Un día te descubres un cardenal tremendo en el muslo, de esos que pasan del negro más fúnebre al verde olivo o el amarillo canario, y, por más vueltas que le das, no logras saber cuándo ni cómo te diste semejante golpe. No recuerdas nada, pero está claro que en algún momento te debiste pegar contra el pico de la mesa de la oficina, o quizás fuese el espejo retrovisor de ese coche azul que tan pegado estaba al tuyo, y que te obligó a pasar de medio lado entre los dos. Pero no. Piensas, y piensas en situaciones posibles, pero aún más te desazona no recordar el dolor del impacto. ¿Cómo es posible que el golpe que ha hecho salir semejante moratón no te doliese?
Supongo que muchas veces habré herido a la gente así, haciéndoles cardenales sin yo saber cuándo, ni cómo, y luego he visto espeluznada cuánto dolor he llegado a causar sin quererlo, o, al menos, sin ser totalmente consciente del alcance de mi puñalada. Esa ignorancia no me hace más inocente, ni a mi estocada menos ponzoñosa, ni a la herida menos honda. Sin embargo, supongo que algo redime la inconsciencia…
Porque herir a los demás de forma intencionada exige una predisposición de egoísmo, de instinto de supervivencia, que a mí me falta demasiadas veces. Un instinto agresivo y depredador que no va conmigo, y cuya carencia tantas veces me deja sin argumentos para medirme con las fuerzas violentas e inesperadas de las embestidas de la vida. Y sin embargo, también soy consciente de que, aunque tiendo a ser más paloma tontorrona y desorientada que halcón osado y pendenciero, alguna que otra víctima tengo a mis espaldas. Las muescas en mi revólver están ahí, bien profundas, y algún que otro pajarraco, más débil y desvalido que yo, ha caído picoteado inesperadamente por mí. Mis fantasmas de las navidades pasadas suelen visitarme y pedirme cuentas en cualquier momento, cuando menos lo espero. Aunque sé que no puedo deshacer lo que hice, y eso me atormenta en muchas ocasiones, sencillamente porque, a pesar de todo, sé que actuaría de la misma manera si la historia se repitiese.
Quizás, en el fondo, no sea tan distinta al resto de la gente…

8 dejaron sus dedos sobre el cristal:

  1. Cuando sólo hay dos opciones y una de ellas es evitar que nos hieran, sería de tontos elegir la otra. Puro instinto de supervivencia emocional, Teresa...
    Otra cosa es herir por herir. O que alguien se sienta herido sin haber sido agredido.

  2. Lo peor es herir sin querer hacerlo, y darte cuenta del alcance del daño, Angelusa...

    Sé de lo que hablo.

  3. Todos tenemos dos caras distintas,o dos conciencias.Optar por el "angelito" suele ser siempre lo mejor,pero en ocasiones no podemos evitar que salga el "diablito" y actue casi sin darnos cuenta.Al final,las acciones del "angelito" son más que las del "diablito";o eso,o se es un pedazo de .....,que los hay también,y a patadas.
    Yo,por mi parte,prefiero que me crean tonto a .....

  4. Buenas Tere, en tu primer párrafo, a mí también a veces me pasa que tengo un moretón y no sé ni cuándo, ni dónde, ni cómo me lo hize, supongo que estaba dormido cuando pasó eso, lo sé porque una vez desperté con un cachete hinchado por una mordida que yo solito me dí, supongo que soñaba que me comía un churrasco grueso.

    Sobre tus párrafos de enmedio, de eso de herir por accidente (sin intención), Tranqui!!! no fue tu culpa, si pasó fue por algo. Sólo Dios sabe por qué hace las cosas.

    Y sobre tu último párrafo prácticamente estás describiendo mi otro yo, el que tengo que dejar salir cuando tengo que defenderme de todos los ataques que recibo. O hasta cuando tengo la necesidad de atacar lo hago, pero nunca lo hago sin razón ó sin motivo alguno.

    Tere, te quiero. Besotes, abrazotes y saludotes.

    Sweet Dreams, de todo Corazón:
    Arthur

  5. Sí, Javi. En realidad las personas somos más parecidas entre nosotras de lo que creemos...

    Arthur, ¿cómo haces para lograr sacarme cada vez que comentas una sonrisa? Sigo pensando que no puedes ser real...

  6. Jaja! Ay Tere, lo mismo pensaba yo cuando cuando el boludo que les platiqué que se fue me sacó de un bajón tremendo y ahora que se fue sigo pensando que es un ángel, de todas formas también su nombre es Angel.

    Así soy yo, me gusta dar esas pequeñas, pero fabulosas alegrías.

    Otra vez, grazzir por considerarme un dador de felicidad.

    Saludotes, abrazotes y besotes.

    Sweet Dreams, de todo Corazón:
    Arthur

  7. Yo me lo pienso mucho, muchísimo, antes de herir a conciencia. Es más, casi nunca suelo hacerlo, salvo en casos de abuso o injusticias. Cuando llega el momento, suele ser devastador, porque es consecuencia de una rabia largamente acumulada. Y nunca da satisfacción, sólo dolor. Pero a veces es necesario. De lo contrario, muchos sinvergüenzas camparían por sus respetos. Un besazo, Tere.

  8. Sí, Arthur, ya ves, no estoy de acuerdo para nada con tu señora madre...

    La ira de un manso, querido Rythmduel, suele ser terrible...