Cuando sea vieja, pero vieja de verdad, tan vieja que todos los que me hayan conocido se hayan muerto o estén en el asilo a punto de palmarla, y esté sola, pero sola por completo, tan sola que el Estado se esté frotando ya las manos pensando en quedarse con todas mis pertenencias, entonces, cuando me entre el pánico y necesite el contacto humano para no perder la cordura, cogeré mi abono transportes de la tercera edad y, pasito a pasito, me plantaré en el aeropuerto. Habrá quien crea que he ido a esperar a alguien, quizás a algún nieto de vuelta de un viaje de estudios, o a esa hija que vive en Alemania desde hace tanto tiempo, y que cada año pasa unas semanas con su anciana madre. No pienso desmentirlo si me lo preguntan. Me sentaré en llegadas hasta que salga una manada de turistas cargados con cajas de ensaimadas, y entonces me acercaré a la barrera, y haré como que busco a alguien. Cuando me canse de hacer el indio, me daré un paseíto hasta salidas, y miraré a los que se van. Escucharé las risas nerviosas y entusiasmadas de los niños ante su primer vuelo, las instrucciones de último momento de los que se quedan (“Llama en cuanto llegues”, “¿Has cogido las botas negras?”), y veré el brillo en sus ojos al enfrentarse a esa pequeña brecha en la rutina que siempre es un viaje... Y si veo que los días se suceden sin cruzarme con un solo vecino, haré de esta excursión una obligación tan sagrada como tomar la pastilla para la tensión o las gotas para los mareos matutinos. Así, si una semana falto a mi visita al aeropuerto, las chicas de información se preocuparán por mi ausencia, y al menos tendré el consuelo de que mi cadáver será descubierto por los bomberos apestando lo menos posible...

Pero a Dios y a ustedes pongo por testigo de que no terminaré mis días sentada cada mañana en la sala de espera del ambulatorio, en busca de medicinas que no necesito, lamentándome de los muchos dolores que me atormentan, y escuchando historias de enfermedades que no aún no se me había ocurrido pensar que podría tener.

(Reflexión tras una escapada rápida al centro de salud, en busca de pastillas para la alergia y Ventolín, que no se imaginan ustedes lo que es pasarse la noche estornudando hasta diez veces seguidas, y tosiendo cual tuberculosa Dama de las Camelias...)

Mañana hará seis meses que esta ventana está abierta. Si decidí hacerlo fue, entre otras cosas, para no sentirme tan prisionera dentro de casa. Porque siempre he estado más dentro que fuera. Y dentro no hay sitio para mucha gente... Así que, por lo menos, que entre un poco de aire, de luz, de vida...

En este medio año, me he sentido como esos enfermos a los que instalan en la mejor habitación de la casa, la más luminosa, para que, ya que postrados en la cama, disfruten de la mejor vista y de todas las comodidades posibles. Muchas veces mi mirada perdida se ha encontrado con unos ojos escrutadores que intentaban adivinar qué pasaba dentro. Otras, una nariz pegada al cristal me ha sobresaltado, para tranquilizarme a continuación con una sonrisa, quizás la primera y la única del día hasta ese momento. Es increíble lo mucho que puede verse desde una ventana si se levanta la vista en el momento adecuado... Y lo curiosa que es la gente en cuanto ven un visillo descorrido...

Me gusta esta ventana, porque es una salida cuando siento que estoy atrapada. Un respiradero necesario para que no me asfixie. Y porque también es una entrada, una puerta de acceso para muchos fisgones que asomaron la nariz un día y ahora no pueden dejar de volver...

Aunque a mi, lo que me gustaría de verdad, sería poder levantarme de esta puta cama...

La vida mata. Siempre.

Pero ésa no es razón suficiente para sentarse, y, resignadamente, esperar a que termine su trabajo...

Hay libros que se leen por obligación, porque es el precio en el que se tasan ciertos aprobados. Su lectura crea fobias difíciles de curar, que los profesores deberían tener en cuenta cuando obligan a leer ciertas cosas a ciertas edades. Una reacción alérgica a la cosa literaria que lleva a más de un lector coaccionado incluso a estudiar carreras de ciencias, con tal de no tener que volver a leer versos ni a hacer comentarios de texto.

Hay libros que según avanzan ante nuestros ojos van borrando su rastro, y si les concedes la prerrogativa de llegar hasta su última página, lo haces porque te puede el gusto por lo impreso, y porque no pierdes la esperanza de que quizás unas páginas más adelante la cosa cambie. Típica actitud de bibliófago empedernido.

Hay libros que se ganan a pulso un sitio a tu lado para el resto la vida, y cada cierto tiempo vuelves a ellos con el entusiasmo y la sorpresa del que se reencuentra con un viejo amigo muy querido, al que los años no han cambiado en absoluto, y que sigue siendo capaz de saber donde tocar para hacerte reír y cuando callar para no herirte. Libros que acompañan y reconfortan tan sólo con acariciar sus pastas, simplemente hojeándolos y entreviendo frases que casi conoces de memoria, abriéndolos al azar y empezando a leer, por cualquier lado, con el mismo gusto que la primera vez.

Hay libros que te emocionan, te impactan de una manera peculiar, hasta el punto de necesitas compartirlos. Guardártelos para ti solo es una actitud demasiado egoísta que resta placer al descubrimiento. Unicamente alcanzan su verdadera dimensión, su auténtica plenitud, cuando consigues que alguien a quien aprecias también los disfrute. Y ese poder compartirlos los hace todavía un poquito más especiales. Si cabe.

Hace tres días recibí uno de estos libros especiales. Y la semana pasada fui yo quien regaló otro. (*)

Gracias a los dos. Por pensar en mí para compartirlo, y por estar ahí para aceptarlo.

(*) El libro recibido es Veinte años y un día, de Jorge Semprún, y el entregado Alto riesgo, de Richard Russo.

“Tiene un mensaje nuevo. Mensaje número uno. Recibido hoy a las 16 horas y 40 minutos.”

Seis minutos y doce segundos de silencio. Un sonido de fondo, como de oficina, o almacén, rumor de personas moviéndose y hablando en muy segundo plano, pero imposible distinguir ni siquiera el idioma en que hablan. La eternidad de algo menos de cuatrocientos segundos. Sin respuestas. Sin preguntas. Sin nada.

La incertidumbre. El miedo a algo sin nombre, sin cara, sin argumentos. La desazón de no saber. Un silencio fuera de lugar capaz de abofetearte con furia y sin razones aparentes. La toma de conciencia de tu vulnerabilidad. En tu propia casa.

Mensajes mudos. Llamadas sin voz, pero con alguien detrás. Pero ¿quién? ¿por qué? ¿para qué?

No puedo soportarlas.

Se dice que es más difícil aprender a decir que no que a decir que sí. No lo tengo yo tan claro. Porque pronunciar un “sí”, de verdad, con la intención de cumplir lo que se afirma, de defenderlo hasta el final, no es algo tan simple. Lo más cómodo es decir lo que el otro espera oír, afirmar lo que la mayoría defiende, ponernos de su lado para no sentirnos excluidos. En definitiva, alegrarle los oídos de forma que su alegría por llevar la razón nos salpique también a nosotros, aunque solo sea un poquito. Es el “sí” de la supervivencia social, de la desesperación amorosa, del que no quiere perder a una persona, ni un trabajo, ni una imagen que ha costado mucho tiempo crearse. Pero un “sí” comprometido, que obligue a sacrificios duros, a decisiones sin vuelta de hoja, a rupturas ilógicas vistas desde fuera pero cristalinas para el que ha decidido dar el paso, es tan duro como un “no” de esos que arrastran un sentimiento de culpa asesino contra el que lo pronuncia. Esa clase de “no” que se vuelve contra uno mismo, como una escopeta estropeada que no sólo hiere a quien tiene enfrente, sino que destroza la cara del que dispara.

Lo complicado no el “sí” o el “no”. Es saber medir su repercusión, y asumir el riesgo de que expresarlo puede hacer de varias vidas algo diferente a lo que habían sido hasta ese instante. Y tener el valor de apechugar con sus consecuencias, sean las que sean. Saber negarse sin sentirse morir, y ser capaz de afirmarse en lo que uno piensa, implicándose, como si fuese la vida en ello...

Sus canas nunca me pusieron en guardia. A fin de cuentas, fueron llegando poco a poco, y tampoco son tantas, aún se puede decir que tiene el pelo más moreno que canoso. Las arrugas son numerosas, pero dentro de un orden, sin apergaminar sus rasgos, quizás porque siempre ha sido una mujer delgada, pero no en extremo. Tiene la suerte de ser la dueña de unas piernas estupendas, que no se han visto asaltadas ni por la celulitis, ni por una mala circulación. En definitiva, que salvo el deterioro lógico de los años acumulados, mi madre es una mujer que luce con bastante dignidad sus sesenta otoños. Pero las cifras cantan inmisericordes: mi progenitora está cada vez más cerca de poder apuntarse a las excursiones del Inserso y de obtener las medicinas gratis. Aunque no la veo... No, no puedo imaginármela. Por mucho que me esfuerce. ¿Ella en manada por las playas de Benidorm en invierno, con lo a gusto que se está en casa? ¿En el bingo del hogar del pensionista? ¿Dejándose magrear por un vejete mientras baila un pasodoble? De eso nada.

Pero la realidad es otra: mi madre ya es una señora mayor. Una vieja aún joven, pero a un paso de entrar en la tercera edad. Y sólo me di cuenta de ello ayer. De golpe. En el autobús, una chica le cedió el asiento. Yo me quedé mirándola con cara de susto, como si me hubiesen dado una colleja y no supiera por qué esa niñata encima de pegarme, me sonreía. Pero lo peor de todo fue que mi madre, devolviéndole la sonrisa, le dio las gracias y se sentó. Sin parpadear. Como si fuera lo más normal de este mundo.

No sé cómo lo hago. Siempre soy la última en enterarme de las cosas...

La indiferencia es un refinado instrumento de tortura. Sofisticado y discreto. No deja marcas a la vista, a pesar de despedazar el alma, dejando cicatrices ocultas, pero espeluznantes. Es un arma limpia y silenciosa, capaz de arrasar con la propia confianza y con la depositada en el otro, y lo bastante devastadora como para impedir que, hasta mucho tiempo después, la esperanza y la fe en el género humano vuelvan a arraigar en el espíritu de una persona ignorada.

Y lo peor de todo, el indiferente siempre puede poner cara de buena persona, acusar al otro de paranoico, y escudarse en el hecho innegable de que, efectivamente, él no ha hecho nada.

Absolutamente nada.

“Nunca te des por completo a nadie... Si termina por marcharse, te quedarás doblemente sola, sin él y sin ti. Te quedarás sin nada”

Teniendo en cuenta que la misma persona que me aconseja eso no tiene perro cuando le encantan los canes, pero jura que jamás lo tendrá para evitar sufrir el día que el bicho se muera, creo que hago bien en poner en cuarentena casi todo lo que me dice...

P. es un tipo de sonrisa fácil y carcajada contagiosa. Alegre. Y capaz de transmitir esa sensación de que nada merece realmente la pena como para perder el tiempo enfurruñándose. Chispeante y divertido, ocurrente, pero sin caer en el temible grupo de esos bromistas cargantes y cobardes que disfrazan sus verdaderas intenciones con cuchufletas que jamás tendrían el valor de soltar en “estado de seriedad”.

P. sabe narrar historias. Muy bien. Con una gracia que engancha, y no te suelta. Eso ya lo sabía. Pero ahora sé que también sabe escuchar. De maravilla. Te mira de forma que sabes que quiere seguir oyendo más, y que en ese momento no quisiera estar en ninguna otra parte oyendo ninguna historia distinta a la que tú le estás contando. Con él la conversación fluye, sin obstáculos, saltando desde lo más intrascendente a lo más profundo con una naturalidad pasmosa. Siempre fue fácil hablar con él, desde el primer día. Hacerlo sentada frente a él, mirándole a los ojos, es un regalo. Cálido. Reconfortante. Intenso. Emocionante.

P. me prometió mi primer paseo en moto, y ayer lo cumplió. Ahora sé que me encanta la sensación vertiginosa de ir sin más protección que un casco a más de 150 kms/h, y que saltarse un atasco mientras los conductores de los coches buscan petróleo en sus narices es un gustazo. Y también sé que cuando P. dice algo, no se trata de palabras que se las lleve el viento.

P. se materializó ayer ante mis ojos. Y fue como si nunca hubiese sido de otra manera.

Dentro de unas horas, daré el gran salto desde la ventana hasta el suelo. Ahora mismo estoy sentada en el alféizar, con los pies colgando, midiendo la distancia que me separa de la tierra firme y con el corazón un pelín encogido, pero deseando que llegue el momento de lanzarme al vacío. Está un poco alto, pero da igual. Ya no hay vuelta atrás. Y aunque la hubiese. Veré cómo es eso de mirar de frente, con los pies sobre la acera y las manos en los bolsillos, en lugar de observar desde arriba, sentada en una silla y con los dedos sobre el teclado.

Qué emoción. Y qué miedo, también... ¿Y si todo es demasiado diferente? ¿Y si es tan diferente que no es lo mismo? ¿Y si caigo mal y me rompo una pierna? ¿Y si se me va la cabeza cuando me ponga en posición vertical? ¿Y si...?

No sé. Quizás me equivoque. Pero algo me dice que no me estrellaré...

¿Y si en lugar de ahogarme en un vaso de agua medio vacío cojo ese otro medio lleno y me lo bebo?

¡Camarero! Un whisky. Solo.

Átame. Necesito sentir el roce de una cuerda en mis muñecas para valorar lo que supone ser libre. Poder tirar de ella hasta sentir esa presión que me recuerda que estás al otro lado. Querer seguir apretando, hasta sentir que mis dedos se queden fríos. Aunque me duela, y sepa que me quedarán marcas si algún día esa cuerda se parte. Y que no me importe lo más mínimo.

Desátame. Yo no lo haré, ese nudo lo hiciste tú, yo no podría deshacerlo. La cuerda es larga, pero se me enreda en los pies, tropiezo con ella a cada paso, y me hace pensar en los lugares a los que nunca podré llegar, en lugar de disfrutar de los que me rodean. Quizás sea útil para ti, porque si en algún momento me pierdes de vista, si te asaltan dudas de si aún seguiré al otro extremo, podrás dar un tirón, y sentirás que sigo ahí. Pero no olvides que por muy larga que sea esa cuerda, sólo con la certeza de que puedo volar me tendrás al alcance de tu mano.

Anoche, una amiga de la universidad a la que había contado que escribía un weblog me confesó que lo había visitado, y que le había gustado mucho. Pero que también había sentido un punto de vergüenza e incomodidad al leerlo. Era como si metiera las narices en algo excesivamente privado, como si mirase cosas que de ninguna manera debía estar mirando. Imagino que es porque aquí escribo casi a diario en un tono que muy pocas veces he utilizado con ella en los 18 años que hace que la conozco.

Eso me hizo pensar que esto de los blogs tiene mucho en común con el nudismo. Un despelote espiritual al que los ajenos al asunto asisten con una mezcla de morbo curiosón y vergüenza ajena. Mientras que los que lo practicamos, después de los primeros posts algo ruborosos en los que vuelan camisetas, calcetines, sujetadores y calzoncillos, dejamos de ser conscientes de que estamos a pelo, sin disfraces, a merced de los elementos, expuestos y sin protección a un sol inmisericorde, pero también con un extraño sentimiento de libertad y autenticidad, y sintiendo esa caricia única que, sólo la ausencia absoluta de ropajes y corazas puede dar a cuerpos y espíritus...

He vivido en cuatro casas desde que nací. Si hay suerte en la búsqueda, pronto trasladaré mis cuarteles a mi quinta morada. En ello ando ahora, en esa fase inicial de paseos por zonas que gustan, soñando, más que viendo lo que realmente terminará por imponerse: algo asequible al presupuesto. Ayer, mirando pisos en los que nunca viviré, pasé por una calle que, francamente, no me importaría nada que fuera la que me tocara escribir en instancias y formularios:

Calle de la Cabellera de Berenice. ¿qué te parece, Pedro?

Me encantaría poder decir que vivo en un sitio con un nombre tan sugerente. Sobre todo, teniendo en cuenta que minutos antes pasábamos por la calle del Níscalo. Gastronómicamente tentador, con aromas a monte y arañazos de zarza, mejillas frías, pero rojas, frío fuera, pero calor húmedo por el esfuerzo bajo el chubasquero. Agrestes y deliciosos ellos solos, con sal y a la plancha. Sí, pero lejos de la voluptuosa magia evocadora de relatos de otros tiempos con la que se te llena el espíritu con sólo repetir mentalmente “Cabellera de Berenice"...

Y no me quejo, que conste. El nombre de mi calle actual tiene mucho que ver con Galicia. Pronunciarlo cuando me lo preguntan me hace pensar siempre en lluvia fina, vacas en los prados, piedra mojada, el color verde inundándolo todo, el mar a lo lejos... No, lo cierto es que no está nada mal...

Si las palabras son capaces de herir, de arrasar a su paso, e incluso de matar... ¿por qué cuando aprendemos a hablar no nos dan una licencia de armas? Renovable previo examen y reconocimiento psicológico. Anual para la gente menos habladora. Semestral, en los casos de caracteres excesivamente extrovertidos. Trimestral a los que en cuanto toman dos copas se les suelta la lengua. Denegada a perpetuidad a los bocazas.

Porque demasiado a menudo, las palabras son armas que carga el diablo...

Habría mucho más silencio, eso está claro. Pero las palabras que se oirían serían de las otras, de las que iluminan un día gris, de las que acarician, de las que unen con hilos invisibles, pero resistentes, de las que curan almas magulladas, e incluso logran resucitar a los muertos...

Reconstituyentes vitamínicos del alma, administrados gratuitamente y sin receta médica, a cualquier hora del día, y sin efectos secundarios...

A veces los recuerdos se incrustan en la memoria, se fosilizan, se funden de tal manera con nosotros mismos que cualquier esfuerzo por desprendernos de ellos es inútil, agotador y frustrante. Una obstinación en permanecer, en mimetizarse como si de un camaleón se tratara, para volver a aparecer, moviéndose lentamente, como una culebra, cuando creíamos haber logrado olvidarnos de ellos. Una resistencia al paso del tiempo, ese que todo lo cura, el que dicen que todo lo borra, que nos lleva a preguntarnos si será posible que los recuerdos indeseables, los que nos hieren, los que nos bloquean, los que nos arañan el alma poquito a poco, reabriendo la herida anterior cuando ya estaba casi cerrada, esos malos compañeros de viaje, serán capaces de seguir ahí, inmutables, incluso cuando nosotros ya nos hayamos marchado...

No me gusta mirar atrás. No es una postura natural, hay que girar la cabeza, torcer el cuello, y las personas estamos hechas para ir hacia delante. Pero de vez en cuando, el pasado me pisa los talones, me toca el hombro y me obliga a mirarle a la cara...

Miras al cielo, y es el mismo. Quizás algo más gris, pero igual de alto. Bajas un poco la vista, y tus ojos se enredan en las antenas de los tejados. Si dejas que tu mirada se deslice un poco más abajo, las ventanas que tengan las cortinas descorridas te dejarán entrar en hogares donde también se come viendo la tele, y los niños hacen los deberes a regañadientes, porque esa partida en la playstation estaba demasiado emocionante para tener que parar precisamente ahora... Ya en el suelo, deberás tener idéntico cuidado para no llevarte en tus zapatos algún inesperado regalo canino. Estás en París, sí. ¿Y qué?

Viajas, trasladas tu cuerpo y tu espíritu a unas latitudes distintas, pero sólo cambia el decorado. El encanto o la magia de los lugares no está en ellos mismos, sino en los ojos que los miran. Un estado de ánimo, un ansia de aventura, unas expectativas que se cumplen... o no. Las ciudades, por exóticas que sean, sólo son eso, suelo y edificios más o menos impresionantes, árboles polvorientos en parques que luchan por abrirse paso en el asfalto, aire más o menos contaminado, gente que sigue viviendo mientras nosotros les miramos.

Porque a fin de cuentas, la aventura, la verdaderamente apasionante, la de los cataclismos y las hecatombes, la de las revoluciones y los sucesos irreversibles, se libra dentro, no fuera. Cuando los cimientos se tambalean, poco importa el escenario que nos rodea...

Era un pobre como tantos otros que de vez en cuando te asaltan en el metro, haciéndote sentir culpable de tu ropa limpia, tu monedero con dinero fresco del cajero y tu suerte al poder decir que vas a alguna parte. Pero éste no tocaba el acordeón, ni cartilla de Seguridad Social en mano lloriqueaba con ese soniquete musical y repetitivo, clamando por una mujer enferma y unos hijos sin techo donde dormir. Quizás porque el metro no era el de Madrid, sino el de París, y allí hasta los pobres tienen otro estilo.

"No es justo. No puedo vivir dignamente, ni siquiera tengo dinero para comprarme unas pastillas y morir de una vez. No quiero seguir con esta muerte lenta, porque es insoportable, soy fuerte, pero no puedo más. Quiero acabar, una muerte rápida, que me permita descansar de una vez de todo esto. Pero cuando consigo el dinero suficiente para comprar las pastillas, me recogen los del Samur y me hacen un lavado de estómago. Ya lo han hecho dos veces. ¿Por qué? ¿Para qué me quieren mantener vivo, si esto mío no es vida? Es una agonía, lenta, terriblemente lenta. ¿Por qué quieren que viva? ¿Para verme así, agonizando delante de ustedes? Si quieren que siga respirando, quiero hacerlo así, como ustedes. Quiero comer, no digerir, quiero vivir en una casa, no dormitar en un banco..."

No escuché más, porque me bajé en la estación de Liberté, pero seguía hablando. Tampoco necesité oir más para saber que nunca es justo. Todos lo sabemos. Aunque nos incordien el trayecto, y nos recuerden que la línea entre el tener y el no tener es fina. Aunque intentemos seguir leyendo o subamos el volumen del discman. Siguen ahí. Seguirán ahí. Siempre.

Sólo que algunos saben expresarlo como si de un post de blog se tratara...

Ahí estaba, esperándome. En la mesa de los folletos de la catequesis, entre formularios para hacer el camino de Santiago por 795 euros y boletines parroquiales. Lo mismo ni siquiera me gusta, y lo dejo a medio leer, pero algo me dice que sí, que me gustará, y mucho. Porque trata de la búsqueda de ¿la verdad? Difícil aventura en la que se embarca el rey de un país imaginario que siente que su pueblo, próspero y en paz, ha perdido los referentes espirituales, dominado por un exceso de materialismo. Así que decide convocar a los representantes de las principales corrientes religiosas para que cada uno defienda la suya, y así elegir la verdadera para su reino. Un debate que aún no sé cómo terminará... pero promete ser cuanto menos interesante. (*)

Pero sé que me gustará porque ha venido hasta mí así, de esta forma casual y, como tal, un poco mágica. Porque tuve que llegar hasta allí, hasta la iglesia de Notre Dame du Sacré Coeur, en Maisons-Alfort, para asistir a un bautizo. Porque podría habérseme adelantado otro lector curioso, pero no lo hizo. Porque yo soy así de tonta, y no puedo evitar una sonrisa de oreja a oreja cada vez que veo ahí, sobre la mesa, a mi libro encontrado...

Ha sido el primer libro que he "cazado" después de haber liberado ya unos cinco. No lo encontré en el Retiro, ni en el tren de cercanías, ni siquiera en la parada del autobús camino a Madrid. Porque MI libro me estaba esperando allí, en París. Me pertenecerá hasta que lo lea, y vuelva a volar libre, en busca de otros ojos, de otras manos, de otro corazón que también saltará de alegría al verlo ahí, llamándole, diciéndole en silencio pero elocuentemente “Cógeme, léeme, ahora soy tuyo”.

Y quizás así, poco a poco, ese puñado de hojas emborronadas de tinta, dejé a su paso algún espíritu un poco más sabio, que termine por hacer suyo lo de intentar pasar por la vida dejando crecer aquello que nace, parándose a saborear lo que está maduro y, sin remordimientos, dejando partir a todo aquello que ya está muerto...

(*) "Le roi, le sage et le bouffon", de Shafique Keshavjee. Points. Éditions du Seuil. 1998.

Cuando me cargué la plantilla el otro día, me di cuenta de lo importante que se ha convertido esta historia del blog desde aquel día de marzo en que me decidí a escribirlo, espoleada por el ejemplo de Zoldado, el que a veces escribe cartas y Bernardo, el amnésico. Esas fueron las primeras bitácoras que leí después de ver un reportaje sobre el tema en el suplemento La Luna, de El Mundo, y me pareció una idea tan buena que me lancé sin saber muy bien qué iba a contar, ni cómo, ni hasta dónde podía llegar. Cuando han pasado cinco meses desde aquello, reconozco que el rito diario de contar algo es uno de los momentos más gratificantes del día, igual que dar un paseo por las bitácoras amigas, o lanzarme a pescar alguna nueva que merezca en el torbellino siempre en aumento de las debutantes.

¿Y por qué este gustillo por escribir, cuando llevaba años haciendo un diario? Pues sencillamente porque ahora sé que alguien me escucha. Esta ventana no encontró su auténtico sentido hasta el momento en que puse el sistema de comentarios. Ese flujo de ida y vuelta, ese saberse oído, y disfrutado, ese mirar hacia fuera y dejar que los demás también fisguen lo que hay dentro... caray, es de lo mejorcito que existe. Se descubre tanto y tan bueno, que de otro modo, nunca llegaría hasta nosotros... Gente que merece la pena, algunas personas que, poquito a poco, están terminando por convertirse en amigos, y de los de veras. Una vía de doble sentido en la que, sí, puedes encontrarte a kamikazes indeseables, cretinos absolutos y auténticos pirados, pero también descubrir a gente con sentimientos tan auténticos que a veces no puedes evitar el escalofrío. Gente con la que sufres cuando ellos lo hacen, con la que te alegras cuando las cosas les van bien, con la que esperas mordiéndote las uñas cuando andan pendientes de una respuesta importante para sus vidas... Gente que parece que te había estado esperando, porque estaba ahí, ya no lo dudas, para terminar encontrándose contigo...

¡Vaya parrafada “metablogística”! Pero tengo un atenuante: el trauma del template destrozado me ha hecho pensar mucho. Y no creo que pueda escribir de nuevo hasta el miércoles (sí, de nuevo de viaje, esta vez a Paris...). Y ya estoy echando de menos todo esto...

Pues me temo que la ventana gris de la chica melancólica que ¿esperaba o miraba irse a alguien? ha desaparecido para siempre. Ahora quizás sea bastante más chapucerilla, pero también es más luminosa, y la chica que mira por la ventana parece más impaciente y menos pensativa, más activa y menos lánguida. Espero que en este desastre mío se cumpla eso de que no hay mal que por bien no venga. Al fin y al cabo, el tiempo que he estado tirándome de los pelos y en estado semicatatónico frente al teclado no he tenido ni un solo pensamiento sombrío... sólo suicidas... vamos, que a punto estuve en varios momentos límite de terminar estrellando mi inútil sesera informáticamente hablando contra el monitor...

En fin, que estoy contenta. A pesar de todo. Aunque lo de solucionar el tono gris del blog que insinuaba el otro día no iba tan literalmente...

Y ¿qué demonios? Poco importa si las cortinas de la ventana son algo horterillas... si lo que deja ver merece la pena, ¿no?

Ayer comentaba con un amigo lo triste que es lo que escribo últimamente cuando en realidad en estos tiempos no estoy especialmente baja de ánimo, las cosas me van bien y tengo motivos más que suficientes para que este blog fuese pasteloso hasta decir basta. Pero, por el contrario, cuando me releo, veo textos melancólicos cuando no desesperadamente mustios. Lo cierto es que no estoy ni especialmente abatida ni tremendamente radiante. Me muevo en una medianía pasable, un estado que no es el ideal, pero tampoco digno de páginas que gotean desaliento y oscuridad. ¿Qué me pasa?

Está claro que estoy mucho más apesadumbrada de lo que yo misma veo, y la forma en que sale a la luz ese lado sombrío es el blog. Me asusta un poco no ser capaz de ver qué demonios me ocurre, si es que algo me corroe, y tener que fiarme de lo que quiere salir, a pesar mío, cuando decido escribir.

Es algo que tengo que solucionar. Ya.

Hoy empieza septiembre, y veo con sorpresa y nostálgico regocijo que es un mes “perfecto”. Así llamaba yo en mis años tiernos (8, quizás 9...) a los meses que empezaban en lunes, rellenando de forma simétrica y ordenada los huecos del calendario desde el primer día. Me gustaba ver que la semana empezaba con el mes, y ningún vacío quedaba a la izquierda del 1. Todo era tan ordenado, tan “como debía ser”, que cuando llegaba un mes “perfecto” tenía la sensación de que todo lo que ocurriera a partir de ese lunes 1 tenía que ser armónico y pulcro, simétrico y adecuado. Luego no era así, claro, pero la ilusión, superstición o mera tontería de que los acontecimientos podían adecuarse a un sentido de la simetría similar al del calendario me acompañaba unos días, hasta que simplemente la vida diaria hacía que me olvidara de ese ideal de perfección... hasta el próximo mes perfecto. Lo que no podía evitar al mes siguiente que, inevitablemente, ya no era de los perfectos, era una decepción al ver que la llave para conseguir que un mes que empezara o no en lunes la tenían los otros meses, los imperfectos, los que arrastraban el “error” de empezar en martes, domingo o jueves.

Ya no creo en la perfección de los meses que empiezan en lunes. Pero aún me queda la sensación de que, demasiadas veces, los otros meses del calendario, los demás, las circustancias ajenas a nosotros mismos, son los que tienen la última palabra para que nuestra vida sea más o menos cercana a algo que unos llaman perfección y otros, simplemente, felicidad.