Me bajo del coche en un semáforo en rojo, en plena Avenida de la Ilustración. El sale a escape hacia la oficina, ya son más de las 11 de la mañana, aunque hemos madrugado para volver a Madrid temprano. El caso era apurar al máximo posible las jornadas de sol y arena, de olas como música de fondo y saco de dormir doble. Días de toalla y libro (Sue Grafton en inglés, siempre en verano, siempre en vacaciones); gafas de bucear y espaldas rojas; aftersun mezclado con caricias tras la ducha, siempre fría, (¿qué demonios le pasa al agua caliente en los campings?); desayunos de té y tubo de leche condensada al amor del camping gas, comidas a la sombra de un árbol, cenas bajo cubierto, siempre refresca, en el ábside de la tienda, nuestra segunda residencia, ésa que nos sigue a todas partes, y por la que no hace falta pagar contribución urbana, afortunadamente...
Llego a casa. A la de ladrillos y cemento, aluminio y persianas enrollables. Suelo de parquet, en lugar de tela impermeable. Luz eléctrica, y agua corriente, un baño caliente, al fin, y nada de ver a quién le toca ir a llenar la botella de agua fresca. La cama, sábanas limpias, almohadas... Ese frigorífico, lleno de todo, menos de latas de conservas...
Es mi hogar, pero sólo porque también es el suyo.
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lunes, junio 30, 2003
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a las
9:48 AM
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dejaron sus dedos sobre el cristal


