Miro la blogosfera desde esta ventana mía, como si se tratara de un inmenso patio de vecinos, una corrala de esas del Madrid de antes, en las que todos se conocen y se observan, y se espían, y hablan unos de los otros. Un gran complejo residencial en el que incesantemente llegan nuevos vecinos, dispuestos a refugiarse un reducto para la libertad favorecido por el anonimato, mientras otros se van, después de darse cuenta de que, también aquí, los vecinos cotillean, y critican, y tampoco pueden ir en pelotas por su casa sin cuidarse de que las persianas estén cerradas, si no quieren que les cuelguen el sanbenito de pervertidos.
El autor de una bitácora se siente libre porque se sabe anónimo. Y es libre, hasta que de nuevo deja de ser un desconocido, lo cual será relativamente pronto, si escribe con autenticidad y sabe llegar a sus lectores. Y esa libertad será la cuerda con la que se ahorque, porque llegará un momento en el que deje de ser un puñado de frases y será una persona ligada a otras personas, y de nuevo medirá sus palabras, y se autocensurará, y se sentirá tan atrapado como cuando llegó a la blogosfera buscando un poco de aire fresco donde poder gritar sin que le tacharan de pirado. Y bajará la persiana, paranoico perdido, porque ha creído ver a su propia madre mirando hacia su ventana desde el kiosko de la esquina…
Es triste, pero nunca somos más libres y dueños de nosotros mismos que cuando somos anónimos.
Porque estamos solos.
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viernes, enero 30, 2004
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a las
1:43 PM
1 dejaron sus dedos sobre el cristal


