He tenido muchos cumpleaños a lo largo de toda mi vida. Tantos que ya hace tiempo que necesitaría un segundo juego de dedos de manos y pies para contar mis años. Y la cosa no mejora, evidentemente. El miércoles, sin ir más lejos, me cae un nuevo año y mi segundo pie virtual se queda con un dedo menos. Pero en todo este tiempo, en la marabunta de cumpleaños “biológicos” que llevo ya en el cuerpo, ninguno de ellos ha logrado ser tan emocionante y tan bonito como el que ayer celebré para festejar mi primer añito como bloguera.

En ningún otro cumpleaños nadie había venido expresamente desde Barcelona para estar conmigo. Me han regalado muchos libros a lo largo de mi vida, pero nunca hasta ahora me habían escrito un relato, una pequeña historia capaz de hacer que me derritiera como un trocito de chocolate. Me he emocionado mucho con algunas canciones, porque hablaban de mí, tan fielmente como si su autor me conociera a fondo, pero nunca antes nadie me había hecho una canción, mía y sólo mía, es más, era una de esas cosas que siempre pensé que le sucedían a los demás, como que te toque la lotería. También ayer se obró una vez más el milagro, siempre sorprendente, de oír por primera vez una voz que ya había escuchado retumbar en mi corazón mucho tiempo antes, esa magia de descubrir el timbre exacto del sonido de las mismas palabras que antes me habían calado bien hondo en forma de letras bailoteando sobre una pantalla. Dicen que todos tenemos un doble exacto en alguna parte del mundo; yo ayer encontré a mi sosias virtual, al menos en lo que a nombre de blog se refiere. Y de nuevo me encontré con desconocidos que dejaron de serlo al poco rato, como si no hiciera falta nada más que querer estar allí, esa voluntad, con esa sintonía sin explicación lógica, pero ¿quién la busca? Y volví a constatar que los lazos que se crean aquí suelen apretarse cuando las distancias se acortan, que cada nuevo encuentro es un refuerzo del anterior, y que por mucho que ya lo sepas, eso nunca dejará de sorprenderte...

Espero poder celebrar un segundo año de ventana con todos los que estuvisteis, con los que faltaron muy a su pesar y con los que se vayan asomando a mi ventana en los próximos meses y sientan que han encontrado un poco su sitio…

Gracias a todos.

Dicen que no se valora en su justa medida una cosa hasta que se pierde. No creo que sea cierto. A veces se es consciente de lo importante que es mucho antes, hasta el punto de llegar a notar los efectos devastadores de su futura ausencia cuando nada indica que algún día pudiera llegar a faltar, cuando ni siquiera existe un riesgo cercano ni racional. Pero esa amenaza intuida y tan sólo hipotética, aparte de hacernos pasar un mal rato sin motivo alguno, tiene una ventaja: logra que no sea necesario un peligro real para que veamos lo importante y valioso es eso que tenemos ahí, al alcance de nuestra mano. Es una lucidez dolorosa, la de saber antes de tiempo, la de adelantarse a los acontecimientos, la de acertar casi siempre. Pero es una lucidez justa con las cosas, que permite exprimir al máximo cada momento, cada acontecimiento de esos que sabemos que son únicos.

Cuando decidí volver a trabajar sabía que no dispondría de tiempo para nada de lunes a viernes. Que se había terminado una época, la de la indolencia, las lecturas, los paseos y las reflexiones en voz alta gritadas desde mi ventana: sabía de sobra que tendría que abandonar el blog como lo he hecho. Y ya entonces sabía lo importante que se había convertido en mi vida ese mundo paralelo, esa colmena llena de ventanas a las que me asomaba cada día, encontrándome con sus habitantes y riendo ante sus ocurrencias, dándoles ánimo cuando estaban decaídos o simplemente diciendoles “hola, cuánto tiempo sin encontrarnos en la escalera, ¿no?” Sabía que se terminaría lo de pasear por casas ajenas, y sentarme un rato en la cocina a charlar frente a un té (¿verdad, maRia?). Y lo echo de menos mucho, muchísimo. Pero no por eso he descubierto ahora nada que no supiera mucho antes, algo que ya intuía antes de empezar esto, cuando aún sólo me limitaba a leer blogs ajenos.

No me ha hecho falta perderos un poco para saber lo importantes que sois.

Aunque ahora paso muchísimo menos tiempo en casa que antes, y cuando estoy aquí es siempre de noche, afortunadamente durante el día aún tengo ventana a la que asomarme. Podría no tenerla, tener la mala suerte de trabajar en un sótano, o de tener un despacho sin vistas a la calle, pero no es así. Si miro por la ventana, un gran ventanal a mi izquierda que inunda de luz mi mesa, veo una nave en construcción, obreros atareados descargando camiones, grúas mastodónticas descargando artefactos imposibles de identificar, y parcelas del polígono industrial aún vírgenes. Poco glamouroso, ciertamente, pero suficiente. Al menos para mí.

Ahora me doy cuenta de lo acertado que es el nombre de este blog, del sentido que tiene respecto a mi actitud ante las cosas. Necesito poder mirar hacia el exterior más de lo que pensaba. Miro por la ventana mientras hablo por teléfono, igual que otros garabatean dibujitos en una hoja. Observo a los obreros mientras se calientan junto a una hoguera después de comer, mientras me tomo un café en mi mesa, en lugar de quedarme hablando en el comedor, junto a los operarios del taller que también comen de tartera recalentada en el microondas. Me voy a enviar un fax y mientras pasan las hojas, la vista se me va hacia el ventanal, y me quedo ensimismada en un paréntesis del que no soy consciente, hasta que el pitido del fax me dice que ya está, que se acabó lo de mirar, y que toca seguir trabajando.

Pero ¿de qué me extraño? Desde que empecé a escribir este post, debo haber parado para quedarme mirando por la ventana una media docena de veces. Oscuridad y las luces de Madrid al fondo…

¿Qué busco al otro lado del cristal?

Ojalá lo supiera…

Soy una trabajadora temporal, una sustituta de una embarazada, y eso pesa. El ambiente no es frío, pero tampoco cálido. La gente es amable, simpática, pero no cordial, falta ese intento de hacerte parte del grupo, o al menos yo no lo siento. Podría ser cuestión de tiempo, pero lo dudo. Es la cruz de ser una empleada de trabajo temporal, ese desarraigo, ese sentimiento de ser una advenediza útil, pero no necesaria, igual que la cara buena es lo rápido que se encuentra empleo a través de las ETTs.

Un trato educado, pero distante, en manos de una inmensa mayoría femenina. Si el hombre es un lobo para el hombre, la mujer para la mujer no es loba, sino leona, tigresa, hiena y buitre, todo en uno. Ese escalofrío en el espinazo que se siente ante determinados comentarios salidos de boca de mujer no tiene parangón con los ataques más duros, pero frontales, atestados por un hombre. Lo siento por la parte que me toca, pero así es. Y esta empresa es territorio femenino. Territorio mujeril en su mayor parte de la zona sur de Madrid, que mira con desdén y, supongo, que envidia, a los de la zona norte, y no digamos ya si se mueven en un coche como el mío, “Soy la Barbie, y me voy a mi casa con mi Beetle”, escuché por descuido el viernes, entre risitas ahogadas y pitorreo generalizado…

Unas veces por pobre, otras veces por “rica”… No sé cómo me las apaño, pero siempre, de una manera u otra, termino siendo una especie de “outsider”, siempre al margen del grupo, siempre sola…

Debe ser parte de mi encanto, o lo mismo es que me he acostumbrado, pero estoy por decir que ya hasta me mola…

06.30 AM: Abro los ojos
07.30 AM: Recorro en mi Beetle los 46,5 kms. que separan mi casa del trabajo.
08.30 AM: Empiezo a trabajar.
19.00 PM: Termino de trabajar.
19.45 PM: Otros 46,5 kms. me devuelven al hogar.
20.00 PM: Preparo la cena y la comida del día siguiente.
21.00 PM: Ceno.
22.00 PM: Relax.
00.00 AM: Cierro los ojos.

Conclusión: de lunes a viernes, la blogosfera es un limbo del que estoy excluída. Un paraíso del que me he autoexpulsado por entrar de nuevo en el grupo de población activa. Ni puedo escribir mi propio blog, ni puedo leer los ajenos.

Moraleja: ¡me he convertido en una bloguera dominguera!

He descubierto en mi mano tres arañazos finos, pero profundos. Unas líneas rojas que parecen hechas por un sádico con un cuchillo afilado formando un extraño triángulo, una especie de pirámide que alguien con la imaginación y las tendencias esotéricas que a mi me faltan encontraría llenas de simbolismo, quizás hasta proféticas. Mis arañazos se vuelven a abrir cuando doblo los dedos para cerrar la mano, y escuecen cuando me seco después de fregar los cacharros. Parece que mi sangre está esperando un descuido mío, un movimiento excesivamente forzado, para salir a dar una vuelta y ver mundo. Si tuviera gato, le echaría la culpa. Si hubiese saltado una cerca para robar melones, habría encontrado la explicación. Si hubiese llegado a las manos con ese tipo tan desagradable de la gasolinera, quizás podría achacarlo a cuando me agarró la muñeca mientras yo le insultaba. Pero no tengo gato, ni es época de melones, y soy demasiado vergonzosa para montar el número de pegarme con nadie, aunque a veces no me falten ganas.

No tengo ni idea de cómo me he arañado la mano de esa manera. Y esa incertidumbre, ese no saber me duele mucho más que las propias heridas…

La soledad del triunfador es una soledad sin esperanza. Porque lo ha tenido todo, quizás aún lo conserva, pero no es suficiente, porque todo se queda en nada cuando no puedes compartirlo, cuando no tienes unos ojos que chisporroteen de admiración ante tus éxitos y unas manos sobre las que depositar tus triunfos. Y para un triunfador, llega un momento en que ya no es posible aspirar a más. Esa falta de horizontes para quien ha tenido el mundo a sus pies es su peor castigo.

La soledad del perdedor es una soledad desesperanzada. No espera ya, porque lleva haciéndolo demasiado tiempo, y todo sigue igual. Asume lo imposible de asumir, con una resignación que desde fuera puede parecer cobardía, pero es simplemente espíritu de supervivencia. No tiene nada, pero esa certeza llega a ser lo de menos, tan sólo una anécdota. Porque sabe que, de tenerlo todo, seguiría igual de solo, así que ya no lucha. Esa lucidez es su peor castigo.

Porque la soledad sigue teniendo el mismo regusto amargo, ya sea si te la tomas en una elegante copa de cristal o directamente chupando del tetrabrick.

El sabor de la desesperación… (*)




(*) Ha muerto Marco Pantani. Un “galáctico” de los pedales que no supo adaptarse a la atmósfera terrestre...

Podría vivir hasta el fin de mis días con la ropa que tengo. Aunque fuese hecha un adefesio, raída, y pasada de moda, y tuviese que coser ese roto, de puro gastado, y darle la vuelta a ese cuello, o subirle el dobladillo a ese abrigo tan largo, y ponerle medias suelas a los zapatos. Sé que podría.

Podría tirar todos mis libros a la basura si me obligasen a punta de pistola, y guardar tan sólo el Quijote, el único libro que hubo en casa de mis padres hasta que yo empecé a llenar la casa de papel. Lo leería mil veces. Y cada vez, volvería a sorprenderme de mi propia sorpresa, y a reírme a carcajadas en el metro, mientras la gente me mira raro y a mí me importa un pito.

Podría dormir cada noche en la posada de la Estrella, en un saco, entre cartones, y tomar una ducha en un albergue, cuando tuviera la suerte de encontrar sitio. Y ver el cielo despejado y el sol brillando me alegraría el día, porque sabría que esa noche no dormiría bajo la lluvia.

Podría no tener nada. Y seguiría teniéndolo todo.

Porque le tengo a él…

Ayer me preguntaron mi edad al terminar de hacerme una encuesta y tuve que pensarlo durante un momento, nada, unos segundos, pero demasiados tratándose de una pregunta así. Lo peor de todo fue que, cuando me oí decirlo en voz alta, me quedé pasmada, como si no fuera conmigo, como si estuviera hablando de otra persona. No me reconocí en los años que llevo a mis espaldas. Y me dio un poco de miedo, lo confieso.

Por un instante comprendí perfectamente a esos transexuales que claman al cielo por sentirse atrapados en el cuerpo equivocado…

Y sólo faltan tres semanas para mi cumpleaños…

Miro los árboles sin hojas, y sé que será la última vez que los veré así, porque el próximo invierno ya no estaré en esta casa, y no serán esos árboles lo que vea cuando me asome a la ventana. Y me da pena. Pero no porque dentro de poco vaya a abandonar lo que ha sido un hogar acogedor, cálido, amplio, bonito y lleno de buenas vibraciones durante casi diez años. Un piso con una vista espléndida, desde lo más alto del pueblo, en el que te despiertan los gorjeos de los pájaros, en lugar del ruido del tráfico. No. Eso no me duele, bueno, quizás un poco, pero sólo un poco, porque sé que mi nueva casa también es grande, más nueva, más bonita, con la sierra de Madrid perdiéndose en el horizonte, y no tiene ventanas, sino dos terrazas inmensas donde me tumbaré al sol y veré las estrellas bien abrigada mientras asamos unas castañas en la barbacoa. Y sé que se impregnará de lo mismo, de ese buen humor y esa armonía que hay aquí, porque seremos nosotros dos, él y yo, los que estaremos dentro.

Al mirar los árboles, tonta de mí, he sentido ese vértigo que te da la certeza de que mañana, cuando me asome, no veré los chopos que hoy estoy mirando. Aunque parezcan los mismos, nunca más veré los chopos que hoy, que ahora, que en este instante estoy mirando.

Debe ser cosa de los años, pero ya he desistido, ya no pienso que pueda echarle ningún pulso al tiempo. Así que atrapo los instantes para vivirlos, sin intentar atesorarlos, ni siquiera congelarlos en una foto, como el que caza una mariposa, la tiene en el hueco de sus manos unos instantes, y enseguida la suelta.

Porque pocas cosas hay más tristes que un montón de mariposas polvorientas clavadas con un alfiler, dentro de un marco… Bueno sí, sí que hay algo aún más triste: el tipo que las mira.

Sé que no es la mejor de las elecciones, que decir que Pérez Galdós es tu escritor preferido de todos los escritores habidos y por haber resulta tan impopular y poco glamouroso como decir que te gusta Pérez Reverte y no soportas a Javier Marías. Pero así es: da la casualidad de que me gustan los dos Pérez. Porque ambos saben contar historias, crear personajes con los que te involucras, describir lugares y atmósferas con precisión. Quizás no sean grandes sibaritas del lenguaje, ni de la forma, que sus envoltorios sean burdo papel de estraza entre tanto lazo de raso, papel de seda y composiciones minimalistas. Pero si eres capaz de tomarte la molestia de desenvolver el paquete, estarás tan ocupado disfrutando de lo que viene dentro que poco te importará que haya venido atado con una cuerda de cáñamo.

Quedaría mucho mejor si sólo jurara por Raymond Carver, si me desmayara ante unos versos de Baudelaire, o si hiciera mía la negrura de Kafka, pero si lo hiciera, mentiría. Donde mejor me encuentro, y es así porque siempre, siempre, termino volviendo, es en el Madrid de Benito Pérez Galdós, ese Madrid tan lejano y al mismo tiempo tan cercano, poblado de personajes a los que, quitándoles el corsé y la chistera y sustituyéndolos por un piercing ombliguero y unos pantalones QuickSilver, no desentonarían en absoluto en el Madrid de hoy. Las mismas miserias del “quiero y no puedo”, las mismas pasiones, más bajas cuanto más alta la escala social, los mismas pretensiones y despilfarros a cuenta de la Visa hoy, a cuenta de los prestamistas y los sablazos entonces. He releído tantas veces sus libros que yo, que los cuido tanto, tengo algunos para tirarlos. Ahora estoy releyendo “Miau”, y veo con asombro que hace exactamente veinte años que lo leí por primera vez. Y hoy, igual que entonces, continúo siguiendo las desventuras del pobre Don Ramón Villamil con el alma en un hilo, con la misma angustia y el mismo sentimiento de injusticia que entonces. Aunque con una diferencia: ahora le entiendo mejor, y me duele un poco más su desesperado final. Una no ha sido cesante, ni siquiera ha chupado nunca de la teta funcionarial, pero sí que ha sufrido en carne propia la dureza de la jungla laboral, las arbitrariedades de las elecciones a dedo, las desventajas de no tener padrino, y la oscuridad tétrica en la que se mueve quien no dispone de enchufe.

Por cierto, he liquidado en una semana el segundo tomo del “Salón de los pasos perdidos” de Andrés Trapiello, el que se titula “Locuras sin fundamento”. Y constato con sorpresa y regocijo que a Trapiello también le gusta mucho don Benito. Un punto más a favor del amigo Trapiello para que me caiga aún mejor...

Pablo lo preguntaba el otro día. Yo le respondo hoy: no es malo odiar a alguien. Es más, es necesario odiar a muchos. La capacidad de odiar es tan necesaria para la salud mental como la de querer. De hecho, no se sabe realmente lo que significa una cosa hasta que no se ha llegado al fondo de la otra.

Yo, sin ir más lejos, odio con toda mi alma a esa gente que cae bien a todo el mundo. Les odio porque no me lo creo, y otra cosa que odio es que me tomen el pelo. Porque veo el fraude, su capacidad camaleónica para adaptarse a todos, y porque adivino que detrás de tanta complacencia y buen rollito hay alguien lo bastante cobarde como para no ser capaz de mostrarse como es y asumir con gallardía que, si el mundo viera lo que hay detrás de esa preciosa careta, seguiría cayendo bien a muchos y se ganaría a algunos más, pero otro montón le detestaría con toda su alma, mientras que un puñado simplemente le ignoraría.

También odio la censura y la manipulación, y no sólo la de los telediarios de la Primera o la de Urdaci. También la que retoca o elimina posts enteros, o la que quita de un plumazo los comments desfavorables.

Pero esa es otra historia.

Metía tanto la pata que, harto de sacarla para volverla a meter, decidió dejarla dentro.

Los deseos se cumplen cuando se tienen o se desechan por imposibles. Se lanza uno de cabeza sin medir las consecuencias en busca de “eso”, o reconoce sus limitaciones, cierra los ojos y se deja llevar por la corriente sin hacer más preguntas. Pero un deseo, por pequeño y banal que sea, no se aplaza.

Un sueño dejado para más tarde se corrompe, como el pescado fresco dejado por descuido al sol, fuera del frigorífico. Quizás renunciar a una ilusión sea penoso, frustrante y desolador. Pero cumplir años más tarde, en frío, lo que un día fue un deseo ardoroso es peor aún. Porque será un extraño el que se beneficie de nuestra paciencia, de nuestro vivir sin vivir, de nuestra existencia al ralentí. Porque la persona que consigue el deseo no es la misma que lo anheló febrilmente tiempo atrás. Todo en esta vida tiene su momento. Ese, y no otro. Lo vives, hundiéndote en el intento si es preciso, o lo evitas, y afrontas esa renuncia, aún a costa de asumir tu condición de fracasado, de perdedor. Pero dejarlo para más tarde, y conseguirlo no es ningún triunfo; es como descubrir que aquello que un día nos deslumbró por difícil, codiciado e inalcanzable, al llegar a nuestras manos resulta ser una buena imitación, que engaña a los demás, pero no a nosotros. Como esa baratija chapada en oro que vista desde el escaparate da el pego, pero que una vez que nos hacemos con ella nos deja el cuello de color verde.

Es curioso, pero hasta para soñar hay que ser realista, actuar con sangre fría y tener bien plantados los pies en el suelo…

Hay gente por la que sientes una simpatía instantánea. Les miras y te sostienen la mirada, eso para empezar. Y ese chispazo te da la certeza de que no es preciso que abran la boca para que se establezca un flujo de ida y vuelta tan poco frecuente e irracional como definitivo y poderoso. Lo hay o no lo hay. Sin medianías. Puede tratarse de una de esas personas que te encuentras en tu facultad el primer día de clase, que de manera natural, como si te hubiese estado esperando desde la guardería, se convertirá en tu amigo y vecino de silla hasta el día del último examen de la carrera. O quizás te lo tropieces un día en el metro, literalmente, pegándole un pisotón, y vuestros ojos se crucen, y responda con un guiño a tu sonrisa avergonzada de disculpa. Y a pesar de la sensación de que ahí hay un terreno inexplorado que te esta diciendo “¡explórame!”, sabrás de sobra que no pasará de ahí, que te bajas en la próxima, que jamás te lo volverás a encontrar, o quizás sí, y de nuevo, hasta el momento de separaros por el pasillo del metro, tú hacia la línea 9, él hacia la línea 4, cruzaréis unas miradas de esas que te reconcilian con los caprichos de la casualidad y con la magia de lo efímero.

Mi año sabático toca a su fin. Se acabaron los lunes al sol, tumbada a la bartola junto a mi ventana. Una llamada telefónica me ha devuelto de un puntapié al mundo laboral. Vuelta a los madrugones inhumanos, a los atascos desquiciantes, a las comidas de menú de 6 euros (o de tartera recalentada en el microondas, vaya usted a saber…), a la falta de tiempo para nada que no sea trabajar, a los fines de semana terapéuticos, dedicados a recuperar las fuerzas a base de sofá…

Pronto formaré parte del ejército de descontentos que maldicen a sus jefes, conspiran contra sus compañeros en la máquina de café y suspiran por un tiempo que ya no les pertenece, porque un día decidieron venderlo a cambio de una nómina a fin de mes.

Dentro de unos días dejaré de mirar, apoyada en el quicio de la ventana, cómo viven los demás.

Porque también yo estaré dentro del cuadro.

Un día decides a poner orden en tus cuentas, y descubres con sorpresa que quizás no puedas retirarte a vivir de las rentas, pero tampoco le debes nada a nadie. Y es entonces cuando, en lugar de alegrarte, respirar con alivio y disfrutar por una vez de las miradas envidiosas de tanto hipotecado de por vida, te das cuenta de que lo que más desearías en este mundo es tener a un cobrador del frac pisándote los talones, poniéndote en evidencia y dispuesto a partirte las piernas…

Si supieras por qué suspiro tendrías la llave que abre la puerta del desván de mi melancolía, donde se agolpan sin orden mis recuerdos, se amontonan mis decepciones y cogen polvo mis ilusiones rotas por el camino. Y podrías entrar sigilosamente en mis silencios, y quedarte dentro, y no querrías salir nunca.

Porque entonces serían risas las que estallarían en mil pedazos a un milímetro de tus labios, y morirían en tu boca, y ya no serían suspiros, sino besos. Y mi alma se estremecería, aturdida bajo las ráfagas de metralla de tu ternura, y nada ni nadie sería capaz de sacar de tu corazón las esquirlas de mi cariño, ni siquiera el tiempo, ni siquiera el olvido.

Pregúntame por qué suspiro…