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sábado, mayo 10, 2008
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1:18 PM
10
dejaron sus dedos sobre el cristal
Dejé de correr por las mañanas porque no podía con mi alma por las tardes, y a eso de las 21:30 el cuerpo no me pedía otra cosa que irme a la cama. Y, la verdad, eso no era vivir. Sin embargo, aquí estoy de nuevo, poniendo el despertador a las 06:07 tres veces por semana y corriendo cuando aún no han puesto las calles y ni siquiera los dueños de perros están paseando a sus mascotas. Y no, no es que de repente me haya entrado la furia de la operación bikini, ni me haya vuelto vigoréxica perdida. Qué va. Deportista no seré, pero sí disciplinada en lo que a los médicos se refiere. Y cuando uno te dice que o hago ejercicio de manera regular o mi calidad de vida se deteriorará a pasos agigantados, porque me asfixiaré en cuanto dé dos pasos, y seré una ancianita ahogada dentro de menos de 20 años, sacas de nuevo el pantalón corto y te pones las pilas.
Lo más gracioso de todo es que esta vez no sólo aguanto bien el tirón, y no me duermo por los rincones, sino que le estoy encontrando el gusto a lo de moverme. Llego a la oficina con una energía y un ánimo tan efervescente que no me lo creo ni yo, pero es un hecho tan palpable y tan gratificante que creo que me tendré que tragar todas mis palabras sobre la inutilidad de correr cuando no vas hacia ningún lugar. Correr me gusta (¡cielos! ¿Yo estoy escribiendo “eso”?), me produce un placer que aún no me explico, pero que es tan real como la camiseta que me quito chorreando después de media hora de carrera. Y creo que quizás entiendo el por qué de que haya sido este deporte, el de correr, el que finalmente ha logrado dar en el blanco conmigo, incluso salvando la circunstancia tan particular, lo de la prescripción facultativa, y consiguiendo que la obligación se esté convirtiendo poco a poco en devoción: porque va con mi forma de ser, con mi carácter. ¿Qué se necesita para correr? Nada, es decir, un par de zapatillas que todo el mundo tiene en el armario, y la calle. Ni instalaciones deportivas, ni vestuarios, ni duchas, ni más gente con la que tengas que ponerte de acuerdo para nada. Tú y tus piernas. En cualquier parte. A cualquier hora. Tú y tu ansia de superación y de hacerlo mejor.
Me encanta cuando la vida me sorprende.
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miércoles, mayo 07, 2008
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7:56 PM
7
dejaron sus dedos sobre el cristal
LA HUIDA O EL AMOR
LA HUIDA
Le rompió el corazón como el que explota plástico de burbujas de embalar. Disfrutando de cada chasquido, primero con lentitud, intentando prolongar al máximo el placer de cada pequeño estallido. Luego con fruición nerviosa y algo frenética, cada vez más acelerado el pulso, sabiéndose ya incapaz de poder parar, es más, sin querer poder parar hasta no dejar ni una sola de esas pompitas por reventar. Disfrutando del vértigo de saberle vulnerable, gozando de un poder ilimitado para destruirle, tan grande como fue el de crearle desde la nada más absoluta en la que le encontró. Y así siguió, con él en sus manos, dueña de su final como lo fue de su principio, sabiendo que ese corazón propio latiendo en un pecho ajeno no soportaría ni una explosión más. Y sin embargo, incapaz de detenerse hasta dejarlo hecho añicos. Hasta que no hubo ni una sola pompa más que explotar, y en sus manos sólo quedó un trozo de plástico silencioso, al que sólo quedaba tirar a la basura. Al que, difícilmente, nadie más podría sacar partido.
Y sin embargo, nunca le quiso tanto como en el instante en el que notó que ya no podía hacerle más daño. Tampoco hasta entonces se había sentido tan mal, tan vacía, tan sola. Casi pudo oír algo parecido a un “crack” en su interior, al comprobar cómo sus palabras, ese hilo tan fino que les había mantenido unidos, también eran capaces de destruirlos. A los dos, porque aunque él nunca llegara a saberlo, también ella había perdido aquel día y para siempre la inocencia, la confianza ciega e irracional en el otro, esa fe disparatada cuando la miras desde la distancia y con la cabeza fría. Esa seguridad absurda, pero placentera, la que se apodera de ti cuando te encuentras en el centro del huracán, y no piensas, porque sólo sientes, y te hace llegar a creer que a veces sí puede ser.
“Si alguien encontrara la manera de reparar un corazón destrozado, se forraría, desde luego”, pensó con amargura, mientras se alejaba de él, obligándose a no mirar atrás, a pesar de que sentía su mirada en la nuca, deslizándose por su espalda, lentamente, para terminar recorriendo sus piernas hasta esos tacones tan carísimos que él le había regalado y que tanto le gustaba que se pusiera.
EL AMOR
Fue consciente de cuánto la amaba cuando la vio marcharse, en el momento justo en el que esperaba que ella girase la cabeza y le mirara por última vez. Pero no lo hizo. Esta vez, no. Siguió andando, con la cabeza alta y la vista fija en el frente, castigando a la acera con ese taconeo vivaz, casi agresivo, que a él le volvía loco. Hasta que se mezcló con el resto de la gente que andaba por la calle, y de pronto, la perdió de vista. Y fue como si nunca hubiera existido.
Así también se sintió él. Obligado a cargar con el cuerpo y el alma de un desconocido al que ya no soportaba. Porque su verdadero yo, el auténtico, el que sólo ella había sabido rescatar de entre la hojarasca de su vida, había salido corriendo detrás de ella. Y la seguiría eternamente. Aunque supiera que nunca podría alcanzarla.
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martes, mayo 06, 2008
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11:30 PM
1 dejaron sus dedos sobre el cristal
A veces todo puede ser tremendamente complicado. El horizonte desaparece, y nos encontramos encerrados entre cuatro paredes, contra las que se estrellan nuestras ilusiones y rebotan nuestras esperanzas.
Pero hay otros momentos, tan inesperados que siempre nos pillan ocupados en otras cosas, en los que todo resulta increíblemente sencillo... Las cosas siguen su camino, como si tuvieran bien marcado un itinerario, incluso a pesar de nosotros, y todo parece encajar, como si no pudiera ser de otra manera.
Quizás el secreto esté en no prestar demasiada atención a las cosas.
Y dejar que todo fluya…
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lunes, mayo 05, 2008
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11:32 PM
2
dejaron sus dedos sobre el cristal
DESEO
Crece el deseo.
Crece como la hierba,
a pesar suyo,
a pesar nuestro.
Crece despacio, la hierba,
imperceptiblemente,
sin saber que hoy
es un poco más alta,
más verde, más brillante
que ayer.
La hierba no sabe de su esencia,
la que sólo aparece
cuando la hoz termina su trabajo.
Crece en silencio, sin prisa,
ignorante de su perfume único
que embriaga y reconcilia
con las cosas pequeñas,
las que importan.
Así crece el deseo,
oculto, agazapado
discreto, casi vergonzoso.
Como crecen los niños de los otros,
a los que vemos sólo de tarde en tarde,
y nos recuerdan lo mayores que somos.
Hasta que un día estalla,
el deseo,
y explota en nuestras manos,
nos clava sus esquirlas,
en el alma y el cuerpo,
crece hasta desbordarse
y desbordarnos.
Y ya nada vuelve a ser lo mismo.
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domingo, abril 27, 2008
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11:10 PM
11
dejaron sus dedos sobre el cristal
Busco, busco desesperadamente la manera de aprender a vivir, pero no hay manera. Si existiera un lugar donde ir a que te enseñaran a encajar los vaivenes de la existencia, o un profesor particular que te preparara para saber andar por la vida sin miedo y con soltura, sería la primera en apuntarme, pero me temo que ese negocio es un territorio virgen, en el que aún está por aparecer alguien lo bastante espabilado y emprendedor que, sin duda, se forraría… Pero si a estas alturas de los siglos, nadie aún ha sabido cómo enseñar a eso, es que no se puede. Los libros de autoayuda no sirven, es más, parecen una burla a mala leche, porque cuando te sientes así, buscando desesperadamente que alguien ajeno a tus angustias te dé una visión nueva, fresca y desapasionada de lo que te pasa, lo último que necesitas es que te digan que te las apañes tú solito, que tú puedes. No, no puedes, y bien que lo sabes. Pero la inercia hace su trabajo, y no queda otra que seguir. Aprendiendo y resolviendo sobre la marcha, y lo peor de todo, sin posibilidad de rebobinar y rectificar, sin ensayo general ni segundas oportunidades, acarreando con nosotros nuestros errores, nuestros fracasos y nuestras heridas, no siempre bien cerradas, y continuar, con la misma ignorancia y con un poco menos de inocencia, con las mismas posibilidades reducidas de éxito, y un puñado de papeletas para el fracaso en el bolsillo, ésas que, las muy cabronas, no caducan jamás.
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sábado, abril 26, 2008
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10:47 PM
4
dejaron sus dedos sobre el cristal
A veces tengo la sensación de hacer el tonto de una manera constante y repetitiva, digna de mejores causas en las que la tenacidad y la persistencia son imprescindibles para tener éxito. Pero para esas cosas no tengo paciencia, me desespero y abandono, mientras que para las historias que me dejan jodida y de mala manera, tengo una mano que el tiempo no hace sino mejorar, hasta el punto de que creo que cuando llegue a los 80 años, van a instituir un Premio Nobel de la Imbecilidad sólo por dármelo a mí, por toda una vida haciendo el canelo.
No sirve de nada intentar convencerme a mi misma de que confiar en la gente tiene esos riesgos. Y eso que me tengo por prudente... Miedo me da pensar qué sería de mí si fuera más atolondrada y temeraria de lo que soy, menos reflexiva y cuidadosa. Pero, a fin de cuentas, se trata de personas, es decir, estás jugando con fuego, y aunque sabes que puedes quemarte, e incluso, previsora, tienes ya a mano la pomada antiquemaduras, cuando pasa duele igual que las otras veces, o quizás cada vez un poco más, porque eres cada vez mayor y tienes la piel más frágil, y el corazón no se te endurece con cada nueva decepción, al contrario, las numerosas cicatrices hacen que sientas los cambios de tiempo. Y te engañas a ti misma queriendo creer que lo has visto todo, que tienes callo después de tantos fiascos anteriores, que tampoco es para tanto, pero es mentira, y lo sabes. Y descubres que todo sería más sencillo si fueses de otra manera, pero no lo eres, y sabes que no lo serás, porque no eres capaz, y en el fondo tampoco quieres ser distinta, aunque ahora te escueza, y reniegues de tu arte para meter la pata, de ese don que tienes para dar más cuanto menos recibes, del error, mil veces repetido, mil veces no subsanado, de esperar demasiado, o quizás sólo de esperar lo justo, lo que te mereces, un quid pro quo no escrito que se cumple muy pocas veces, pero que debería ser norma inviolable, pero no lo es, ni lo será, a pesar de tus berrinches, de tu tristeza regular y cíclica, repetitiva y absurda a fuerza de ya vivida en otras ocasiones, de tu amargura sombría que se instala poco a poco en el fondo de tu alma, ganando terreno a esa candidez que sigue dominando, pero ¿hasta cuándo? Porque, mal que nos pese, vivimos en un mundo en el que confiar en los demás es una actitud suicida, como llevar pegado a la espalda un monigote de inocente a sabiendas de que se reirán de ti.
Y cuando sientes que has hecho el tonto, de nuevo, duele. Siempre. Cada vez. Todas las veces.
Como si fuera la primera.
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jueves, abril 24, 2008
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10:25 PM
7
dejaron sus dedos sobre el cristal


