Niños correteando por el salón de bodas. Vestidos vaporosos de damita de honor, zapatos Merceditas y flores en el pelo, ellas. Pelo engominado de punta, corbatas y chalecos en miniatura, versiones reducidas de papá, ellos. Son los hijos de mis primos. Un ramillete de chiquillos que parecen surgidos de la nada, pero que han ido apareciendo poco a poco, a pesar de nuestra falta de contacto, testimonio palpable de que el tiempo pasa, y la vida sigue, repitiéndose de manera tan milagrosa como simétrica, tan caprichosa como metódica. Un puñado de arruguitas nuevas en los ojos da fe de los años transcurridos desde la última boda en que nos vimos, y también los kilos que esconden a los chicos flacuchos y nerviosos que fueron un día. Ahora llaman a sus hijos para la foto con la novia de hoy, pero sonríen igual que hace tantos años, más de treinta, los de mis mejores recuerdos de infancia, junto a ellos. La misma cara pícara que cuando mataban lagartijas con tirachinas, el mismo gesto travieso del que siempre ganaba a los otros corriendo, la misma sonrisa embaucadora de la única niña entre cuatro hermanos, capaz de ganarse al padre más severo… Hay cosas que el tiempo no borra ni cambia, por mucho que lo intente, por mucho que nos empeñemos en cerrar los ojos y volverlos a abrir veinte años más tarde. Y si las cambia, es sólo en apariencia. Porque ayer escuché las mismas carcajadas descontroladas e incontrolables, idénticas a aquellas que volvían locas a nuestras madres, a su tía y la mía, cuando éramos nosotros los que nos aburríamos juntos en la iglesia, y trotábamos sin control entre los camareros sofocados y en equilibrio inestable con sus bandejas llenas de gambas y langostinos. Son otros, sí, pero no tan distintos a los que fuimos, ésos que ahora se colocan junto a la chica vestida de blanco, siguiendo las instrucciones del fotógrafo, los pequeños delante, los mayores detrás, aunque las madres de entonces sean ahora las abuelas, las que gritan intentando reunir a la manada en desbandada por la plaza del ayuntamiento: “Venga, todos los niños, una foto con la novia…”.
No sé si el novio merienda todavía bocadillos de chopped de lata, del cuadrado, como en la foto. Yo, no, aunque a veces lo veo en la tienda, y me acuerdo de lo rico que estaba. Hace siglos que mi abuela no vive en esa casa, la derribaron hace mucho tiempo. Sin embargo, él me dedicó ayer la misma sonrisa de entonces, idéntica, al despedirme de él, pasada la medianoche, cuando me dijo lo mucho que se alegraba de que hubiese ido a su boda…
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domingo, marzo 30, 2008
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2:34 PM




Muy cierto que "hay cosas que el tiempo no borra ni cambia" , por muchos años que les eches encima , siguen los mismos gestos Asusta un poco ver como se repiten las historías , y solo cambian los decorados.
Precioso post... justo cinco años después.
Feliz aniversario y muchas gracias por dejar que nos vayamos asomando
Permitirnos un alto y retomar el contacto con nuestras raíces es bueno. Puede ser duro, pero es bueno, porque te hace ser consciente de muchas cosas.
Un beso, Teresa.
Sí, Jaume. Asusta bastante. Pero es lo que dice Portorosa, a veces sirve para reubicar algunas cosas, y para darte cuenta de que nada cambia, o si lo hace, es para que todo siga siendo igual...
Ayer estuve en una boda. Cada vez tengo la sensación de que vivo la misma experiencia una y otra vez. Los mismos ritos, las mismas caras, los mismos gestos. No es necesariamente malo, pero cada vez voy con menos ganas. Menos mal que nos queda la gastronomía.
¿La Gastronomia? Pero si son las mismas gambas de cuando yo usaba coletas, Sr. Bedel. Y el mismo mero con salsa y patatitas cocidas...
Pero claro, si es por salir del sota, caballo y rey de su régimen... lo entiendo, claro...
La vida se repite, y se copia a si misma sin ningún rubor, tan solo nosotros pretendemos tontamente creer que somos únicos, que fuimos especiales y que vivimos situaciones extraordinarias. Entonces llegan momentos como el que relatas en tu post y eso nos hace abrir los ojos y descubrir que entre dos fotos de boda con 30 años de diferencia lo único que cambia es que el Renault 12 que se veía al fondo ahora es un Megane, y que la mamá que sostiene por los hombros a la niña de las coletas, probablemente para que no eche a correr persiguiendo a algún primo que le saca burla, eres tú, más alta, más seria e indefectiblemente, más cansada.
Un beso.
Sí, Vicent... No sabemos bien hasta qué punto se repite la historia, sólo nos damos cuenta en un momento concreto de nuestra vida, cuando toca, hasta entonces nos creemos originales, innovadores y únicos, pero no es así.
Teresa, Juraria que recuerdas incluso lo que pensabas en el instante captado por la fotografía... Aquellos momentos fugaces, etéreos, que se mantienen caprichosamente en nuestra memoria, por mucho que pase el tiempo. Sin saber porqué.
Jo, ¿Será verdad que los retratos nos roban el alma?
Un beso.
Dejavu.
Jolín. Qué bueno, qué bonito... y qué barato.
El texto, digo.
(Lo de barato lo digo porque sólo hay que darle a un click).
Aunque lo mismo -casi- se podría decir del Chopped.
Que me ha gustado mucho, quiero decir.
Besos.
Dejavu, recuerdo que el bocadillo era de chopped, no sé si eso responde a tu pregunta... Pero creo que sí, que las fotos nos roban una parte, pequeñita, pero nuestra, que se queda ahí en la foto, igual, inmutable, para siempre, aunque nosotros cambiemos...
Muchas gracias, Conde...