Las personas somos como las sandías: una vez que le clavas el cuchillo a una, ya no hay vuelta atrás: no te queda más remedio que comértela o tirarla a la basura si te ha salido blanca. Pero no hay forma de recomponerla una vez abierta, es imposible devolverla a su redondez original.
Cuando alguien se decide y se arriesga a abrir su corazón, su alma y su yo entero a otro, pasa algo parecido: una vez que se da el paso de salir de uno mismo, o bien dejar que el otro entre, ya no hay manera de desandar lo andado. No hay vuelta atrás. Nada de segundas oportunidades. Habrás dejado desprotegido un flanco que puede ser tu perdición, si el otro opta por hacerte daño o aprovecharse. Y no hay apaños que valgan. Ya es demasiado tarde para mentir, para recomponer el semblante y mirar las cosas con frialdad y distancia, como si en realidad no te importara. Ya no. Darse a los demás, mostrarse tal y como se es, es un riesgo, sí, de los que destrozan si las cosas se tuercen, pero de los que te reconcilian con el resto del universo cuando funciona. Porque pocas cosas hay más gratificantes en esta vida que sentir en el fondo del alma la simultaneidad de un latido, la hermandad de un sentimiento compartido, la tranquilidad de espíritu que sólo da la confianza plena y desinteresada depositada en alguien ajeno, pero increíblemente cercano…
Supongo que merece la pena el intento. Aunque vayamos a ciegas, como cuando se elige una sandía. Palpando el género como si entendiéramos, pero sin la más remota idea de cómo debe sonar para que salga buena. Pero merece la pena probar, aunque sólo sea por el placer de comerse por temporada una, o quizás dos, lo mismo hasta tres de esas sandías rojas, jugosas, dulces y aguanosas… A dos carrillos, fresquita, disfrutando cada bocado…
¿Es pedir demasiado?
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miércoles, marzo 31, 2004
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2:03 PM
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dejaron sus dedos sobre el cristal


