Hombres jóvenes, matrimonios con niños pequeños de la mano, abueletes ágiles y secos como sarmientos. Todo tipo de gente, con lo cual no podía tratase de una cumbre excesivamente dificultosa. La noche nos había sorprendido en una especie de refugio, con sus literas corridas, y ese olor a humanidad inconfundible tras una jornada de sudores con la mochila a la espalda. Recuerdo el momento del despertar, el desayuno rápido, antes de que el sol calentara demasiado, y la rapidez ansiosa de volver a reemprender la marcha, como si la montaña fuese a moverse de su sitio, y hubiese que llegar a tiempo. Yo les miraba a todos con una mezcla de incredulidad y pena, salpimentada con un alivio que me dejaba un punto de mala conciencia por ver claramente que estaba haciendo lo que debía, a pesar de ser la única que parecía darse cuenta. Yo volvía en el autobús, aunque todos los demás habían decidido seguir, culminar un monte del que sabían que casi con toda seguridad no bajarían. Pero querían subir. Ni siquiera era un ochomil, ni nada parecido, sin embargo niños y abuelos, mujeres en la flor de la vida estaban decididos a exponer su vida a cambio de una rápida ojeada al mundo desde un punto ni siquiera lo bastante alto como para presumir de haber sufrido mal de altura. No tenía sentido. No podría explicar el por qué de ese riesgo mortal, cuando ni había nieve, ni era difícil técnicamente, ni nada de nada... pero el peligro estaba ahí, y todos eran conscientes de ello, y les daba igual. Con mis cosas en la mano, dirigí una última mirada a esas caras sonrientes e ilusionadas y cuando ya me adentraba en lo más espeso del pinar, en busca de un autobús que me llevara a un lugar donde reinara un poco de cordura, un muchacho me alcanzó. “Me voy contigo. ¿Sabes como es? Te pegan un tiro cuando ya has bajado. Un disparo de frente, mirándote a los ojos, a menos de tres metros. Y yo paso”. Se puso a mi lado, y seguimos andando.
No tiene ni pies ni cabeza, como suele ser habitual, pero ha sido nítido, lleno de detalles, olor a bosque y agujetas en las pantorrillas, incluidos, con una lógica interna aplastante. Sólo sé que me he despertado de golpe, en seco, con el corazón a todo gas, y ha pasado un buen rato hasta que me he dado cuenta de que la montaña (¿la vida?) se cobra su precio, pero ni siquiera ella es tan cruel como tener a un tío esperando a todo aquel que consiga bajar, listo para liquidarle de un tiro, a quemarropa, a menos de tres metros...
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sábado, octubre 18, 2003
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1:14 PM