Quizás sea una reminiscencia de mi pasado sedentario y poco cosmopolita, donde los veraneos se reducían a ir cada fin de semana al pueblo y una vez cada 6 años a la playa... Cuando montas por primera vez en avión con 23 años, y tus viajes más emocionantes se han reducido a lo largo de tu infancia y juventud a las excursiones del colegio y a los viajes de fin de curso, quieras que no, estás marcada. A pesar de que ahora estoy viajando todo lo que no viajé en esos años, y me encanta, pero es inevitable: la cabra tira al monte.

Porque cada vez que me voy y luego vuelvo, de nuevo compruebo que lo mejor de marcharse sigue siendo regresar...

Es fácil caer en el error de pensar que todo es posible en estas fechas. Que la magia del calendario, al cerrar un ciclo para abrir uno nuevo, podrá hacer lo que no somos capaces de conquistar en el día a día. Pero, aun así, seguimos cayendo, año tras año, en la ingenuidad de pensar que podremos pegar el gran volantazo a nuestras vidas por el simple hecho de tener un año nuevo por delante. Y es que aunque no seamos capaces de verlo, siempre, cada segundo, tenemos un año por delante. Pero estos son tiempos de listas de buenos propósitos, de resoluciones tan dramáticamente firmes ("Esta vez sí que dejo de fumar. Sin falta a partir de ahora me apunto a una ong...") como efímeras. La virginidad inmaculada de las agendas aún flamantes es en parte culpable de esa ilusión óptica, pero apenas necesitamos unas semanas para superar esa sensación y darnos cuenta una vez más de que nada cambia porque sí, pero todo puede cambiar si así lo decidimos o las circunstancias, feliz o dramáticamente confabuladas con el azar, lo estiman oportuno. Cualquier día. Incluso el más "feo" de todo el calendario.

Porque, igual que ocurre con la lotería, si algo tiene que pasar, pasará, dará igual que sea el día con el número más bonito, más horroroso, o más anodino de todo el bombo...

Anoche, mi cena de Nochebuena consistió en algo tan tradicional y poco innovador como pueden serlo el salmón ahumado y el pavo. Sólo que esta vez no fue servido en primorosos canapés el uno, ni espectacularmente presentado en un bonito plato junto con su guarnición de puré de castañas el otro, sino en sendos medios sandwiches precedidos de media bolsa de Bocabits y rematados con una mandarina. Pasar la Nochebuena conduciendo por una autopista francesa desierta es, desde luego, otra forma de vivir la Navidad. Porque cuando lo que de verdad te importa lo tienes a tu lado igual te da que sea perdiéndote en sus ojos a la luz del árbol de Navidad rodeada de gente, que dormitando junto a ti en un área de servicio en la que el único coche es el vuestro, mientras el resto del mundo celebra con una alegría y un desenfreno por decreto ley que, bien mirado, es de lo más triste de estas fechas.

Sé que un día miraré atrás y recordaré esa cena de ayer, porque mientras daba un mordisco al sandwich de pavo o cerraba la botella de agua después de haber bebido a morro pensaba que llegará un día en el que no sólo recordaré el olor de esa mandarina comida al paso de Perpignan, sino que también podré evocar esa certeza de saber que lo recordaría. Como sólo se recuerdan las cosas importantes de verdad.

Suele ser un día cualquiera, y casi seguro que, haciendo memoria, no serás capaz de ver qué fue lo que desencadenó todo, lo que marcó un antes y un después en tu manera de tomarte las cosas, aunque eso poco importa ya. Porque cuando te das cuenta de que todo es mucho más simple de lo que parece, cuando eres capaz de quitar toda la hojarasca y ver lo que de verdad importa, ése es el momento en que empiezas a ver claro y a respirar sin agobios. Y eres consciente de has estado viviendo hasta hace nada de la peor manera posible, aunque para ti fuese la única: agobiada por lo que te pasa, abrumada por lo que aún está por venir, y angustiada por lo que ya ocurrió y ya no puedes cambiar.

Yo recorrí ese camino hace ya algún tiempo. El pasado no me atenaza, apenas me acecha ya, y del futuro me preocupo lo justo como para no tropezarme con él, pero aún así vivo maravillada algunos momentos en los que me doy cuenta de lo afortunada que soy. Porque ahora puedo afrontar la vida con este espíritu tan “carpe diem” que se ha apoderado de mi y que ahora gobierna mi vida. Una visión de conjunto que simplifica lo más endemoniadamente lioso, como si de repente tuviera unos rayos x capaces de eliminar todo eso que tantas veces agobia y paraliza nuestra capacidad para pensar y centrarnos en lo que de verdad importa.

Los gatos tienen cuatro patas. Dejar de encontrarles tres pies es sólo es cuestión de mirarlos desde el ángulo adecuado...

Hoy ha sido uno de esos días en los que, al volver a casa después de todo el día fuera, te das cuenta de que no eres la misma que salió pegando un portazo horas antes. Bueno, sí, eres la misma, y eso es lo más curioso de todo: que sin haber hecho nada para dejar de ser la que vienes siendo desde hace tiempo, ves con asombro cómo bastantes cosas respecto a ti han cambiado de repente, en un pestañeo, con un simple y favorecedor “sí” pronunciado por la persona adecuada en lugar de un igual de modesto pero demoledor “no”. Y te encuentras mirándote con el mismo asombro y sorpresa divertida que en otras ocasiones es estupor y pánico, asistiendo al azaroso capricho de las circunstancias que, sin saber por qué, unas veces te permite salvar un abismo de vértigo sin esfuerzo mientras que otras hace que te estrelles con sólo pisar un poco de arenilla…

Hay quien dice que es cuestión de suerte, y algo de eso hay, porque en esta vida, y no digamos en el mundo laboral, siempre está bien estar en el momento preciso en el lugar adecuado con las personas correctas que justo ese día tienen el humor exacto para que las cosas te favorezcan. Pero creo que en situaciones como la que he vivido hoy, reducirlo todo al destino es negarse algo que, sólo porque no se vea, no quiere decir que no exista. Y es porque se trata de un proceso lento, casi imperceptible, como el de las estalactitas y estalagmitas, que para el espectador casual no es más que gotas de agua cayendo y perdiéndose entre las piedras, pero no así para el observador atento que sí sabe lo qué está ocurriendo y lo qué ocurrirá si espera el tiempo suficiente.

Hoy me siento estalagmita. Una forma fabulosa y espectacular que ha brotado en medio de la empresa, que nadie (si hasta yo tengo mis pequeñas dudas…) se explica de dónde ha salido, y que sólo hace unos meses no era más que un charco de agua sucia...

El día que cogió las riendas de su destino, puso su vida al galope, saltó todos los obstáculos sin tirar ni uno solo, y, cuando el resto del mundo quiso darse cuenta, ya se había convertido en un puntito diminuto en la línea del horizonte.

Siempre lo he sabido, o al menos lo intuía, incluso cuando mi madre, tan desconfiada ella, ante mi mirada curiosa hacia los desconocidos, quitaba importancia a todo y a todos los que no fuéramos nosotros cuatro, las únicas personas que a ella le importaban y, de hecho, le siguen importando. Era como si la otra gente no fuese más que eso, una masa informe compuesta por insignificantes átomos de vida, sí, pero que no significaban nada mirados de manera individual, sin el menor interés ni curiosidad para ella, como seguramente ella no lo tenía para buena parte de esa gente. Yo miraba a esas personas que le resultaban ya no indiferentes, sino invisibles, y me preguntaba perpleja por qué ella no era capaz de ver que tenían una vida, unas historias que descubrir, que seguramente eran diferentes y mucho más interesantes que las nuestras. Cuando a mi me ocurría todo lo contrario. Miraba a esa señora tan guapa en el autobús, y me imaginaba lo bueno que sería ser por un rato su hija, y parecerme a ella, tener ese pelo rubio y esos rizos. O me quedaba pasmada escuchando a un señor gordo, contando sus problemas de colesterol en la sala de espera del médico, y me daba mucha pena, porque su mujer sólo abría la boca para meterse con él, para llamarle tragón o cosas peores. Y me iba de allí con ganas de saber más, y quizás de tener suficientes años como para decirle a la señora esa que si le hablase con menos odio y pensara en él a la hora de cocinar, quizás no estaría tan asquerosamente fofo y podría presumir de marido, porque el hombre era un auténtico encanto a pesar de los michelines, y no había más que escucharle hablar y, sobre todo, soportar los comentarios hirientes de su costilla.

A pesar de mi madre, sigo siendo curiosa, sólo que ahora ya no me quedo mirando. Me lanzo a descubrir lo que ofrecen las personas, incluso me atrevo a ir más allá e intento ver un poco más lejos, y a veces hasta descubro lo que esconden. En ocasiones me estampo contra un cristal blindado, y duele, pero no me importa. Sólo por las otras veces en las que consigo entrar y llegar hasta lugares increíblemente cálidos y sorprendentes, donde pocos han puesto el pie, merece la pena.

Siempre supe que merecería la pena.

La generosidad es el más egoísta de los afectos, el más interesado de los sentimientos, la más calculadora de las emociones. A la gente le gusta más dar que recibir por la simple y prosaica sensación de poder que produce el saber que, después de haber dado, alguien está ahora en deuda contigo. El egoísmo de esperar una contrapartida es la base de la generosidad de demasiada gente. Una contabilidad perfecta, en la que no hay un haber sin un debe, y que terminará cuadrando matemáticamente, antes o después. La esperanza de que luego te den a ti, o el simple alivio de saldar una deuda con alguien que te dio algo antes. Tú me das porque yo te di. Yo te doy porque luego tú me darás. Habas contadas.

Quizás exagere si afirmo que no existen espíritus dadivosos en estado puro. Alguno habrá, claro, aunque no sea más que para confirmar la regla. Pero ni siquiera la generosidad materna, tan ponderada como el colmo del desinterés, da puntada sin hilo, y cría a unos hijos, aunque sea de manera inconsciente y jamás lo reconocerá, para perdurar en el tiempo los más espirituales, o con vistas a una vejez menos solitaria los más prácticos.

Somos sociales, sí, y a veces hasta heroicos con nuestros semejantes. Desprendidos hasta olvidarnos de nosotros mismos si las circunstancias lo piden, dejando a nuestro ego en un discreto segundo plano, lejos de los focos. Pero no nos equivoquemos: nuestro yo simplemente hace eso, recular un poco, no salir en la foto, pero sólo para coger impulso y volver más tarde a reclamar lo que es suyo. Sin darnos cuenta, o a veces dándonosla perfectamente, podemos ser desprendidos, dadivosos, hasta rumbosos, sí, pero sin olvidarnos de la sabia y práctica máxima que afirma que la caridad empieza por uno mismo.

La nostalgia es como el velo negro de las viudas. Oscuro, pero tenue,
vaporoso, casi translúcido. Un filtro, la melancolía, que no logra
tapar del todo la realidad que evoca, ese ayer que sigue siendo
perfectamente reconocible a pesar del suave tul de la añoranza. Aunque
la mirada nostálgica pose sobre los hechos una pátina sombría en
ocasiones, rosada y embellecedora en otros casos, siempre despliega un
aura en torno a lo pasado capaz de despertar en quien lanza la vista
atrás un desasosiego lánguido y tristón, como si las telarañas del
paso del tiempo se le enredasen en las pestañas.

Reconocemos lo que fue, incluso lo que fuimos, porque en realidad nada
ha cambiado. Los hechos, para bien o para mal, son lo que son, y el
paso del tiempo no hace mella en ellos. Es la mirada del melancólico
la que los envuelve en una bruma que, según los casos, embellece o
emborrona, magnifica o minimiza. Porque las cosas, una vez que han
sucedido, no tienen vuelta de hoja.

Los que cambiamos somos nosotros.

Como una bola de nieve, imparable y creciente cuanto más se acerca, así veo cómo se me echan encima unas fechas que cada año significan un poco menos para mí. Cada diciembre me resbala un poquito más toda la parafernalia navideña, las proclamas de amor y paz universal me parecen un poco más falsas, y los adornos y las luces de las calles más inútiles y contaminantes de la belleza oscura del cielo en invierno. Este año, el árbol y las bolas se quedarán en el trastero por segunda vez, y de los seis christmas del paquete de Ayuda en Acción que he comprado, me sobrarán tres. Y si he aprovechado el día de fiesta para escribir esos tres, no es porque quiera desearle a nadie felices navidades y un año nuevo próspero, sino porque tengo que hacerlo si quiero mantener el frágil hilo que aún me une a la única compañera del colegio de la que aún sé algo, aunque sólo sea por estas fechas, desde hace veintitrés años, y a mis dos mejores amigas de la universidad, a las que sólo veo los días de nuestros tres cumpleaños. Aún tengo que pensar el 95% de los regalos que debo hacer, y, si lo pienso, nada de lo que me puedan regalar a mí me hace ilusión de verdad.

No sé qué significa todo esto, esta desidia, este desinterés. Si es el no tener niños cerca por los que participar y montar todo este circo. O que, sencillamente, he perdido la ilusión, porque ya no deseo casi nada, quizás porque lo tengo todo. Al menos, todo lo que de veras deseo, lo que realmente necesito.

Sí. Supongo que a esto se le llama madurar. Y yo, me temo, estoy en plena sazón...

Sí. He vuelto.
No. No he podido soportar estar alejada de esta ventana durante más tiempo.

No. No tengo palabra.
Sí. Es algo de lo que no estoy orgullosa.

Pero aquí estoy de nuevo.
Asomada a mi ventana.
Será porque fuera hace mucho frío.

A ver qué pasa.