“Santé, amour, bonheur”. Salud, amor, felicidad. Son los tres deseos que llevaré conmigo durante 2004. Literalmente. Enredados en torno a mi muñeca. Intentando arrancar a esos nuevos doce meses la mayor cantidad posible de chispazos de alegría. No dejando desfallecer ni un solo instante al amor. Valorando el estar bien, sin que tenga que venir a recordármelo una gripe o un dolor de tripa. Sonriendo al ver todo lo que tengo, y luchando sin acobardarme por lo que aún se me resiste. Acordándome de dar gracias por lo que voy logrando, y parándome en seco cuando vea que empiezo a quejarme de vicio. Intentando no perder el norte, pero sin obsesionarme, dejando de lado el miedo a lo desconocido, porque en lo imprevisto está la llave que abre la cerradura oxidada de la rutina.

Y, sobre todo, intentando no olvidar. Porque el que olvida, está condenado a repetir sus errores. Y, en consecuencia, a sufrir dos veces.

Así que, puestos a meter la pata, que sea al menos en un berenjenal desconocido... Por curiosidad, más que nada...

El año que se acaba fue el año en el que todo estuvo más cerca de haber cambiado para siempre, pero finalmente no lo hizo. El espejismo se mantuvo poco tiempo, aunque el suficiente como para empezar a romper los esquemas que venían funcionando hasta entonces. Los mismos cuyos pedazos me tocó recoger del suelo, para luego volver a pegarlos, intentando que todo volviera a quedar como antes. Sin que se vieran las junturas. Con las menos cicatrices posibles.

Por suerte, tengo a mi alcance el mejor de los pegamentos.

Su amor.

Decidido: yo de aqui no me muevo. Aunque solo sea por el pan. No puedo resistirme, lo siento, pero soy incapaz de decir no a esos croissants, esos pains au chocolat, los escargots au raisins y demas bolleria aun calientes al llegar a casa, a pesar del frio mananero. Todo ello comprados en tiendas en las que podrias alimentarte solo con los aromas que se escapan del horno, de donde ves salir mientras esperas tu turno panes de lo mas variado: nature, campagne, au siegle, au sesame, aux noix, aux graines de pavot... Nada que ver con el pan de Algete, ese congelado que hornean en las tiendas, tostando siempre demasiado la corteza, pero dejando la miga cruda. Ays... La que me espera a la vuelta... No se como voy a poder soportarlo.

Si me pierdo, empezad mi busqueda en cualquiera de las panaderias Paul. Andare por alli. Seguro.

Es lo mas parecido al paraiso.

Las dos ninas, seis y cinco anos, discuten sobre la posibilidad no tan improbable despues de todo, de que sean los padres los que dejan los regalos la noche del 24 de diciembre, y no Papa Noel. La mayor cree haber visto algo el ano anterior, su padre andando por la casa a altas horas de la madrugada, sospechoso, si, pero no del todo determinante. La prueba definitiva parece ser el testimonio de un companero de colegio, que pillo a sus progenitores disfrazados de Papa Noel y con las manos en la masa, digo, en los paquetes. Ante semejante posibilidad de fraude, las dos primas deciden quedarse en vela esa noche, La Noche, para comprobar con sus propios ojos si su amigo les intentaba tomar el pelo y, en efecto, la historia se repite, o si es realmente Papa Noel el que trae los regalos.

- Si al final son nuestros padres los que compran los regalos, ya no podremos confiar en ellos nunca mas, suspira resignada ante la dureza de lo inevitable la mas pequena... (*)

(*) Lo mejor de toda esta historia es que asisto a la conversacion como tercera interlocutora, no escuchando indiscretamente, como podria pensarse dado el tema y los derroteros tomados. En ningun momento se cuestionan, ni una ni otra, que yo, como adulta, pueda estar en el ajo, si es que efectivamente, todo es un invento de los mayores. Supongo que es porque no tengo hijos, y eso, en cierta manera, me saca del grupo de "los padres", y me mete en el suyo... Curioso razonamiento...

Para alguien que, como yo, esta acostumbrada a comer siempre sola a medio dia, a desayunar sin carreras, pero tampoco eternizandome, y a cenar poco y rapido, las sobremesas francesas, y no digamos en epocas festivas, se convierten en un ritual interminable. Desde el momento en que se sirve el aperitivo (Pastis, Oporto, Kir Royal, para los adultos; zumos de frutas, para los menores), se pone la mesa, se come y se levantan los manteles pasan tantas horas que yo, tan poco habituada a tanta conversacion, y encima en un idioma que no es el mio, termino por desconectar. Como no es plan de hacer como los ninos y pedir permiso para levantarme de la mesa e irme a jugar, pongo el piloto automatico, y sigo ahi en apariencia, si, respondo si me preguntan, y puede que hasta meta baza y todo, pero hace rato que estoy lejos. Fuera del cuadro. Mirando apoyada en el marco y preguntandome si soy una asocial absoluta a la que no se puede sacar de casa o es que mi familia politica habla tanto y de tantas cosas que solo ellos pueden soportar tantas horas sentados a la mesa sin terminar hasta las narices.

Hoy, cena de Nochebuena y manana, comida de Navidad. Es por eso que esta manana me he vuelto a escapar un ratito, sola, a ver el mar. Para coger fuerzas ante lo que se avecina:

Las Madres de Todas las Sobremesas...

Si te sientas a mirar el mar en La Croisette, tus ojos no se perderan en la inmensidad del Mediterraneo, sencillamente porque tropezaran con dos masas de rocas y vegetacion a tiro de piedra de donde te encuentras: son las islas de Lérins. Ahora que lo pienso, creo que es la presencia de esos dos islotes, a media hora en barco de Cannes, lo que hace que ni la chic Niza ni la glamourosa Antibes, ni siquiera el sofisticado Monaco, hayan logrado enamorarme como lo ha hecho Cannes. La isla de Sainte Marguerite, con sus bosques que, a buen paso, se recorren completos en unas dos horas, sus playas llenas de piedras, pero salvajes, y, sobre todo, los inquietantes vestigios de lo que fuera prision del Estado, donde estuvo recluido nada menos que "La mascara de hierro"... Los alojamientos de los guardias hoy son albergues para campamentos infantiles de verano, pero los calabozos aun escalofrian. Mientras tanto, a un paso de donde la justicia humana mostraba hasta hace relativamente poco su cara mas cruel, un remanso de espiritualidad: la isla de Saint Honorat. La isla entera es un monasterio cisterciense en pleno funcionamiento, donde sus frailes cultivan la vid y la lavanda, ademas de elaborar un licor, la lérina. De este monasterio salio nada menos que San Patricio, el santo irlandes, aunque entre aquello y hoy dia la isla fue secularizada y propiedad de una famosa actriz, amante del pintor Fragonard.

Dos islas, dos mundos. Lo divino y lo humano. Lo peor y lo mejor. El infierno y el paraiso. Cuestion de caer en la isla adecuada... o no.

Me encantan este tipo de dualidades, tan milimetricas, tan significativas...

Efectivamente, Cannes en diciembre esta lleno de jubilados. Viejecitas muy arregladas y peripuestas, con sus perrillos, y su cesta de mimbre para la compra (bolsas de plastico? de eso nada...) en el Marche Forville, un mercado en el que casi todos los puestos son de frutas y verduras, que se monta cada dia tan rebosante y tentador que le entran a una ganas de hacerse vegetariana y todo. Y que contar de los ancianitos, mas viejos que la tos, pero enteros, con sus coches flamantes de hace una decada, conduciendo a paso de tortuga, total, ellos no tienen prisa y tu tampoco, que para eso estas de vacaciones, o no?

Me escapo despues de comer (tortilla de patatas y jamon, hoy me ha tocado lucirme y de que manera... vaya exito...), mientras los grandes toman cafe y los chiquitines duermen la siesta. Cielos despejados, mar revuelto, pero increiblemente azul, y un frio soportable, que obliga a andar deprisa, pero que permite deambular por calles llenas, pero sin los agobios consumistas de Madrid en Navidad. Y el sol, ese sol sin fuerza, el sol del invierno, que tan caro se vende, y que apenas calienta. Un sol burlon que se rie de los confiados que dejan la bufanda en casa, pero que alegra el alma.

(Escribo desde un teclado americano, lo cual es todo un triunfo en este pais, pero sin acentos... no se puede tener todo...)

Durante los próximos doce días, no veré desde mi ventana la piscina, ahora medio vacía y llena de hojas muertas. Ni observaré los atascos que se montan en la puerta del colegio de enfrente, por culpa de las madres motorizadas que vienen a recoger a sus niños. Veré el mar. Un trocito pequeño, porque es lo que se ve desde el barrio del Suquet, pero una mancha azul suficiente como para recordarme que estoy en Cannes. ¿Cómo será Cannes en Navidad? Conozco la vorágine cinéfila que se vive en mayo, durante el festival. También he vivido el mes de agosto, con las playas llenas de gente, sobre todo de veraneantes italianos, demasiado cerca y tentador eso de decir que se ha veraneado en la Côte d’Azur. En invierno, sé que la ciudad está tomada por los jubilados ricos que tienen allí su segunda residencia, pero ¿no volverán también a sus casas por Navidad?

Estaré con gente a la que quiero, y que sólo veo dos veces al año. Pasearé por la Croisette con indolencia, sin prisas, por una vez. Estaré en Cannes y NO iré al cine. Me tomaré un café mirando los yates de los jeques árabes con sus helicópteros incorporados. Compraré té para el resto del invierno (sí, Milio, no se me olvida el que prometí traerte), mermelada de pétalos de rosa y confitura de violetas en la Confiserie Florian, de Niza. Veré las tiendas de lujo sin sufrir, con la indiferencia de quien tiene todo lo que necesita al alcance de la mano, y sabe que no hay dinero capaz de pagar por ello.

Y lo contaré, claro. Antes o después. A pesar del frío, y aunque se escape un poco de calor, intentaré no cerrar del todo la ventana. A ver si puedo asomarme alguna que otra vez, he dejado las luces de casa programadas, para despistar, y haré por recoger el correo, que luego se amontona y no hay cosa mejor para que los cacos se den cuenta de que andas lejos...

Aunque, total, todo lo que tengo de valor, no se ve, pero se siente, ni pesa en el equipaje, pero inunda el corazón, y lo desborda.

Eso, lo que de verdad importa, tiene la ventaja de ir donde yo vaya.

Cuando dejes de sonreír al ver cómo me sobresalto cuando llegas sin hacer ruido.
Cuando, en lugar de observarme como un científico durante meses para saber qué es lo que más ilusión me hace, compres cualquier cosa de ésas que gustan a todo el mundo, para salir del paso.
Cuando ya no te esfuerces por mantener en secreto durante quince días que tenías entradas para una de las películas más esperadas de los últimos tiempos, y ya no me montes numeritos misteriosos, con sms enigmáticos incluídos.

Cuando pierdas esa capacidad de sorprenderme, y de disfrutar con ello más que con ninguna otra cosa, sabré que te he perdido. Aunque será fácil darse cuenta.

Estarás muerto.

Mi padre tenía la costumbre de pegarnos bronca a mi hermano y a mí cuando, de pequeños, nos caíamos. Sus mayores enfados con nosotros eran ésos, y en lugar de consolarnos y sonarnos los mocos, nos ponía verdes y se acordaba de Dios y toda su familia, para escándalo nuestro, criaturitas ambas a cargo de colegios religiosos. Y los dos fuimos de caernos mucho. De perennes costras en las rodillas, cardenales y rasguños un día sí y otro también. No sé qué temía más, si el agua oxigenada de mi madre o los gritos de mi padre, despotricando sobre mi torpeza.

Con el tiempo dejé de caerme. Pero no de meter la pata o estrellarme de nuevas y dolorosas maneras. Y aún hoy me siguen doliendo más las consecuencias que en los demás puedan tener mis descalabros que mis propias heridas.

¿Y si pensara un poquito más en mí misma?

Aunque parezca el típico argumento de libro americano de autoayuda, o el acertijo de qué fue primero, el huevo o la gallina, es cierto que para salir del hoyo del pesimismo hay que ser optimista. Lo complicado es cómo romper el círculo. Encontrar el punto débil donde el aro se quiebra, un lugar exacto que existe, pero que no está en los mapas, y que resulta tan difícil de encontrar cuando las únicas coordenadas de las que dispones son la latitud de tu desesperación por algo que ya se alarga demasiado, y a lo que no ves fin, y la longitud de una soledad inmensa, como un islote inexpugnable en medio de ninguna parte.

Es duro salir de la rueda del “estoy triste, así no puedo ir a ningún lado”, “no puedo salir de esto, por eso estoy tan triste”. Así que no queda otra que estar muy atento a cualquier indicio favorable, a cualquier logro por tonto que parezca, a la más pequeña alegría que nos lleve a pensar que sí, que es posible, que a pesar de todo se puede, y, sobre todo, que merece la pena romperse el alma por conseguir un pellizco de esa felicidad que algunos dicen haber visto de cerca, y que tanto se nos resiste.

Es una fuerza poderosa. Invisible, pero como tantas otras cosas que no se tocan, se sienten, y no es posible ignorar su presencia. Bueno, se puede ignorar, mirar para otro lado, cambiar de conversación, pero ella no nos abandona una vez que ha aparecido. Es esa sensación de pisar terreno conocido, sabiendo que jamás has estado allí antes. Ni en sueños, vamos.

Hay gente que lo llama “déjà vu”. La sensación de que ya has vivido eso, que esa situación no te resulta del todo desconocida, que a esa gente ya la has visto antes, no sabes dónde, ni cuándo, pero no puedes dejar de sentir que te resulta sospechosamente cercana. Son caras que te suenan, cuando es imposible, porque sí, sabes mucho, y muy hondo de algunos de ellos, pero precisamente es sólo eso lo que sí conoces, lo que no se ve ni se toca, mientras que lo más evidente, lo más superficial, sus caras, sus voces, sus ademanes, son absolutamente nuevos para ti. Pero por alguna extraña razón, esa gente a la que acabas de ver por primera vez te resulta mucho más familiar que personas a las que quizás lleves tratando años a diario, sin haber conseguido esa chispa cómplice que salta o no salta. Caprichosa como ella sola.

Es exactamente lo que me ocurrió en el segundo “Beers&Blogs”, el pasado sábado. Encontrarme con Wayfarer, Alexqk, Pablo, Milio, Daniela, Hans, El Lobo, Juan, Arturo Buendía y Markambey, fue una experiencia increíble. Tan mágica como puede llegar a ser la cosa blogosférica cuando los astros se alinean con arte. ...

¿Para cuándo la próxima?

Uno de mis grandes defectos, por no decir el mayor, es que soy persona de mucho aguantar, de acumular hasta un umbral relativamente alto, para terminar por explotar no dejando nada vivo a mi paso. Durante un tiempo en el que nada hace sospechar qué es lo que se está fraguando, todo parece ir perfectamente, como la seda, pero sólo en la superficie, una engañosa balsa de aceite que esconde auténticos remolinos y rápidos capaces de engullir lo que les echen. Hasta que la cosa deja de ir, ni bien ni mal, simplemente se para en seco, y entonces el mundo me mira con ojos de susto, mientras se repone del frenazo y se pregunta qué demonios me ha pasado y dónde han estado mirando todo este tiempo para no darse cuenta de que algo tan gordo se estaba cociendo.

Y entre los escombros donde parece imposible que quede algo con vida, ahí aparezco yo, sacudiéndome el polvo, mirando a mi alrededor, sola, confusa, pero entera. Y es que por muy fuerte que haya sido el batacazo, siempre me levanto. Con el alma en cabestrillo y la inocencia cada vez un poco más mutilada. Jodida, pero contenta. Sorprendida de mi propia capacidad para resurgir de mis cenizas.

Supongo que, después de todo, prefiero vivir mirando el muñón de mi dignidad intacta a sobrevivir teniendo que cerrar los ojos, mientras tiro a duras penas de una vida a la que ni siquiera puedo mirar de frente...

Los celos son las corbatas del amor. Igual que esos trocitos alargados de tela representan el colmo de la elegancia masculina, el celoso siente que su enfermizo interés por el otro es una garantía de alta implicación y entrega en la relación amorosa. Pero como las corbatas, los celos son incómodos, agobiantes, e innecesarios. Una colorida y falsa fachada de pasión desbordada que demasiadas veces enmascara inseguridades propias y necesidad de aprobación ajena.

Llega a tus manos con ese olor característico a nuevo, blanca, con sus páginas reacias a mantenerse abiertas, indómita, rebelde casi. Una promesa de posibilidades infinitas ante ti, doce meses vírgenes de problemas, de desilusiones, de fracasos, que llegarán, eso lo sabes, pero que también podrían no llegar, o llegar con menos fuerza que otras veces, quién sabe, una es optimista, al menos al principio, hasta recibir los primeros reveses, hasta tener que hacer los primeros tachones. Anotas con letra primorosa los teléfonos, los cumpleaños, las citas anuales de dentistas, oculistas y demás matasanos obligatorios. Ya habrá tiempo para escribir de cualquier manera, tachar con saña, garabatear mientras hablas por teléfono, llenar sus páginas de papelitos amarillos, o salpicarla de café. Como siempre, vamos. Ese cuaderno reflejará inmisericorde lo que será tu vida, con huellas de tus lágrimas mientras apuntas la hora del entierro de un familiar, con la sangre de tu dedo por culpa ese folio traidor y asesino, con las pastas dobladas por las prisas, o con las migas del bocadillo apresurado esa noche de mucho trabajo y sueño atrasado.

Vivimos tiempos de cambio de agenda. Tiempo de carpetazos al pasado inmediato y ojos limpios hacia lo que se avecina...

Aprendí inglés porque me pillaba al lado de casa. Pura casualidad. Si en lugar de tener a Mrs. Martha, en el Primero C hubiese estado Madame Petrustka, lo mismo ahora sería una virtuosa del piano, o con Yasuhiro Yamamoto de vecino, una fornida karateka estaría mirando por la ventana.

Aprendí francés por amor. Método “por las bravas”: hablando un día en español y otro en francés. Teniendo que esperar a la medianoche y al comienzo del “día español” para conseguir descifrar una palabra o encontrar sentido a una frase arrastrada durante todo el día. Y es que después de una semana en Cannes en la que no me enteré de nada, me sentí como Tarzán en su primer encuentro con Jane, y puse a Dios por testigo de que no volvería a las Galias sin comprender y ser comprendida. Y lo conseguí. En menos de seis meses.

Empecé a aprender catalán porque tuve un amigo de allí, y me parecía que dominar su idioma nos acercaría más. El tiró mi amistad a la basura, pero buscando en el cubo, entre las mondas de mis esperanzas rotas y las raspas de mi decepción, encontré un regalo de esos que tanto gustan, porque no te los esperas, porque ni siquiera crees merecerlos: otro amigo. Otro catalán, gracias a quien mi Assimil de Catalán se salvó del bookcrossing, y que a su vez me hizo uno de los obsequios que más ilusión me han hecho en los últimos tiempos: tres discos de Serrat en catalán.

“Ara que tinc vint anys, avui que el cor se m’embala, per un moment de estimar o en veure un infant plorar...”

El hecho de dormir con la persona que quieres tiene el curioso poder de reducir las fronteras de tu país a un rectángulo de 1,40 por 2 metros.

No son las luces, un derroche inútil y ostentoso en una ciudad ya de por sí excesivamente iluminada. Ni el rollo hipocritón de ser buenos los unos con los otros por decreto y durante dos semanas al año. Ni siquiera las comilonas pantagruélicas de productos empalagosos e hipercalóricos que el siguiente mes habrá que bajar matándose de hambre. Ni los insoportables anuncios de juguetes, cada día más cafres para los niños y más cursis para las niñas. Ni la ludopatía masiva desatada por la Lotería Nacional, a la que nunca he sucumbido, a pesar del agobio de tenderas, compañeros de oficina y niños con papeletas para el viaje de fin de curso.

Lo que me mata de la cosa navideña es la obligación de regalar. Yo para eso de los regalos suelo tener buena mano, y me encanta dar, más incluso que recibir, pero porque sí, porque encuentro algo que me encaja a la perfección con la persona, y no necesito una fecha, ni un motivo claro: regalo porque me sale del alma. Pues en estas fechas, me quedo en blanco, no se me ocurre nada, me da la sensación de que todos tienen de todo y nada es necesario, y que por muchas vueltas que dé, nada de lo que pueda comprar tendrá la suficiente chispa como para sorprenderles, y lo que debería ser un placer se convierte en un auténtico suplicio.

Sí. He estado en el centro. He dado mil vueltas. No he comprado nada.

Y ya van tres veces.

Ayer estuve viendo un reportaje sobre Elvis Presley en el Canal+. Da la casualidad de que Elvis es uno de mis cantantes favoritos, y una de las pocas cosas que mereció la pena descubrir en mi paso por la Cadena SER. Alfonso García, el ahora presentador del Telenoticias de Telemadrid, me lo dio a conocer cuando yo llevaba la producción de un programa de entrevistas, y andaba preguntando a toda la redacción por canciones que les gustasen, para no terminar por poner siempre a los que yo escuchaba. Yo no soy nada mitómana, pero el verano de 1995, cuando estuve en Estados Unidos, pasando por Memphis era imposible no ir a Graceland, así que allí estuve. Y lo que saqué en claro de esa visita fue que Elvis fue un tío muy rico y muy desgraciado, y que seguramente si le hubiesen dicho el precio que tendría que pagar por la fama que alcanzó, se hubiese quedado en su casa, tocando para los amigos en el bar de la esquina. Lo de que el dinero no hace la felicidad me pareció una verdad tan dolorosamente cierta que nunca más volví a escuchar a Elvis igual. Después de ver esa casa tan hortera, tan grande y tan muerta, no volví a poner mis CDs de los años 60-70, cuando ya estaba gordo y actuaba en Las Vegas. Ayer fue tristísimo ver fragmentos de esas actuaciones, cantando como un Pavarotti rockanrrolero, y con cara de querer estar en cualquier otro sitio menos ahí, sudando como un cerdo y vestido como un árbol de navidad. Y una vez más me alegré horrores de que se hubiese muerto cuando lo hizo, porque si con poco más de cuarenta años estaba así, no quiero ni pensar qué patético vejestorio sería ahora, con más de sesenta, arrastrándose por tugurios para pagarse las pastillas y el whisky, y viendo cómo su adorada Lisa-Marie terminaba casándose con Michael Jackson.

Supongo que la vida, aunque parezca a veces injusta y caprichosa, en ocasiones es verdaderamente sabia...

Releo el post de ayer, y me doy a mí misma una pena espantosa. Vamos, que si yo no fuera yo, intentaría por todos los medios hacerme amiga mía. No, en serio, me parece tan patéticamente triste, que incluso me doy un poco de vergüenza y todo. ¿Cómo se puede estar tan jodidamente sola? Algo he hecho mal, pero no sé lo qué es. En algún punto del camino he fallado, y vengo arrastrando hasta hoy el error, como en los problemas de matemáticas en los que confundes un más por un menos en las primeras operaciones, y a pesar de tener todo el razonamiento perfectamente hecho, el resultado es un auténtico disparate.

Pero esta ventana es lo que tiene: una vez que se decide mantenerla abierta, de par en par, con las cortinas descorridas, una debe estar dispuesta a dejarse ver en todo su esplendor y en los momentos más desastrados. En zapatillas zarrapastrosas y con vestido de fiesta. Radiante y hundida. Arriba y abajo.

Es lo que hay.

Sospecho que esto que tanto me perturba no es más que lo que siempre fue, más de lo mismo que me hundía cuando estaba en el instituto, y veía a la gente salir, llamarse, quedar, y yo siempre terminaba en casa, sin nadie que respondiera a mis llamadas, sin nadie que pensara en mí para llamarme. Pero la adultez, la fuerza de la costumbre o los años de entrenamiento de alto nivel no funcionan en esto como en otras cosas, no crean callo, ni lo hacen más llevadero. Al contrario, igual que una salsa al fuego durante demasiado rato, el tiempo sólo hace que mi soledad sea más espesa, más densa, más insoportable. No quiero ni pensar qué será de mí dentro de más años. ¿Podré con ello o finalmente ese magma viscoso podrá conmigo? No sé, pero hoy me rindo a la evidencia: ella me vence. La desolación y el desamparo de verme sola este sábado por un Madrid prenavideño, lleno de luces y gente, ha dado paso a una vuelta a casa con un nudo en el alma, un abatimiento negro y pegajoso, unas ganas de empezar a llorar a mares y no parar, y todo por tener que asumir que nada cambia por mucho que lo parezca, y que la historia se repite, y parece mentira que aún no me dé cuenta y acepte de una vez que sigo sola, aunque ya no lo esté.

Porque no estoy sola, es cierto, pero me siento sola, porque me quedo sola demasiado a menudo, y de vez en cuando lo constato en su versión más sangrante, como este fin de semana. Si él me falla, no tengo a nadie más. Nadie con quien pasar una tarde, nadie que me acompañe al cine, nadie con quien quedar a tomar un café. Nadie de quien echar mano. Nadie.

Son instantes de lucidez hiriente que se abren paso sobre el espejismo de una normalidad falsamente sólida, pero frágil y quebradiza. Relámpagos en los que la fuerza de los hechos se impone, dándome un bofetón que me devuelve a una realidad que sigue ahí, dormida, esperando la más mínima ocasión para despertar, con toda su fuerza impetuosa de gigante que se despereza y sonríe, consciente de su poder latente, sí, pero inmenso. Momentos en los que apoyo mi frente en mi ventana, y mira tú por donde, está lloviendo, y no me apetece salir a mojarme, total, ¿para qué? si aquí, al otro lado del cristal, también llueve...

Igual que los tacones de los zapatos más lujosos van desgastándose irregularmente de un lado si se pisa mal, hay palabras especialmente bonitas y llenas de poderío que, si se usan a lo loco, terminan deteriorándose y perdiendo su sentido. Además, su valor intrínseco y su carga sentimental suelen ser directamente proporcionales al desgaste irreversible que su uso abusivo y sin criterio termina produciendo en su significado. Son expresiones a las que las buenas maneras, el mero trámite social, o lo socorridas que pueden llegar a ser para quedar bien, les van quitando poco a poco toda su valía, descargándolas de toda su fuerza, hasta el punto de dejarlas en el puro esqueleto fonético. Com

Tengo asociado el frío con mi infancia, igual que los abueletes carcamales que recuerdan aquellos inviernos de después de la guerra, en los que hacía frío de verdad, y hasta nevaba, y no ahora, que hasta eso ha degenerado... Recuerdo mi falda gris del uniforme y los calcetines azul marino, caídos, por favor, que eso de llevarlos hasta la rodilla era lo más cutre de este mundo, diez años de carne de gallina, de cruzar las piernas intentando buscar mi propio calor, mientras esperaba el autocar. Ese frío constante, manos frías, pies fríos, siempre helada, en clase mal, en casa, peor. Y yo siempre llegando tarde a los buenos tiempos, hace un año que mis padres han puesto la calefacción en su casa, ahora, a buenas horas. De qué me sirve ya, cuando tengo mi propia vivienda, con su calefacción central, siempre por las nubes, siempre demasiado alta, pero aunque sude tinta me da igual, que me quiten lo bailao, estos nueve años aquí están compensando con creces tanto frío infantil. Se acabaron para siempre las camas con diez kilos de mantas, el frío polar del cuarto de baño, las peleas por un buen sitio junto a la estufa eléctrica, el suelo helado, a pesar del parquet.

Ahora miro al frío de frente, desde mi casa cálida y acogedora, casi tropical, de la que cada vez me cuesta salir más en esta época, y sé que ya no podría prescindir de estos inviernos de pies descalzos (se acabó el “¡Ponte las zapatillas!” de mi madre), de mejillas ardientes y arreboladas, y bienestar casi pecaminoso, mientras fuera las niñas siguen llevando faldas tableadas con los calcetines bajados, y aúlla el viento helado, intentando colarse por las rendijas de mi ventana, sin conseguirlo.

Probé por primera vez el té sin efectos terapéuticos (como la marihuana, hierbas son las dos al fin y al cabo...) en mi primer viaje en avión. Me parecía el colmo de lo novedoso “mojar” mi primer vuelo con la bebida típica del lugar donde iba, Londres, así que, en lugar de coger café tras la comida, cogí un té. Disfrazado con leche, malo, malísimo. Un auténtico purgante. Pero me sentí tan mayor, tan independiente y tan chic que, desde entonces, me propuse que me iba a gustar el té. Y digo que me lo propuse porque me gustó tan poco que fue una odisea conseguir encontrarle la gracia a ese agua sucia así, por amor al arte, sin la disculpa de tener la tripa revuelta.

Han pasado más de diez años de aquello, y lo logré, me encanta el té, y ahora una taza me acompaña cada tarde. Además me he vuelto una sibarita, de esas que distinguen el bueno del malo, lo prefiere en hojas y no en bolsitas, y siempre tiene en el armario cuatro o cinco clases distintas. Y aunque suene a snobismo de nueva pija, no lo hago a propósito, lo de tomar el té a las cinco como una señora británica, sino por pura dejadez. Con mil amores me comería un bocadillo de salchichón o una buena rebanada de pan con Nocilla, como cuando salía del colegio, pero ahora no compro pan, porque es malísimo en este pueblo en el que vivo, así que lo que hago es hacerme un té, comerme un par de galletas, y marchando, hasta la cena.

Así que, una vez más, se cumple lo de que no hay mal que por bien no venga. Debo mi irresistible y decadente encanto de bebedora de té a la casualidad de un viaje a Londres (¿si hubiese ido a Edimburgo sería ahora una alcohólica no tan anónima, farfullando bajo los efectos del whisky de malta?) y mi figura esbelta y juvenil a la ineptitud de los panaderos de Algete.

Qué cosas...

Hoy tengo esa alegría incolora, sin chispa, que te asalta después de un momento de encrucijada superado satisfactoriamente, cuando la tensión se relaja, pero aún no eres capaz de disfrutar del alivio sin sentir que bajas la guardia y que algo malo aún puede pasar. Sé que debo estar feliz, pero no termino de respirar desahogadamente. Sin que me pase nada, estoy tristona, pesarosa y culpable por sentirme así.

Supongo que necesito una de esas alegrías que, igual que hacen las grandes desgracias, de pronto te desbaratan. Buenas noticias que llenan de luz toda tu existencia, y te inyectan optimismo y energía para una buena temporada.

Sí. Lo necesito urgentemente.

Amar es vivir en segunda persona.

Es una zozobra de esas que sabes que te atenazarán, sin piedad y en crescendo, por mucha voluntad que quieras echarle, por muchas veces que ya hayas pasado por ello. Empieza suavemente, cuando ves la cita en el calendario, al echar el vistazo general al mes que entra. El corazón te da un vuelco, pero no le haces mucho caso, demasiado tiempo por delante, el suficiente como para que la cabeza aún sea la dueña de la situación; y todavía sea capaz de decirte, y de convencerte, de que sólo es una revisión, y que si todo parece en orden, lo estará, y eso no es más que una forma de asegurarse. Y sigues viviendo, hasta que el día es mañana, y mañana es hoy, y hoy se transforma en “los resultados dentro de un mes”. Y la inquietud pasa a convertirse en un pesar constante, que intentas ignorar, pero que es físico, y seguirá ahí, aposentado en tu estómago, contigo, inseparable, hasta el día en el que, una vez más, se decida a una sola carta su vida entera. Tu vida entera.

Y seguramente volverás a respirar con alivio, como las otras veces, y volverás a vivir despreocupadamente otros seis meses. Y verás al miedo que te acompañó durante las últimas semanas esfumarse ante tus ojos, disolviéndose como lo hace un terrón de azúcar en un café caliente, de golpe, dejando sólo una nubecilla que al poco ni siquiera distingues, aunque la estela de su amargor permanecerá, durante un tiempo.

Un regusto de primeras desagradable, pero a fin de cuentas útil, porque realza y de qué manera, el sabor suave y lleno de matices de las pequeñas cosas que la vida, en el día a día, te regala en cuanto se descuida un poco y se olvida de ponernos las cosas tan difíciles...

Una de las primeras cosas que aprendí cuando fui periodista es que nada de lo que ocurre existe hasta que alguien decide que es digno de ser contado, y otro lo cuenta. Recuerdo las reuniones de por la mañana con el jefe, y el reparto de temas, la cantidad de ellos que terminaban cayendo, porque no tenían suficiente interés, porque no cabían o, sencillamente, porque no había un redactor libre para ocuparse de ellos. Y yo pensaba con una mala conciencia espantosa en esas personas que nos habían contado con pelos y señales lo que les había pasado, en cómo se sentirían al ver que no salían, al darse cuenta de que nada de lo que contaban realmente estaba pasando, aunque ellos creyeran que sí, por la sencilla razón de que nadie se enteraría de que había sucedido. Siempre me dio un poco de vértigo esa responsabilidad a la hora de moldear la realidad. Ser consciente de que si me callaba un dato de una noticia, nunca se sabría, y sería como si no existiera, porque en ese momento, hasta que se la pasara a mi jefe, yo era la dueña de la información, y eso me convertía en creadora de lo que los demás iban a percibir o no como realidad.

Desde que abrí esta ventana, al menos aquí, sólo soy lo que cuento. Mis palabras me definen, me llevan y me traen, me descubren y me ocultan, y si me descuido, me traicionan. Si no escribo, no existo.

Me alegro de volver a ser alguien...