Una vez alguien me dijo que las personas somos islas. Trozos de tierra rodeados de soledad por todas partes, flotando en el océano de la vida. De vez en cuando, uno de estos islotes se cruza con otro, y durante un tiempo comparten el mismo horizonte, pero las corrientes submarinas suelen ser traicioneras y terminan por llevarse lejos a uno de ellos, mientras que al otro se le queda cara de tonto y el corazón vacío. En otras ocasiones se produce un fuerte impacto entre los dos, y las consecuencias pueden terminar siendo desastrosas: el atolón vuela por los aires, y cuando todo ha pasado, uno termina encontrando fragmentos de corazón ajeno en los lugares más insospechados.
El istmo de tu amor.
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domingo, enero 20, 2008
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a las
9:43 PM



E historias así es lo que anima a uno a seguir navegando por mares en busca de alguna isla.
Oye, ¿y hay alguna relación entre el post y el hecho de que me hayas incluido en los enlaces?
:-)
Gracias.
(Llevaba leyéndote varios días ya en el -¡selectísimo!- Círculo Solana. Muy bonito, por cierto, tu bautizo, que reproduces en el post anterior)
Bicos.
Sí, Susej. Es curioso lo mucho que las historias de los otros pueden animarnos a seguir adelante...
Bueno, M., no seré yo quien rompa el misterio... Pero te diré que estoy viviendo días intensos. Si tú apareces por aquí precisamente ahora... No, sé, no sé... No, ahora en serio, yo te conocí leyendo tus comentarios en el Círculo y en los blogs de varios de sus miembros. Es un honor tenerte por aquí. De verdad.