Cuando abrí esta ventana, necesitaba oxígeno. Ahora la cierro exactamente por lo mismo: necesito aire, pero no del que entra en una habitación a través del hueco de una pared, sino del de los espacios abiertos. No voy a insistir en lo de que todo lo que tiene un principio tiene un final, pero sí creo que lo que empieza lo hace por una razón, y cuando las razones cambian, o las razones nos cambian, las cosas languidecen por si mismas. Nos avisan, y sólo nos queda saber escuchar, y actuar en consecuencia. Porque no hay nada peor que un final agonizante para desvirtuar algo que fue bueno. Y esto, hacer este blog, ha sido maravilloso. La mayor parte del tiempo. Yo diría que un 99% del tiempo.

Pero esta misma ventana que fue una puerta al mundo, hoy me ahoga. Y me limita. Ando medio claustrofóbica, agobiada, desganada, y no me gusta, porque me ha dado demasiadas satisfacciones, y no quiero llevarme ese último recuerdo de angustia y aprisionamiento. No sé en que parte del camino me dejé las ganas de escribir aquí con ilusión, pero sé que ya no las tengo. Me siento como una flor de invernadero, limitada a nacer, crecer y esperar que en el vivero a que alguien la compre antes de que sea demasiado tarde. Y yo necesito ser flor de terraplén, quizás no tan perfecta, pero con mucho más mundo; que me aplaste un ciclista que se detenga en la cuneta, que el sol me abrase y, si sobrevivo, que el granizo me descabece. Aún así. En pocas palabras, no es que necesite un respiro, ni una pausa, ni siquiera unas vacaciones de blog: necesito un cambio. Me hace falta mirar el mundo de otra manera. Con otros ojos. Desde otro ángulo. Pero lo que sé es que ya no más desde mi ventana.

Echo el cierre. Corro las cortinas. Bajo las persianas, hasta abajo, sin dejar ni un sólo agujerito...

Gracias a todos.

Adiós.

El que no anda, no se cansa. Ni tropieza. Ni le salen ampollas. Ni se moja si llueve. Ni coge insolaciones por no ir por la sombra. Pero a pesar de todo, aún a sabiendas de todo eso, no queda otra, en algún momento hay que echar a andar. Porque la alternativa es mucho peor.

Yo estoy cansada. Mucho. Desde que empecé a andar por estos parajes etéreos y binarios que se vislumbran desde mi ventana he tropezado más de una vez. Y además con esos traspiés que te dejan en ridículo, de esos que hacen que no puedas volver a mirar nunca más a la persona patosa sin recordar ese tropezón, digno de un video de primera. Estoy llena de rozaduras, de esas que sólo se curan cuando se dejan al aire, sin ocultarlas, y te obligan a llevar el zapato en chancla durante semanas. Aunque llevaba chubasquero me he empapado, tanto que creo que tendré que tirar ese impermeable a la basura, total, deja traspasar todo, y no hay manera de que se seque, ni consigo eliminar ese olor a humedad que tan malos recuerdos me trae. Me duele la cabeza, y me sangra la nariz en mitad de la noche, pero no puedo no ir por el sol cuando sale; después de haber soportado tantas nubes, tanto cielo color panza de burro, sería un pecado y yo, después de todo, sigo siendo una pobre chica educada católicamente en el sentimiento de culpa…

Y es que en los últimos tiempos he recorrido un buen trecho, he avanzado mucho, pero también me ha tocado retroceder, desandar lo andado, e incluso tirar equipaje por la borda, para ser capaz de poder afrontar con más ligereza lo que aún tengo por delante. Y estoy echa polvo, francamente. Ha sido una semana rara. Ni mala ni buena, tan sólo extraña. Poco común, afortunadamente, porque tanta intensidad emocional sólo puede ser saludable en dosis moderadas. Días en los que he descubierto cosas, me han dado alguna lección que necesitaba y no esperaba, y también alguna bofetada que no merecía, pero que, ¿para qué engañarnos?, tampoco me ha sorprendido.

Tanto trajín me ha dado agujetas, vamos, que estoy baldada. Necesito beber mucha agua con azúcar, y sentarme tranquilamente junto a mi ventana, con una bolsa de hielo, para bajar la hinchazón de algún que otro golpe recibido, dado sin mala intención ¿eh?, pero de esos guantazos que joden, porque dan precisamente en lo más vivo y cuando estás con la guardia baja... Pero bueno, eso da igual. Las ampollas desaparecerán, el bronceado color gamba se me irá, me compraré un nuevo chubasquero en Decathlon. Y seguiré andando, sin importarme si nieva o hay calima. Sin miedo. Sin titubeos. Con ímpetu. Sin darle la espalda a nada, por amenazador que me parezca.

Porque, a pesar de todo, siempre compensa. De alguna extraña manera, que se te escapa muchas veces, y que tarda más o menos en manifestarse, pero siempre termina por compensar.

Supongo que si rectificar es de sabios no llegar a meter la pata es poco menos que de dioses. Así que tampoco hay que ser excesivamente severo a ese respecto, ni con uno mismo ni con los demás. Pero reconocer y enmendar un error, con decir mucho de quien lo hace, y ser fin y principio de muchas historias dolorosas, no suele ser suficiente. No se puede borrar el pasado, como mucho se puede echar una paletada de tierra encima, y pisarlo bien, dejarlo a nivel del terreno, y hacer como si ahí debajo no hubiera nada. Intentar olvidar, y construir encima. Y hasta quizás lograr que crezcan plantas nuevas, hermosas y robustas, fortalecidas por el abono nauseabundo de ese episodio lamentable. Pero eso no aligera la pesada carga del que se siente culpable de lo que ya no tiene remedio, por muchos propósitos de enmienda que haga o por mucho tiempo que deje pasar para intentar cauterizar la herida. Ni el tiempo ni el olvido logran borrar del todo la sombra de la desconfianza en la parte ofendida, ese miedo a que vuelva a ocurrir, esa pérdida irrecuperable de la inocencia, esa ruptura de algo que no tiene pieza de repuesto. Se sabe, ambas partes lo saben, que ahí debajo hay algo feo que puede estar aún activo, como un residuo nuclear, incómodo de mirar, dañino incluso, que si se remueve termina oliendo peor y hasta puede quemarte las manos. Los mismos restos del naufragio que otras veces el paso del tiempo, el dejarlo estar y el seguir adelante sin mirar atrás terminan por fosilizar, convirtiendo un episodio dramático en un resto arqueológico curioso, un vestigio del pasado que termina siendo inofensivo, e incluso despierta el asombro el día en que vuelve a ver la luz.

Los errores pesan. Mucho. Y lo peor es que es una carga personal, intransferible e indivisible. Un lastre del que sólo el que ha errado puede ir deshaciéndose. Poco a poco. O de una vez. Un milagro que sólo empieza a tomar forma el día en que empiezas a perdonarte a ti mismo.