Me bajo del coche en un semáforo en rojo, en plena Avenida de la Ilustración. El sale a escape hacia la oficina, ya son más de las 11 de la mañana, aunque hemos madrugado para volver a Madrid temprano. El caso era apurar al máximo posible las jornadas de sol y arena, de olas como música de fondo y saco de dormir doble. Días de toalla y libro (Sue Grafton en inglés, siempre en verano, siempre en vacaciones); gafas de bucear y espaldas rojas; aftersun mezclado con caricias tras la ducha, siempre fría, (¿qué demonios le pasa al agua caliente en los campings?); desayunos de té y tubo de leche condensada al amor del camping gas, comidas a la sombra de un árbol, cenas bajo cubierto, siempre refresca, en el ábside de la tienda, nuestra segunda residencia, ésa que nos sigue a todas partes, y por la que no hace falta pagar contribución urbana, afortunadamente...

Llego a casa. A la de ladrillos y cemento, aluminio y persianas enrollables. Suelo de parquet, en lugar de tela impermeable. Luz eléctrica, y agua corriente, un baño caliente, al fin, y nada de ver a quién le toca ir a llenar la botella de agua fresca. La cama, sábanas limpias, almohadas... Ese frigorífico, lleno de todo, menos de latas de conservas...

Es mi hogar, pero sólo porque también es el suyo.

Pegaré un portazo, me escaparé durante sólo dos días, pero sé que cuando el lunes vuelva a abrir esa puerta, yo no seré la misma. El sol habrá derretido el hielo que aún queda tras la granizada de anoche. El viento habrá barrido los nubarrones que se empeñan en ensombrecer el cielo azul que, lo sé, me cobija, aunque a veces me cueste verlo. El agua arrastrará a su paso el lodo que se acumula en el fondo de mi alma, y que, de vez en cuando, enturbia la superficie, y no me deja ver todos esos pececillos que habitan en ella, tan vivos, tan felices, tan ajenos a todo. Y una vez más, su piel junto a la mía volverá a recordarme que todo es relativo, y que lo que de veras importa lo tengo a mi lado, durmiendo, mientras yo le miro, incapaz de cerrar los ojos a tanta felicidad...

Sol. Mar. Viento.
El.

Anoche, mi sombra se encaró conmigo y me pegó una bofetada. Un guantazo seco, de esos que dejan los dedos marcados en la piel durante horas, pero que son indelebles en el alma. Un revés inesperado de los que hacen que te tambalees, y durante un buen rato te quedes quieta, incapaz de parpadear siquiera, con la mente en blanco y el sonido del guantazo retumbando contra las paredes de tu cerebro.

Tengo que hacer algo con mi sombra, porque no aguanto más su impertinencia, ese afán de tener siempre la última palabra en todo lo que me concierne. Su presencia constante me resulta cada vez más opresiva, porque ha cogido la confianza que siempre tuve en ella y la ha convertido en una cadena corta, cortísima, de la que tira cuando ve que me alejo de lo que ella cree que es lo correcto. Ya no es esa compañera incondicional que se alegra cuando yo me alegro; al contrario, me atosiga, y pocas veces logro que esté orgullosa de lo que yo decido.

Sé que jamás podré librarme de mi sombra. Nunca. Aunque no la vea, estará ahí, pensando que nunca hago lo que debo, mascullando críticas a cada paso que dé, rabiosa por no poder manejar mi existencia. Pero creo que a partir de ahora, buscaré el cobijo de los soportales cuando vaya por la acera, y esperaré al anochecer para salir a pasear.

Ojos que no ven...

No sé qué va a ser de mí.
Y lo mejor es que tampoco me importa.

Una araña minúscula, amarillenta, casi translúcida, me sube por el codo, hacia el hombro. Me pica mucho, aunque intento no hacerle ni caso. Imposible. Intento seguir leyendo, Josep Pla puede lograrlo, debe mantener mi atención con más fuerzas que ese estúpido bichejo al que, si no me picara tanto, ni siquiera sería capaz de distinguir sobre mi piel, ya tostadita. Pero las letras bailotean ante mis ojos sin sentido, "tramontana", "Palafrugell", "payés", párrafos que supongo que he leído, porque paso páginas, pero que resbalan por mi cerebro como el agua por el cuello de un pato. No puedo concentrarme en nada de lo que leo, mi mente está absolutamente cerrada a otra cosa que no sea eliminar ese picor intenso, localizado en un punto, pero que revoluciona todo mi sistema nervioso.

Suelto el libro, me siento sobre la toalla, y de un revés envío a la araña a lo que para ella debe ser la estratosfera. Lo prefiero a tirarme toda la tarde con ese runrún y sabiendo que un ser mínimo, un animalillo para el que yo sólo soy un lugar de paso, algo que se interpone en su camino, me está estropeando la lectura y desquiciándome los nervios.

Ojalá fuese siempre tan fácil...

Lloré junto a miles de tumbas de desconocidos, muertos hace mucho tiempo en las playas de Normandía, aunque no conocía a ninguno de ellos. Quizás porque eran completos desconocidos, mis lágrimas mojaron las cruces blancas, inmaculadas, a pesar de la lluvia tan frecuente, tan iguales entre sí y sin embargo tan distintas. Una historia propia bajo cada lápida. Tanto dolor con nombres y apellidos, y sin embargo tanto olvido...

Lloré por tu corazón perdido sin haberlo conocido, aunque no era necesario. Me bastó mirar el hueco que dejó para estremecerme, tanta vida devastada, tanta sensibilidad desgarrada, tanta inocencia dejada en el camino. Tu valentía, esa amarga determinación de seguir andando, como esas lagartijas con la cola cortada, capaces de escapar de su verdugo aunque sea con la mitad de lo que fueron. Con el alma hecha jirones y un futuro ineludible y nada alentador, pero dispuesto a seguir adelante. A pesar de ti mismo. Aunque a veces pareciera una tarea inútil, demasiado esfuerzo para un éxito incierto, sin garantías.

Y hoy vuelvo a llorar por ti, aunque mis lágrimas no son de amargura, ni de angustia o impotencia, como otras veces. Son de alegría, de una dicha inmerecida de quien se sabe testigo de algo único. Al fin has encontrado entre las cenizas de lo que fuiste un corazón aún vivo, mucho más fuerte y resistente de lo que pensabas, capaz de llevarte allá donde tú quieras, libre de aquello que lo destrozó y dueño al fin de su destino. De tu destino.

Y yo estuve ahí para verlo.
Gracias, P. Por compartir conmigo algo tan hermoso...

Tengo la impresión de que me he pasado la vida esperando. Sentada en un banco, siempre demasiado puntual. En la sala de espera de un médico, en la que las citas siempre llevan media hora de retraso. En un aeropuerto, a merced de los caprichos del controlador molesto o el piloto revoltoso en huelga. En un atasco a pleno sol y sin aire acondicionado.
Lo peor, esa sensación de detenerse para verlas venir, y mientras tanto vivir en un paréntesis en el que no ocurre nada, porque todo está en función a lo que está por llegar, y no llega, y seguramente no llegue nunca, o si llega será tarde, y tampoco será exactamente como lo habías estado imaginando todo ese tiempo. Y darte cuenta de que, en ese entremedias, nada de lo que te propongas hacer tiene sentido, nada logra captar tu atención por completo, porque tu mente está en aquello que no tienes, pero que esperas, y sabes que estás perdiendo un tiempo precioso, y no puedes hacer nada para evitarlo.
Quiero que, por una vez, me peguen bronca por llegar tarde. Colarme en la consulta del dentista. Despegar a tiempo y llegar en punto. Dejar el coche en pleno atasco y marcharme andando, tranquilamente, por el arcén.
Quiero borrar el verbo “esperar” de mi vocabulario. En todas sus acepciones.

Desde mi ventana, se ve la piscina. Cinco bloques de viviendas, incluida la mía, la disfrutamos durante el verano y la pagamos durante todo el año. Unas cien familias. Mucha gente. Mis vecinos. Personas a las que veo alguna vez, siempre a la misma hora, camino al trabajo, un “buenos días” de refilón en el portal, antes de coger el coche. Gente con la que nunca coincidiré, que habrán vivido aquí cerca y se mudarán, sin que llegue nunca a saber quiénes son. Extraños que me encuentro ahora en el agua y me miran como si me conocieran, y seguramente sepan quien soy, a fin de cuentas, ellos parecen conocerse todos entre si, pero yo no tengo ni idea de quiénes son ellos, y tampoco me importa mucho, la verdad. Niños que vi gatear un verano y que de pronto aparecen haciéndose aguadillas como salvajes o jugando a las cartas sobre la toalla. Madres gritonas pero sin autoridad ninguna, adolescentes gamberros con pendiente en la oreja, primeros escarceos con el sexo opuesto entre zambullida y zambullida, bebés asustados con flotador, maridos tripones leyendo el Marca, y este año, chica socorrista cañón, objeto de deseo de padres e hijos...

Desconocidos.

¿Cómo es posible que cuatro paredes se impregnen de tanto de ti cuando te cobijan, y te resulten tan ajenas cuando dejan de hacerlo? He vuelto, como tantas otras veces desde que me fui, a casa de mis padres, mi antiguo hogar hasta pasados los 25, y me he sentido tan extraña que me he asustado un poco. Una visita de sólo unas horas, y no he podido librarme de esa desazón, el alma inquieta, ese estar deseando irme, sintiendo que no pinto nada allí, que ése ya no es mi sitio. ¿Soy una ingrata, una descastada, una depravada que ni siente ni padece? Espero que no... pero a veces mi frialdad y mi despego hacia lo que fue mi entorno durante mis primeros años me resulta bastante desasosegante. Aunque bien mirado, puede que no sea tan raro, porque mi adaptación a la vida independiente fue sospechosamente fulgurante, fruto de la necesidad imperiosa de cambiar de aires, de pegar el estirón emocional de una vez, de librarme de las ataduras afectuosas, pero bien prietas, que los padres tejen desde que vuelven contigo del hospital hasta que tú, cuchillo en mano, mientras ellos te miran con cara de susto, les sostienes por fin la mirada y decides que ya es suficiente. Mi huella en la que fue mi casa se mantiene, mucho más tenue, claro, pero es el rastro de quien fui, no de quien soy ahora. Reconocerme en los escasos vestigios que aún quedan allí no me resulta agradable, tampoco molesto, pero digamos que no me echo de menos, ni languidezco precisamente de nostalgia, ni por mí ni por lo que era mi vida por aquel entonces.

Porque hay cosas y personas que jamás cambiarán. Y yo he cambiado. Y necesito poder seguir haciéndolo. Quizás ahí esté la clave de todo.

Creí haber construido un buen puente hasta Reus. Un viaducto bonito, armónico y sólido, pero sólo debió parecérmelo a mí, porque quien debía utilizarlo mostró muy poco interés en hacerlo, en contra de lo que parecía en un principio. La falta de uso trajo consigo las grietas, las humedades y finalmente, el derrumbe. Se caía a trozos, por momentos, aunque intenté apuntalarlo con vigas hechas de SMS y cemento telefónico, ladrillos de afecto que se quebraban en cuanto me daba la vuelta. Esfuerzo inútil, trabajo desperdiciado, tiempo tirado a la basura. En cuanto dejé de ocuparme de su mantenimiento, volvió a derrumbarse, y sólo quedó el armazón, un patético esqueleto que ni siquiera me apetecía mirar, demasiado corazón puesto en algo que quizás no tuvo sentido nunca aunque yo pensara que sí. Hace unos días volví a pasar por allí y no pude evitar mirarlo. Me dio mucha pena verlo en ese estado, aunque rehacerlo quizás no sea una buena idea. Me encanta edificar, adoro la sensación de crear, el vértigo de ver surgir de la nada estructuras hermosas. Pero sufro demasiado cuando observo como aquello que con tanta ilusión levanté se hunde por culpa de la desidia, el desinterés y el egoísmo.

En una mano tengo el teléfono de la empresa de voladuras; en la otra, la tarjeta del almacén de materiales de construcción...

¿Derribo o reconstruyo?

El miedo. Siempre el miedo. Miedo a no conseguir lo que deseas, y miedo a que se te escape entre los dedos cuando al fin lo tienes. Miedo a lo malo que pueda ocurrir, aunque las posibilidades de que no ocurra nada sean idénticas, o incluso mayores... pero aún así...
El miedo me acobarda, porque me aturde si intento luchar contra él, me resta reflejos, eficacia, y a veces logra convencerme de que soy una inepta, cuando no es cierto. El miedo me asusta, mucho, porque logra colarse como una sabandija por los menores resquicios, y consigue hacer su aparición hasta en los momentos más dulces, como si quisiera recordarme que nada es gratuito y que esa tregua momentánea terminará pasándome factura.
El miedo la tiene tomada conmigo, lo sé, y no puedo hacer nada para evitarlo. Me persigue, me atosiga, me pisa los talones, me pone la zancadilla y se ríe a carcajadas en mi cara cuando me ve tropezar. A veces creo que no está cerca, pero le oigo jadear, y siento su mal aliento en mi nuca... He intentado razonar con él, pero lo único que consigo es que se vuelva más impertinente.
Sé que debería plantarle cara, pero no me atrevo...

El corazón ajeno es un lugar oculto, recóndito, al que se puede llegar, sin embargo, por muchas vías. Hay veces que se accede por caminos de cabras, sin señalizar, pero transitables; otras se trata de autopistas, vías rápidas por las que alcanzas el objetivo deseado en un pis pas; la mayoría de las veces, el sendero está por abrir, o tan mal indicado que aventurarse es una tarea temeraria. En esos casos, todo se reduce a determinar si merece la pena organizar la expedición, con todo lo que eso supone. La logística suele llevar consigo mucha dedicación, y tiempo, y el éxito casi nunca está asegurado, por mucho interés que uno ponga. La sombra del fracaso siempre planea en un viaje de este tipo, bien porque nos fallen las fuerzas si las cosas se tuercen, bien porque el corazón ajeno se muestre esquivo a ser explorado y conquistado, y se valga de mil trampas, cepos que hagan que nuestra cruzada se convierta en un infierno del que quizás no salgamos indemnes. Hay que ser muy osado para lanzarse a llegar a lo más vivo de un corazón ajeno. Ahí donde pocos han logrado entrar; ahí donde se encuentra lo mejor y lo peor de la otra persona. Pero cuando consigues alcanzarlo, hay pocos lugares mejores donde perderse...

Hoy he dicho “No”. Y el mundo ha seguido girando. Como si tal cosa.

A veces, las personas que más te quieren terminan siendo las que más daño te hacen. Y no intencionadamente, que es lo peor. Un buen ejemplo es el del amor de los padres por sus hijos. ¡Cuántos desastres se han fraguado bajo el manto protector de unos progenitores que sólo pensaban en el bien de su prole! Por no hablar de las hecatombes provocadas por gente inepta que se ha visto sorprendida por la llegada de un hijo no deseado. Una bomba lista para estallarles en las manos, sin posibilidad de parar el mecanismo y mucho menos de hacer un cursillo acelerado de artificieros para, si no desactivarla, poder conocer su funcionamiento. Aunque, dicen, donde no llega la destreza llega el instinto de protección y el ansia de perpetuar la especie... Justificación biológica para legitimar errores de bulto que, demasiadas veces, han arruinado vidas, en nombre de un amor que, como en tantas otras ocasiones, si no te mata te hace más fuerte...

Quien bien te quiere te hará llorar. Y encima hará que te sientas mal por hacerlo. Caro precio, el de un amor que se autoproclama el más desinteresado de los que existen. Aunque yo cambiaría el refrán para decir que “quien bien te quiere, creyendo que hace lo mejor, marcará tu vida para siempre con pequeñas idioteces que no son tales, gestos sin importancia aparente, de los que creen que no te enteras, porque, a fin de cuentas, no eres más que un niño, pero que, al cabo del tiempo, se convertirán en miedos que dominarán tus acciones, culpas que marcarán tus decisiones, pesadillas que te despertarán cuando ya peines canas, fantasmas que te rondarán y se reirán de ti hasta el instante en que dejes este mundo para marcharte al otro”.

Ser padre debe ser muy difícil, lo reconozco. Pero ser hijo lo es mucho más, porque no lo eliges tú, todo te viene dado. Y eso es una desventaja de la que uno no se recupera nunca.

Este año no he estado en la Feria del Libro. En realidad, hace algunos años que me niego a ir, porque cada día soporto menos que me digan lo que tengo que hacer y cuándo debo hacerlo. No quiero leer las últimas novedades, prefiero esperar que salgan en libro de bolsillo y comprarme dos en lugar de uno cuando ya han dejado de ser eso, novedades. Me gusta dejarme llevar por las corazonadas, por el impulso irracional de que ése libro me va a gustar, y no sé por qué, ni me importa. Puedo pasarme meses sin comprar nada, releyendo los libros que siempre termino por releer, o sin leer nada en absoluto, como esos fumadores empedernidos que de la noche a la mañana lo dejan, sin parches ni chicles ni nada. Y de la misma manera inesperada e ilógica, entrar en una nueva espiral bibliófaga, que me lleva a patearme bibliotecas y saquear librerías, como si se acercara la Tercera Guerra Mundial e intentara aprovisionarme en previsión de escaseces y estraperlos.

Supongo que mi actitud ante los libros no es más que un reflejo fiel de lo que yo soy.
Curiosa. Intuitiva. Inconformista. Excesiva. Pasional. Imprevisible.

Miro hacia atrás, y hasta donde me alcanza la vista reconozco el camino recorrido. Lo reconozco como mío, con sus fallos y sus aciertos, con sus luces y sus sombras. Me resultan familiares esas piedras donde tropecé, pero no me caí, y la gravilla donde resbalé más de una vez. Sonrío cuando veo que las zarzas que me arañaron las piernas, porque ahora están llenas de moras, grandes y jugosas, que me manchan los labios. Y me cuesta trabajo encontrar las cicatrices que en su día parecían querer acompañarme hasta la tumba, aunque tampoco me importaría que me afearan las piernas, porque me recordarían días llenos de intensidad, de decisiones importantes, de desafíos que me atreví a afrontar, de saltos al vacío que salvé con el corazón en un puño, pero sin cobardía. Veo mis huellas, aun frescas, acercarse hasta donde estoy ahora, y volvería a andar sobre ellas, sin dudarlo.
Más allá de ese sendero que mis pies abrieron entre la maleza, mis ojos se vuelven perezosos, o quizás sólo pretenden protegerme de recuerdos hirientes, pero el caso es que no distingo nada. Los contornos se desdibujan, como cuando un miope se quita las gafas y todo aparece envuelto en una nebulosa. Sé lo que hay ahí, en esa primera parte del recorrido, lo sé muy bien, pero no quiero volver a verlo. No necesito distinguir todos sus detalles para sentir una punzada de pesar, un vacío en el alma que yo ya creía lleno, una desazón tan viva como la que en aquellos días ya tan lejanos me hacía pensar que vivir no podía consistir en mantenerse vivo, en “ir tirando”. Sin embargo, me basta una frase, un par de palabras capaces de remover el lodo, y enturbiarlo todo. Y necesito un tiempo, un margen para recomponerme y para que el agua vuelva a aclararse, para que se asiente todo, y los recuerdos de lo que fui y, lo que es peor, de lo que pude llegar a ser, no empañen ni me impidan disfrutar de lo que soy ahora.

Cuando en verano no se trabaja, pero no por vacaciones, sino por estar en el paro, las fronteras entre los días laborables y el fin de semana, se desdibujan, y el tiempo se unifica. El calor es el pegamento que se alía pícaramente con la rutina para construir un bloque homogéneo, sin fisuras, en el que las líneas que para el resto de los mortales marcan los límites entre la obligación y la devoción desaparecen. Los días se separan entre sí únicamente por la tiranía del sueño, y la sensación de volver sobre tus pasos de forma sincronizada cada veinticuatro horas se apodera de ti. Esperar con ganas e ilusión el fin de semana se acaba: sencillamente no esperas nada, porque lo tienes todo. Puedes irte al cine cuando te de la gana, tomarte una caña, dar una vuelta, perderte en el Retiro durante horas, irte de compras, tocarte las narices tumbada en el sofá, darte una ducha, leer un rato, leer todo el tiempo, terminar un libro en dos días, preparar un gazpacho y comértelo, o no comer ese día por no levantarte del sofá y dejar el libro, irte a la piscina, aburrirte a la media hora y encima pasar más calor que en tu casa, echarte la siesta, desvelarte luego por la noche y volver a levantarte sin despertador, o sea, a las 8 de la mañana... Y nunca te hará falta saber si es martes o domingo, porque para el caso es igual. Exactamente igual.
Y es que tener todo el tiempo del mundo en tus manos puede ser tan agobiante como verte obligado a arañar unas horas a una vida excesivamente reglada y condicionada por los compromisos y el deber. El dueño de su propio tiempo se convierte en un condenado a distribuirlo con sabiduría, conocedor de su envidiado valor, de su escasez, que hace de él un privilegiado. La euforia inicial al saber que puedes hacer lo que te dé la gana pasa a ser en unas semanas un sentimiento de culpa poco llevadero, por poder hacerlo todo y hacer tan poco... ¿Será que no somos capaces de manejar un material tan valioso como nuestra propia libertad? ¿Acaso estoy pidiendo a gritos un jefe que me mantenga atada durante ocho horas, que me obligue a emplear otras cuatro en ir y volver de mi lugar de trabajo y, tras ocho horas de sueño, me dejé cuatro horas al día para vivir?

Odio el calor.
Y me aburro...
Pero espero no estar tan mal...
Bueno...Voy a beberme una horchata.

No podría soportar perderte.
Quizás por eso no te tengo del todo.

Su madre apagó la luz, y la persiana bajada hasta el último agujero dejó la habitación en la oscuridad más absoluta. No cerró la puerta, nunca lo hacía, aunque daba igual: toda la casa era la boca del lobo. La misma habitación pintada de azul que durante el día se convertía en su lugar favorito era ahora una cavidad negra, opresiva, casi viscosa, tan negra con los ojos abiertos de par en par como con los párpados tan apretados que dolían. Un malestar punzante, una angustia creciente, como la espuma de la cerveza que poco a poco amenaza con desbordarse del vaso demasiado caliente, invadió la habitación, y espantó durante horas al sueño, que se esforzaba por aparecer, sin conseguirlo. Sin ningún éxito, porque el pánico ante la posibilidad de que esa negrura no fuese temporal, sino permanente, hacía imposible que los párpados terminaran cediendo, dando a su atormentada mente un poco de paz. El tic-tac del despertador de su padre sólo aumentaba la zozobra, el desasosiego ante la lejana cercanía de una mañana en la que, quizás, descubriría que no veía. Cada noche era lo mismo: estaba segura que sí, que esta vez sí que se había quedado ciega. Que jamás volvería a poder leer, a atarse los cordones sola, a ir por la calle sin pisar las líneas de las baldosas... Podría haberse levantado de la cama y haber encendido la luz, para salir de dudas. O salir al comedor, y mirar por la ventana las luces de los coches o las farolas de la acera...

Pero nunca lo hizo.
Su madre se habría puesto hecha una fiera...

Hoy me sobra el cuerpo. Creo que me ha sobrado siempre, pero no me ha quedado más remedio que cargar con él, aunque tenemos buena relación, porque soy de natural agradecida, y él se porta bien y hace lo que debe sin darme demasiados problemas. Pero tengo ratos en que me importuna muchísimo, el pobre, y no porque me haga llevarle al médico, o no responda a mis exigencias cuando quiero coger el autobús o subir por las escaleras cuatro pisos. Pero a veces no puede evitar estorbarme una barbaridad. Son momentos en los que querría poder bajar una cremallera y quitarme el cuerpo como el que se quita el mono de trabajo después de un día de bochorno y sudores, y se queda tan a gusto.

Pero por más que miro y me retuerzo, nada. No encuentro la cremallera.

Ella está echada en la tumbona, una de esas plegables de tres posiciones, agotada, pero feliz, tras el esfuerzo realizado. En la terraza, el viento, aún fresco a la sombra a pesar de que el mediodía se acerca, le acaricia suavemente la piel, sudorosa aún, evaporando en minutos el resultado de casi una hora de pedaleo. Mientras escucha con los ojos cerrados el rumor de las hojas en los chopos, un perro ladrador a lo lejos, y el gorjeo de los mirlos, los veintitrés kilómetros que atesoran sus piernas se diluyen, a la misma velocidad con que el sueño se apodera de ella. El rumor del agua llenando la piscina que abrirá este domingo, los aspersores del césped silbando una canción repetitiva, pero no molesta, una brisa refrescante y reparadora, benéfica y tonificante. Todo se alía contra ella, para que baje la guardia y se deje envolver por un paréntesis de voluptuosidad y exaltación de lo sensorial del que no disfrutaba desde hacía mucho tiempo. En un intento de prolongar aún más el goce, adelanta la pierna derecha, la estira por completo, en un gesto vanidoso de comprobar los efectos de la bicicleta en sus piernas. Es entonces cuando un chasquido seco, pero definitivo, le anuncia que ese simple movimiento ha roto el equilibrio no demasiado estable de una silla hecha para deleites menos intensos. Lo que sus reflejos, aún en un estado intermedio entre el letargo y el extenuación, no le anuncian es que la silla no tiene una posición número cuatro. En décimas de segundo, da con sus huesos en el suelo, aprisionada entre la silla que se resiste a abrirse, y una carcajada rompe la armonía del rumor acuático y ornitológico, mientras ella mira a su alrededor, sofocando el ataque de risa, a ver si hay suerte y ninguna vecina está sacudiendo una alfombra, o simplemente, asomada a la ventana...

Podría ser la mismísima Pantera Rosa, en un episodio titulado “Relax Rosa, o “Vacaciones Rosas”...

Pero soy yo. Ya no me duele el costado, y el cardenal del hombro parece que se quedará en mero seminarista. Pero aún me baila la risa en los labios cuando lo recuerdo.

Necesitas que te abracen. Lo necesitas más que el aire que te mantiene vivo. Es más, la angustia que te oprime el alma dificulta que tus pulmones funcionen con normalidad, así que ¿para qué quieres oxígeno, si lo que te hace falta es sentir unos brazos que te estrechen? Necesitas sentirte arropado, en toda la extensión de la palabra, aislarte de la hostilidad del mundo donde eres tan frágil, acurrucarte, hundirte en un universo aparte, en el que puedes abandonarte a tu suerte, un mullido escondite donde tu vulnerabilidad no sea tu ruina. Perderte en ese abrazo, y desear con todas tus fuerzas que jamás te encuentren.

¿Pides demasiado? Seguramente.

Porque quieres sentirte vivo... Porque sobrevivir ya no es suficiente...

Convives con tus fantasmas durante años, compartes mesa y mantel con tus demonios, alojas gratis a unos huéspedes incómodos, groseros, que lejos de agradecer tu hospitalidad y acelerar su partida parecen tan cómodamente instalados que dudas de poderte librar de ellos algún día. Has vivido a su lado tantos momentos que parecen inseparables de ciertos recuerdos, e incluso llegas a preguntarte si no serán parte de ti, y si renegar de ellos, de tus terrores más profundos, será igual que renunciar a parte de tu esencia. Terminas creando con tus peores enemigos unos lazos que tu afán por desatar no hace sino apretar más y más. Y llega un día en el que, agotada, te rindes, y les haces copia de la llave de la entrada, total ¿qué más da ya? Y cuando te encuentras con ellos, con tus miedos, los mismos que en mitad de la noche te hacen llorar, les regalas una sonrisa cortés, hasta bromeas con ellos, y algo parecido a la camaradería se instala entre vosotros. Aunque ellos sean los que, en el fondo, tengan la sartén por el mango, y en el momento más inesperado sepan dónde tocar para hacer más daño... Demasiado tiempo conviviendo, demasiados años conociendo tu lado más vulnerable...

Aprendes a sufrir sin quedarte en el camino. Sin que el alma se te desgarre a cada paso. O al menos, sabiendo cómo zurcir los pedazos que caen a tus pies, antes de que alguien, pensando que son inservibles, los tire a la basura.

Aprendes a vivir. O a no morir tan a menudo.

A veces hace falta tan poco... Una llamada telefónica, quizás tan sólo un timbrazo, pero ése, no otro, y en ese instante, ni antes ni después. Una frase acariciadora, venida de muy adentro, conservando aún ese calor, esa calidez palpitante capaz de sanar las heridas más recientes, y de desdibujar ligeramente las cicatrices más indelebles. Un guiño cómplice, el encuentro inesperado con unos ojos en los que al fin nos reconocemos, y podemos dejarnos ir, perdernos, e intentar que no nos encuentren... Un detalle, nimio pero certero, que te cambia el día, o tal vez, la vida entera...

A veces se necesita tan poco... Un mensaje en el móvil, un puñado de caracteres invisibles atravesando la ciudad, capaces de helarte la sangre con solo pulsar una tecla. Un silencio significativo, denso, pesado, con poder suficiente como para parar el mundo, tu mundo, y de un empujón lanzarte a la cuneta, y volver a ponerlo en marcha, pero esta vez sin ti. El odio más destilado concentrado en una mirada que invalida las leyes divinas y humanas, y nos deja sin rumbo, ciegos, sordos, sin manos con las que agarrarnos a un universo que se tambalea. La indiferencia, ese hielo que durante un tiempo quizás conserve, pero que termina por matar todo tejido vivo que toca...

Es tan poco...

Cierro los ojos. A pesar de que mis esfuerzos, sigo viendo ese resplandor, una luz rojiza que se filtra a través de mis párpados e impide que la oscuridad se instale en mi cerebro, y que el sueño me invada. Aunque el agotamiento lo lograra, las ideas saltan descontroladas, como palomitas de maíz, chocando unas contra las otras, sacando chispas que no hacen sino aumentar la sensación de que nunca podré apagar la luz en mi cabeza. No puedo controlar mis pensamientos, se me escurren como salmonetes multicolores, traviesos, y se multiplican sin freno.
Abro los ojos, me duelen. Fuera está oscuro.
Dentro no...

Debe existir un lugar, en alguna parte, al que van a parar todas las buenas intenciones, las promesas incumplidas, las palabras sublimes, los deseos de eternidad y los proyectos inacabados. Yo lo imagino como una especie de vertedero en el que se acumula todo eso, sin orden ni concierto, según van cerrándose relaciones, rompiéndose amistades, naufragando noviazgos, estrellándose matrimonios. Cerros de deshechos de vida, colinas de jirones de alma, montañas de retales de afecto inservibles para futuras historias, que terminan pudriéndose, y actuando como un abono para lo que vendrá. Un pozo negro que nunca podremos sellar, porque a pesar de los malos recuerdos, esas ratas grandes y repugnantes que a veces nos roen inmisericordes el corazón, lo necesitamos para mantener el latido. Allí nos abastecemos de un sustrato necesario para seguir vivos, aunque a veces es demasiado fuerte, y termina matando historias excesivamente frágiles, muy delicadas, necesitadas de una ingenuidad que yace sepultada a muchos metros de la superficie, de la que ya ni siquiera queda el recuerdo... Pero esa basura es parte de lo que fuimos, con ella construimos lo que somos, y terminará definiendo los contornos de lo que seremos algún día.
En la cadena de la vida, nada se pierde, todo se transforma. Qué gran verdad.

El hospital se alza, orgulloso y poderoso, con la vanidad del que se sabe testigo de lo mejor y lo peor, de nuestros primeros parpadeos y de los últimos suspiros. A menudo lo veo al pasar, y no consigo esquivar ni una sola vez un pensamiento negro, oscuro y denso, pero rápido, fugaz incluso, tanto que con una sacudida de cabeza logro alejarlo, y apenas deja en mi alma un ligero tiznajo de abatimiento, una brizna de tristeza tan milimétrica que sólo mi yo más profundo detecta.
Hoy he recorrido los mismos pasillos que no hace tanto vieron como mi vida se detenía. Alguien pulsó la tecla de pausa durante un tiempo en el que el resto de mi existencia dependía de un diagnóstico, de que la balanza se inclinara hacia el lado adecuado. Un sí o un no.
Hoy he vuelto a sentir la fragilidad de un todo tan poco sólido como para hundirse o seguir a flote, dependiendo solamente del tenue peso de una palabra de dos letras...

Hoy me he visto desde fuera, y me ha gustado mirarme. Igual que en los sueños, en los que te ves al mismo tiempo que actúas. Me he escondido detrás de un árbol, y me he espiado a mí misma, pero no me he descubierto. Cuando menos lo esperaba, me he sorprendido irradiando algo parecido a la felicidad, una especie de fluido energético capaz de cambiar la vida a la gente. He notado que alguien me tocaba el hombro, me he dado la vuelta, pero no había nadie. Desde detrás del árbol, tampoco yo he visto nada. Pero también he sentido esa sacudida, un escalofrío que me ha recorrido el espinazo y me ha puesto de punta los pelillos de la nuca.
No os veo, pero sé que estáis ahí.

Indolente por completo, deambulo por la casa, sin ganas de nada. Me arrastro hacia el ordenador, y quizás no debería estar escribiendo esto, porque no tengo nada que contar y las palabras no hay que malgastarlas, pero aquí estoy. Quisiera tumbarme, cerrar los ojos, dormitar, dejar pasar las horas. Pero abriría los ojos, y me encontraría en el mismo punto, con el mismo sentimiento de abandono, con la misma desidia que me paraliza. Sólo tengo ganas de estar quieta, de vacíar mi mente de cualquier pensamiento que traiga enganchados, como las cerezas, otros conceptos, quizás sentimientos que me arrastren al abismo; sólo quiero balancearme sobre una palabra, sus sílabas y sus letras, hasta que su significado se diluya, y sólo sea un sonido vacío, unos trazos sin vida, bailoteando en mi cerebro, chocando sin control contra las paredes de mi cráneo. Intentaré levantarme, aunque seguramente ni siquiera podré mover un dedo, porque sé que mi cerebro va a ser incapaz de transmitir la orden, y me veré a mí misma, como el que observa a un insecto mimetizado con una rama, en un estado letágico que, quién sabe, quizás sea lo más cercano a la muerte que se puede sentir en vida...
Yo antes empezaba así hacia el mes de Agosto...
Uf. Qué malo es el buen tiempo.

Sigo viva. Como esos enfermos que se despiertan del coma y retoman sus vidas con un ansia febril. Miro los escombros, y no dudo ni un instante de que podré volver a edificar, porque casi todo el material está intacto, fuera de su sitio, pero entero. Necesitaré paciencia, voluntad y algo de ayuda, porque mis conocimientos de albañilería son escasos. Tengo buen gusto, y sé lo que quiero construir, pero no soy una profesional. He estado sola demasiado tiempo, siempre realquilada, en habitaciones impersonales y pequeñas, en las que nunca duré lo suficiente como para considerarme en casa. Sin embargo, mi serenidad en las situaciones críticas nunca dejará de sorprenderme. Está cada vez más claro que estoy hecha para las grandes catástrofes, mientras que el día a día monótono me aniquila. Entre tanto, instalaré la tienda de campaña aqui mismo, a pie de obra, y veré con una sonrisa los progresos, mientras pienso que, después de todo, voy a terminar por tener una casa preciosa. Con mucho espacio y habitaciones, todas ellas distintas, pero igualmente acogedoras. Sólida, a prueba de las peores borrascas de la existencia. Bonita, con el buen gusto y la clase que sólo las buenas intenciones y los sentimientos auténticos son capaces de transmitir. Mía. Sólo mía, pero abierta y vivida. Un hogar en el que la soledad no pueda instalarse. Por muy tentadora y convincente que se muestre. Aunque me intente ablandar evocando tantos ratos vividos juntas, ella y yo. Ni siquiera una sola noche, agazapada en el sofá...