"Andrés Lewin... Sí. ¿No lo recuerdas?”
Le recordaba. Claro que le recordaba. Como dentro de una bruma, pero sin ninguna dificultad, a él le veía como si no hiciese falta más que girar la cabeza para encontrármelo sentado dos mesas más atrás. Lo que no veía claro era el resto. El contexto. El instituto. Los profesores correspondientes a cada asignatura de cada curso. El brazo roto jugando al voleibol. ¿Fue en el instituto o quizás ocurrió ya en la universidad? Una visión desenfocada de una época en la que todo aparece poco nítido, excepto una cosa. El. La figura de Andrés Lewin refulgía, y necesité poco tiempo para eliminar los jirones de niebla que le rodeaban cuando oí su nombre. Y fue sencillo sacarle de ahí, de ese pasado ya lejano, para tenerlo de nuevo ante mis ojos con ese gesto de escepticismo tan de él, tan “lewin”, como si no quisiera terminar de ceder ante la evidencia, como si dejarse sorprender significase bajar la guardia. Y cuando uno baja las defensas, puede resultar herido. O lo que es peor, muerto.
Y a Andrés Lewin, aunque le perseguía una sombra parecida a la fatalidad, le quedaba mucho por ver. Y por contar. Se intuía. Por esa especie de escudo invisible que cortaba el paso hasta él, como si permitir que nos acercáramos demasiado fuese arriesgado, un lujo que no podía permitirse. Pero no podía ser de otra manera. Esa especie de aislamiento no elegido, pero necesario, era el precio que parecía estar dispuesto a pagar por ser como era. Y los demás no dudamos en pagarlo. Porque merecía la pena tener a un tío así cerca. Era una especie de recordatorio de que se podía ser diferente. Y no pasaba nada. Bueno, sí pasaba. Era mejor. Y era emocionante. Aunque a nosotros no nos dejaran nuestros padres ser así. Aunque no nos atreviésemos a apostar tan fuerte. Aunque tuviéramos que reconocer con vergüenza y sólo ante nosotros mismos que jamás podríamos ser como él, aunque nos muriésemos por ello.
Ya en aquellos tiempos una no podía imaginarse a ese tipo renunciando a contar lo que le pasaba por la cabeza. Ya fuese dibujando comics que fotocopiábamos con ansia en cuanto salían de sus dedos. O con sus sátiras despiadadas y certeras sobre los profesores. O, sólo para los más privilegiados, esos poemas que dejaban sin aliento, y que más de un mal pensado dijo que eran copias de los de Neruda, con los sustantivos cambiados por sus sinónimos, de ahí la rima tan sin rima conseguida... Lewin tenía mucho que decir. Y nosotros no debíamos parecerle los mejores interlocutores, pero no había más. Así que no le quedaba otra que seguir ahí, mirándonos con esa mezcla de pena y aburrimiento, pero dejando caer algunas migajas de un talento que, puestas una junto a la otra, dibujaban un mosaico tosco y básico, pero deslumbrante. Contaba mucho, pero lo más turbador era lo que se adivinaba, lo que sabíamos que quedaba por contar. Supongo que, incluso a él, le desbordaba el torrente de sentimientos, impresiones y sensaciones que quería expresar, y al final se limitaba a mirar la vida desde una esquina, procesando más y más información, más y más historias, como si almacenara material para tiempos peores.
Quizás algún día haya tenido que echar mano de aquellos trozos de vida que con avidez nos robó en el instituto, mientras nosotras babeábamos por un actor guapo y los chicos se desgañitaban discutiendo sobre el 2 a 0 del Real Madrid. Lo dudo. Porque Andrés Lewin siempre iba más allá.
Cuando nosotros aún no sabíamos que se podía ir, él ya había vuelto... (*)
(*) No tengo ni la menor idea de cómo era en su adolescencia Andrés Lewin. No estaba en mi clase en el instituto, eso lo tengo clarísimo. Es más, hasta hace unos días ni sabía de su existencia. Fue cuando recibí un e-mail de este cantautor argentino que ahora vive en Madrid y que acaba de sacar disco, "Agencia de viajes". En él me pedía que escribiera algo parecido a una biografía suya imaginada, para ponerla en su página, y esto es lo que salió. Puestos a inventar, qué mejor que hacerlo creando un recuerdo chulo, y hacer de él un tipo increíble. Mejor que un capullo, eso desde luego... Además ¿quién sabe? Lo mismo Lewin hasta era así y todo, cuando andaba explotándose los granos y con las hormonas a tope...
Posted in:
on
viernes, noviembre 14, 2003
at
a las
1:29 PM