Miro la blogosfera desde esta ventana mía, como si se tratara de un inmenso patio de vecinos, una corrala de esas del Madrid de antes, en las que todos se conocen y se observan, y se espían, y hablan unos de los otros. Un gran complejo residencial en el que incesantemente llegan nuevos vecinos, dispuestos a refugiarse un reducto para la libertad favorecido por el anonimato, mientras otros se van, después de darse cuenta de que, también aquí, los vecinos cotillean, y critican, y tampoco pueden ir en pelotas por su casa sin cuidarse de que las persianas estén cerradas, si no quieren que les cuelguen el sanbenito de pervertidos.

El autor de una bitácora se siente libre porque se sabe anónimo. Y es libre, hasta que de nuevo deja de ser un desconocido, lo cual será relativamente pronto, si escribe con autenticidad y sabe llegar a sus lectores. Y esa libertad será la cuerda con la que se ahorque, porque llegará un momento en el que deje de ser un puñado de frases y será una persona ligada a otras personas, y de nuevo medirá sus palabras, y se autocensurará, y se sentirá tan atrapado como cuando llegó a la blogosfera buscando un poco de aire fresco donde poder gritar sin que le tacharan de pirado. Y bajará la persiana, paranoico perdido, porque ha creído ver a su propia madre mirando hacia su ventana desde el kiosko de la esquina…

Es triste, pero nunca somos más libres y dueños de nosotros mismos que cuando somos anónimos.

Porque estamos solos.

Hay pocas sensaciones mejores que la de quitarse un peso de encima a primera hora de la mañana, después de una noche de sueño inquieto, de darle vueltas y vueltas para volver al punto de partida. Respirar hondo, coger impulso y lanzar bien lejos la losa que te aplasta el alma, y ver con alivio cómo se rompe en mil pedazos. Y aunque alguna de las esquirlas te salte y te arañe, no te importa. Ya no. Le pegas un chupetazo a la herida y sigues andando, feliz, sintiendo que, a pesar de todo, a pesar de las presiones, supiste decir que no. Sabiendo que, durante un instante, el tiempo suficiente para pronunciar esa sílaba que tan dura se vende, fuiste dueña y señora de tus opiniones, de tu voluntad y de tu vida.

A veces, el amor se achata y se gasta con el uso, como los neumáticos, perdiendo dibujo y agarre, y añadiendo a la conducción un riesgo extra. En cambio, otras veces se estiliza, se afila, como esos pirulís de caramelo, que terminan convirtiéndose en auténticas lanzas de tanto chuparlos, y que hay que saborear con mucho tiento.

Dulces, sí, pero no por eso menos peligrosos…

La memoria se empeña en jugar al escondite conmigo cuando peor me viene, como esos duendecillos que, cuentan, son los que nos esconden las cosas y nos vuelven locos durante días, para al final terminar encontrando las tijeras en la nevera y el paquete de fideos finos en el armario del cuarto de baño. Supongo que será porque hay confianza, pero la muy puñetera se carcajea de mí con descaro, y me pone delante, por extraña asociación de ideas, el nombre y los dos apellidos de esa compañera de clase de los rizos rebeldes que también ponía círculos en lugar de puntos sobre las íes, cuando observo cómo el tipo de la empresa de trabajo temporal también lo hace, mientras toma notas durante mi entrevista. Y sin embargo, se las arregla para tenerme toda la tarde en ascuas, incapaz de recordar el nombre de esa vecina con la que me topé ayer, aunque, aplicando la media de tiempo transcurrido entre encontronazo y encontronazo, seguramente sea la última vez que nos veamos, ya que dentro de seis meses yo ya no viviré en este pueblo.

Así que, impotente ante los caprichosos manejos y el escaso sentido de la oportunidad de los recuerdos, una termina preguntándose si, a fin de cuentas, alguien no nos estará haciendo un favor, escribiendo bien recto con renglones zigzagueantes. Aunque para ello tenga que sacar a la superficie deshechos del pasado, arrastrándolos hasta la orilla y poniéndotelos delante, para que no olvides que lo que has llegado a ser se lo debes a lo que fuiste. A costa de lanzar indiscriminadamente nombres, caras, fechas, detalles… a un agujero negro que siempre quiere más, dejándote sin historia, sin identidad casi, mientras observas sin poder hacer nada cómo unos se te escapan entre los dedos, como el agua, y otros se te pegan dolorosamente a la piel, como el hielo, y si logras arrancarlos es peor, porque dejan heridas de esas que siempre duelen cuando cambia el tiempo.

A veces siento que languidezco, como esas princesas de cuento que están tristes cuando lo tienen todo, pero a las que nadie les ha preguntado si lo que quieren es eso: tenerlo todo. Sólo que yo no soy princesa, ni lo tengo todo, pero sí que tengo libertad para elegir, aunque ni siquiera sé si quiero poder hacerlo, o si ese libre albedrío me quema en las manos, y no sé qué hacer con él, y las cosas serían mucho más fáciles si me obligaran, si me ataran, para así poder tener un objetivo claro y definido: poder rebelarme.

... Y buscando dentro me he dado cuenta de que el gris me mata. Esta semana he andado algo tocada, aunque no hundida, y sí, ya lo creo que sí, claro que el hábito hace al monje, al menos en lo que al blog y a mi se refiere, y esa simplicidad espartana y ese color ratón no estaban ayudando demasiado. Y mirando un poco más profundamente, he tenido que reconocer que echaba de menos a la chica de Hopper, la primera, la que concretó en una imagen lo que me bullía en la cabeza cuando empecé esto. Y he vuelto atrás, y la he rescatado.

¿O ha sido ella la que me ha rescatado a mi?

Nos preguntamos “¿Qué me falta para ser feliz?”, cuando quizás la cuestión sea “¿Qué es lo que me pasa, que hace que no sea tan feliz como debería, si tengo todas las papeletas para serlo?”

Y es que es mucho más fácil hacer kilométricas “wishlists”, planificar y soñar, mirar a los demás y envidiarles, que remangarse y reconocer la cantidad de material inútil que acumulamos, ocultando lo que realmente sirve y no usamos, como esos viejos excéntricos con la casa llena de basura, incapaces de desprenderse ni de las latas vacías de comidas para gatos.

Buscamos fuera, en lugar de mirar dentro...

Podría decir eso de que después de la tempestad viene la calma. Pero no lo haré, porque no es cierto. Después de la tormenta, una se da cuenta de los destrozos que un chaparrón puede llegar a causar en un ratillo de nada. Y toca ponerse manos a la obra: hacer recuento de daños, llamar al seguro y esperar que todo quede como estaba. Pero sabes que a partir de ahora, cada vez que empieces a escuchar truenos, aunque luego resulte que sólo eran un par de petardos, te echarás a temblar, y no podrás evitarlo.

Hay días en los que cerrarías la ventana, bajarías la persiana y te sentarías en un rincón, hasta que se hiciera de noche. Porque el día y la noche dejan de tener sentido cuando la oscuridad es lo único que distingues, tengas los ojos abiertos o cerrados.

Aunque así viven los ciegos, y ellos salen a trabajar, y van a bailar o al cine, y hasta suben al Everest. Y a los que vemos nos parece que eso no es vida.

Pero sigue siendo vida. Al menos, eso dicen ellos.

Yo no lo tengo tan claro…

Un optimista es el que, ante el éxito ajeno, se pregunta desafiante “¿Por qué yo no, a ver?, mientras que un pesimista se encoge de hombros y murmura “¿Y por qué yo sí?”

Si la venganza es un plato que se sirve frío, el rencor es un guiso espeso, contundente, que necesita mucho tiempo y reposo, mucho fuego lento y paciencia para mantener la llama encendida… Tanto resentimiento puede acumular un rencoroso y durante tanto tiempo que incluso llegará a no tener demasiado claro cómo empezó todo, y al final lo único que conseguirá será que el caldo de los reproches se consuma, hasta churruscar la cacerola y quedarse sin nada que sacar a la mesa. Tan sólo con un cacharro ennegrecido, que, encima, le tocará frotar bien a fondo con el estropajo, y que nunca quedará como antes...

Y lo que es peor, teniendo que servir deprisa y corriendo un reseco bocadillo con dos lonchas mal puestas de indiferencia…

En un país en el que el coche es una prolongación del propio cuerpo, no tenerlo te convierte en algo parecido a un minusválido (que te lo digan a ti, ¿eh, Geyperman?). Y son esos tarados los que llenan los autobuses de línea en Estados Unidos. Los cinematográficos Greyhound, al menos en lo que respecta a la Costa Este, son territorio negro en un 90 por ciento. El resto lo completan cuatro turistas con demasiadas “road movies” a sus espaldas, y un puñado de blancos lo bastante pobres como para que su subsidio social no les de para comprarse un coche. Viajes interminables, en los que el calificativo de “largos” siempre se queda corto, en los que te da tiempo a dormir, a leer si no te mareas, a aburrirte, a mirar el paisaje… y siempre quedan seis horas más, y cuando queda una no te lo puedes creer. Y esos niños negros, silenciosos, tranquilos, obedientes, horas y horas en brazos de su madre sin una lágrima, sin un capricho por el que berrear…

Dos días, en la misma semana, he coincidido con ellas en el 20. Curiosamente, sentadas las tres en los mismos asientos las dos veces, ellas detrás de mi. Madre e hija. Unos 30 y 2 años, respectivamente. ¿Conoce alguien algo más insoportable que el amo de un perrazo grande y baboso intentando convencerte de que no muerde, que sólo quiere jugar, cuando el animalito se abalanza sobre ti con la lengua fuera? Pues sí: una madre incapaz de domar a un hijo insoportable, llorón y desobediente, intentándolo y justificando su escaso éxito con que el nene es hiperactivo y necesita “su propio espacio”…

Cuando soportas durante más de media hora los alaridos de la niña arrastrándose peligrosamente bajo tus pies mientras el autobús frena, las lágrimas, los gritos y los manotazos a un palmo de tu cabeza, los murmullos reprobadores de los demás pasajeros y las explicaciones absurdas de la madre, ofendidísima, y gastando una energía en justificarse que bien podría haber empleado en educar a su hija, es entonces cuando te acuerdas sin querer de aquellos niños del Greyhound, comiendo una manzana sin rechistar, dormidos sobre el regazo de sus gordísimas madres, y abriendo los ojos seis horas más tarde, con una sonrisa capaz de iluminar el autobús entero, aún en penumbra, mientras el sol se levanta, a punto de llegar a Philadelphia…

Cerrar la boca en el momento justo y abrirla en el adecuado es una ciencia, aunque lo bastante inexacta como para que el mundo esté plagado de palabras inoportunas y ensordecido por silencios innecesarios.

Me gusta mirar la hora en el reloj de la Puerta del Sol, porque es como ir de paseo por uno de esos mercados de toda la vida. Vistas allí las horas parecen más frescas, igual que un besugo recién pescado, a punto de hacer un doble mortal en su cama de hielo picado. Los minutos dan la sensación de ser más lustrosos, como esos langostinos tan vivos y sonrosaditos, que parecen mirarte y si pudieran te guiñarían el ojo, susurrándote lascivamente: “somos tuyos...cómenos”. O los segundos, tan chiquitines ellos, pero muchos y apiñaditos, como los granos de una granada, capaces de dar mucho más de sí de lo que se podría pensar por su aparente modestia, pero ellos conocen bien el auténtico valor de eso de que la unión hace la fuerza… El tiempo parece diferente, menos implacable, más amigo que cuando lo observas enlatado, envasado al vacío en los estoicos relojes-termómetros. Esos que pueblan las glorietas y las calles de la ciudad, con sus horas herméticamente encerradas en cajitas rectangulares, compartiendo espacio con la temperatura, no siempre clemente, negativamente heladora en invierno y abrasadora en verano. Sí, sé que son cosas mías, y las horas y los días serán igual de cortos, o de eternos, porque tiempo son al fin y al cabo, y no es él quien pasa o se gasta, sino nosotros… Pero la hora vista de refilón desde el autobús en esos pobres pasmarotes digitales nunca tendrá el sabor tibio de las cinco y diez pasadas (y no las diecisiete y doce minutos…) con las que una se puede topar mientras camina, alzando la vista hacia lo alto de la antigua casa de Correos, con la cara helada y las manos perdidas, mientras te comes una napolitana de La Mallorquina.

Tachamos con furia, a punto de romper el papel, como si los borrones sobre nuestros errores pudiesen eliminarlos del todo. Como si no supiéramos, más que de sobra, que el fallo sigue ahí, agazapado bajo el pegote de Tippex, con todas sus letras. Mirándonos desde abajo, oculto tras el tachón, humillado, pero jamás vencido…

Un día descubres que las tienes, aunque siempre hayan estado ahí. Que aparte de lucir con arte tus zapatos de tacón las pocas veces que se te ocurre ponértelos, te permiten alcanzar con suma facilidad los estantes más altos del supermercado. Te das cuenta de que aguantan sin rechistar horas de espera en las colas del cine. Que gracias a ellas coges ese autobús que siempre deja en tierra a la señora gorda a la que le pesa demasiado el culo. Pero es el día en que todas las escaleras mecánicas de la estación del Metro se han puesto de acuerdo para no funcionar cuando descubres su auténtico valor, la máquina perfecta e infrautilizada que tienes a tu disposición: tus piernas funcionan. Y de qué manera. Mientras los jubilados renqueantes y agarrados a la barandilla se acuerdan de toda la familia de Ruiz Gallardón, y las madres con carrito de bebé sudan tinta con él en brazos, tú bajas corriendo, como cuando eras pequeña, a toda velocidad, y saltando los últimos dos, luego tres, y hasta cuatro peldaños. Luego te tocará subir, claro, pero lo harás pasándotelo en grande mientras cuentas los escalones, aun a riesgo de que luego no puedas quitarte de la cabeza la cancioncilla, esa que botando la pelota llegaba al veinte justo (“Una / dola / tela / catola / quila / quilete / estaba / la reina / en su / gabinete / vino / Gil / apagó el / candil / candil / candilón / cuenta / las veinte / que las veinte / son”).

Y durante un tiempo, tampoco demasiado, no puedes evitar usar las escaleras mecánicas, o los ascensores, sin un considerable cargo de conciencia, por tu vaguería, por no permitirles que se luzcan más a menudo haciendo lo que tan bien saben hacer. Por desaprovechar algo que, lo sabes, echarás de menos dentro de unos años, cuando ya sea demasiado tarde para andar a brincos por los túneles del Metro…

Así que, venga, con brío, que no se diga: una, dola, tela, catola…

Cuando se despidieron se abrazaron tan fuerte que ella le dejó pegado a la solapa un escalofrío que le acompañó todo el día, hasta que su mujer se lo sacudió de un manotazo, pensando que era una pelusa.

Me ocurrió con Benito Pérez Galdós cuando leí "Tormento". Con Carmen Martín Gaite y "Entre visillos". "El mundo según Garp" hizo lo propio con John Irving. La misma sensación de estar asistiendo al nacimiento de algo importante, aunque sólo sea porque me acompañará el resto de mi vida: un nuevo miembro de la selecta nómina de mis escritores preferidos. Esos a los que siempre termino por volver, que releo como si cada vez fuese la primera, de los que no podría deshacerme y por los que suplicaría clemencia si, a punta de pistola, me obligaran a quemar todos mis otros libros. Idénticas ansias de leer más y mas de él, es decir, todo. Pero al mismo tiempo, leerlo despacio, para que se acabe lo más tarde posible, paladeando cada frase, respetando religiosamente cada coma, intentando prolongar inútilmente un placer que, como todos, tiene una fecha de caducidad más cercana cuanto más intenso es.

Ahora le ha tocado a Andrés Trapiello. "El gato encerrado" me ha metido de lleno en su "Salón de los pasos perdidos", unos diarios que, curiosamente y salvando las correspondientes distancias literarias, guardan un parecido desconcertantemente familiar con los weblogs. Como esos parientes lejanos, de los que no conocemos ni su existencia, pero que un día cualquiera se sientan frente a nosotros en el metro y no podemos dejar de mirarles, ni ellos de mirarnos, porque nos reconocemos mutuamente, aunque parezca imposible tanta casualidad, en un Madrid, tan grande, con tantas almas...

Nunca le agradeceré lo suficiente a Mi boli Bic, el actual Trapo, que un día hablara de él...

Me he ahogado tantas veces en un vaso de agua que ahora sólo bebo a morro.

Es una plaga que está por todas partes y que se propaga mediante unas armas de destrucción no masiva, sino individual; proyectiles personalizados que no están hechos de acero, que no usan pólvora, ni goma dos, ni falta que les hace. Las flechas del desamor, esas que destrozan el alma y la vida, las mismas que a veces no sabemos si hacen más año dejándolas clavadas donde están o arrancándolas de cuajo, ésas tan venenosas que cuando hemos logrado librarnos de ellas dejan el corazón muerto, o cuanto menos anestesiado para una larga temporada. Esos dardos son los mismos que en su día se clavaron con la suavidad y la delicadeza del que hunde sus dedos en la espuma fragante de un baño caliente. Las mismas armas que nos desarmaron porque ya no había que luchar, porque ya no había adversarios, porque la guerra o la paz carecía de sentido para nosotros.

Sólo que cuando nos las arrancan, las saetas de la malquerencia producen inmensos destrozos, muchos de ellos irreversibles, que nos dejan minusválidos para el afecto, para darlo y para recibirlo. Porque su trayectoria no es la natural, porque esas flechas están hechas para entrar y quizás salir rápidamente, ya se sabe, hay amores que duran un soplo, y es suficiente. Pero nunca se pensaron para retroceder a medio camino, en contra de nuestra voluntad y una vez que han sido clavadas.

Y es que la blogosfera gotea sangre, aún caliente, de amante abandonado. En las esquinas de los templates se descubren jirones de corazones despedazados, y entre los tags de los códigos fuente uno puede tropezarse con restos irreconocibles de lo que fue un alma y ahora sólo es un puñado de recuerdos tiznados por el rencor y los reproches.

A veces, mirar escuece...

Apenas la conocía. Coincidí con E. hace seis o siete años, cuando yo estaba casi recién llegada a este pueblo, en el paro, y en mi angustia de encontrar una razón para no terminar dándome cabezazos contra la pared por falta de contacto humano, acudí a la asociación de mujeres. Ella era parte de la junta directiva. Yo terminé ocupándome del papeleo contable durante los cuatro o cinco meses que aguanté, así que hablábamos bastante. Bueno, hablaba ella. De su vida genial. De sus estudios en Francia, y su trabajo allí durante unos años. De su magnífico chalet adosado. De sus vacaciones ideales en estaciones de esquí. De sus hijos increíblemente listos y guapos. Y yo escuchaba. Sin contar demasiado sobre mí. Como casi siempre. Con la sensación de que buscaba mi aprobación. O estar a mi altura, poniéndose de puntillas y estirando el cuello, porque en estado normal no llegaba. Como si mi altura fuese algo que envidiar, pensaba yo entonces. Una tía sin trabajo, totalmente desubicada, sin un marido que fuera lo bastante insoportable como para poder echar pestes de él solidariamente con el resto de las mujeres de la asociación, sin hijos de los que alardear como todas las demás, más sola que la una, que estaba allí no precisamente por el ambientazo intelectual que se respiraba, sino porque no tenía ningún sitio mejor donde ir, o sea, por absoluta desesperación. Pero ella quería impresionarme, se esforzaba por caerme bien, eso estaba claro. Y a mí me daba mucha pena, porque todas las demás hablaban de lo fantasmona que era, de lo cargante que se ponía con todas las grandezas que contaba, y la huían en cuanto podían. Yo nunca la esquivé. Y ella me buscaba con ansia.

Ayer me enteré de que hace tres años su hija la encontró ahorcada en la buhardilla de su impresionante chalet adosado. El corazón se me ha encogido, porque hacía siglos que no pensaba en la asociación de mujeres, ni en ella. Después de que yo dejara de ir por el local del grupo, nos llamamos un par de veces, pero la cosa languideció, y curiosamente, nunca más nos vimos, ni jamás nos cruzamos por el pueblo. Y es que la vida a veces es sarcástica, y burlona, capaz de hacer malabares tremendamente macabros para alcanzar unas simetrías tan perfectas como tétricas: la madre de E. también se había suicidado. Y ella fue quien la encontró, colgando al extremo de una cuerda.

Ahora que lo pienso, esa historia, la de su madre muerta, era lo primero que te contaba cuando te conocía. Pero entonces, tampoco yo comprendí lo que eso podría llegar a significar...

He vuelto a desayunar roscón de reyes. Y lo que te rondaré, morena... Eso que mi madre se llevó la mitad, porque era enorme. La receta decía para seis personas, pero debía tratarse de gente con hambre atrasada, tragaldabas sin piedad, zampabollos con una hormigonera por estómago, porque nosotros fuimos seis para comerlo, se llevaron un trozo bien grande y aún tengo desayuno para otros dos días como mínimo, si es que no se pone duro antes. Es lo que tiene experimentar, que no puedes medir las consecuencias hasta que las tienes delante, como en este caso, esponjosas, humeantes y con aroma a flor de azahar. Porque esa soy yo, en estado puro: si alguien en su panadería es capaz de hacer un roscón, y existe una receta, ¿por qué yo no voy a poder hacerlo? Así que este año hemos comido mi roscón. Eso sí, el lunes me pasé todo el día con la cara llena de harina y masa pegada hasta en el carnet de identidad, amasando y dejando reposar, dos horas y otra vez, y así hasta tres veces. Y cruzando los dedos, para que no me saliera un estropicio y me tocara ir a la pastelería en el último momento, con las orejas gachas y tragándome mi chulería. Pero no. Salió bien. ¿Qué digo? Salió perfecto.

Y el martes, los reyes me trajeron una guitarra... Temblad, Clapton, Knopfler y compañía...

He vuelto a desayunar roscón de reyes. Y lo que te rondaré, morena... Eso que mi madre se llevó la mitad, porque era enorme. La receta decía para seis personas, pero debía tratarse de gente con hambre atrasada, tragaldabas sin piedad, zampabollos con una hormigonera por estómago, porque nosotros fuimos seis para comerlo, se llevaron un trozo bien grande y aún tengo desayuno para otros dos días como mínimo, si es que no se pone duro antes. Es lo que tiene experimentar, que no puedes medir las consecuencias hasta que las tienes delante, como en este caso, esponjosas, humeantes y con aroma a flor de azahar. Porque esa soy yo, en estado puro: si alguien en su panadería es capaz de hacer un roscón, y existe una receta, ¿por qué yo no voy a poder hacerlo? Así que este año hemos comido mi roscón. Eso sí, el lunes me pasé todo el día con la cara llena de harina y masa pegada hasta en el carnet de identidad, amasando y dejando reposar, dos horas y otra vez, y así hasta tres veces. Y cruzando los dedos, para que no me saliera un estropicio y me tocara ir a la pastelería en el último momento, con las orejas gachas y tragándome mi chulería. Pero no. Salió bien. ¿Qué digo? Salió perfecto.

Y el martes, los reyes me trajeron una guitarra... Temblad, Clapton, Knopfler y compañía...

Son chispazos que iluminan el camino. Palabras de aliento en el momento necesario. Risas que se entrecruzan en el vacío, y chocan, y estallan, como los fuegos artificiales, en racimos de colores, que se pierden en la nada, dejando un rastro de pólvora que sólo perciben los iniciados. Presencias desconocidas que se sienten con mucha más intensidad que si fueran muy cercanas. Fogonazos que permiten que no sea necesario andar a tientas, aunque no tengas muy claro dónde ni por dónde vas, ni siquiera por qué estás andando. Quizás no sean luces potentes, de esas que engañan haciendo que la noche parezca día, pero es precisamente eso, que no engañan, que son lo que son, lo que hace que sean tan acogedoras, que quieras sumergirte en su halo y que no te encuentren. Además ¿quién quiere focos cuando lo que necesitas es la luz tenue de una lámpara en un rincón, o la calidez de una vela con aroma de vainilla?

No están a mi lado. No puedo alargar la mano para tocar la suya. Seguramente jamás me vea en sus ojos. Algunos pasarán veloces. Otros remolonearán una temporada, hasta buscar nuevos horizontes donde perderse. Habrá unos cuantos que se instalen, si no para siempre si en usufructo en unas tierras casi vírgenes, en lugares no tan ocultos, pero a los que no había llegado casi nadie, porque quizás no sea tan fácil entrar.

A todos, gracias.(*)

(Pedro, Pablo, Milio, Hans, MaRía, Diego, FernandoChatin, RojoDos, Zoldado, JesúsCieloVacío, FernandoPerdidoenlaciudad, Holden, Will, Ari, XaviDelaVerdadyotrasmiserias, Pepeltenso, Graciela, Laura, Otronadie, Sanvean, Valentín, Nuberu, Geyperman, Fran, Amancio, JoseLuisElqueaprendeavivirsolo, Guasabi, Alfred, Hanoc, Dante, Yuri, Sadangel, JoseDesnudandomialma, ElLobo...........)

Hay palabras que se clavan como navajas de Albacete. Sin tocar hueso y hundiéndose suavemente, como en la mantequilla blanda. Hasta la empuñadura. Menos escandalosos, aunque mucho más emponzoñados son los silencios. Un vacío desorientador en el que sientes cómo pierdes pie, y no puedes hacer nada, porque no depende de ti, y sabes que te ahogarás, si el dueño de ese silencio no lo remedia, en medio de una agonía lenta y sin marcha atrás. Sin nada a lo que aferrarte. En medio de la nada más absoluta.

Por eso me agarro desesperadamente al flotador tejido con nuestras últimas risas compartidas, con tus guiños cómplices y mis carcajadas irreprimibles. Y no me soltaré, por mucho frío que haga, por mucho que me castañeteen los dientes, por muy oscura que sea la noche, por muy grande que sea el miedo que me atenace el alma... Aguantaré. Lo que sea. Como sea.

Cualquier cosa antes que dejarme engullir por la ciénaga sin fondo de tu olvido...

El próximo 30 de marzo se cumplirá un año desde que estoy aquí, apoyada en el cristal, que ahora hace frío y no es plan de estar acodada en el alféizar... Y para celebrarlo, aparte de otros eventos festivos que comunicaré a su debido tiempo, he pensado en elegir el mejor post de este primer año de 'Desde mi ventana'. Por su estilo, por su interés, por lo emocionante que resultó, por lo curioso... por lo que sea. Bueno, en realidad, seréis vosotros, los que leéis cada día, los que deberéis hacerlo, si os apetece.

Cada semana, desde hoy, propondré cinco posts de cada mes para que votéis vuestro favorito. Cinco y elegidos por mí no por nada en especial, sino por no haceros leer el blog completo... De los doce más votados saldrá el Post del 2003.

Es sólo una idea. Para animar un poco la página. Y para que la hagáis un poquito más vuestra.

Y porque nunca, ni en mis días más optimistas, pensé en durar tanto. Y no todos los días se cumple un año...

La buena suerte es una dama orgullosa y altanera, que se muestra desdeñosa y esquiva si nos empeñamos en correr tras ella, en atosigarla para que nos haga caso y se digne a mirarnos. Sin embargo, cuando es su capricho y le da la ventolera, deja caer su pañuelo ante nuestras narices, en espera de que lo recojamos, para regalarnos una sonrisa o un parpadeo encantador, de esos por los que muchos se pasan toda una vida suspirando. Lo malo es que, acostumbrados a su indiferencia y resignados a ver cómo les sonríe a los demás y nunca a nosotros, hay veces que sus gestos amistosos nos pillan distraídos, ocupados en otra cosa, o mirando hacia otro lado, buscándola ansiosamente cuando la tenemos pisándonos los talones. Y ella, ofendida, rabiosa y encolerizada, se da la vuelta y sigue su camino, que quizás no vuelva a cruzarse con el nuestro, dispuesta a ofrecer el mejor de sus rostros a aquellos capaces de distinguirlo entre la multitud...

Que te den el dinero para comprar tu propio regalo. Que lo elijas, lo compres, lo envuelvas, y lo rotules, 'De fulanito/a para Teresa'.

Y que fulanito/a, el que te 'hace' el regalo, no tenga ni idea de qué te ha regalado hasta el momento en que abras el paquete...

O sea, el colmo del hastío y la falta de ilusión con que algunos encaran unas fiestas pastelosas y mercantilizadas, sí, pero a las que aún así se puede sacar un poco de jugo imaginativo e ilusionante, ya que toca pasarlas...

O como corromper hasta límites surrealistas la magia de dar y recibir regalos.

Si hay una virtud que admiro es la bondad, los buenos sentimientos. Y es algo que suelo captar de inmediato cuando quien tengo delante los tiene, porque la intuición, ese saber sin saber por qué, irracional, pero sumamente certero es el rasgo de mi carácter que creo que más me define.
A la pregunta de cuál es la cualidad que prefiero en un hombre siempre respondo que la misma que me gusta en una mujer: la sinceridad, la franqueza, la ausencia de trucos ni dobles fondos.
Creo que mi principal defecto es la inseguridad (¿lo creo? ¿ni de eso estoy segura?), y mi mejor virtud la generosidad, ese olvidarme de mi por pensar en los otros con suma facilidad.
Lo que más me conmueve y me llega al alma de mis amigos es poder sentir que están ahí, y que lo están incondicionalmente, pase lo que pase.
Podría pasarme la vida escuchando a los demás, creo que por eso me gusta tanto leer, porque ¿qué es sino ser testigo de lo que otro te cuenta?
Mi sueño de felicidad es poder cerrar los ojos cada noche sin que mi conciencia se avergüence de nada de lo que he hecho durante el día.
Si existe un hombre ideal, yo ya encontré al mío, así que ya no lo sueño, aunque sé que hay algunos más por ahí sueltos, en alguna parte, igual que en los puzzles de muchísimas piezas hay varias que encajan perfectamente, por forma y colores, en el mismo hueco, pero una vez que has encontrado una de ellas ¿para qué seguir buscando?
La mayor de las desgracias, la que me hundiría si no definitivamente, sí lo suficiente como para amargarme la vida, sería perder la vista.
Si no fuera yo y pudiera elegir encarnarme en otra persona, no me importaría haber sido una mezcla de Emilia Pardo Bazán y Audrey Hepburn, para haber vivido lo que una vivió en el XIX, con el encanto y la belleza de la otra.
Dame un vaso de agua y una tortilla de patatas decente, y no me cambio por un comensal del más estrellado de los restaurantes...
Un don del que carezco por completo y que me hubiese encantado tener es el de saber dibujar. Garabatear en un instante lo que tengo delante. Mejor que la mejor de las fotos.
El defecto que más fácilmente perdono es la envidia, porque nadie sufre más que el propio envidioso, y lo peor es que no puede hacer nada por evitar ser así.
Un lema que me para muchas veces y me empuja otras tantas: “No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran”. (*)

(*) El cuestionario de Proust. O lo que se ve si mantienes la vista fija en mi ventana el tiempo suficiente...

Mil doscientos kilómetros son muchas horas de volante, demasiadas para uno solo, pero una gozada si te gusta conducir, y sobre todo si vas a un sitio al que estás deseando ir o vuelves a donde estás ansioso por llegar de nuevo. Pero más que nada son un regalo si se comparten y pasan a ser simplemente tres intervalos de dos horas en los que disfrutar del paisaje y sus cambios aparentemente imperceptibles, pero radicales en sólo unos kilómetros. Zambullirse en esas nubes indolentes, que se dejan llevar y traer por el viento a velocidades de vértigo, y emborracharse con los tonos anaranjados y rojizos del cielo mientras la oscuridad se impone imperceptible, pero rotundamente. Apagar la radio, y disfrutar del silencio, perderte en tus pensamientos y encontrarte, y descubrir que, después de todo, no eres tan mala compañía.

Y llegar.

Y poder contarlo...