Lo que se echa de menos no es aquello que tuvimos, y que terminamos perdiendo. Aunque nos escueza, siempre tenemos la opción de echar mano al recuerdo. No es lo mismo, pero es algo. Y algo, a veces, es mucho. Lo es todo.

Las ausencias que de verdad pesan son otras: las de todo aquello que vemos disfrutar a los otros, pero que, por alguna razón que se nos escapa, nos está vedado. Cosas que pasan ante nuestros ojos, mirándonos burlonas, y murmurando “No, no, para ti no estamos...”

Todo eso que no tuvimos, a pesar de nuestros esfuerzos, dejándonos la salud y la inocencia en el camino. Eso que seguimos sin tener, mientras nos tragamos las ganas de gritar contra tanta injusticia, pero ¿para qué? Ya es tarde, y sabemos con una certeza dolorosa, pero absolutamente lúcida, que ya no lo tendremos nunca...

Mi primer recuerdo, la primera imagen que se me viene a la mente cuando me remonto lo más atrás posible en el tiempo, es un pañuelo con una Caperucita Roja. La niña con su cestita, camino de casa de la abuelita, y el lobo mirándola, detrás de un árbol, esperando el momento y relamiéndose los bigotes. También recuerdo el silencio. Como si de repente alguien hubiese bajado el volumen del máximo a cero. Y a mi madre, volviéndose de pronto hacia mí, e intentando tranquilizarme, mientras me secaba las lágrimas con el pañuelo de la Caperucita. Pero retumbando aún en mis oídos, los gritos de mi padre. La primera discusión de mi vida. Al menos la primera que recuerdo. Aunque no sería la última.

Esa imagen, esos sonidos, esas lágrimas incontrolables y esa sensación de no poderme mover del hueco de la puerta, desde donde veía la escena, todo eso se impone a cualquier otro recuerdo anterior. Pero me estremezco aún al recordarlo. Y sólo fueron unas voces más altas de lo normal. Algunos insultos. Palabrotas que yo nunca me hubiese atrevido a pronunciar, ¿qué digo pronunciar? Ni a pensarlas, siquiera.

Nunca más volví a usar ese pañuelito sin acordarme de aquel día. Hasta tal punto era doloroso ver ese trocito de tela con la niña sonriente en medio del bosque que cuando iba al cajón de mi madre a por un pañuelo y estaba el de la Caperucita, cogía el de debajo, y metía a la niña de rojo bien lejos, oculta entre los pañuelos de mi padre...

Cuando me preguntan si yo soy de la gente que perdona o si más bien tiendo a olvidar las ofensas, siempre me quedo sin saber qué decir. Por un lado, yo no soy rencorosa, sencillamente porque me da mucha pereza el esfuerzo de apuntar agravios y mantener el registro al día. Además creo que en eso del rencor, sufre más el rencoroso que el otro, el causante, que muchas veces ni siquiera es consciente de ser el responsable la agonía y el resquemor que provoca. Es más, me siento ridícula vengándome a toro pasado; yo las venganzas las sirvo en caliente, en el momento de la disputa, en el fragor de la batalla. Pero, por otro lado, también tengo buena memoria. Y una buena memoria a veces puede impedirte pasar página, obviar lo malo y quedarte con lo bueno. Y a mí eso me cuesta. Cuando algo se va a pique, soy incapaz de quedarme con los buenos momentos, todo lo contrario, la parte negativa cubre con su sombra todo lo bueno que hubo, y no soy capaz de recuperar lo recuperable.

Sí. Creo que perdono, más que nada por comodidad para conmigo misma, por indolencia, porque el desquite no me da placer ninguno...

Pero jamás olvido.

Soy diestra, lo que implica que mi mano izquierda es una inútil total, una vaga que en su vida ha dado un palo al agua por sí misma, y que se limita a dar apoyo a la otra, y gracias. Y así le va, que no tiene fuerza para levantar ni una jarra de agua sin que la derecha tenga que acudir en su ayuda para evitar un desastre. Aunque no hay más que verlas para confirmar que eso de la igualdad no cuenta entre ellas. Mientras la derecha, a pesar de no tener que desarrollar tareas especialmente duras ni ingratas, deja ver que el invierno la afecta, cuarteándose en los días más fríos, la izquierda se mantiene fina y suave, como si las bajas temperaturas no fueran con ella, como si estuviera por encima de semejante vulgaridad. Cuando la pobre y trabajadora derecha pide a gritos un respiro o, hablando claro, unos guantes de goma, la chulita de la izquierda, que por no hacer ni siquiera carga ya con el reloj, se muestra más blanca y sedosa que nunca, con una arrogancia de niña rica malcriada que restregase su juventud y lozanía a la mujer de la limpieza, tan joven como ella, pero quién lo diría, con mucha más vida, y no precisamente de la buena, a sus espaldas.

Nota mental: comprar crema Neutrogena, la de los pescadores del Artico, antes de que, un año más, los nudillos de la mano derecha me empiecen a sangrar y luego no haya quien arregle el desaguisado. Porque no es plan ir por la vida con una mano digna de una delicada señorita sacada de una novela de Proust, y la otra como la del albañil polaco de la hormigonera de la obra de la esquina...

Una chica se apoya en una farola. Es evidente que no se encuentra bien. Parece mareada, se frota los ojos, poco a poco resbala hasta el suelo. La gente pasa por su lado, señoras de mediana edad que la miran, pero siguen andando, mientras se sujetan bien el bolso. Los jubilados la observan con curiosidad, “está buena la tía”, pero siguen su paseo, sin detenerse. Nadie la hace el menor caso. Es más, todos aprietan el paso, como si de repente tuvieran una prisa horrorosa. Ella está fingiendo, es una periodista que quiere ver la reacción de la gente. Pero podría ser real. Y nadie, absolutamente nadie, se habría parado para ayudarla.

Seguramente, es la misma gente que el próximo 22 de mayo llorará a moco tendido viendo casarse al príncipe. Los mismos jubiletas a los que se les para el corazón cuando sus nietos se raspan las rodillas jugando en el parque. Las mismas personas a las que, si les diera un vahído, o se torcieran un tobillo, les parecería lógico que les ayudaran, “vamos, es una cuestión de humanidad...”

A veces, la vida es un asco. Sólo a veces. Y no por culpa de ella, de la vida, sino por culpa nuestra. De nuestra desconfianza, de nuestro recelo ante lo desconocido, de nuestras prisas que nos impiden vivir el momento, de nuestra incapacidad para dejar que nos sorprendan, para bien o para mal. La vida puede llegar a ser una mierda, y casi siempre es por culpa del miedo.

Pero esas contadas ocasiones en las que ves cómo el miedo campa a sus anchas son más que suficientes como para que el alma se te caiga a los pies. Y no quiera subir. Ni a tres tirones. Y que te toque hacer el pino, a ver si vuelve a su sitio...

Quizás te decepcioné, te partí el alma, pero ahora me miras y ves que mis ojos siguen siendo los mismos, limpios, capaces de sostenerte la mirada sin avergonzarse de haber hecho algo en lo que no creían.

Y das por buena la decepción, a pesar del dolor, del desasosiego, del silencio frío y distanciador, porque hasta entonces, cuando me mirabas y no me reconocías, seguí siendo la misma. Sin dobleces que me hubiesen favorecido. Sin decirte lo que querías oír. Sin mentiras.

Y es precisamente, por eso, por lo que me quieres...

¿No dicen los científicos que los cerebros de las mujeres son diferentes a los de los hombres? ¿Que unos usan un hemisferio y las otras los dos al mismo tiempo? ¿No son las mujeres capaces de hacer cuatro cosas a la vez mientras que los tíos con una ya tienen más que suficiente? ¿Y eso de que los hombres no saben decir lo que sienten y las mujeres son incapaces de orientarse? Esa actitud retorcida, fría y calculada con que las mujeres se enfrentan al desamor de la que hablaba ayer estaría dentro de esa serie de diferencias que, mal que les pese a muchas, nos distinguen de los hombres. Siempre hablando de manera general, los chicos son mucho más solidarios entre ellos, menos rencorosos, no se ven como potenciales competidores y enemigos, cosa que sí sucede entre las chicas. Y no digo yo que no sea consecuencia adquirida de tantos siglos de lucha por conseguir un macho que garantizara la supervivencia, pero las mujeres somos fieras contra nosotras mismas, capaces de desarrollar un sentido de la maldad y la venganza que queda lejos de las mentes básicas y simples de los hombres, más centrados en lograr lo que quieren, en línea recta y yendo al grano.

Y me temo que por mucha igualdad que se logre en la crianza de niños y niñas, siempre habrá actitudes, reacciones y peculiaridades que diferenciarán a unos de otras. Y a Dios gracias, dicho sea de paso. Por que si no, menudo aburrimiento de vida...

De un tiempo a esta parte, y en gran medida debido a mis expediciones por la blogosfera, me estoy dando cuenta de algo que ya había constatado alguna que otra vez, pero que, solidaria al fin y al cabo con mi género, me resistía a reconocer abiertamente: las mujeres somos, de lejos, más malas personas, más egoístas y mucho más manipuladoras que los hombres. Supongo que reconocer algo así implica meter en el mismo saco a auténticas arpías sin corazón, a almas de Dios que en su vida harán daño a nadie, y hasta incluso meterme a mí misma, pero me arriesgo a hacerlo. Porque hasta la mujer más dulce e inofensiva, si las circunstancias acompañan, se convertirá en una sabandija si descubre el irresistible vértigo y la borrachera del poder de tener a un hombre en sus manos.

Una mujer despechada, traicionada, o sencillamente desenamorada será capaz, sin que le tiemble el pulso y sin que el hombre vea lo que se le viene encima, de traerlo y llevarlo, marearlo con una cosa y su opuesta, para terminar por estrujarlo, desmenuzarlo y barrer las mondas cuando se haya cansado de tenerle cerca. Y si se tercia, volver a por él, encandilarlo de nuevo y triturarlo otra vez, sin pestañear.

A veces da un poco de miedo ser mujer.

Veo desde mi ventana a los niños entrando en el colegio, y confieso que no me dan ni pizca de envidia: no echo de menos mis años escolares. Es más, creo que hasta los catorce, cuando pasé al instituto, viví los años más angustiosos, atribulados y menos alegres de mi vida. Hija única hasta los diez años, con la soledad que eso implica, con gafas a partir de los ocho, con el “cuatro-ojos” lanzado contra mí a la más mínima ocasión, sólo me faltó ser gorda para llevarme el lote completo de “requisitos necesarios para la perfecta marginada escolar”. Jamás me gustó el cuento de Peter Pan, sencillamente porque no entraba en mi cabeza que alguien no quisiera ser mayor y salir de aquello. Yo quería crecer. Yo quería terminar el colegio, y luego el instituto, y más tarde la universidad, pero no por saber más ni nada por el estilo, sino para tener todos esos papeles que aseguraban que ya podía incorporarme a la vida de verdad. Que, al fin, se me tomaría en serio. Atravesé mi infancia con los ojos cerrados, a toda prisa, como el que atraviesa un campo minado. Ser niña era un cúmulo de inconvenientes, y las ventajas eran ridículas comparadas con el chollo que a mi me parecían las vidas de los adultos.

Veo a esos niños y les compadezco. Ahora, además, la mayor parte de ellos tienen que sobrevivir más solos que antes, en manos de una cuidadora mercenaria o junto a padres agotados que, hasta cuando están, están medio ausentes, con demasiadas cosas en la cabeza... No me convencerán de lo contrario los nostálgicos de aquellos "maravillosos" años, empeñados en borrar las sombras y zambullirse en el sol de la infancia. Ser niño es una putada de la que se sale, evidentemente. Aunque no siempre ileso...

La mudanza aún está lejos. Sin embargo, las cajas empiezan a amontonarse, y en ellas van, seguramente sin billete de regreso, libros que un día lograron llamar mi atención, pero no consiguieron calar hondo. Libros que compré con ilusión, pero que me decepcionaron. Historias que no consiguieron conmoverme, y que ahora sólo son kilos de papel que multiplicarían los viajes de furgoneta cargada hasta el nuevo piso. El traslado está siendo una disculpa para depurar mi biblioteca, eliminar todo aquello que un día me deslumbró, pero que terminó resbalándome, un pretexto para dejar sólo los libros realmente significativos: los que aún tengo ganas de releer. Los que no fueron capaces de impresionarme lo suficiente terminarán sus días en el exilio dorado del desván de la casa del pueblo, el lugar del “por si acaso” del que muy pocos regresan, pero del que sé que siempre podrían volver. Como esos emigrantes que se fueron un día a América y, nada les impide regresar, pero no lo harán, y ellos lo saben, y la familia, también.

Empaqueto con ellos una parte de la que fui. Pero no los tiro a la basura, ni los vendo, ni siquiera los libero en el bookcrossing porque, aunque no fueron capaces de ser los elegidos, también tuvieron su parte a la hora de traerme hasta aquí, hasta donde ahora me encuentro. Igual que la Teresa que dejé en el camino, a la que no extiendo la mano, porque está bien ahí, donde está, lejos de la de ahora, pero de la que tampoco puedo liberarme del todo, ni renegar de ella sin traicionar un poco a la que ahora se asoma sin miedo por la ventana, abierta de par en par...

El hueco se va llenando de otras cosas, poco a poco, sin que te des cuenta, casi a pesar tuyo...

Hasta que el vacío se queda fuera.

El hueco se va llenando de otras cosas, poco a poco, sin que te des cuenta, casi a pesar tuyo...

Hasta que el vacío se queda fuera.

- ¿La dirección es la del DNI?
- Sí, no ha cambiado.

(El funcionario, con el carnet de identidad delante, copia los datos en su ordenador. Ella mira el techo, aburrida, deseando irse ya, después de haber esperado que, antes que ella, seis personas más pasaran delante.)

- ¿Y ahora me darás tu teléfono?

(Ella pega un respingo. Literalmente. Igual que cuando te echan por la espalda un cubito de hielo. Demasiado tiempo sin que intenten ligar con ella de manera tan de manual de primeros auxilios para desesperados. Vamos, de esos del “¿estudias o trabajas? o el “¿vienes mucho por aquí? Naftalina pura.)

- Pues no, no creo.

(Sonrisitas de suficiencia de él. Sudores fríos y mejillas ardiendo de ella...)

- Claro que me lo vas a dar...

(Ella empieza a ver que quizás, sólo quizás, esté metiendo la pata: ¿y si simplemente le está pidiendo el teléfono para rellenar el formulario? Esa autoestima tan por las nubes, qué malas pasadas juega a veces...)

- Bueno, dependerá si el ordenador lo pide, si es así se lo tendré que dar, claro...
- Lo pide, lo pide.
- Pues entonces qué remedio... Es el ........

(Tierra trágame. Ella mantiene el tipo, mirando el cartel que él tiene sobre la mesa “Prohibido fumar... sin ofrecer”. Que se dé prisa, por favor...)

- Bueno, tienes que pagar esto en CajaMadrid y traer después el justificante. No esperes cola, vienes, me lo entregas y ya está.
- Muy bien. Hasta luego.

(De vuelta con el papel sellado y menos dinero en el monedero. Con el resguardo en la mano, y saltándose a las doce personas que esperan su turno, ella le da el papel. El le devuelve su copia del comprobante de pago y con otra sonrisita. Una risita de “Vamos, nena. No seas tan dura...”. )

- Toma. Y que sepas que te ha salido más caro por no querer darme el teléfono.

(Alucinada, hasta el punto de empezar a dudar si antes se lo terminó dando o no, (“¿pero qué dice este tío”?), coge el papel y, ¿por qué no? le dedica una sonrisa radiante de despedida. Aunque, eso sí, sale por piernas del edificio, rezando para que la próxima vez que tenga que volver a esa oficina, el señor funcionario ligón esté tomando el cafelito de las 11...)

Son cosas que pasan. Cosas que me pasan.

Hay ocasiones en las que me enfado conmigo misma, porque me repatea ser tan ilusa, tan inocentona, tan poco pícara, tan cría sin vapulear, a estas alturas de la película... Otras veces me alegro una barbaridad, me gusta conservar esa capacidad para ilusionarme por cualquier cosa, creérmelo todo sin plantearme ni remotamente que quizás me estén tomando el pelo, sacar chispazos de alegría de las piedras, relámpagos de entusiasmo de cualquier proyecto. Supongo que tengo que cargar con ambos aspectos, la vulnerabilidad ingenua que tanto daño puede llegar a hacer en manos de gente con mala idea, y la fuerza de mi entusiasmo que mueve montañas y cambia el curso de los ríos. Pero no siempre es fácil. En absoluto. Sobre todo, porque las desilusiones son devastadoras. Supongo que espero demasiado, sencillamente porque arriesgo demasiado.

Quizás debería aprender de una vez por todas a no apostar tan fuerte. A no esperar más de la cuenta. A medirme más. A controlar ese torbellino en el que me convierto cuando me lanzo, sin mirar si hay red o no.

Pero no puede ser. No me siento capaz de vivir con una extraña. Así que me temo que seguiré subiendo y bajando, en un tobogán que, en ocasiones me proporcionará momentos de alegría salvaje, lanzándome a toda velocidad a comerme el mundo, pero también ratos de angustiosa ansiedad, aterrorizada en lo alto de las escaleras, sin atreverme a subir del todo, ni tampoco a dar marcha atrás...

Es lo que hay.

Levantarte. Sin despertador. Abandonar una cama caliente en una casa a la que sabes que siempre podrás volver, porque es tuya. Tener dinero para el autobús. Tener dinero para luego comer por ahí, un bocadillo de calamares sentada en un banco si hace sol o un solomillo en un restaurante bueno si te da el punto sibarita. Poder plantarte en Madrid a la hora que quieras. Un Madrid para ti sola, que compartes con gusto con los jubilados ociosos con demasiadas horas por llenar y con los turistas acelerados con demasiadas cosas que ver. Sin rumbo. Ni falta que hace. Sin planes. ¿Para qué? Si acaso para incumplirlos... Sin hora de vuelta.

Y todo esto, un lunes.

¿Es esto la libertad? Seguramente sea demasiada palabra para tan poca cosa, pero sí que tiene un parecido bastante desconcertante con eso tan codiciado que tan pocos disfrutan pero de lo que todos hablan. Eso que tiene mil formas, todas escurridizas y esquivas, pero que se cuenta que sí, que existe. Algunos dicen que la conocen, que la conocieron...

La felicidad.

A veces hay que vaciar el corazón para poder llenarlo. Aprender a vivir una temporada, que nunca se sabe lo que durará, con el alma hueca. Ser capaz de seguir adelante con algo tan pesado de arrastrar como un corazón demasiado ligero.

Respirar profundamente, y decidirse a volcarlo, dejar salir todo lo que atormenta, de golpe, sobre la mesa. Desparramar lo que se tiene dentro y verlo ahí, frente a ti, retándote, acusándote incluso, aunque te cueste mantener la mirada. Remangarse un día como cualquier otro, coger la escoba y barrer hasta los rincones más escondidos. A pesar de que lo fácil sería seguir acumulando historias sin resolver, y seguir mirando a otro lado. Aunque lo cómodo, sería cerrarlo con llave, como esas maletas demasiado llenas a punto de estallar, en las que uno se sienta hasta que logra echar el cierre, y, que, desde fuera, nadie distinguiría de otra maleta vacía.

No es tarea sencilla reunir el suficiente valor para afrontar el vacío del día después de una catarsis emocional, pero a veces ésa resulta ser la solución menos mala. El corazón, tan elástico él con las alegrías y las satisfacciones, de las que nunca tiene suficiente, tiene una capacidad variable, según la persona, pero limitada en lo que se refiere al sufrimiento. Y cuando un corazón rebosa miedos, penas, desengaños y mentiras, termina por reventar. Y si no eres capaz de adelantarte a esa situación límite, terminas recogiendo los restos de la explosión, jirones irreconocibles de lo que fuiste, que te tocará pegar como buenamente puedas. Y verás que sí, que vuelves a tener un corazón, o algo parecido a eso, pero tan maltrecho, tan receloso por lo que ocurrió, tan insensible, tan lleno de grietas y cicatrices que, a duras penas, será capaz de soportar de nuevo los vaivenes del día a día, lo bueno y lo malo, del resto de tu existencia. (*)

(*) Va por ti, chatin... Tú también podrás, ya verás como sí...

"Andrés Lewin... Sí. ¿No lo recuerdas?”

Le recordaba. Claro que le recordaba. Como dentro de una bruma, pero sin ninguna dificultad, a él le veía como si no hiciese falta más que girar la cabeza para encontrármelo sentado dos mesas más atrás. Lo que no veía claro era el resto. El contexto. El instituto. Los profesores correspondientes a cada asignatura de cada curso. El brazo roto jugando al voleibol. ¿Fue en el instituto o quizás ocurrió ya en la universidad? Una visión desenfocada de una época en la que todo aparece poco nítido, excepto una cosa. El. La figura de Andrés Lewin refulgía, y necesité poco tiempo para eliminar los jirones de niebla que le rodeaban cuando oí su nombre. Y fue sencillo sacarle de ahí, de ese pasado ya lejano, para tenerlo de nuevo ante mis ojos con ese gesto de escepticismo tan de él, tan “lewin”, como si no quisiera terminar de ceder ante la evidencia, como si dejarse sorprender significase bajar la guardia. Y cuando uno baja las defensas, puede resultar herido. O lo que es peor, muerto.

Y a Andrés Lewin, aunque le perseguía una sombra parecida a la fatalidad, le quedaba mucho por ver. Y por contar. Se intuía. Por esa especie de escudo invisible que cortaba el paso hasta él, como si permitir que nos acercáramos demasiado fuese arriesgado, un lujo que no podía permitirse. Pero no podía ser de otra manera. Esa especie de aislamiento no elegido, pero necesario, era el precio que parecía estar dispuesto a pagar por ser como era. Y los demás no dudamos en pagarlo. Porque merecía la pena tener a un tío así cerca. Era una especie de recordatorio de que se podía ser diferente. Y no pasaba nada. Bueno, sí pasaba. Era mejor. Y era emocionante. Aunque a nosotros no nos dejaran nuestros padres ser así. Aunque no nos atreviésemos a apostar tan fuerte. Aunque tuviéramos que reconocer con vergüenza y sólo ante nosotros mismos que jamás podríamos ser como él, aunque nos muriésemos por ello.

Ya en aquellos tiempos una no podía imaginarse a ese tipo renunciando a contar lo que le pasaba por la cabeza. Ya fuese dibujando comics que fotocopiábamos con ansia en cuanto salían de sus dedos. O con sus sátiras despiadadas y certeras sobre los profesores. O, sólo para los más privilegiados, esos poemas que dejaban sin aliento, y que más de un mal pensado dijo que eran copias de los de Neruda, con los sustantivos cambiados por sus sinónimos, de ahí la rima tan sin rima conseguida... Lewin tenía mucho que decir. Y nosotros no debíamos parecerle los mejores interlocutores, pero no había más. Así que no le quedaba otra que seguir ahí, mirándonos con esa mezcla de pena y aburrimiento, pero dejando caer algunas migajas de un talento que, puestas una junto a la otra, dibujaban un mosaico tosco y básico, pero deslumbrante. Contaba mucho, pero lo más turbador era lo que se adivinaba, lo que sabíamos que quedaba por contar. Supongo que, incluso a él, le desbordaba el torrente de sentimientos, impresiones y sensaciones que quería expresar, y al final se limitaba a mirar la vida desde una esquina, procesando más y más información, más y más historias, como si almacenara material para tiempos peores.

Quizás algún día haya tenido que echar mano de aquellos trozos de vida que con avidez nos robó en el instituto, mientras nosotras babeábamos por un actor guapo y los chicos se desgañitaban discutiendo sobre el 2 a 0 del Real Madrid. Lo dudo. Porque Andrés Lewin siempre iba más allá.

Cuando nosotros aún no sabíamos que se podía ir, él ya había vuelto... (*)


(*) No tengo ni la menor idea de cómo era en su adolescencia Andrés Lewin. No estaba en mi clase en el instituto, eso lo tengo clarísimo. Es más, hasta hace unos días ni sabía de su existencia. Fue cuando recibí un e-mail de este cantautor argentino que ahora vive en Madrid y que acaba de sacar disco, "Agencia de viajes". En él me pedía que escribiera algo parecido a una biografía suya imaginada, para ponerla en su página, y esto es lo que salió. Puestos a inventar, qué mejor que hacerlo creando un recuerdo chulo, y hacer de él un tipo increíble. Mejor que un capullo, eso desde luego... Además ¿quién sabe? Lo mismo Lewin hasta era así y todo, cuando andaba explotándose los granos y con las hormonas a tope...

Andar por la blogosfera es como pasear por un sendero lleno de cristales rotos. A cada paso que das, notas como crujen bajo tus pies, igual que cuando pisas hojas secas. Es una de esas sensaciones que adoras o que te dan grima. Como el olor a cola de carpintero. O como el chasquido al explotar el plástico de burbujas.

A mi me encanta andar descalza. Ir sin protección ninguna, a la buena de Dios. Los zapatos tienen su gracia, claro está, una puede andar por todas partes, por aceras y lodazales, por caminos y salones de mármol, sin mancharse, ni magullarse, y luego quitárselos, limpiarlos y volver a la carga al día siguiente. Pero si me calzo no siento plenamente el suelo bajo mis pies, me impiden notar la rugosidad del terreno, hundirme a placer en la suavidad de la arena de la playa, pegar un respingo ante el calor abrasador del asfalto en agosto. Y eso, no me gusta.

Sin embargo, este afán mío de ir por la vida con los pies desnudos me está trayendo problemas desde que deambulo por el universo de las bitácoras. Cuando vuelvo al suelo, a la tierra firme, me doy cuenta de que tengo unos dolores horribles. Unos días más que otros, pero siempre termino con los pies llenos de heridas que, sin remedio, volverán a abrirse al día siguiente, junto con otras nuevas, cuando una nueva astilla de un corazón desgarrado vuelva a saltarme, y se me clave. Un nuevo fragmento de un alma que me es ajena, pero que se quedará enganchado en la mía. Esquirlas de ilusiones dinamitadas difíciles de extirpar, que ya llevaré conmigo siempre, como esos veteranos de guerra, que siempre pitan en los detectores de metales de los aeropuertos...

Podría intentar moverme por la blogosfera con un calzado ligero, unas zapatillas cómodas. Unas mínimas defensas que me hicieran las cosas más sencillas. Que lograran que un comentario a un post no me dejara cabizbaja toda la tarde. O que evitaran que una referencia velada a mi persona en otra bitácora me afecte. Pero sé no servirían de mucho. Aunque fuesen unas chanclas. Me estorbarían. No andaría a gusto. Y terminaría quitándomelas.

Así que ni lo intento.

Durante el verano, empecé a no ponerme el reloj. Me daba calor, me molestaba, me dejaba marcas del sol. Lo olvidé. Me bastaba con ver la hora en los termómetros de la calle. En el ordenador. En el reloj del coche. En el móvil.

Este fin de semana volví a ponerme de nuevo el reloj. Para probar. A ver qué tal. Tengo un montón de ellos, regalos la mayoría, caprichos satisfechos por mí misma, algunos; relojes de todo tipo, digitales y de agujas, de acero y de plástico, de marcas buenas y de publicidad de gasolina. Muchos. Demasiados. Quizás fuera una forma de tener un poco de control sobre algo: mi tiempo. Una ilusión, pero bueno, vivimos creyendo respirar verdades en una atmósfera llena de mentiras... Una más importa bien poco...

Pero ya no... Será que ahora soy consciente de que el tiempo no es más que una disculpa, un invento para distraernos y para que no nos angustiemos viendo que los que pasan no son los años, sino nosotros. Ahora los relojes me molestan. No los necesito. Me sobran.

Y lo más curioso de todo es que el reloj es sólo una de las muchas cosas que descubro que cada vez me hacen menos falta...

Consigue lo que deseas.
Pero ante todo, desea lo que consigas.

Hoy me siento como esos soldados victoriosos de vuelta a casa, sanos y salvos, enteros moral y físicamente tras una guerra injusta, como todas, pero necesaria, como sólo pueden serlo unas pocas... Batallas ineludibles en busca de una independencia que todos necesitamos, pero que sólo parecen merecer los que mandan, siempre han mandado y quieren seguir haciéndolo. Soldados agotados, conmocionados tras el fragor de la ofensiva, pero felices, merecedores de saborear su triunfo tras una larga lucha, pero incapaces de disfrutarlo como deberían, porque no pueden eliminar de su cabeza la mirada humillada del vencido. Unos ojos que no se resignan a perder.

Y no lo hacen, al final no pierden. No del todo. Porque consiguen de un zarpazo sangriento y destructivo más que si hubiesen ganado antes. Saben del poder demoledor de sus actitudes. Y de sus palabras. Y las usan. Hay cosas que se dicen, a veces ni siquiera delante de ti, pero te llegan con la fuerza de un proyectil, aunque estén solamente cargadas de amargura, pero huecas de significado real. Y no por eso dejan de doler. Mucho.

Palabras de ésas, de las que matan sin dejar heridas, de las que no se toman al pie de la letra, ni falta que hace, esas mismas armas que jamás aprenderé a usar, aunque me vaya la vida en ello, pues ésas las he tenido que escuchar hoy, y verdaderamente, amargan la victoria más dulce...

Y ésta, para mí, lo era.

Lo fue.

Se puede tener un coche magnífico, y aun así, de vez en cuando, coger algún taxi o incluso volver a respirar el característico perfume del metro para ser consciente de lo afortunado que se es al tener en el garaje semejante joya mecánica y estética. O mejor aún, se puede tener la necesidad de desempolvar la bici del trastero y volver a usar las piernas para desplazarte, ese par de herramientas que nos sostienen y que demasiadas veces olvidamos, pero que tenemos ahí, listas para llevarnos y traernos donde queramos ir y hasta donde las fuerzas nos acompañen. Y podemos volver a disfrutar con esa casi olvidada alegría infantil del que descubre su independencia (ese “suéltame, que ya puedo yo sola”), reencontrarnos con la sensación de plenitud, de saberse privilegiado, de haber sabido ver que se puede, y haber sido lo bastante audaz como para olvidarte de tu madre y sus advertencias, y salirte del asfalto, metiéndote por el camino de cabras, a pesar del riesgo de un pinchazo.

Yo, al menos, puedo hacerlo. Y sé que siempre podré volver a coger mi maravilla de coche. Me hundiré voluptuosamente en el cuero fragante de sus asientos. Y cerraré los ojos dejándome llevar suavemente, rápida y segura de que nada ocurrirá, con una certeza quizás infundada, pero tan reconfortante y sólida que podrá con las estadísticas que se obstinan en contradecirme y la casualidad incontrolable. Y no lo cambiaré por nada. Sencillamente, porque no hay nada igual, ni mejor.

Igual que pocas cosas superan el placer de sentir la sangre fluyendo por tus venas en una subida difícil. Es una sensación diferente a la del automóvil, pero tan viva y poderosa que no sería justo renunciar a una para gozar de continuo con la otra. En lo que a mi respecta, no quiero. Es demasiado emocionante saber que irás a cualquier parte, donde te lo propongas, mientras el cuerpo aguante y la bicicleta responda. Porque tienes el instrumento para hacerlo, la libertad para elegir y la voluntad para llegar donde quieras.

Y esa bicicleta que encontré por casualidad en unas páginas azules, sin buscarla, sin esperarla ya, demasiado acostumbrada al coche y pensando que yo no tenía madera de ciclista, funciona. Como la seda. Está hecha para mí. Ni de encargo la hubieran diseñado mejor.

Y me llevará lejos... Bueno, ya lo ha hecho. Nada menos que a más de 500 kms. de mi casa.

Espero que me dure en buen estado muchos años... Al menos tanto como mi adorado Rolls-Royce...

Un nuevo salto al vacío. Aunque la sensación de vértigo nunca abandona del todo, los dos mundos, el de aquí y el de ahí fuera, están lo bastante alejados como para que una siempre se plantee que puede no calcular bien las distancias. De dejarse engañar por la perspectiva. De que la luz directa haga daño a los ojos. De que las cosas no se correspondan con el relato de las cosas.

Sin embargo, no ha sido un salto alocado, con los ojos cerrados. El tiempo hizo bien su trabajo. La red estaba ahí, y era tupida, con pocas posibilidades de colarse por un agujero.

Y, una vez más, caí bien. De pie. Sin tambalearme.

Un salto perfecto. De 10.

Cuando el amor funciona, no hay máquina más perfecta. En lugar de consumir energía, la crea. Se alimenta de sí mismo y sirve de sustento a nuevas vidas. Contamina, y mucho, envolviendo a los que rodean a los enamorados en una nube de optimismo y bienestar que quizás llegue incuso a marear un poco, como esos perfumes carísimos, que en dosis pequeñas son lo más chic y fino, pero en exceso son empachosos y ponen mal cuerpo...

Lástima que cuando el artilugio se rompe, no se encuentren recambios. Y los apaños, por muy manitas que sea uno, sirvan de bien poco. Y haya que terminar tirándolo todo a la basura...

Y, lo peor de todo, que tenga que ser tan difícil y tan carísimo reciclar los residuos...

No soy una persona solitaria. No lo he sido nunca, a pesar de haber pasado mucho tiempo de mi vida sin demasiada gente alrededor. Esas mismas circunstancias han hecho de mí una persona que sabe estar consigo misma, y los momentos de soledad se han convertido en algo necesario para mí. Me hacen bien, pero sólo como una especie de vitaminas para fortalecerme, para tener las defensas a punto cuando la soledad obligada llega.

Es más, creo poder afirmar sin equivocarme que soy una persona sociable. Muy sociable, incluso. Me gusta la gente. Descubrir a personas nuevas me ha parecido siempre una aventura tentadora, y resulta que yo soy muy aventurera, a pesar del ambiente en el que me crié, totalmente contrario a salirse de lo que se supone que debe hacerse, instalado en una rutina medrosa, anclada en una inmovilismo que sí, protege de las adversidades, pero también impide la entrada de aire fresco, con sus microbios e impurezas, sí, pero vivificante. Un tónico necesario para no languidecer. He luchado con todas mis fuerzas por no amustiarme en ese reducto cerrado a lo bueno y lo malo, y creo haberlo conseguido, a pesar de los obstáculos. Pero no fue fácil, no ha sido sencillo durante el tiempo en que tenía que vivir bajo esas condiciones por edad y circunstancias. No es fácil ahora, a pesar de mi aparente independencia y libertad.

Porque no me siento libre. Y eso me mata, porque soy libre. Absolutamente dueña de mi destino. Mis años y mi situación personal afirman a grito pelado que, a pesar de todo, mi vida es mía. Pero ella no se resigna, aunque sé que lo intenta: nunca me soltará, soy su niña y, como tal, mis decisiones siempre serán cuestionadas.

Y así sigo, cíclicamente creyéndome emancipada y adulta, para volver a caer de nuevo y volver a hundirme bajo el peso de esta sensación que puede conmigo: la de estar al final de una cuerda engañosamente larga y transparente, pero en realidad corta, cortísima y resistente, que en cuanto me muevo un poco se tensa y me hace mucho, pero mucho daño...

La soberbia es una espinilla, antiestética e inoportuna, que en ocasiones les sale a los caracteres arrogantes y altaneros, con tendencia al orgullo.

Es aconsejable no tocársela, ni intentar explotarla... Es mejor dejarla a su ser, hasta que se deshinche y todo vuelva a la normalidad. Si no, se corre el riesgo de extenderla y, lo que es peor, salpicar a los demás con la peor de sus consecuencias: el desprecio.

Un día cualquiera, con el cuerpo al límite de tus fuerzas, arrastrando los pies y sin demasiadas ganas de seguir adelante, te paras y miras atrás. Y descubres con un sobresalto que, después de todo, no te has movido del sitio. Ni un centímetro.

Pero el paisaje ha cambiado. Aunque lo reconozcas, hace mucho que creíste haberlo dejado atrás. Y en cierto modo, lo hiciste: ya no es tu sitio. Ni perteneces a él, ni él te pertenece.

Porque tampoco tú eres ya el mismo que creyó haber salido de allí, hace ya demasiado tiempo...

Y empiezas a preguntarte quién es ese desconocido que se sacude el polvo del camino con agujetas en las piernas, mientras dudas, indeciso, entre quedarte sentado, preguntar cómo se sale de ahí, o, lo más arriesgado, levantarte y volver a intentarlo...

Algunos lo lograron, y han vuelto para contarlo...

¿Por qué no tú?

Acumulamos objetos intentando sin descanso capturar lo inaprensible. Sujetar todo aquello que se nos escapa entre los dedos. Guardar en bolsitas herméticamente cerradas cosas demasiado volátiles para ser empaquetadas. Porque hay gente que ya no está y jamás volverá. Y en un tiempo vivimos situaciones que sí, ocurrieron, aunque ahora nos parezca mentira, pero que ya no se volverán a repetir. Y, mal que nos pese, hay emociones que sólo se pueden sentir una vez por primera vez. Y nunca más.

Pero resulta que lo conseguimos. Porque los objetos mal llamados inanimados tienen alma. ¡Vaya si la tienen! Se impregnan de nuestra presencia, guardan fechas de forma indeleble, situaciones plenas de detalles que resisten el paso del tiempo con una fortaleza digna de mejores causas. No tenemos más que quedarnos mirándolos para ver de nuevo escenas completas de un pasado sólo aparentemente muerto, pero realmente latente, sólo adormilado. Acariciarlos para sentir de nuevo el tacto de una piel que hace mucho tiempo dejó de ser sedosa y permitirnos el lujo de una caricia. Encontrárnoslos inesperadamente, mientras buscamos otra cosa, y percibir otra vez ese aroma inconfundible, que nunca más hemos vuelto a oler, y que jamás podremos desligar de esa persona.

Los objetos nos miran socarronamente, seguros de su poder sobre nosotros. Y saben que su ausencia nos dolería como una herida mal cerrada, y que su presencia puede herirnos mortalmente. El minimalismo intenta liberarnos de su tiranía, pero es difícil no sucumbir a su fuerza. Por muy austero que uno se ponga. Es inútil. Nuestras cosas nos dominan, precisamente por eso: porque tienen alma. Y porque nos conocen mejor que nadie. Y como bien decía la Celestina “a quien dices el secreto, das tu libertad”

Somos sus esclavos.

Confías en él. Sin dudarlo. Sin planteártelo siquiera. Sin esfuerzo.

Como lo haces en tus pulmones, de los que no te acuerdas, porque no es necesario, ellos saben de sobra lo que tienen que hacer, y lo hacen. Sin más. Ellos responden. Siempre. Respirando sosegadamente cuando duermes. O dándolo todo, cuando subes esa cuesta, de pie sobre el sillín, al límite de tus fuerzas y en el piñón más grande. Adaptándose a todas las situaciones, a las circunstancias más dispares, a lo fácil y a lo difícil. Sin fallarte. Nunca.

¿Por qué? Porque no podría ser de otra manera.

Con él, no...