Las personas somos como las sandías: una vez que le clavas el cuchillo a una, ya no hay vuelta atrás: no te queda más remedio que comértela o tirarla a la basura si te ha salido blanca. Pero no hay forma de recomponerla una vez abierta, es imposible devolverla a su redondez original.

Cuando alguien se decide y se arriesga a abrir su corazón, su alma y su yo entero a otro, pasa algo parecido: una vez que se da el paso de salir de uno mismo, o bien dejar que el otro entre, ya no hay manera de desandar lo andado. No hay vuelta atrás. Nada de segundas oportunidades. Habrás dejado desprotegido un flanco que puede ser tu perdición, si el otro opta por hacerte daño o aprovecharse. Y no hay apaños que valgan. Ya es demasiado tarde para mentir, para recomponer el semblante y mirar las cosas con frialdad y distancia, como si en realidad no te importara. Ya no. Darse a los demás, mostrarse tal y como se es, es un riesgo, sí, de los que destrozan si las cosas se tuercen, pero de los que te reconcilian con el resto del universo cuando funciona. Porque pocas cosas hay más gratificantes en esta vida que sentir en el fondo del alma la simultaneidad de un latido, la hermandad de un sentimiento compartido, la tranquilidad de espíritu que sólo da la confianza plena y desinteresada depositada en alguien ajeno, pero increíblemente cercano…

Supongo que merece la pena el intento. Aunque vayamos a ciegas, como cuando se elige una sandía. Palpando el género como si entendiéramos, pero sin la más remota idea de cómo debe sonar para que salga buena. Pero merece la pena probar, aunque sólo sea por el placer de comerse por temporada una, o quizás dos, lo mismo hasta tres de esas sandías rojas, jugosas, dulces y aguanosas… A dos carrillos, fresquita, disfrutando cada bocado…

¿Es pedir demasiado?

- 367 días asomada a la ventana.
- 3 Beers&Blogs
- Ni idea del numero de comments, pues empecé con Enetation y al pasarme a Haloscan, los perdí. A saber... Pero muchos, vaya.
- Casi 22.000 visitas.
- 294 posts.
- Algunos de ellos, buenos, pero buenos de verdad.
- Unos cuantos, digamos... menos buenos.
- Otros pocos, totalmente prescindibles, por decirlo suavemente...
- Un puñado, de los que te hacen pensar...
- Otro manojo, de los que te hacen sentir, de forma casi física.
- Casi todos, merecedores de, al menos, una leída.
- Unos poquitos, inolvidables.

- Y una conclusión: Un año disfrutando mucho, muchísimo, escribiendo el blog, y (creo) transmitiendo ese entusiasmo...

Aún está por descubrir cómo sintetizar la fibra textil capaz de transmitir al cuerpo (y al alma…) algo remotamente parecido al calor, la ternura y la delicadeza que se desprende de esa chaqueta, en el momento de abandonar el cuerpo de un espíritu generoso y resistente al frío, para abrazar, aún tibia, protectora, increíblemente reconfortante, el aterido talle de su desabrigada y helada acompañante...

Unas aclaraciones, creo que necesarias, ante las reacciones suscitadas por mi anterior post:

1. No voy a cerrar el blog.

2. No me seduce nada el suicidio, ni el real ni el virtual, y mi salud de momento es buena, así que dejo para otros lo de tontear con la muerte.

3. Tampoco me gusta amagar con la idea de irme, para luego volver. Si me voy, me iré. Y no volveré. Nunca. Ni siquiera para leer los comments suplicantes y halagadores de mis lectores atenazados por el dolor de mi marcha. Siempre me cabreó bastante el cuento del pastor mentiroso, el de "que viene el lobo, que viene el lobo", y sentía una alegría cruel al ver cómo le mataban las ovejas y su reputación quedaba hecha trizas. En eso, quizás, soy implacable. Y dura. E intransigente. No digo que no. Pero así es la mujer asomada a la ventana.

4. Aunque supongo que no estaré en la blogosfera para toda la eternidad, como no se vive siempre, afortunadamente.... Pero cuando me vaya, será porque ha llegado mi hora, porque el blog no da más de sí, porque haya perdido el sentido y alargar su vida sea una crueldad. Y así espero que los que lo hayan seguido en sus mejores momentos acepten su fin como lo que será: la consecuencia lógica de una vida vivida plenamente.

5. Y si existe la resurrección, o la reencarnación, o simplemente, tengo la suerte de nacer de nuevo en la blogosfera, sé que será a una nueva vida, nueva de verdad, sin sombra de la anterior, sin fantasmas que me visiten ni remuevan el pasado. Pero igual que en la biología sólo un espermatozoide entre millones alcanza su objetivo y crea un ser vivo, nada garantiza que yo vuelva a tener un blog si éste muere. Y, francamente, es algo que ahora, con mi ventana abierta de par en par, con vistas a un paisaje que me quita la respiración, y unos transeúntes que me sonríen cuando pasan, me importa bien poco...

6. Así que me limito a vivir. A sacarle el máximo partido a la mano de cartas que me ha tocado. A disfrutar del paisaje del camino que me han asignado recorrer. Y a asomarme, y dejar que se asomen, a mi ventana. Sin ninguna gana, pero ninguna, de cerrarla. Esta ventana deja entrar en mi vida un airecito demasiado agradable, aromas de otras tierras que hasta ahora no conocía, ecos de acentos exóticos, llenos de dulzura y musicalidad...

7. ¿Por qué iba a prescindir de algo tan maravilloso?

Es una muerte dulce, un final glorioso, un adiós sinceramente dicho, un “quedad con Dios, vosotros que seguís ahí, que yo hasta aquí he llegado”. La muerte de un blog es siempre triste para los que se quedan, pero para el fallecido, el dueño de la bitácora, es la máxima expresión de su libre albedrío. El ejercicio pleno de una libertad imposible de conseguir más allá de estos ceros y unos. Porque un blog y su autor nacen al mundo a voluntad del interesado. Y crecen igualmente según quiere el que lo escribe, en el tono que a él le da la gana y que nadie puede imponerle, desde el anonimato y la ficción literaria o desde el testimonio crudo con nombre y apellidos y la realidad más chusca y canalla. Y, a diferencia del mundo “real”, el autor de un blog puede desaparecer igual que ha llegado, suicidarse en plan romántico y tremendo, o dejarse morir de pena, poco a poco, a ojos vista del que observa. Puede salir a por tabaco y no volver nunca, pero nunca, nunca, nunca, o decir que se va, ésta vez para siempre, pero volver a los pocos meses, como los toreros que siempre terminan por reaparecer, y todos, ellos y el público, lo saben, pero ninguno lo reconocerá jamás. La blogosfera es un universo paralelo en el que pueden ocurrir cosas impensables en el mundo “real”. Esa posibilidad de huir, de eclipsarse una temporada hasta que el chubasco pase, de convertirse en otro mejor, más listo, más seductor, más a la medida de nuestro deseo, capaz de capear temporales como siempre habíamos soñado. Y la opción de morir para siempre, con funerales, plañideras y pésames incluidos, de crear una leyenda, pero seguir ahí, en la sombra, en esa posición privilegiada del que observa cómo lloran ante su cadáver, del que escucha a los afligidos deudos lo bueno qué era y lo mucho que le van a echar de menos, algo imposible en la muerte biológica, pero deseado por todos alguna vez... Nada que ver con el suicidio convencional, esa muerte prosaica de carne muerta y gusanos glotones, ése final elegido, sí, pero que siempre deja un regusto de fracaso ante la vida, de temor a afrontar las cosas, de cobardía y egoísmo hacia los que se quedan. Y el quedarse sin saber qué dirán de nosotros el día de nuestro entierro…

Están muriendo muchos blogs. O simplemente aletargándose durante una temporada, aunque eso no se sabrá hasta dentro de unos meses, pero para el caso, el funeral, la tristeza, el dolor y el duelo son los mismos.

Y, como casi siempre que alguien muere, nunca es justo para los que se quedan…

Dicen que los años dan experiencia, perspectiva, y hasta lucidez, y eso es bueno, quizás lo único positivo de cumplir años. Pero cada nueva velita anual se cobra un precio, para nada barato, y eso es ya menos bueno.... Un diezmo riguroso e implacable que no perdona y que se traduce en cierto envaramiento y rigidez ante las cosas, en conservadurismo e inmovilismo, en terror a los cambios y acobardamiento ante los retos, produciendo incluso en los más osados una merma importante de espontaneidad y capacidad de improvisación según van quemando etapas de sus vidas. Es cierto. Lo he visto en mucha gente, personas que han terminado siendo la sombra de lo que fueron, o lo que es peor, la caricatura de aquello que más criticaron. La vida les sosiega, les enseña su cara buena, o quizás ni eso, basta con que les muestre su cara menos sarcástica, y se aferran a ella, obviando el resto de facetas aún por descubrir que quizás sean peores, pero no por eso menos interesantes y enriquecedoras, o ¿por qué no? mejores, dejando así pasar posibilidades infinitas por creer que ya se ha tocado techo y que, lógicamente, cuando se llega a lo más alto sólo se puede bajar.

A mi me pasa lo contrario. Cuanto mayor soy, más rebelde me vuelvo. Más contestataria, más subversiva, menos resignada... Cada vez me conformo menos con lo que voy alcanzando, y me vuelvo más y más curiosa de lo que también podría ser, pero quizás no sea, porque en esta vida si algo hay que hacer constantemente es elegir. Veo a gente que se agarra a clavos ardiendo, y aprietan los dientes con algo parecido a una sonrisa, pero que no es más que la mueca del que “va tirando”, nunca mejor dicho, de una existencia repetitiva, sin horizontes, sin cambios ni para mejor ni para peor. ¿Cómo algunos pueden obviar todo lo que les rodea, todo lo que su vista no alcanza pero que está ahí, y que se perderán irremisiblemente por no salir de lo que ya conocen y que, las más de las veces, ni siquiera les termina de convencer?

Yo no quiero conformarme. No puedo conformarme. Y no me conformaré. Sé que nunca lo haré. Sencillamente porque nunca lo he hecho, y cada vez me conformo menos.

Ni siquiera con lo mejor.

Hay dolores sordos, sin aspavientos, sin gritos, discretos, pero certeros, de esos que te dejan mudo, incapaz de articular palabra ni sonido alguno, mientras miras con incredulidad, con pasmo, pero con una entereza insólita esa parte de ti que sólo instantes antes estaba intacta y de la que no te percatabas, mientras que ahora que está rota parece ser lo único, el centro del universo, del tuyo y del otro, del de los planetas y las galaxias. Una herida que ahora palpita con un dolor que parece llevar ahí instalado toda la vida, y, lo que es peor, sin la menor intención de abandonarte. Podrías quedarte horas mirándola sangrar, recreándote en los matices del rojo, en la textura satinada de la carne viva y los tendones al aire, como si todo ello perteneciera a otro cuerpo, pero no al cuerpo de un ser vivo y doliente, sino al de un organismo inerte e inanimado. Y seguirías sin sentir nada, sin procesar lo que está ocurriendo, absolutamente al margen, más allá de esa punzada espesa como el mercurio, incesante y subterránea, pero capaz de arrastrar consigo toda tu cordura y tu racionalidad, dejándote convertido en pura terminación nerviosa, en un ente doliente, pero no pensante. Y paradójicamente, cuando tengas la sensación de que ya nada puede moverte a reaccionar, ni siquiera la persistencia del dolor, serás consciente de no lo necesitas, que nada te hace falta ya, ni siquiera que ese tormento termine. Porque sólo a través del sufrimiento extremo se llega a tocar el cielo con las manos, sintiendo, como no se consigue con los mayores placeres ni con la felicidad más absoluta, la agonía y la grandeza de estar vivo.

Tenía todas las papeletas para ser feliz, pero las extravió, y cuando quiso recordar dónde las había puesto, ya habían caducado.

A es amigo de B. Muy amigo. De toda la vida. Si fueran hermanos, seguro que no se querrían tanto.

C también es amigo de A. Desde no hace mucho. Pero lo mismo da, porque en ese poco tiempo se han llegado mutuamente al alma.

Quizás lo lógico sería que B y C también fuesen amigos, ya que comparten al afecto de A. Pero, nada de eso: B y C no se soportan.

Esto deja en una difícil posición a A. No resulta agradable querer a B, y estar la mar de a gusto con C, y al mismo tiempo ver con impotencia que ellos dos jamás podrán llegar a, simplemente, caerse bien.

¿Cómo se puede compartir tanto, por separado, con dos personas tan distintas que nunca podrán entenderse?

Igual que los tacones de los zapatos más lujosos van desgastándose irregularmente de un lado si se pisa mal, hay palabras especialmente bonitas y llenas de poderío que, si se usan a lo loco, terminan deteriorándose y perdiendo su sentido. Además, su valor intrínseco y su carga sentimental suelen ser directamente proporcionales al desgaste irreversible que su uso abusivo y sin criterio termina produciendo en su significado. Son expresiones a las que las buenas maneras, el mero trámite social, o lo socorridas que pueden llegar a ser para quedar bien, les van quitando poco a poco toda su valía, descargándolas de toda su fuerza, hasta el punto de dejarlas en el puro esqueleto fonético. Como cuando éramos pequeños y repetíamos hasta quitarle el sentido “monja-monja-monja-monja”, y ya no veíamos ahí dentro nada de nada, ni a la sor ni a la pata de cerdo, tan sólo sonidos huecos, sin contenido alguno.

Para mí, una de esas palabras es “abrazo” y derivados. Cuando la veo por escrito, no me la creo. Como no me creo que Hacienda me estime, aunque se dirija a mí como “Estimada contribuyente”. Cuando la escucho, tampoco me gusta, y si encima va dirigida a mí, sencillamente me repatea. Se ha convertido en una de esas palabras vacías e hipócritas con las que una se tropieza cada dos por tres, y con la que pocas veces te topas viéndola dueña absoluta de su auténtico significado, pero llena, de verdad, hasta rebosar, desbordarse y trascender hasta el terreno de lo físico. Es más, últimamente y cada vez más a menudo, cuando me abrazan de boquilla doy una especie de respingo de incomodidad, de fastidio, como cuando te dejas besuquear por esa tía lejana a la que ni conoces ni aprecias, pero a la que te ves obligada a dejar que te achuche por mero paripé, para no disgustar a tu madre.

Seguramente yo no sea más que un cardo borriquero, una borde, una arisca y una antisocial, pero no quiero que me abracen cuando me mandan un mail, o cuando estoy a punto de colgar el teléfono en el trabajo. Si mantengo la compostura es por educación, pero en realidad me hierve la sangre de tal manera que me cuesta horrores contar hasta diez y no saltarle a la yugular al incauto que se atreve a mezclar en una despedida puramente formal algo tan personal y afectivo como un abrazo. Me entran ganas de salir por peteneras, sacar mi lado más huraño e insociable y soltarle aquello tan decimonónico, pero tan lleno de desdén y frialdad altanera de “¿En qué sucio bodegón hemos comido usted y yo juntos para que se permita las confianzas de abrazarme?” Lo siento, pero no. Abrazos siempre, pero abrazos de verdad. De los que te cortan la respiración; de los que te dejan temblando descontroladamente; de los que te envuelven en el perfume curiosamente familiar de un cuerpo extraño, pero no ajeno; de los que sellan pactos eternos y también de los que rompen alianzas que parecían indestructibles; de los que reconfortan y hacen innecesarias las palabras; de los que quisieras que duraran eternamente, con tantas ganas que esa ansia te impide disfrutarlos en toda su intensidad; de los que sirven de lacre a las despedidas más agónicas y también de los que certifican los encuentros más esperados...

De esos, los quiero todos. Y alguno más, si se tercia, de propina, para tiempos peores...

Pero de los otros, de los escritos por compromiso al final de una carta; de los que se sueltan sin ton ni son a la primera de cambio en lugar de un simple, pero sincero “adiós”; de los que aparecen en conversaciones intrascendentes tan inoportunos y fuera de lugar como un pelo en la sopa, de esos, vamos, que no, que no quiero ni uno...

La palabra “bostezo” encierra en sus dos primeras sílabas un torrente de oxígeno arrebatado con ansia al aire, para inmediatamente dejar escapar por entre las rendijas de esa zeta final toda la indolencia lánguida de un suspiro, ese abandono somnoliento, placentero e inevitablemente contagioso que atrapará sin remisión al pobre infeliz que cometa el error de estar cerca cuando otro se limite a pronunciarla.

En el cajón de los cubiertos, entre las tijeras del pescado, la bola del té y el pelapatatas, tengo un cuchillo de cocina. Es uno de esos grandes, como el que usa Arguiñano para picar cebolla a toda velocidad sin llevarse por los dedos por delante. El típico cuchillo usado por los maridos despechados para rebanar el pescuezo a sus mujeres después del divorcio, a traición, a la salida del trabajo. Un arma amenazadora que siempre me ha hecho pensar en menesteres homicidas en lugar de tareas gastronómicas. Es más, durante años me resistí a comprarme un cuchillo así, frenada por algo parecido al respeto a las armas blancas, aunque muchas veces lo eché en falta, hasta que un día cedí y metí uno en casa.

No tardé ni dos meses en confirmar que mis miedos no eran infundados. ¿O fue mi temor a cortarme el que actuó sin pedirme permiso? El caso es que yo, que ni en mis años más locos de bicicleta o monopatín y rodillas embadurnadas de mercromina había conocido lo que era la aguja y el hilo negro de los puntos de sutura, me encontré una noche en las urgencias del centro de salud, con el dedo índice izquierdo envuelto en un trapo de cocina chorreante de sangre, esperando a que me echaran un remiendo.

Un único punto que dejó su huella en forma de cruz en mi nudillo, recordándome para siempre mi torpeza a la hora de cortar lomo ibérico. Y un cuchillo que sigue en mi cajón, que uso siempre con miedo, como si él tuviese vida propia y me la tuviera guardada, y que lavo sintiendo un escalofrío de temor imposible de desterrar cuando lo paso bajo el chorro del grifo del fregadero, un malestar indefinido pero físico, de esos que se agarran en el estómago y te dejan malamente durante un buen rato. Un peligro agazapado entre las cucharas de madera, el abrelatas y las pajitas, pero al que no me resisto a renunciar, a pesar de que sé, lo sé con total seguridad, como sabía que me cortaría y me corté, que volveré a hacerme daño con él. Un riesgo latente, al que miro de frente, de tú a tú, y sin pensar en ningún momento en deshacerme de él, a pesar del recelo y de la certeza de que no podré escapar mientras acepte el reto de mantenerlo entre mis utensilios de cocina.

Ese cuchillo me espera, y lo del punto en el dedo no fue nada para lo que será lo siguiente. Lo sé. Pero mientras tanto, hasta el día en que vuelva a tener que ir a urgencias, mis rodajas de chorizo seguirán siendo más finas y sabrosas, trincharé los pollos asados como una forense, y mi verdura en juliana no tendrá nada que envidiar a la de Juan Mari Arzak.

Y, lo mejor de todo: nadie, ni él ni yo, sabe cuánto puede durar ese “mientras tanto”…

Fuera está nublado, medio chispea, y el cielo tiene ese color indefinido que algunos llaman de “panzaburro”, aunque no hace frío. Desde hace días, se anunciaban cielos despejados para alegría de los que se van por ahí este puente. Pero los meteorólogos sólo saben de meteorología, y aciertan sólo a veces, otras ni se acercan, y esta vez era imposible que acertaran...

¿Cómo van a contar los hombres del tiempo para hacer sus previsiones con que te tengo a mi lado, siempre alegre, por el solo hecho de que lo contrario sirve de bien poco, irradiando ese optimismo que arrebata todo lo que se encuentra a su paso? Ellos no saben que las chispas de tu risa me bastan para calentarme las manos si se me quedan frías y el alma si el miedo me hace tiritar o el desaliento me destempla. Ni se han enterado de que el fulgor de tu mirada cuando se detiene en mí hace que me escalofríe, mientras que al mismo tiempo me arden las mejillas, como la primera vez que me encontré tus ojos clavados en los míos. Los meteorólogos desconocen la fuerza de tus caricias, capaces de traspasar la piel, los músculos y los huesos, llegando a lo más hondo, allí donde ni los rayos x, ni las resonancias magnéticas han logrado penetrar todavía. Y ni los satélites ni el mismísimo calendario zaragozano serían capaces de prever las dimensiones del torbellino que una palabra tuya puede desencadenar, o cómo uno de tus guiños puede arreglar lo que se ha roto en un decir amén, sin que se noten las junturas.

Es normal que en la tele anunciaran claros y sol radiante, y sin embargo el mundo se vea envuelto en una atmósfera plomiza y opaca. Pero a mi no me importa, porque sé la razón, porque tengo el secreto de semejante desajuste climatológico:

El sol se apaga cuando tú sonríes.

En estos días aciagos he sentido en mí algo que creí que nunca más sentiría: la llamada de la periodista que un día fui y que aún llevo dentro. Dormida, narcotizada, comatosa perdida la creía yo, fuera de mi mundo desde hace años. Sin embargo, desde el pasado jueves la veo con sorpresa ligada aún a mí, capaz todavía de sentir el gusanillo informativo que corroe a cualquiera con una gota de sangre de informador cuando salta una tragedia como la que hemos vivido hace menos de una semana. Me observo y no me reconozco. O lo que es distinto, me reconozco como no lo había hecho en los últimos diez años, redescubriéndome mirando con cierta envidia a los privilegiados de vivir un momento tan efervescente periodísticamente hablando.

Nunca dejo de sorprenderme a mi misma.

Me gusta.

No es la respiración, ni el latido del corazón, aunque también… Sin embargo, lo que nos mantiene anclados a la vida, lo que logra que no nos lleve el aire de la adversidad, ni nos arrastren los tifones de la desesperación no es el privilegio de tener un carácter especialmente voluntarioso ante las dificultades. Tampoco lo es esa fuerza oculta que brota en cualquiera sometido a una situación límite. Lo que logra que, a pesar de todo, nos quedemos a soportar los chaparrones cuando lo más fácil sería rendirse son los demás. Su mirada. Triste, reprobadora, suplicante, conmovida, ardiente, solidaria, expectante, cariñosa. Son sus ojos, los de los otros, o quizás simplemente el reflejo de los nuestros en los suyos.

Solamente al desgraciado que sabe que no le importa a nadie le puede resultar indiferente estar en este mundo o en el otro. Pero mientras quede una sola persona que pueda verse contrariada por su ausencia, cualquiera, incluso al borde del precipicio, dejará de lado su desesperación egoísta y pensará que el dolor que su marcha causaría superaría con creces su propia angustia. Y posiblemente se echará atrás. Aunque sólo sea temporalmente. Y eso sí, mirará su problema con otros ojos.

No saldrá del atolladero, pero al menos conseguirá una tregua. Un paréntesis en el que se dará cuenta de que, después de todo, siempre terminas importándole a alguien. Por lo que sea. Porque te necesita para trabajar en su negocio. Porque siempre le tienes a punto un plato de comida a medio día. Porque decidió traerte a este mundo y no está dispuesto a que te vayas antes que él. Porque eres la razón de que abra los ojos cada mañana. Porque jamás podrá querer a nadie como te quiere a ti. La persona más desesperada y desbordada por los acontecimientos constatará que, después de todo y aunque tenga que rascar bien a fondo más allá de la superficie de la vida de cualquiera, casi nadie está del todo solo.

O, al menos, nadie merecería estarlo.

Lo realmente importante es aquello que no se ve hasta que desaparece.

Posiblemente sea una idiotez, no digo yo que no. Pero es una realidad, un sentimiento que aún me sorprende y me sobrecoge, y por eso lo cuento. Un hecho del que tener conciencia quizás sea estúpida frivolidad cuando se ve lo que se está viendo estos días, pero que a mí me conmovió y me sigue conmoviendo profundamente, sencillamente porque no me lo esperaba. Hace un año, mi móvil no hubiera sonado a las ocho y cuarto de la mañana, menos de una hora después del atentado, preguntándome angustiosamente si estaba bien, porque yo vivo en Madrid, y uso el tren (ahora menos, pero también…). Hace sólo doce meses, mi teléfono se hubiera estado callado, como suele ser habitual, en lugar de pasarse la mañana, lanzándome mensajes doloridos e inquietos por mi desde Cataluña, Castilla y León o Galicia, una segunda vez, y una tercera, y una cuarta, y una quinta, y una sexta vez… Y no hablo todavía de los comentarios de aquí, llegados de todas partes, incluso de ultramar…; esos digamos que los esperaba, eran para mí más previsibles, más lógicos, pero no por eso menos emocionantes. Sin embargo, las llamadas y mensajes hacia mi móvil, ésas mismas que saturaron la red en un trasiego de preocupación y esperanza, de angustia y alivio, han sido para mi una sorpresa: reconozco que jamás pensé que nadie me llamaría, que pudiese llegar a importar hasta ese punto a gente que sólo me ha visto un par de veces o que nada más me conoce por lo que escribo. Pero es así. Y aún ahora, mientras escribo, se me llenan los ojos de lágrimas de agradecimiento, porque sé, ahora sí, que aunque dejara de escribir el blog, ya sí que no, ya nunca estaré del todo sola. Porque hay demasiados hilos que llegan hasta mí desde la blogosfera y que la cruzan hasta llegar al mundo real, y si un día me hace falta tirar de ellos, alguien responderá. Porque escribir aquí mis miedos, mis experiencias o mis reflexiones no han hecho otra cosa que proporcionarme alegrías en el último año, satisfacciones que, cuando creo que ya son inmejorables, vuelven a ser superadas con creces.

Sí. Tener un blog es algo bueno. Muy bueno. De lo mejor que me ha pasado en la vida.

Por si alguien lo había olvidado, o acaso era lo bastante joven para no haber oído hablar de ello, hoy de nuevo la palabra “Atocha” se ve asociada a asesinatos en masa, muerte y espanto. Nadie volverá a coger un tren de cercanías en Madrid sin sentir un escalofrío. No sólo se han perdido vidas de todas las edades, brazos o piernas que jamás volverán a hacer correr a sus dueños. Hemos perdido un poco más de nuestra inocencia. Hoy se ha quedado entre los cristales y los hierros mucha de esa despreocupación que nos permitía montarnos en el tren y echarnos a dormir, dejándonos llevar mientras arañábamos unos minutos de sueño. Ya no podremos encontrar, por mucho que busquemos, esa confianza natural que se tiene en los otros cuando sabes que no has hecho nada por lo que puedan desearte algo malo. Madrid se ha volcado con los muertos, con los heridos, con los familiares. España entera y parte del extranjero llora de impotencia y miedo, y llorará durante mucho tiempo.

Y es que la desgracia une como no lo haría el mejor pegamento de contacto. La adversidad deshace todas las diferencias, como un cubito de hielo sumergido en un vaso de agua caliente. Los reveses duros de verdad, esos de los que su sola narración estremece, consiguen allanar los baches del camino de una manera definitiva, como no lo logran los éxitos más rutilantes. El más sangriento e injusto de los cataclismos, ése que por más que miras no consigues explicar, tiene un algo que no lo hace menos terrible, pero reconforta levemente cuando crees que el sufrimiento lo ha invadido todo y ya no queda sitio para el consuelo.

Porque, mal que nos pese, es así: hay que esperar a las grandes tragedias, a que la vida y las circunstancias tensen la cuerda hasta el límite, para conseguir que aflore lo mejor de las personas. Como ha sucedido hoy.

Ojalá sirviera de algo…

Quiero ser una weblogger moderna y de mi tiempo, así que escribo mis posts en mi rato libre de la hora de la comida y los guardo en un diskette, y así luego poder publicar tranquilamente en casa, en un decir "amen". Pero un día, el diskette se me desformatea, y pierdo un flamante post y un mail. Y al día siguiente, como he puesto contraseña al documento de word donde escribo mis textos, cuando llego a casa no puedo abrirlo, así que tampoco puedo recuperar el post de hoy, ni el mail rehecho del día antes.

¿Empiezo a darme de cabezadas contra la pared, vuelvo a la pluma de ganso o le doy una nueva oportunidad al señor Puertas?

Se puede cargar, aunque sea a duras penas, con la ironía descanada de los fantasmas del pasado. A fin de cuentas, no son más que viejos y desdentados conocidos que un día vuelven para restregarnos en la cara eso que hicimos mal o, lo que es peor, aquello que dejamos de hacer.

Pero ¿cómo afrontar con entereza la mordacidad sabihonda de los fantasmas de lo por venir? Esas corazonadas infundadas, pero que muy a nuestro pesar adivinamos certeras, y que logran ensombrecer un presente asfixiado por el futuro. Esos presentimientos sobre lo que aún no ha sucedido que intentamos alejar a patadas, inútilmente, mientras impotentes, vemos cómo el día a día se nos escurre entre los dedos.

¿Cómo soportar la lucidez, ese ver más allá de lo que conviene ver?

Un día abres los ojos y te das cuenta de que, aún teniendo delante lo mismo, lo que ven no es eso en lo que se contemplaban la noche antes, antes de cerrarlos. Y no puedes afirmar que ves lo que ya no ves. Bueno, sí puedes, pero vivir así no es fácil. Cómodo, quizás sí. Políticamente correcto, seguramente. Pero para nada sincero. Ni espontáneo. Ni llevadero. Es una losa que se puede arrastrar, a veces durante toda una vida, pero a expensas de una existencia falsa, de una coartada elaborada a medida, siempre con la intranquilidad en el cuerpo, de un vivir como se espera de nosotros que vivamos, pero que en el fondo es un sin vivir construido sobre los quebradizos cimientos de la mentira.

Intentas explicar y explicarte lo inexplicable. No pudiste hacerlo cuando el flechazo te alcanzó en el sentido contrario, y tampoco puedes hacerlo ahora. Ni esa persona hizo nada para calarte tan hondo ni ahora tampoco es responsable de que te sea indiferente. Lo malo es que entonces, cuando saltó la chispa, a nadie le extrañó que de la nada saliera tanto, que sobre el desatino se planeara construir una vida entera, que la razón no entendiera las razones del corazón. Ni falta que hacía. Lo mismo que un día te hizo algo parecido a un superhéroe de los sentimientos, un ser capaz de llevar su existencia con las riendas del corazón, hoy hace de ti un ser ruin. Porque se admira a quien se mueve por impulsos, y mediante corazonadas vive, y ama, y se entrega. Pero no se perdona a quien mediante el mismo impulso sin argumentos, sin razones, sin lógica, decide que se acabó, que donde hubo de repente ha dejado de haber también sin avisar, y sin refriegas razonadas de por medio. A un adúltero le salva la fuerza de un amor más fuerte, o simplemente la imperiosidad de su bragueta, pero nada salva al que de pronto ya no ama. Aunque lo haga con la verdad por delante, con la honestidad del asesino a sueldo que mata porque es su obligación, y lo hace con limpieza, casi con mimo, pero sin dudarlo, a pesar de la mirada suplicante de su victima. Es lo que tiene que hacer, aunque duela, aunque destroce, aunque aniquile.

Y es que los flechazos del desamor están tan mal vistos y son tan despreciados como admirados y novelescos son los saetazos del amor.

Cuando ambos son igual de legítimos.

Puedo entender la cobardía de un valiente. Es más, ver flaquear a una persona que se mueve sin miedo habitualmente es una manera de observar cómo se humaniza un poco, de contemplar cómo se aproxima a la realidad más rastrera descendiendo desde las alturas de su valor, acercándose un poco a la gran masa acojonada y temerosa. Quizás para el valiente sea una putada de las circustancias, pero para los demás es un pequeño respiro, una manera de demostrar que, a pesar de todo, ni siquiera los valerosos lo consiguen: nunca se está del todo por encima del bien y del mal.

Sin embargo, los arranques de osadía de un cobarde declarado son todo lo contrario a lo que pueden parecer a simple vista. No son un triunfo para el temeroso, sino un paso atrás para él y alguno más para los que asisten como espectadores de su fugaz transformación. Esos rasgos de audacia de los cobardes suelen ser como las convulsiones de un epiléptico, morbosamente espectaculares, pero peligrosos, la sintomatología de un carácter apocado que sólo reacciona a trompicones, inoportunamente y de manera desproporcionada. Los arrebatos de valor de un miedoso suelen ser un peligro para el propio cobarde, que caerá a plomo desde unas alturas, las del arrojo y la determinación, a las que no tiene ni idea de cómo ha llegado, y en las que no conseguirá jamás respirar con facilidad. Esos estallidos efímeros de carácter del medroso son un chasco para los que le rodean, porque por un momento querrán pensar que el hasta entonces pusilánime y apocado ha logrado librarse de sus cadenas y ha encontrado el nervio necesario para coger las riendas de su vida. Y se alegrarán por él, para estrellarse enseguida contra la cruda realidad y constatar que un cobarde que lleva el apocamiento y el miedo en la masa de la sangre, no deja de serlo de la noche a la mañana.

Un cobarde sólo puede dejar de serlo el día en que es consciente de que su principal enemigo no está fuera, sino dentro. Ese día en que decide enfrentarse y doblegar al peor y más sádico de los torturadores, el que mejor conoce sus puntos débiles, ese tipo que lleva demasiado tiempo haciéndole vivir a medio gas y viendo el mundo a través de un filtro de sombras y desconfianza.

Él mismo.

Hace unos días me arañé. Me clavé en un descuido mi propia uña en el nudillo del dedo índice de la mano contraria. Hasta el fondo. Un semicírculo perfecto que no termina de desaparecer, porque cuando parece que ya se ha formado una costra es mentira, no tengo más que mojarme la mano o cerrarla demasiado para que se vuelva a abrir. Es una herida mínima. Pero molesta. Y fea.

Si alguien se hubiera lanzado contra mi para clavarme las uñas con saña, en un momento de tensión, en una refriega cara a cara, mirándome a los ojos con odio, dudo mucho de que hubiese sido capaz de hacerme una magulladura tan mal ubicada y tan desproporcionadamente dolorosa en relación a su tamaño. Pero no. Me arañé yo, y sin querer.

¿Por qué será que las heridas que nos infligimos a nosotros mismos son siempre las peores?

Discusión acalorada en el comedor de la empresa. A debate, tema sagrado, tanto o más que los sueldos, si cabe: los días de vacaciones. Los que los jefes estiman oportunos, que no coinciden precisamente con los que los trabajadores creen justos. Desacuerdo, evidentemente. Y exabruptos inmisericordes hacia la patronal.

- ¡Pero qué se han creído éstos…! ¿Qué venimos aquí porque nos aburrimos en casa?

(Glups. Yo, sí.)

El éxito o el fracaso en la vida no es cuestión de ser capaz de llegar a lo más alto, o quedarse en el camino, sino más bien de saber arreglárselas o no para sufrir lo menos posible viviendo a cualquier altura.

Recuerdo cuando aún no tenía identidad. O sea, antes de cumplir los catorce, cuando todavía vivía sin DNI. Recuerdo cómo le pedía a mi madre su monedero, no sólo para jugar a las tiendas con las monedas (siempre una librería, armada con periódicos usados, celo y mis cuentos, envolviendo y cobrando a una cliente fantasma, unas veces exigente y pijotera, otras encantadora y erudita, pero siempre yo misma…; a las tiendas siempre jugaba sola) sino también para mirar hasta extasiarme de envidia su carnet de identidad. Y esperar con ansia que se comprara una cartera nueva, lo cual ocurría muy de tarde en tarde, sólo cuando la vieja estaba para tirar a la basura, o sea, para que yo me la quedara y, oh, milagro, para que yo pudiese, al fin, llenarla con el DNI, el carnet de conducir y las tarjetas de crédito de pega que traía el monedero nuevo. No era lo mismo, claro que no, pero tachando el nombre de “José García García” o similares y poniendo el mío, de alguna manera yo, al fin, era yo. Con la tangibilidad administrativa que sólo te otorga ser portadora de un número legitimado por la policía, y único, al menos en ese momento, porque anda que no hay millones de números de DNI reciclados de gente fallecida…

Es curioso ese afán por aferrarse a un nombre, a una oficialidad que diga que sí, que existes. Ignoro de dónde me viene, pero negarlo sería inútil. No hay más que ver que en la blogosfera voy con mi nombre por delante, incluso con las iniciales de mis apellidos detrás. Y en el mundo real, mi firma es absolutamente legible. Soy yo, y nadie más. No dejo lugar a dudas. Con todo lo que eso acarrea.

Que unas veces es mucho. Y verdaderamente pesado e insufrible. Y otras veces es poco. Pero ligero y refrescante, como un soplo fresco en la nuca, en un día de agosto.

Yo.

A veces gritar es necesario para poder seguir adelante sin volverse loco, para distanciarse un poco, para quitarle hierro al asunto y respirar con algo más de desahogo. Pero cuando se ha crecido en el silencio y se lleva demasiado tiempo sin ejercitarla, la garganta duele y la voz se quiebra, no sale, y te callas.

Pero toca gritar, te hace falta para poder seguir adelante, así que lo haces, pero hacia dentro…

Y es entonces cuando el eco de tus propios lamentos retumba de tal manera dentro de ti que te sorprendes, como el que se sobresalta al ver su propia sombra. Y realmente te asustas, porque no es lo mismo observar tu desesperación reflejada en los ojos de alguien que escucha tu llanto, que sentir en lo más hondo e inexpugnable de uno, el estruendo y las sacudidas de la pena cuando se estampa sola y desorientada contra las paredes de tu alma.