente y del mundo entero. Porque es algo que me pertece.
Sólo mío.
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jueves, septiembre 01, 2005
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10:59 PM


