Cuando sea vieja, pero vieja de verdad, tan vieja que todos los que me hayan conocido se hayan muerto o estén en el asilo a punto de palmarla, y esté sola, pero sola por completo, tan sola que el Estado se esté frotando ya las manos pensando en quedarse con todas mis pertenencias, entonces, cuando me entre el pánico y necesite el contacto humano para no perder la cordura, cogeré mi abono transportes de la tercera edad y, pasito a pasito, me plantaré en el aeropuerto. Habrá quien crea que he ido a esperar a alguien, quizás a algún nieto de vuelta de un viaje de estudios, o a esa hija que vive en Alemania desde hace tanto tiempo, y que cada año pasa unas semanas con su anciana madre. No pienso desmentirlo si me lo preguntan. Me sentaré en llegadas hasta que salga una manada de turistas cargados con cajas de ensaimadas, y entonces me acercaré a la barrera, y haré como que busco a alguien. Cuando me canse de hacer el indio, me daré un paseíto hasta salidas, y miraré a los que se van. Escucharé las risas nerviosas y entusiasmadas de los niños ante su primer vuelo, las instrucciones de último momento de los que se quedan (“Llama en cuanto llegues”, “¿Has cogido las botas negras?”), y veré el brillo en sus ojos al enfrentarse a esa pequeña brecha en la rutina que siempre es un viaje... Y si veo que los días se suceden sin cruzarme con un solo vecino, haré de esta excursión una obligación tan sagrada como tomar la pastilla para la tensión o las gotas para los mareos matutinos. Así, si una semana falto a mi visita al aeropuerto, las chicas de información se preocuparán por mi ausencia, y al menos tendré el consuelo de que mi cadáver será descubierto por los bomberos apestando lo menos posible...
Pero a Dios y a ustedes pongo por testigo de que no terminaré mis días sentada cada mañana en la sala de espera del ambulatorio, en busca de medicinas que no necesito, lamentándome de los muchos dolores que me atormentan, y escuchando historias de enfermedades que no aún no se me había ocurrido pensar que podría tener.
(Reflexión tras una escapada rápida al centro de salud, en busca de pastillas para la alergia y Ventolín, que no se imaginan ustedes lo que es pasarse la noche estornudando hasta diez veces seguidas, y tosiendo cual tuberculosa Dama de las Camelias...)
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martes, septiembre 30, 2003
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1:59 PM
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dejaron sus dedos sobre el cristal


