La panadería liquida sus últimas barras a la luz de dos velas. El bar sirve refrescos en la penumbra y, lo nunca visto, sin el murmullo de la televisión de fondo. Las peluqueras charlan ociosas, sentadas en las sillas donde deberían estar las clientas con los rulos puestos. Las señoras vuelven sin prisa de la compra, a fin de cuentas hoy tendrán que comer fiambres y ensalada, si la cosa sigue así. El cerrajero se fuma un cigarro, mientras mira los arroyos que se precipitan calle abajo, después del aguacero.

No hay luz. Pero la vida sigue. De otra manera. Más lenta. Más pausada. Aprovechando los interminables minutos que el apagón se empeña en hacer durar más allá de la simple anécdota. Mirando las cosas con otra luz, literalmente, acostumbrando a los ojos y a la mente a funcionar por sí mismas, a tener que hacer cosas que, sí, todavía existen, y no precisan la ayuda de la electricidad.

Un paréntesis. De esos que primero te incordian, luego disfrutas y finalmente agradeces.

Hasta el próximo apagón.

Nunca me han gustado las serpientes...

Así que cogeré a ésta por el pescuezo y la haré un nudo. Bien fuerte. No pienso dejar de apretar hasta que vea que está bien muerta. Y lo haré ahora que es pequeñita y puedo con ella, apenas está recién salida del cascarón...

Aunque se revuelva, me muerda, y me pase unos días medio mala, viendo visiones y con el cuerpo revuelto. Incluso si me llaman salvaje y antiecologista, y mi reputación se ve irreversiblemente deteriorada. Me da igual. A pesar de que saber a ciencia cierta que convivir con ella me resultaría mucho más cómodo.

Pero es que no puedo...

No sé mentir. No valgo para mentir. No puedo vivir mintiendo. La sola idea de tener que hacerlo me afecta. Me perturba. Me altera. Y languidezco. Me amustio. Me apago poco a poco. Me muero.

A fin de cuentas, no es más que una cuestión de supervivencia.

Y yo quiero vivir.

Palabras poderosas e ardientes, capaces de propagar incendios con sólo pasar los ojos sobre ellas. Corazones solitarios, agostados, secos, tanto que una chispa venida de muy lejos puede obrar el milagro. Frases que dan la vida o la quitan. Espíritus que recuperan el pulso, y se sorprenden con la mirada ida, la sonrisa soñadora y el café frío, mientras asienten automáticamente, pero realmente lejos, muy lejos, a cientos de kilómetros de allí. Cartas que se guardan, mensajes que se atesoran como joyas de valor incalculable, y se leen hasta gastar el sentido de las palabras, hasta apoderarse de su esencia, hasta que esa esencia es parte de uno. Hilos que unen vidas. Recias cuerdas invisibles capaces de atar lo más inasible. Capaces de atrapar almas.

Asistimos al renacimiento del galanteo, del acoso y derribo del amado como en aquellos lejanos tiempos en los que aproximarse al objeto del deseo era una quimera. Vuelve la pasión en la distancia. La época de las cartas intercambiadas entre nervios y ansiedad, entre esperas e impaciencia. El amante sin rostro, pero con alma. El cortejo lento y estudiado. El de las barreras físicas y la tierra de por medio.

Todo vuelve. Aunque los caminos por los que hoy circulan las misivas de amor no sean polvorientos, sino asépticas autopistas cableadas.

A pesar del ADSL.

Los deseos tienen fecha de caducidad.
Igual que los sueños. O las ilusiones. Todos ellos tienen un momento. Su momento. El momento justo en el que deben realizarse. Pasado ese tiempo, que terminen por cumplirse puede ser muy peligroso. Dañino. Destructivo. Increíblemente tóxico.

Letal.

Hoy me he dado cuenta de lo cortas que las mentiras tienen las patas.

Es más. Creo que de puro chiquititas, ni siquiera tienen. Tus mentiras se vuelven contra ti, moviéndose sinuosamente, arrastrándose como las serpientes, mimetizándose con el entorno, acercándose en silencio... sin que te enteres... Y, curiosamente, con qué rapidez son capaces las muy puñeteras de recorrer distancias kilométricas. Abismos engañosamente infranqueables, como esa falsa gran sima que separa el mundo real de la blogosfera...

Como que me he encontrado con una enroscada en mi brazo...

Caray... menudo susto.

Sé que hay miles de colores. Me han dicho demasiadas veces que nada es blanco o negro, y a veces hasta soy capaz de decírselo yo a otras personas, y hasta creerlo de verdad según lo digo, pero no puedo evitar caer una y otra vez. Siempre termino por moverme en los extremos. A veces me pregunto si tendrá algo que ver con el hecho de que creciera usando cajas de pinturas en las que sólo existían los tonos claros y oscuros. Verde claro, un verde manzana chillón y vivaracho, y verde oscuro, un verde botella apagado y mustio. Azul claro, un azul cielo rabioso, de día de verano despejado e inmisericorde, y azul oscuro, un marino sombrío como de noche cerrada o tabardo de capitán de barco. Rosa, ese rosa del chicle de fresa, el de los cerditos con la cola en forma de sacacorchos, y rojo, el rojo de las manzanas que siempre pintaba en los árboles que siempre rodeaban la casa que siempre dibujaba cuando me decían que tocaba dibujo libre.

Conseguir un verde aguamarina, o un verde oliva, era prácticamente imposible... Había que resignarse y renunciar a pintar a las personas color carne. Y olvidarse de los matices del azul, nada de azul turquesa o azul cobalto. Por mucho que me empeñara en buscar tonos intermedios, mezclándolos con blanco, apretando flojito, pidiéndole sus pinturas a mi compañera de delante, porque las suyas eran de otra marca... Nada. Ni aun así.

Ahora ya no dibujo, pero sigo buscando sin éxito ese equilibrio que me mantenga tan lejos de la euforia excesiva como de la tristeza desesperada. Un término medio que me evite esa desolación absoluta, capaz de matar cualquier atisbo de vida cuando aparece. Una alegría juiciosa, menos intensa quizás, pero también más despreocupada de sus propios límites y mejor vivida. Y es que, aún en los momentos más plenos, cuando más arriba estoy, soy consciente de que no se trata más que un respiro, increíblemente intenso y en el que la vida muestra su mejor cara, sí, pero sólo eso: un paréntesis antes de la siguiente caída en picado a los infiernos...

Yo no lo doy todo porque espere algo a cambio...

Simplemente soy así. La casualidad me hizo de esta manera. Un espermatozoide con espíritu altruista que tuvo la suerte de cruzarse ese mes con un óvulo especialmente dotado para la escucha. Puro azar.

Pero eso no quiere decir que me conforme con nada...

Nadie lo hace.

Ni siquiera yo.

Desear con fuerza algo que no tienes y que es difícil de conseguir, no sólo es inútil, porque el deseo, excepto en los cuentos de hadas, no es algo fácil de materializar, sino que su imposibilidad desgasta, desencanta y te deja una sensación de vacío difícil de llenar. Aunque lo peor de suspirar por algo es que esa idea única termina por ahogar lo que sí tienes, humedece e inutiliza los mimbres con los que puedes (debes) tejer tu existencia, la del “ahora”, la que de veras importa, la que te toca vivir quieras o no quieras mientras esperas que llegue un futuro que, igualmente, se convertirá en presente, imposibilitándote para salir de un círculo en el que te irás conformando con lo que hay. Al menos hasta mañana, porque quién sabe si mañana...

A veces pienso que no tengo más que un montón de material enmohecido, que apenas sirve ya, con el que tampoco tengo nada claro qué puedo hacer, mientras sigo esperando, a ver qué pasa...

A ver si pasa.

Me muevo entre la racionalidad y el anarquía. El orden me fascina, me atrae desde que tengo uso de razón, aunque haya hecho poco uso de ella, e incluso se dé la paradoja de proyectar una imagen de mi de persona con la cabeza en su sitio que nunca pierde los papeles. Nada más lejos de la realidad. Es el descontrol el que me domina. Consigue triunfar siempre. Dejar mis agendas inutilizadas con dos meses llenos de anotaciones y diez vacíos. Romper todos mis planes de orden y lógica. Mandar a paseo todos mis buenos propósitos de actuar con la cabeza que siempre hago en septiembre y luego, otra vez, en año nuevo. Sacar mi lado más caótico, pegar una patada a mi chiringuito de planes y proyectos perfectamente organizado y patear con furia, hasta dejar sin sentido, a la lógica y a lo que debe ser.

A veces me dan ganas de dejarme llevar por mi natural anárquico. Claudicar ante la fuerza del caos. Pero cuando me encuentro con esos ojos que, en ocasiones, me cuesta reconocer, y que me miran desafiantes retándome, no puedo evitar sostenerle la mirada. Y mi yo ordenado y metódico, con esa calma que desarma, ese tono de voz susurrante, que pone en ridículo a esa loca gritona sin argumentos razonados, la mira con suficiencia, un poco por encima del hombro, hasta que logra hacerla retroceder, avergonzada...

Pero por poco tiempo...

Cuando te encuentras cara a cara con alguien después de haberlo conocido leyendo su blog pueden pasarte tres cosas:

1. Que sea exactamente como pensabas. El continente se adecua al contenido, el lenguaje corporal se corresponde con el lenguaje escrito de manera perfecta, y todo parece encajar: no estás frente a alguien que ha creado un personaje, sino frente a la persona que ya habías adivinado por lo que escribía. No sé si ése es el objetivo a cumplir, pero sea como sea, está logrado.

2. Que no tenga nada que ver con lo que imaginabas, y te decepcione. Hay algo que no cuadra: esos ademanes no se corresponden con la forma de ser que has visto reflejada durante tantos meses sobre la pantalla. Ese carácter pide una percha completamente distinta, no reconoces esos gestos. Se produce algo así como un cortocircuito, y me imagino que nunca más vuelves a leer ese blog de la misma manera. Se te cae el alma a los pies, vaya...

3. Que no tuvieras una idea definida, pero encaje tan bien que no podría ser de otra manera. Te sorprendes comprobando que la persona física se corresponde a la perfección con lo que se dibujaba a través de sus palabras. Demasiado bien, incluso. Hay una coherencia tan perfecta que quizás por eso, por ser tan exacta, jamás te habías atrevido a imaginarla, por no pecar de excesivamente iluso. La experiencia te deja una ligera sensación de irrealidad... de la buena: aún es posible que te sorprendan... agradablemente.

Ayer experimenté las tres situaciones.

Me sumerjo en el agua y desaparezco. Bueno, no soy yo la que se esfuma. Es el mundo el que se diluye, se desdibuja, aunque quizás sea porque estoy sin gafas, y la miopía es lo que tiene, esa capacidad para difuminar los contornos, para amortiguar incluso los sonidos, para aislarte del exterior como ni siquiera lo consigue la oscuridad o el silencio... Será una ilusión óptica, quizás una alucinación debida a un exceso de temperatura del agua, pero por un instante estoy convencida de que la vida más allá de esta bañera no existe.

Lo que no tengo muy claro es si eso es una ventaja o un inconveniente...

Ser rico no consiste tanto en gastar sin límite, sino en la certeza de poder derrochar sin restricciones ni mala conciencia si se te antoja. Saber que podrías comprar lo que quisieras. Cuando te diera la gana. Y poder no hacerlo. O sí.

Ser rico es tener a tu alcance un lugar como el Museo del Prado y no pisarlo en toda tu vida. Pero saber que si un día te da la vena, puedes ponerte el traje de turista, cogerte una mañana libre y deambular entre unos cuadros que no tienes en el salón de tu casa, pero que también son un poco tuyos.

Ser rico es poder ir solo y pegarte a un grupo de señoras mayores de Valladolid con una guía jovencita y simpática, que además explica con mucho arte quién son las parcas, esas antipáticas señoras que Goya pintó cuando se quedó sordo, el hombre nunca se recuperó y le dio por pintar esos cuadros tan negros y tan deprimentes... O pegar la hebra con una chica mexicana que ha venido a España de vacaciones, y no sabe qué pasó exactamente el 2 de mayo para que andaran fusilando a la gente por la calle, de madrugada...

Ser rico es poder reírte en las barbas de un San José tan humano como tu vecino del 3º, desbarrar con las historias mitológicas de dioses vengativos y ninfas desvergonzadas, jugar a adivinar nombres de cuadros, alucinar con las interpretaciones de los críticos sobre las pompas de jabón (símbolo de la infancia que, frágil y ligera, huye...) o el humo de un tren (¿qué podría significar, sino el progreso...?), comprobar con estupor cómo el rey Juan Carlos se parece cada día más a su tataraantepasado Carlos IV, dar vueltas buscando la puerta de Murillo, preguntar a una funcionaria, luego a otra, y comprobar que entre los requisitos para trabajar en el museo debe encontrarse ser un poco borde y más seca que el esparto. Ser rico es poder hacer todo eso en compañía de alguien.

Por cierto, la exposición de Manet, espectacular...

El día que decidió dejar de tener miedo se asustó de su propia osadía.

Pero fue la última vez.

enía que suplicar, ponerme pesada hasta decir basta, pero a veces funcionaba, y mi madre cedía a mis ruegos. Y no era fácil, porque madre más celosa de sus tareas y su territorio no ha parido abuela. Así que conseguir que me dejara tocar la plancha era un triunfo, una pequeña victoria que, cuando llegaba, me sabía a gloria. Y allí me tenía, pegada a la tabla el tiempo que hiciera falta, esperando que terminara con las camisas de mi padre, la falda del colegio y las sábanas, y que llegara mi momento. Los pañuelos. Esos cuadraditos de tela con florecitas rosas o pájaros volando, los fáciles, y los grandes de rayas y la inicial bordada en una esquina, los de mi padre, los que había que saber doblar como es debido, toda una ciencia.

Ahora tengo mi propia tabla, una plancha y un montón de ropa esperándome. Pero no es lo mismo. Aunque algo no ha cambiado: sigo guardando los pañuelos para el final. Y plancharlos sigue siendo un momento especial, en el que aún siento ese cosquilleo de la responsabilidad de no dejar ninguna esquina arrugada y el desafío de conseguir la simetría perfecta a la hora de doblarlos.

Quizás fuese la prohibición terminante de acercarme a las camisas, o la negativa sin vuelta de hoja en lo que respecta a los pantalones. No lo sé. Lo mismo hasta fueron los propios pañuelos, tan fáciles y humildes ellos...

Pero logró que ahora planchar me guste...

Era un jueves fresco, muy similar a las tardes medio lluviosas, pero aún traidoramente soleadas que estos días se empeñan en meter en la cama a más de uno con la cabeza a punto de estallar y las narices goteantes. No llovía, pero hubiese dado igual. No había vestido de raso que lucir bien en las fotos, ni falda con cola que arrastrar entre pétalos de rosa, ni velos cubriendo honestidades de las que dar cuenta ante Dios ni ante los hombres. Porque ese día, igual que hoy mismo, todos sobraban. Por eso allí estábamos él y yo, dos testigos ineludibles, el juez de paz y el secretario. Cinco minutos escasos. Y la eternidad por delante.

De momento, hoy hace ya nueve años...

Llevo demasiado tiempo balanceándome peligrosamente sobre el abismo de la incertidumbre. Y eso que yo no tengo vértigo, y prefiero con mucho los barrancos del no saber a las planicies de la rutina, los despeñaderos de lo inesperado a los algodones de lo cotidiano y lo previsible... Pero tanto bamboleo me está empezando a marear, tanto que ya apenas disfruto con el paisaje, y sólo deseo un poco de estabilidad, un saber dónde estoy y qué puedo esperar de ello. Necesito imperiosamente poder poner los pies en el suelo. Saber si aún me funcionan.

Me asusta saber qué ocurrirá cuando la cuerda que me sostiene termine por escurrirse de mis manos.

Porque ya no creo que aguante mucho más...

Hombres jóvenes, matrimonios con niños pequeños de la mano, abueletes ágiles y secos como sarmientos. Todo tipo de gente, con lo cual no podía tratase de una cumbre excesivamente dificultosa. La noche nos había sorprendido en una especie de refugio, con sus literas corridas, y ese olor a humanidad inconfundible tras una jornada de sudores con la mochila a la espalda. Recuerdo el momento del despertar, el desayuno rápido, antes de que el sol calentara demasiado, y la rapidez ansiosa de volver a reemprender la marcha, como si la montaña fuese a moverse de su sitio, y hubiese que llegar a tiempo. Yo les miraba a todos con una mezcla de incredulidad y pena, salpimentada con un alivio que me dejaba un punto de mala conciencia por ver claramente que estaba haciendo lo que debía, a pesar de ser la única que parecía darse cuenta. Yo volvía en el autobús, aunque todos los demás habían decidido seguir, culminar un monte del que sabían que casi con toda seguridad no bajarían. Pero querían subir. Ni siquiera era un ochomil, ni nada parecido, sin embargo niños y abuelos, mujeres en la flor de la vida estaban decididos a exponer su vida a cambio de una rápida ojeada al mundo desde un punto ni siquiera lo bastante alto como para presumir de haber sufrido mal de altura. No tenía sentido. No podría explicar el por qué de ese riesgo mortal, cuando ni había nieve, ni era difícil técnicamente, ni nada de nada... pero el peligro estaba ahí, y todos eran conscientes de ello, y les daba igual. Con mis cosas en la mano, dirigí una última mirada a esas caras sonrientes e ilusionadas y cuando ya me adentraba en lo más espeso del pinar, en busca de un autobús que me llevara a un lugar donde reinara un poco de cordura, un muchacho me alcanzó. “Me voy contigo. ¿Sabes como es? Te pegan un tiro cuando ya has bajado. Un disparo de frente, mirándote a los ojos, a menos de tres metros. Y yo paso”. Se puso a mi lado, y seguimos andando.

No tiene ni pies ni cabeza, como suele ser habitual, pero ha sido nítido, lleno de detalles, olor a bosque y agujetas en las pantorrillas, incluidos, con una lógica interna aplastante. Sólo sé que me he despertado de golpe, en seco, con el corazón a todo gas, y ha pasado un buen rato hasta que me he dado cuenta de que la montaña (¿la vida?) se cobra su precio, pero ni siquiera ella es tan cruel como tener a un tío esperando a todo aquel que consiga bajar, listo para liquidarle de un tiro, a quemarropa, a menos de tres metros...

Se admiten interpretaciones.

“Dime por qué lloras y te diré si necesitas pañuelos o un bofetón”

(...)

Necesito un guantazo.

Vendrán días en los que la tinta con la que escribes no será la misma que tu corazón herido va dejando por donde vas. Un rastro que te delata, mientras intentas mantener la compostura ante un mundo que se derrumba, en lugar de intentar ponerte a salvo. Vestigios de tiempos turbulentos, horas amargas capaces de desvirtuar un pasado que quizás no fuese perfecto, pero que tuvo su valor hasta que la vida se encargó de hacer de ello papel mojado, billetes de banco de otra época que hoy no puedes canjear, porque ya no son de curso legal. Jirones inservibles, imposibles de volver a zurcir, restos de una tela que en su día estuvo de moda, y fue bonita, y cara, y cubrió con elegancia y comodidad los mismos cuerpos que antes se fundían y que ahora se repelen. Los mismos cuya cercanía ahora tan sólo produce una extraña mezcla de dolor por lo dejado atrás, pena por lo que ya no llegará, y una sensación de estupidez absoluta por no haber sabido verlo venir, por no haber podido evitarlo...

Vendrán tiempos en los que volverás a creer. Recuperarás el corazón que hoy no eres capaz de encontrar por más que buscas. Y las heridas de hoy serán cicatrices que otros dedos recorrerán suavemente mientras te preguntan: “¿Qué pasó?”

Y tú sonreirás. Y no será necesario decir nada, porque hay ocasiones en que las palabras sólo estorban...

A veces me siento como un turista rechoncho y tragaldabas, vestido de Coronel Tapioca, en tierras africanas devastadas por la miseria, pero con la maleta bien provista de latas de sardinas, galletas y lomo ibérico pasado de estranjis en el aeropuerto.

Puedo ofrecerle una galleta a ese niño mocoso y flacucho, y me lo agradecerá con una sonrisa triste, de esas que no llegan a iluminar los ojos... O compartir con el guía, ése que va descalzo por las peñas con más ligereza que yo con mis botas goretex, una lata de atún, quizás la primera conserva que haya probado en toda su vida...

Pero cuando por la noche, en el hotel, después de haberme dado un baño caliente, ya con el pijama puesto me disponga a cortar unas rodajas de lomo, el nudo que tengo en el estómago hará que me cueste tragarlo. Dará igual que sea lomo ibérico de bellota y pata negra. Me lo comeré. Y me alimentará. Pero no disfrutaré de ello como merece.

Porque no podré apartar de mi mente los ojos sin vida del niño, ni su sonrisa inmerecida, ni los pies insensibles del guía, ni su forma de rebañar la lata, hasta la última gota...

Mrs. Martha era argentina, alta y desgarbada. Además de simpática, siempre sonriente, y dueña de una paciencia infinita que usaba sin demasiado éxito con un hijo no sé si hiperactivo o simplemente insoportable, eso nunca estuvo claro. Y sabía inglés. Y además vivía tres pisos más abajo, lo cual era perfecto para mi madre, que se ahorraba tener que llevarme y traerme, y para mí, que ni siquiera tenía que coger el abrigo en invierno, y de una carrera y cuatro saltos por las escaleras me plantaba en clase, y si se me olvidaba el boli rojo o el cuaderno de “homework”, podía subir a casa a buscarlos en un santiamén. Vamos, un lujo.

Un día Mrs. Martha nos anunció que se mudaba. Nos recomendó a una amiga también profesora que vivía unos bloques más allá. No era tan cómodo, pero bueno. Podíamos seguir yendo solos. Emigramos en masa a casa de Ana, una andaluza pelirroja y pecosa, de rizos endiablados como una irlandesa. Ana organizaba competiciones de inglés con premios en lugar de hacer exámenes. Y en navidad nos preparaba una fiesta con gusanitos, patatas fritas y coca cola, y regalos para cada uno, con nuestro nombre escrito con su primorosa letra de novela gótica en etiquetas de colores: un cuaderno, una goma de borrar con olor a fresa, un estuche... Pero todo ello con la particularidad de haber sido comprado en sus viajes a Londres, donde aún vivían sus padres desde que emigraron cuando ella no era más que una cría. Ana tenía una perra feísima que se llamaba Beauty, y que se hizo vieja y se quedó ciega durante el tiempo en que yo asistí a sus clases.

Hoy, buscando un sacapuntas, me he encontrado uno de esos lápices londinenses que en aquellos días mirábamos como un tesoro exótico y exclusivo. Y no he podido evitar pensar qué poco hace falta (unas patatas fritas, unas gomas de borrar con sabores "made in China" pero compradas en Oxford Street, llamar “English Competition” a un examen...) para quedar grabado a fuego en el dúctil corazón de un niño.

Lo peor de que te mientan no es la mentira en sí. Para nada. Por muy gorda que sea la bola que te hayan hecho tragar, por mucho que te duela luego la barriga, por duro que sea asumir una realidad que no tiene nada que ver con lo que tú venías creyendo. Lo más triste de saberse engañado es la sensación de estupidez que se te queda al descubrirte incapaz de haber visto la trampa. Y no es eso lo más cruel de las mentiras. Ni mucho menos. Porque uno termina aceptando lo ya inevitable, y el bochorno termina pasando, las mejillas recuperan su color natural y la vida sigue. Y la tristeza se diluye en el tiempo, siempre corrosivo y destructor, y uno sigue adelante. Con lo que hay. No queda otra.

Pero nada, ni los años, ni el arrepentimiento del mentiroso, ni la evidencia de que existe más gente honesta que troleros, puede acabar con el peor de los efectos del engaño sobre el alma: la destrucción de la credulidad, esa pérdida de inocencia irrecuperable, la desconfianza ante el futuro. Un escepticismo injustamente democratizador ante lo que queda por llegar que impide volver a ver la vida con los mismos ojos.

Así que, adelante. Miénteme, cuéntame medias verdades, manipúlame, carcajéate a mis espaldas ante mi simpleza si eso te hace feliz...

Pero que yo no me entere.

Lo peor de que te mientan no es la mentira en sí. Para nada. Por muy gorda que sea la bola que te hayan hecho tragar, por mucho que te duela luego la barriga, por duro que sea asumir una realidad que no tiene nada que ver con lo que tú venías creyendo. Lo más triste de saberse engañado es la sensación de estupidez que se te queda al descubrirte incapaz de haber visto la trampa. Y no es eso lo más cruel de las mentiras. Ni mucho menos. Porque uno termina aceptando lo ya inevitable, y el bochorno termina pasando, las mejillas recuperan su color natural y la vida sigue. Y la tristeza se diluye en el tiempo, siempre corrosivo y destructor, y uno sigue adelante. Con lo que hay. No queda otra.

Pero nada, ni los años, ni el arrepentimiento del mentiroso, ni la evidencia de que existe más gente honesta que troleros, puede acabar con el peor de los efectos del engaño sobre el alma: la destrucción de la credulidad, esa pérdida de inocencia irrecuperable, la desconfianza ante el futuro. Un escepticismo injustamente democratizador ante lo que queda por llegar que impide volver a ver la vida con los mismos ojos.

Así que, adelante. Miénteme, cuéntame medias verdades, manipúlame, carcajéate a mis espaldas ante mi simpleza si eso te hace feliz...

Pero que yo no me entere.

No quiero estar de vuelta de todo. Lo que yo quiero es que siempre quede algo capaz de desconcertarme y de romper mis esquemas. Algo que logre despertar mi interés. O mi rechazo. Pero que nada consiga pasar por mí sin dejar un surco más o menos profundo.

Me niego a ver las cosas venir. Prefiero ir yo hacia ellas, porque en el camino puede pasar de todo, cosas mucho más interesantes que aquello hacia donde me dirigía cuando me puse en marcha. Además, sentarse a esperar te roba un tiempo precioso, el mismo que podrías emplear en ayudar a que pase lo que realmente quieres que suceda.

No estoy dispuesta a someterme a lo inevitable. Reconocer que no puedo cambiar lo que me afecta y no acepto significaría asumir la derrota sin haber luchado. Renunciar a la posibilidad de plantarle cara a las circunstancias me parece mucho más humillante que el peor de los fracasos, que el más bochornoso de los vapuleos.

Hoy me he levantado respondona, como diría mi madre. Y no, no pienso disculparme por ello.

Lo siento.

Deberían avisar. Como ahora hacen con el tabaco. O como con lo de llevar el casco en la moto. Pero igual que pasa con los cigarros, nadie haría caso. Porque nadie escarmienta en cabeza ajena. Pero, sobre todo, porque cuando funciona, no hay nada mejor...

Aún así, no estaría de más alguna advertencia, algún consejo. Por lo que pudiera pasar. ¿Quizás algo así?

“El amor puede matar. Su uso indebido o malentendido puede producir la muerte física en el peor de los casos, y lesiones irreversibles en el alma en mayor o menor medida. Los efectos del amor como posesión, dominio y sentimiento de propiedad sobre el amado pueden hacer que no haga falta morir para saber lo que es el infierno. La actitud de aguantar pretendiendo que las cosas cambien puede destrozar las vidas de todas las partes implicadas, incluidas las de los hijos, si es que existen.”

(Hoy he visto “Te doy mis ojos”, de Iciar Bollain. Y aún estoy asustada...)

El contador de gente que pasa por aquí se ha vuelto loco hoy. ¡He llegado a ver 30 personas asomadas a la ventana a la vez! Si lo máximo que había visto hasta ahora eran 4... Imposible, vamos.

Si fuese cierto, debe de estar ése que se conecta desde Washington varias veces al día, y el de Argentina, también el de Aravaca, y el nuevo, el de Canarias, el que anda por Australia, el de Holanda, el de Denver (Colorado) y el californiano de Marina del Rey. El de aquí al lado, el de Alcobendas, el de Barcelona, el de Sevilla, el chileno, el de México, el de Uruguay, e incluso el de Irán, que se asomó un día y nunca más ha vuelto...

Me los imagino a todos apiñados, de puntillas, intentando asomar la cabeza para ver algo, y sin conseguirlo... Dándose codazos para intentar abrirse hueco. Los de delante, intentando ver través del cristal, los de más atrás, preguntando “¿Véis algo? ¿Ya hay un post nuevo? ¡Yo quiero comentar! ¡Déjame pasar! Eh, tu, baja la cabeza!”

Gente difusa, algunos visitas de una y no más, otros habituales incluso de varias veces a lo largo del día. Gente más definida, que a lo largo del tiempo va tomando cuerpo y pasa de ser un IP con un lugar de conexión a convertirse en alguien cercano. Gente querida, que ha terminado por saltar desde la ventana y se ha colado sin vergüenza alguna en esa vida que se desarrolla más allá del cristal.

Pero sigo sin poder creerme que los 30 se hayan puesto de acuerdo para mirar al mismo tiempo...

Cuando era pequeña, me bastaba el mes de julio para descansar de todo el curso. Supongo que ya por aquel entonces tenía alma de asalariada sumisa y conforme con su mes de vacaciones anuales. Porque agosto ya se me hacía muy cuesta arriba, demasiados días por delante. Y si podía soportar los primeros quince días de septiembre era porque ya era posible comprar los libros nuevos y me entretenía en forrarlos, ponerles el nombre con el Dymo y mirarlos al derecho y al revés.

Y ahora tengo todo el tiempo del mundo en mis manos. Genial. Envidiable sobre el papel para cualquiera. Tedioso y frustrante después de seis meses en esta situación. Porque ¿para qué quiero tantas horas si no tengo con qué llenarlas? Soy como uno de esos jubilados deprimidos al encontrarse con una vida en la que ha desaparecido la razón por la que han abierto los ojos cada mañana durante 40 años. Pero en mi caso es aún peor, porque no he perdido nada. Nada que merezca este sentimiento de vacío tan grande. Aún no he encontrado ese trabajo cuya pérdida merezca una depresión, así que me niego a sentirme excesivamente mal. Tan sólo lo justo. Ni más ni menos. No puedo permitirme ese lujo.

Pero a pesar todo, si algo logra que el alma se me caiga a los pies cuando me da por pensar, es ver que ya es tarde. Que lo que encuentre será basurilla laboral. Y gracias. Que cada día que pase podré elegir menos. Porque estoy entrando, sin apenas darme cuenta, en ese pantanoso territorio en el que la edad empieza a ser un obstáculo a la hora de encontrar un empleo...

Me voy al Museo del Prado.

Vuelvo a casa con los colores otoñales de la pradera de San Isidro en los ojos. Majos y majas con redecillas en el pelo retozando entre tortillas de patatas y chocolate con churros. Aguadores y pilletes robando fruta. Arrieros con borricos y cortesanas confraternizando con el pueblo llano. Toda la parafernalia castiza de los tapices de Goya, que tantos años hacía que no veía. Y no puedo evitar traerme conmigo a “Ana Karenina” y “Madame Bovary”... Ando bibliófaga yo últimamente. Mucho. Nada menos que siete libros comprados esta semana que aún no ha terminado. Y está claro que éste va a ser el otoño de las adúlteras pasionales en lo que a mis lecturas se refiere (también tengo en lista de espera de relectura “Las amistades peligrosas”...). El día invita a quedarse fuera, al sol, y así lo hago. En la terraza, el silencio y un té de jazmín me acompañan mientras me sumerjo en el primer capítulo de mi primera edición (¡qué no habrá visto este puñado de hojas amarillentas desde 1909!) de “El caballero encantado”, de Benito Pérez Galdós...

Sé que algún día echaré de menos todo esto...

Róbame el pasado. Quizás hasta me hagas un favor, ayudándome a soltar un lastre que en ocasiones me aprisiona demasiado.

Apodérate de mi presente. Te lo regalo. Total, ¿de qué me sirve si no tengo con quién compartirlo?

Pero, por favor, no me quites nunca esta curiosidad mía por ver qué me espera a la vuelta de la esquina. Aunque te huelas que no va a ser nada bueno. Deja que me asome. Ya me pondrás una tirita si hace falta.

Nado en la soledad porque es mi elemento. A él me lanzaron sin preguntarme si me gustaba el agua o no. En él he crecido. A mi pesar, pero era lo que había. O movías los brazos o te ahogabas. Ella ha hecho de mí lo que soy. Le debo mucho. Supongo. O muy poco. Según se mire.

Eso no quita que cuando siento que no puedo más, que mis piernas se agarrotan y no me sostienen después de tanto rato chapoteando en medio de ninguna parte, me guste poder alargar la mano y encontrar algo a lo que agarrarme. Un flotador, aunque sea de esos malillos, de publicidad de gaseosa. Una roca, a pesar de los arañazos en las pantorrillas al subirme a ella. O aún mejor, una playa donde tirarme en la arena, cerrar los ojos y saber que, aunque dentro todo esté oscuro, no tengo más que abrirlos para comprobar que ahí fuera hay luz.

Y es que por mucha agua que te rodee, si no paras y sigues nadando terminarás encontrando tierra firme. No es mucho consuelo cuando ya tienes los dedos acorchados y estás hasta las narices de tragar agua. Pero casi siempre es suficiente para seguir adelante. Al menos, de momento. Para salir del atolladero.

La próxima vez, ya se verá.

La Feria del Libro Viejo y Antiguo ya está en el Paseo de Recoletos. Y como cada año, he hecho mi pequeña excursión en busca de los Episodios Nacionales que me faltan para tener la colección completa. Aunque tengo algunas primeras ediciones, hoy no ha podido ser. Aún así, he encontrado cuatro episodios más, el más viejo de 1919 y el más nuevo de 1926. Y no me quejo. Llevaba tres años sin encontrar ninguno, así que he vuelto a casa como unas castañuelas. Es complicado encontrar primeras ediciones, encuadernadas de dos en dos episodios y en un estado minimamente aceptable. Los libreros de viejo no son nada amigables, y a veces parece que les moleste que mires, o que toques, y no digamos ya que les preguntes. Al menos los madrileños. Porque el que hoy me ha hecho feliz era barcelonés... y se ha permitido el lujo de charlar conmigo sobre lo que me llevaba y todo. Alucinada ando todavía. Acostumbrada a las caras avinagradas de los libreros de la Cuesta de Moyano, esa cordialidad se agradece de verdad. Hasta me ha ofrecido la posibilidad de enviarle un e-mail con los que me faltan por si aparecieran por su tienda en algún momento... (*)

Porque puede resbalarme que me claven los ojos en el cogote mientras miro, darme igual que me pisen los talones recolocando lo que apenas he movido, sonreír al notar que me miran como un bicho raro por no tener más de 60 años y preguntar por libros del siglo XIX. Pero que envuelvan los libros en papel celofán, para impedir que los hojees aludiendo que es para protegerlos del deterioro (¡si llevan rodando siglos! ¿qué más dará un poco más de trasiego?) es lo último que me quedaba por ver.

No me extraña que la Cuesta de Moyano esté cada día más muerta, con más y más casetas cerradas...

(*) http://www.laelallibreria.com/

Deberíamos nacer a pares. Que eso fuera lo normal, y no un capricho del azar, un descuido de la naturaleza. Tener un gemelo, o un mellizo, poco importa eso, pero alguien que nos acompañara desde siempre, desde antes de siempre, y en cierto modo, para siempre. Que pasara junto a nosotros nuestro primer día de colegio. Alguien con quien compartir habitación y resfriados, terrores nocturnos y cosquillas al despertar. Un compañero de juegos con nuestros mismos intereses y gustos. Un adversario al que insultar y pegar al alcance de la mano, y con el que aprender los placeres de la reconciliación y el arte del perdón. Un yo ajeno, independiente, pero tan cerca de nosotros como puede estarlo quien nos conoce tanto como nosotros mismos. Alguien diferente, quizás hasta antagónico, pero tan parte nuestra como para saber que nunca estaremos del todo solos.

Te envalentonas, crees que nada podrá contigo, y podría ser así, porque al mirarte al espejo has visto en tus ojos la llamarada de la determinación, el brillo del triunfo, y esa luz deslumbra, lo inunda todo, y puede llegar a hacerte creer invencible. Sin embargo, en alguna parte queda un rincón sombrío, un trastero sin ordenar al que no terminas de decidirte a meter mano, lleno de humedades, telarañas y con la pintura descascarillada. Una parte de ti que nunca te permite disfrutar del todo, que te recuerda que cuanto más alto se sube, más duro es el golpe contra el suelo.

Y desconfías. Simplemente por no saber. Por esa incapacidad de explicar, de explicarte, por qué a veces la vida te coge, te pone un paquete con un lazo en las manos, y sale corriendo, sin esperar a ver tu cara de sorpresa, sin que puedas acercarte a ella, y darle las gracias con un beso.

Y no puedes evitarlo. Por más que te esfuerces en pensar positivamente. Es fuerte. Tenaz. Conoce su trabajo, y te conoce a ti, y lo hace bien, a conciencia. Aunque le pegues una patada y lo lances lejos. Será sólo momentáneo. Siempre vuelve. Ese miedo a que, quizás, la vida se haya equivocado... y cuando ya hayas abierto la caja, y veas que es exactamente lo que siempre quisiste, venga y de un bofetón, te lo quite...

Las lágrimas de felicidad tiene un sabor dulce, un poco ácido, a medio camino entre el melón maduro y las frambuesas. Hay gente que las encuentra más cercanas a la miel de lavanda, con un punto picante, como de nuez moscada. No es recomendable darse panzadas a llorar de dicha, beberse esas lágrimas emborracha, entra hipo y cuando te despiertas, los rastros salinos que dejan a su paso son tentadores para quien amanezca a tu lado. Y no podrás evitar que, al despertar, se dedique a borrarlas de tu cara durante un buen rato. Que se le olvide la hora que es. Y que llegue tarde a trabajar...

Las lágrimas de felicidad tiene un sabor dulce, un poco ácido, a medio camino entre el melón maduro y las frambuesas. Hay gente que las encuentra más cercanas a la miel de lavanda, con un punto picante, como de nuez moscada. No es recomendable darse panzadas a llorar de dicha, beberse esas lágrimas emborracha, entra hipo y cuando te despiertas, los rastros salinos que dejan a su paso son tentadores para quien amanezca a tu lado. Y no podrás evitar que, al despertar, se dedique a borrarlas de tu cara durante un buen rato. Que se le olvide la hora que es. Y que llegue tarde a trabajar...

El viento sopla enfurecido, las gotas azotan inmisericordes los cristales recién limpiados (¿podría ser de otra manera?), y sientes que el invierno ha llegado. Porque estás en Madrid, y aquí el otoño es un montaje publicitario de los grandes almacenes, un periodo de tiempo desapacible que, igual que los transexuales, habita en un nombre de estación equivocado. Pasarás del vestido de tirantes al jersey de cuello vuelto, de las sandalias a las botas, y como siempre, e igual que cada año, te preguntarás por qué esta vez no has podido ponerte más de tres veces la cazadora vaquera, demasiado calurosa para las noches de verano, demasiado ligera en las mañanas otoñales.

El armario te suplicará por amor de Dios que guardes ya pantalones cortos y chanclas. Abrirá sus puertas ante ti y verás cómo te ruega en silencio que, por favor, le libres de tanta falda corta, y de una vez por todas le llenes de jerseys esponjosos, pantalones de pana y bufandas calentitas…

Y, al fin, lo harás. Aunque te hayas estado resistiendo durante días, llegará el momento en que tengas que ponerte de una vez a ello. Y cuando después de bregar con perchas de una habitación a otra y el montón de prendas a medio uso para lavar crezca ante tus ojos cual Everest inexpugnable, te sentarás en la cama. Y seguramente sean imaginaciones tuyas, pero podrías jurar que el armario, feliz al fin, ha soltado algo parecido a un suspiro de alivio.

Un abrazo inesperado por detrás, la cintura aprisionada, el corazón brincando como un potrillo alocado, el cosquilleo de unas pestañas en el cuello, un susurro ahogado por un beso... Los ojos cerrados, intentando recuperar el pulso normal, sabiendo que es imposible, no mientras sus brazos sigan ahí... Ansiando parar el tiempo, congelar ese instante con toda su frescura, para poder echar mano de él si un día hace falta. Inútil. Imposible guardar una chispa, el rayo de unos ojos, un temblor incontrolable, la huella de unos dedos en la piel... No hay recipiente capaz de contener la fuerza de esa caricia, de atrapar la levedad de una palabra no pronunciada, de soportar la intensidad de una mirada que atraviesa océanos de soledades antiguas, de zozobras presentes, de miedos venideros...

Y las aguas se desbordan y lo anegan todo. Lo que habitualmente es un río manso se convierte en una corriente descontrolada, llena de remolinos que se llevan todo lo que encuentran a su paso. Las lágrimas corren imposibles de parar, con una congoja que la hermana con aquellos llantos infantiles, en los que el alma se arrancaba en cada suspiro, llantinas más y más copiosas cuanto más te decían eso de “No llores más...”

Así que dejas que fluya. Al fin y al cabo, es más fuerte que tú. Hasta que el sueño, como ese vecino gruñón del piso de arriba, harto de tanta escandalera, baja protestando y te vence. Y la mañana se abre ante ti con una calma extraña, sosegada, en la que la única prueba de los chubascos pasados son las huellas saladas en tus mejillas.