Es curioso como, en un abrir y cerrar de ojos, las cosas cambian. Y no hablo de cosas tan trágicamente definitivas como darse cuenta de lo fácil que es estar vivo y dejar de estarlo, por ejemplo: eso es tan evidente y tan radical que mejor no pensarlo… Me refiero a situaciones que, sin que tu hagas nada, dan la vuelta a la historia y ponen patas arriba lo que parecía inamovible. Giros del destino que cambian tu posición radicalmente, al extremo opuesto y hacen que todo el andamiaje sobre el que se había construido tu reputación o la imagen que los otros tenían de ti caigan como un castillo de naipes tras un estornudo. Movimientos reveladores de otra gente que dejan a la vista cosas tuyas que quizás tú llevases años intentando hacer ver sin éxito, detalles que hasta entonces nadie vio y que de pronto y sin que tú hayas movido un dedo brillan con luz propia. Hundimientos rápidos, como un pestañeo. Ascensos fulminantes, con la velocidad del pensamiento.

Cangilones de una noria que gira y que se detiene en seco cuando sus ocupantes menos se lo esperan. Quedarte arriba, sintiendo vértigo y al borde del ataque de nervios, en medio, vomitando la primera papilla, o abajo, tan pancho y listo para salir corriendo a montar en otra atracción, no es algo que uno pueda ganarse siempre por méritos propios, ni siquiera por enchufe: es demasiadas veces cuestión de suerte.

Caprichos del destino, lo llaman…

2 dejaron sus dedos sobre el cristal:

  1. Absolutamente de acuerdo con el primer párrafo y con el segundo. Lo que también es cierto es que hay que saber estar cerca del lugar por el que esa suerte suele pasar, y perseverar en el empeño de atraparla..., claro que esto solo sirve para la buena suerte, creo que para la mala...la cosa no es tan sencilla.

  2. Sí, Almach, estar en el momento justo y en el lugar oportuno, ayuda bastante...