Fue la primera noche de mis vacaciones. Cuando apenas era consciente de mi libertad de tres semanas, lejos de los grilletes laborales, con la cabeza aún llena de cosas dejadas a medias, problemas por resolver que, como bolas de nieve, me sepultarían a mi vuelta. La culpa la tuvo la oscuridad, claro, pero sobre todo ellas: mis sandalias de dedo rosas. Las recuperadas in extremis de su final en el contenedor de la ropa usada.

Si no las hubiese llevado puestas durante el viaje, igualmente me habría tropezado en la oscuridad del aparcamiento, al ir a buscar la maleta para coger el pijama y acostarme. Estaba escrito, seguramente. Y lo que también es seguro es que con cualquier otro zapato no me hubiese destrozado contra un bordillo los dedos de los pies de la manera dolorosa y espectacular en que lo hice. Dejando mi rastro sanguinolento como si me hubiesen pegado un puñetazo en la nariz en una refriega, visible e impresionante a la luz de la mañana siguiente al lado del coche. Si mis sandalias hubiesen acabado en los pies de otro después de dejarlas en el contenedor de la ropa usada no habría tenido que pasar la mitad de mis vacaciones con los pies helados (los Alpes Franceses no perdonan ni en Agosto…), obligada a llevar puestos los únicos zapatos posibles para conseguir que las heridas se secaran y terminaran saliendo unas costras como no recordaba desde los diez o doce años, cuando me caía de la bici o derrapaba de mala manera jugando al rescate y siempre tenía las rodillas en carne viva.

Pero no hay mal que cien años dure, ni heridas, por profundas que sean, que no terminen convertidas en una costra dura que, cuando menos te lo esperas, termina cayéndose sola y perdiéndose entre las sábanas mientras duermes.

Y las cicatrices, tan rosas e impresionantes al principio, se desdibujan poco a poco, cada día un poco más, y dentro de un tiempo sólo yo sabré que una noche de verano unas sandalias salvadas en el último momento, mis sandalias preferidas, esas supervivientes traicioneras, me hablaron dolorosa, pero contundentemente, y a su manera me dijeron que si yo no pude deshacerme de ellas por unas sandalias más nuevas y bonitas, tampoco ellas querían dejar mis pies.

De momento ahí siguen, en mi armario… Y si mi casi abandono les hirió en lo más hondo, su venganza ha lavado, sobradamente y con mi sangre de por medio, la ofensa cometida…

Volvemos a estar en paz, mis sandalias rosas de dedo y yo…

Hasta el verano que viene.

6 dejaron sus dedos sobre el cristal:

  1. La parábola de la sandalias? La has sacado de la biblia?. Me alegro de que las heridas cicatricen. (Y de que los pies aventureros regresen maltrechos pero a salvo)

    besos

  2. Estaba escrito que tenias que pasar las vacaciones completamente desnuda de empeine para abajo. Es lo que tiene ir en contra del destino.
    Bienvenida y espero que todo haya pasado.
    Besos.

  3. Ya intuía yo que lo de las sandalias traería cola... Pero de todo, me quedo con el final, con ese "hasta el verano que viene". Me alegra esa sensación de seguridad que transmiten las estaciones y su impasible cadencia y sucesión; me gusta pensar en ellas como segundas oportunidades, o terceras, o cuartas...incluso para un par de viejas sandalias.

    Feliz regreso (if possible)

  4. hey Teresa! Se te ha roto el RSS...

  5. Jodidas chanclas. Has hecho bien en guardarlas. Tienes unos cuantos meses para pensar en darles un buen escarmiento. Ya sabes lo que se dice de la venganza y tatatá de sus temperaturas, ¿no? XDDDDDDD (dientes, dientes)

  6. espero que la belleza de tus pies no se vea alterada, que hermosos son los pies de una mujer. Bienvenida Teresa. Alcaide brubaker