Puedo soportar que me hieran. Las heridas escuecen más o menos, pero se curan. Siempre se terminan curando. Aunque luego las cicatrices se resientan con los cambios de tiempo…

Puedo aguantar que me humillen. Tengo mucho aguante y poca memoria a la hora de guardar rencor. Y no sé vengarme: siempre me parece que ya no viene a cuento.

Puedo sobrellevar la adversidad. Aunque al principio me acobarde, y no me crea capaz de conseguirlo, los problemas suelen sacar lo mejor de mí.

Pero hay algo con lo que no puedo, por más que lo intento. Algo más fuerte que yo: no puedo vivir sabiendo que he hecho mal a alguien. La mala conciencia me mata. Me aniquila. Me anula. Y el paso del tiempo no ayuda, sino todo lo contrario: aún duele más.

Si quieres hacerme daño, no maquines nada sofisticado, no es necesario molestarse tanto. Tan sólo deja que yo te lo haga primero: después me sentiré tan culpable, tan triste, tan rematadamente mal, que ése será el peor de los castigos.

Tu mayor venganza.

Alegrarse por el bien de los demás es quemarse las pestañas con los chispazos de su éxito. Es dejarse rociar por las salpicaduras de su júbilo, unas partículas finas, ligeras como la lluvia de un aspersor en un día de agosto. Una bruma que no moja, pero sin calar refresca, e, inexplicablemente, saca a la luz nuestro lado más juguetón e infantil, y nos hace corretear por el césped buscando y huyendo del chorro como si tuviésemos de nuevo cinco años. La felicidad de la gente que te rodea, incluso la de los desconocidos, es una alegría que no te pertenece, que no va a cambiar tu vida, ni va a solucionar tus problemas. Pero es una prueba palpable de que las cosas, a veces, pueden terminar encajando. Y eso, en sí mismo, es un motivo para sonreír. Aunque sólo sea por poder ser testigo de ello. Por poder mirar al mundo con unos ojos menos sombríos.

Por si algún día, mira tú por dónde, nos toca a nosotros...

A veces daría lo que fuera por poder ser espejo, una luna inmensa o un trocito de polvera rota, da igual, brillante, pero opaco, y limitarme a reflejar fielmente lo que hay fuera. Pagaría cualquier precio, lo que me pidieran, con tal de dejar de una vez por todas de ser cristal, un vidrio traslúcido y frágil, siempre demasiado nítido, dejando ver claramente lo que hay dentro…

Hay gente nacida para ganar batallas en campo abierto, con ejércitos enteros a su mando, con visión de conjunto y sangre fría suficiente como para llevar a morir a sus hombres sin pestañear. Gente que sabe lo que tiene que hacer, cómo hacerlo y las consecuencias exactas de sus acciones. Y lo mejor es que pueden vivir con esas consecuencias, por muy duras que sean, simplemente porque era lo que tenían que hacer. Soldados curtidos, con la cabeza bien amueblada. Profesionales.

Otros no valemos más que para batirnos en duelo, la valentía y el arrojo nos sale en las distancias cortas y sólo por cuestiones personales, de las que escuecen. Por una palabra lanzada con bala, una mirada de las que matan sin herir, cosas así, y afrontamos la muerte con la sangre hirviente, mirando a los ojos de nuestro adversario, sosteniendo la mirada a la muerte sin vacilar, dándole tan sólo la espalda durante los pasos que son necesarios dar antes de volverse y disparar.

A veces creo que soy una cobarde, pero inconsciente y atolondrada, y es esa falta de reflexión la que consigue llevarme lejos, saltando incluso por encima del propio miedo. Que me falta cabeza y me sobra corazón. Y eso me hace peligrosa, porque parezco valiente, pero no lo soy. Tan sólo soy una temeraria…

Una de las mejores cosas de este trabajo mío de ahora, aparte de la sensación de vivir el presente sin las preocupaciones de mirar a un futuro que no me pertenece, es la sensación libertad que tengo. Y digo “sensación”, porque no se trata más que de eso, de una impresión, no porque sea libre, porque aquí soy el último mono, pero literalmente. Sin embargo, me gusta esto de hacer mi trabajo a mi aire, una tarea que sólo es mía y que yo tampoco puedo delegar en nadie. A pesar de que no pinto nada, tampoco soy la ayudante de nadie, así que nadie me manda. Y puedo ser relativamente independiente, librarme de la tiranía de jefes directos que te marean, o de compañeros que te pidan cuentas (nunca mejor dicho, lo de las cuentas, cuando se trabaja de contable…). No soy una insociable, pero reconozco que me encuentro mucho más a gusto así, trabajando sola, sin que nadie esté encima de mí y tampoco por debajo, con unas exigencias y unos plazos a los que ceñirme, claro, fechas tope imposibles de saltarse, pero pudiendo hacerlo a mi ritmo, a mi manera. Una manera que podría ser tanto caótica como obsesivamente metódica, eso da igual, mientras los resultados se vean. Y se ven.

Estoy contenta, vaya. Si se tratase de un trabajo de media jornada, creo que no podría pedir más. Aunque en ese caso, seguro que ya empezaría a preocuparme por querer quedarme, por hacer méritos para conservar un trabajo tan acorde con lo que quiero. O sea, que se fastidiaría este estado idílico en el que me encuentro.

Supongo que la perfección, a fin de cuentas, está en las pequeñas imperfecciones.

Buscando, encontré.

Y encontré mucho. Aunque casi nada de lo que salí a buscar. Pero eso resultó ser lo de menos. Incluso creo que terminó siendo lo de más.

Pero en el camino, me perdí. Completamente. Es lo que tiene andar sin brújula.

Así que si alguien también se lanza a buscar, lo mismo se tropieza conmigo, y me encuentra.

Sin buscarme.

El viernes estuve en el pueblo de mis padres, después de cuatro años largos sin ir. Si a esto añadimos que fui a un entierro, tuve ocasión de encontrarme con un montón de gente a la que no veía desde mucho más tiempo aún. Quizás la última vez fuese cuando no era más que una adolescente llena de granos, en alguna de tantas de esas bodas absurdas a las que habré ido, en las que no conoces a casi nadie, a veces ni a los que se casan, pero a la que tienes que ir sólo porque el padre de la novia es primo de tu padre, y a tu progenitor le puede dar algo si “le haces el feo de no ir”. Todos ellos, sin excepción, me parecieron auténticos desconocidos, avejentados, estropeadísimos, y no sólo los ya jubilados, sino los de mi edad o incluso menores. Gente a la que el tiempo ha tratado fatal, personas por la que la vida ha pasado como una apisonadora, en lugar de ser ellos los que pasaran por la vida. No me gustó verlos, no porque sintiera con más fuerza el paso de los años, sino todo lo contrario: porque no me reconocí en sus arrugas. Siempre fueron unos extraños a los que me unía el flojo lazo del parentesco; en algunos casos, lejano, en otros, no tanto, lo cual hacía aún más penoso el trance de tener que darles un beso sin ganas o la obligación de contarles mis cosas cuando me preguntaban por los estudios. Hoy siguen siendo desconocidos con los que volví a hacer el paripé porque no me quedó otra, pero por los que no siento nada, si acaso un desapego total y definitivo. Una indiferencia glacial, tan cruda y tan falta de la más diminuta brizna de algo parecido al afecto que, lo confieso, me dio incluso un poco de miedo y me dejó destemplada el alma.

La sangre, en mi caso, llama muy flojito. O soy yo, que me estoy quedando sorda…

Como una tapia.

Una mirada al móvil le recordó que tenía que levantarse o volvería a llegar tarde. Era preciso que se espabilara, porque aunque su fama de tardón e impuntual le precedía, aquello era demasiado, incluso para él. Desde que la había conocido, hacía ya casi tres semanas, no había logrado llegar a trabajar ni un solo día a su hora. Pero era inútil, su cuerpo no le obedecía, sencillamente porque ya no era suyo, había dejado de pertenecerle, y ahora era de ella. La nueva propietaria de su anatomía, aún dormida sobre su espalda, le ceñía con fuerza por la cintura, y no parecía dispuesta a otra cosa sino a que siguiera ahí, agazapado en su trinchera de sábanas y plumas, a salvo del frío y de la lluvia de la mañana. Indiferente a sus obligaciones. Ajeno al mundo exterior.

Pero tenía que irse, así que echando mano de los últimos restos de voluntad propia que pudo encontrar, con suave determinación logró desprenderse de los brazos que le aprisionaban. Se dio la vuelta, y, una vez más, afrontó su destino, resignado, a sabiendas de que no podía huir de él.

Cayó abatido bajo una ráfaga de besos.

"Un matrimonio sin hijos es como un jardín sin flores. Está bien, pero no es lo mismo..."

No digo yo que no. Pero todas las flores, desde las más humildes amapolas de las cunetas hasta las sofisticadas orquídeas terminan por marchitarse, igual que los hijos terminan por crecer y volar del lado de los padres. Y cuántos matrimonios de lo más florido terminan convertidos en secarrales con flores que intentan sobrevivir en un terreno muerto, o en un vaso con agua llevado de una habitación a otra que, al final, también terminan languideciendo...

Así que, la próxima vez que algún casado con hijos me mire con pena y me suelte la frasecita de marras, volveré a sonreir y a darme la vuelta, para seguir con mi camino. Como he hecho siempre. Disfrutando de lo que tengo: mi frondoso y selvático jardín sin flores, sí, pero lleno de vida, rebosante de una vegetación lujuriosa que no conoce las estaciones, eternamente verde. Y seguiré perdiéndome en la espesura, sin importarme nada más que seguir viéndolo crecer fuerte y vigoroso, tumbándome a la sombra en verano, y mirando agitarse las ramas bajo la lluvia en invierno.

Porque no siempre es posible tenerlo todo. Y esas carencias, que demasiadas veces nos terminan amargando la vida, pueden llegar a tener un sentido, aunque se nos escape. Sólo es cuestión de buscarlo, y encontrarlo. O no averigurar nunca el por qué. Y ser capaz de seguir viviendo con la incógnita...

Asumir lo inevitable no es una forma de resignación, ni de cobardía, ni de pusilanimidad, aunque a simple vista lo parezca. Es mucho más atrayente y glamourosa, no hay más que ver la literatura o el cine, la actitud del que se rebela contra su destino, claro, aunque luego fracase y su batacazo sea tan doloroso como el del que coge sin rechistar lo que le ha tocado en suerte. Pero la heroicidad del que acepta sin aspavientos lo que hay no está en su aguante, ni en su humildad para con las embestidas de la vida, sino en atreverse a jugar su partida con unas cartas malas y no perderla.

Porque someterse a la tiranía de las circunstancias sin desesperarse no supone falta de valor, sino todo lo contrario. Hay que tener mucho coraje para reconocer los propios límites, para llegar hasta ellos y, serenamente, darse la vuelta y observar con detenimiento lo poco o lo mucho que tiene uno a su disposición para seguir adelante. Y construir algo sólido con los materiales con los que cuenta, aunque sean escasos y de mala calidad. Y es que sólo cuando se es capaz de ver dónde están las fronteras, se sabe hasta dónde se puede llegar, y se pueden evitar algunos porrazos contra el granítico muro de la realidad.

Aunque ¿qué demonios? Si después de años de conformarse y disfrutar con lo que se tiene le sale a uno la vena insurrecta, siempre quedará la opción de rebelarse y hacer saltar por los aires la chabola que se ha construído con la mierda de vida que le ha tocado. Porque nadie mejor que el que se sabe prisionero y ha tenido años para conocer al dedillo cada rincón y cada telaraña de su celda podrá encontrar fuerzas y motivos más que suficientes para intentar romper sus cadenas…

De los errores no se aprende. Eso no es más que una leyenda urbana. Como eso de que el Rey coge autostopistas en sus escapadas en moto. O que hay cocodrilos en las alcantarillas de Madrid.

Lo que pasa con las equivocaciones es que uno no puede librarse del todo de ellas, por mucho que se intente. Como mucho puedes ir viendo cómo las consecuencias de un error van haciéndose cada vez más desvaídas, porque el tiempo lo lima todo, hasta lo más áspero. Pero pocas veces es posible quitarse por completo de encima el recuerdo de las salpicaduras que tu equivocación provocó, ese mal sabor de boca cuando ya no es posible la marcha atrás, la mala conciencia por una elección desafortunada, la sensación de haber fracasado. Y como los errores no se pueden dejar en el camino y siempre van contigo, terminas por conocerlos bien, y crees que de tanto mirarlos has acabado por desentrañar su sentido último, su razón de ser, su por qué. Pero es mentira. Sólo es eso, una familiaridad confianzuda, la resignación incómoda, pero ineludible, del que aguanta a un pariente cargante, pero sólo porque no le queda más remedio. Porque le ha tocado.

Mis errores dicen mucho de mí, pero no me enseñan nada que no sepa ya, y mucho menos algo que me sirva para no volver a estrellarme. Pero aunque no tengan ninguna utilidad didáctica, son persistentes y me persiguen, me pisan los talones, con insistencia, y me sacan la lengua burlones, recordándome lo estúpida que fui esa vez, y cómo me pasé de lista esa otra. Se carcajean sin piedad en mi cara, recordándome de qué manera más tonta me precipité por impaciente, o cómo dejé pasar una oportunidad única por cobarde. Me torturan con la disyuntiva de elegir entre contentar a los demás en contra de mis principios, o traicionarme a mí misma a costa de salvar la situación a favor de otro. Cuando mis errores pasados vuelven para rondarme, sólo me queda intentar correr un poco más rápido que ellos para que no se me enreden en los pies y no me hagan tropezar de nuevo. Eso y volver la cabeza lo menos posible.

Aún así, no sé cómo, siempre terminan por alcanzarme…

Abandona tus intentos por encontrar sentido a lo que hago, tratándose de mí suele ser la actitud más razonable…
Resiste tus ganas de desenredar la madeja, los nudos a veces son necesarios, y también tienen su aquel…
Ríndete ante lo evidente y párate ahí, a veces las cosas son justo eso, lo que parecen. Nada más.
Renuncia a comprenderme. O al menos, que yo no me dé cuenta de que andas intentándolo…
Sólo así empezarás a conocerme. En profundidad.

Porque a veces ahondar no significa llegar a lo más recóndito, sobre todo cuando el agua es clara, transparente, y desde la superficie se vislumbra todo, hasta las profundidades más insondables.
Intentar profundizar demasiado sólo sirve para minar el terreno, agujerearlo poco a poco, que ceda el suelo y la tierra se abra a tu paso.

Lo que se dice meter la pata.

Hasta el fondo.

Poco a poco mi casa deja de ser mi casa. Las cajas empiezan a proliferar como hongos por los rincones, mientras que las estanterías bostezan vacías y aburridas sin sus libros, y las paredes lucen cada vez más impúdicamente desnudas de cuadros. La vida sigue, no obstante, pero las ganas de ordenar lo poco que va quedando menguan a ojos vista, y limpiar más allá de lo que ve la suegra se hace cada vez más cuesta arriba. Supongo que algo tendrá que ver que técnicamente ésta ya no es mi casa, y eso se nota, o al menos yo lo noto. Cada vez más. Es lógico, imagino, cuando tu cuerpo se ve obligado a seguir aquí pero en realidad tu mente anda ya pululando entre las otras cuatro paredes, las nuevas, en un nuevo espacio, un nuevo barrio, con unos nuevos vecinos, con un nuevo paisaje, en definitiva, con un nuevo horizonte al otro lado de la ventana. Un marco nuevo para una vida que también parece renovarse, aunque termine siendo la misma, una continuación lógica de la de ahora. Pero ¿a quién le importa? Esa sensación de estreno, de zapatos nuevos con todas las promesas del mundo en sus suelas, esa emoción de lo que está por llegar, aunque sólo sea una ilusión, un engañabobos, un fraude consentido, merece ya una mudanza al menos cada diez años…

Pero sé de sobra que sólo son cuatro paredes, un suelo y un techo. Materiales de construcción, mejor o peor ensamblados, más o menos caros, pero vírgenes hasta que los que los habitan les dan un sentido. Cascarones vacíos en espera de ser llenados de un poco de todo, como debe ser. Y no precisamente de muebles, cortinas y cuadros, que también, pero menos… diga lo que diga Ikea.

Y ahora, cuando estoy dejando tras de mí un piso que ya es el de otro, me pregunto de dónde voy a sacar cajas suficientes para meter todas las risas, los llantos, las broncas, los besos, las luces y las sombras de esta última década…

Hay ocasiones en que tengo que sujetarme la mano para no pegarle una colleja a ese niño con cara de tonto que mira a su madre mientras hace exactamente lo contrario de lo que ella le está diciendo. Porque me conozco, y sé que sería capaz de dársela al salir del vagón, y quedarme tan fresca… Otras veces creo que no me vendría mal una licencia de armas para salir a la calle, porque mis miradas asesinas van a terminar trayéndome problemas… Aunque aún el código penal aún no contemple penas, nunca está de más prepararse, que las carga el diablo…

Y es que cada día tengo menos paciencia. Yo, la que fui reina del aguante, la estoica, la que siempre contaba hasta mil, cuando le bastaba llegar cincuenta para haberlo olvidado todo, veo con sorpresa que de diplomacia y mano izquierda, me queda cada vez menos, la justa para convivir sin sembrar demasiada desolación a mi paso y para que no me partan la cara.

Supongo que debería andar medio preocupada, joder, mi carácter se está agriando, estoy de un borde de impresión, no aguanto ni media sin saltarle a la gente a la yugular… ¿¿¿qué me está pasando??? Pues no. Al contrario. Para alguien que hizo del saber esperar un turno que nunca llegaba una filosofía de vida, cada nuevo paso adelante dado en el momento justo es una conquista. Para una panoli como yo, acostumbrada a callarse mientras llovían los palos, cada pequeño sopapo atizado y no recibido es una pequeña victoria.

¿Qué demonios? Las cosas como son: mola ser mala.

Asombrada ando de mi actitud extremadamente tranquila y despreocupada desde que llegué a este nuevo trabajo, pronto hará ya dos meses. Lo que no significa que no cumpla con mis obligaciones, que lo hago, y ya con absoluta soltura. Pero sencillamente me limito a hacer lo que tengo que hacer, a faltar cuando tengo que faltar, y a no darle a las cosas más vueltas que las estrictamente necesarias. O sea, nada que no se debiera hacer siempre, en cualquier situación. No sé si será porque sé que todo se acabará en septiembre, y porque que se termine o que continúe me importa bien poco, pero el caso es que me siento más a gusto de lo que había estado nunca en ningún empleo. Sin tener que demostrar absolutamente nada, sin necesidad de que ganar enteros para continuar, sin miedo a defraudar, ni afán por destacar. Nada. No consigo que nada me altere ni me preocupe. Sé que haré lo que tengo que hacer, lo hago cuando toca y ya está. A casita. Dejando el trabajo en la oficina. Y volando libre cuando abren la jaula a las 7 de la tarde.

¿Tendré madera de empleada temporal y no me había enterado?

Después del atentado del 11M, el periódico gratuito “20 minutos”, en su edición de Madrid ha sacado, cada día, un artículo dedicado a una de las víctimas mortales de la masacre. Retratos de gente anónima que, durante 24 horas, deja de serlo un poco menos, al menos para los lectores, que son muchos, de este diario. Bonitas y sentidas semblanzas sobre el carácter, las aficiones, los proyectos y lo que eran unas vidas normales y quizás hasta anodinas, pero únicas para cada uno de ellos.

La idea me parece estupenda, pero también tremendamente injusta para el resto de víctimas de atentados terroristas. ¿Quiénes eran las víctimas del atentado de Hipercor? Pues anónimos tan inocentes y ajenos a su fin como los que montaron en los trenes. Pero nadie se ocupó en contarnos sus historias así de bien, como si no la tuvieran, como si sólo fueran cifras, números de una estadística. ¿Y esos guardias civiles camino del cuartel en su autobús? Pobres chicos ilusionados que sólo querían ejercer un oficio tan digno y necesario como cualquier otro. Gente toda ella tan merecedora de un recuerdo tan emocionado y cariñoso como el que ese periódico está dedicando a los muertos de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia.

Todos los muertos, por el hecho de irse de este mundo y dejar detrás a gente dolorida por su marcha, merecerían un recuerdo así. Público, en letras de molde, lleno de sentimiento y sincero afecto. Pero sobre todo éstos. Los de los atentados, de cualquier tipo. Las mujeres a las que matan sus maridos. Los cadáveres que aparecen en las cunetas y que se identifican al cabo de meses. Los muertos de la carretera de cada fin de semana. Todos los que un día se encontraron, sin buscarla y sin merecerla, a la muerte de frente, y no pudieron escapar de ella.

No es mucho, unas líneas en un periódico que al día siguiente estará en la basura. Pero imagino que en esos momentos tan duros y desoladores para los que se quedan, debe significar bastante...

Vista desde la distancia, me da mucha pena de la niña que fui. Siempre asustada, intranquila, desasosegada. Deseando que el tiempo pasara, obsesionada casi por salir de una vez de lo que muchos consideran "aquellos maravillosos años", los peores, con mucho, de lo que llevo vivido. Mirando con envidia a la gente mayor, porque no tenían que soportar las órdenes de una madre, no estaban encadenados a la esclavitud de los deberes o los exámenes y, gracias a un papelito firmado por el Rey, oficialmente ya no eran unos zoquetes y se habían ganado un hueco en la sociedad. Temiendo no estar a la altura y no conseguirlo, algo que no podía permitirme el lujo de imaginar siquiera, vistas las expectativas de mis padres, a los que no les entraba en la cabeza que pudiera suspender. Suspirando por tener ese salvoconducto en mi poder y poder relajarme un poco. Siempre ansiosa por que el día terminase, siempre en una cuenta atrás, como los presos. Rezando por que los exámenes pasaran de una vez, y al mismo tiempo, ya en agosto, contando las semanas para volver a clase y liquidar cuanto antes otro curso. Suspirando, en definitiva, por lo único: irme de ese colegio. Conocer a gente nueva que me viera con ojos nuevos, con una mirada capaz de ver lo que había más allá de esa primera capa de chica tímida y miedosa. Y avanzar unas cuantas casillas hacia la meta.

Lo conseguí. Salir del colegio. Sobrevivir al instituto. Disfrutar de la universidad. Tener en mi poder los papeles que dicen que soy digna de que me llamen “Doña” y de estar en la sociedad con la cabeza bien alta. Tal y como se esperaba de mí. Y, por fin, saborear cada segundo la sensación de llevar las riendas, y con el pulso firme, de mi vida. Aunque ahora ande subempleada y en las garras de las ETTs. Pero esa es otra historia.

Entre medias tuvieron que pasar muchas cosas. Y tiempo. Tantas cosas y tanto tiempo que ahora, cuando miro a esa cría que dejé en el camino, casi entiendo que en aquella época fuese una marginada, una presa fácil del "mobbing" escolar, y me asombra no haber sufrido aún más y no haber llegado todavía más hecha trizas. Aunque también sé que, de haber sido la que soy ahora, si me hubiera encontrado con alguien tan frágil y quebradizo como yo lo era entonces, no hubiese pasado de largo.

En fin.

Lo veo venir, de forma clara, inequívoca, sin posibilidad de error y, lo que es peor, sin opción a pararlo o a esquivarlo. Pero aunque lo identifique cuando se acerca, siempre aparece de golpe, sin avisar, como cuando la leche hirviendo se desborda del cazo. Y, como ocurre con la leche, aunque sé que tengo calentándose algo en la cocina, siempre llego demasiado tarde para retirar el cazo del fuego y evitar la catástrofe. Supongo que es lo que algunos denominan “mal genio”, aunque yo nunca grite ni pierda los papeles en escenas violentas o subidas de tono. “Carácter fuerte” lo llaman otros, pero yo jamás he sido de apabullar a nadie con mis argumentos, ni con mi sarcasmo o ironía, porque siempre reacciono demasiado tarde y las respuestas más mordientes se me ocurren cuando ya estoy de vuelta a casa... “Personalidad resolutiva” quizás sea lo que más se acerca, porque cuando tengo claro que la cosa no da más de sí, no puedo prolongar una agonía inútil, y actúo sin que me tiemble el pulso, con una frialdad que hasta a mí misma me sorprende, simplemente porque no estoy acostumbrada en el día a día a ver tan claro y a proceder con tanta decisión.

Como el que intuye el cambio del tiempo por la fractura del tobillo que se rompió esquiando, presiento que se acerca un “momento-leche-hirviente”. Ya me parece oler la chamusquina sobre la placa, así que pronto voy a tener que sacar el ScotchBrite, y me va a tocar ponerme a frotar con fuerza para eliminar los restos del desaguisado. No me gusta nada tenerlo tan claro, pero no puedo evitar verlo venir con una claridad pasmosa, que aunque ahora me fastidie, después me hará sentirme bien, aunque también me sienta mal, porque aunque fría y despiadada, una también tiene su corazoncito empático y solidario con el agraviado. Para mí no es fácil ser mala, pero a veces es mucho más fuerte que yo, y es precisamente esa incapacidad de manejar la situación, de que se me escape de las manos como si tuviese vida propia, lo que más me molesta, mucho más que el haber herido a alguien que, seguramente, no merecía tanto ensañamiento. Me fastidia no poder evitarlo, que esa opción se me niegue, aunque, seguramente, de poder hacerlo no la elegiría. Porque cuando llego a ese punto ¿acaso lo evitaría, si pudiera?

Pues creo que no.

Después del atentado del 11M, el periódico gratuito “20 minutos”, en su edición de Madrid ha sacado, cada día, un artículo dedicado a una de las víctimas mortales de la masacre. Retratos de gente anónima que, durante 24 horas, deja de serlo un poco menos, al menos para los lectores, que son muchos, de este diario. Bonitas y sentidas semblanzas sobre el carácter, las aficiones, los proyectos y lo que eran unas vidas normales y quizás hasta anodinas, pero únicas para cada uno de ellos.

La idea me parece estupenda, pero también tremendamente injusta para el resto de víctimas de atentados terroristas. ¿Quiénes eran las víctimas del atentado de Hipercor? Pues anónimos tan inocentes y ajenos a su fin como los que montaron en los trenes. Pero nadie se ocupó en contarnos sus historias así de bien, como si no la tuvieran, como si sólo fueran cifras, números de una estadística. ¿Y esos guardias civiles camino del cuartel en su autobús? Pobres chicos ilusionados que sólo querían ejercer un oficio tan digno y necesario como cualquier otro. Gente toda ella tan merecedora de un recuerdo tan emocionado y cariñoso como el que ese periódico está dedicando a los muertos de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia.

Todos los muertos, por el hecho de irse de este mundo y dejar detrás a gente dolorida por su marcha, merecerían un recuerdo así. Público, en letras de molde, lleno de sentimiento y sincero afecto. Pero sobre todo éstos. Los de los atentados, de cualquier tipo. Las mujeres a las que matan sus maridos. Los cadáveres que aparecen en las cunetas y que se identifican al cabo de meses. Los muertos de la carretera de cada fin de semana. Todos los que un día se encontraron, sin buscarla y sin merecerla, a la muerte de frente, y no pudieron escapar de ella.

No es mucho, unas líneas en un periódico que al día siguiente estará en la basura. Pero imagino que en esos momentos tan duros y desoladores para los que se quedan, debe significar bastante...

Dedicó años de su vida a prepararse para soportarlo todo. O casi todo. Hasta lo insoportable.
Pero en su cuidadoso plan había olvidado un detalle importante: si había algo que no soportaba, algo que podía con él y a lo que jamás supo hacer frente era lo inesperado.
Y eso, claro, le pilló de improviso...

¿Quién no ha mirado con envidia e intriga a partes iguales las ventanas iluminadas de las casas ajenas? Imaginar qué sería de tu vida si hubieras ido a caer en cualquier otro domicilio y familia distintos a los que te han correspondido por el azar. Lugares, las viviendas ajenas, que invitan a ser mirados, donde las persianas no estorban (¿a santo de qué esa obsesión de las madres de echar siempre las cortinas, como si temieran que el sol les fuera a desbaratar todo su esquema vital?). Espacios que dejan entrever cómo se desarrollan unas vidas que parecen tener todos los ingredientes que le faltan a la tuya. Esa sal que tan bien le vendría a unos padres demasiado cuadriculados, tan centrados en la intendencia y en las normas educativas que parecen haber olvidado que la improvisación y el rectificar no siempre traen consigo caos y desbarajuste. Ese perejil verde esperanza del entusiasmo por cualquier pequeñez, el mismo que parece amustiarse con las primeras letras de la hipoteca y las primeras noches en blanco por culpa de un diente que sale o por unas malas notas. Especias exóticas, o quizás no tanto, pero completamente desconocidas para ti, aromas de los que sólo conoces lo que te cuentan los que dicen conocer a alguien que las tuvo una vez a su alcance, pero que jamás has probado y, sabes que, te ha tocado, se siente, tú nunca probarás. Casas ajenas donde vislumbras lo que pudo haber sido, y no fue, ni será nunca. Por suerte o por desgracia. A saber…

Me hubiera gustado haber podido escaparme una noche a una de esas casas tan envidiables, tan distintas a la mía. Aparecer diciendo que era una hija perdida, y quedarme a ver qué tal. Tener durante un tiempo unos padres que castigaran, pero que también me dejaran ir a jugar a casa de mis amigos, porque no les importase que luego ellos vinieran a la nuestra. Dormir en una litera, con mi hermano mayor encima, y mi hermana pequeña en la cuna, en la habitación de al lado. Y comprobar si yo estaba en lo cierto, y la vida allí era mejor, más llena de alegría, de optimismo, sin el sentimiento de culpa flotando en el ambiente, sin riñas, sin rutinas inamovibles y absurdas, sin miedo al futuro y temor al volver la vista atrás... O quizás, por el contrario, yo estaba equivocada por completo, y la casa de mis padres vista desde allí, desde la casa de enfrente, iluminada también ella y con los visillos descorridos, también parecería mejor, más cálida, más llena de vida, sencillamente porque era otra, cualquiera, justo la que no me había tocado.

Lástima que me haya quedado con las ganas de averiguarlo…