Siempre lo he sabido, o al menos lo intuía, incluso cuando mi madre, tan desconfiada ella, ante mi mirada curiosa hacia los desconocidos, quitaba importancia a todo y a todos los que no fuéramos nosotros cuatro, las únicas personas que a ella le importaban y, de hecho, le siguen importando. Era como si la otra gente no fuese más que eso, una masa informe compuesta por insignificantes átomos de vida, sí, pero que no significaban nada mirados de manera individual, sin el menor interés ni curiosidad para ella, como seguramente ella no lo tenía para buena parte de esa gente. Yo miraba a esas personas que le resultaban ya no indiferentes, sino invisibles, y me preguntaba perpleja por qué ella no era capaz de ver que tenían una vida, unas historias que descubrir, que seguramente eran diferentes y mucho más interesantes que las nuestras. Cuando a mi me ocurría todo lo contrario. Miraba a esa señora tan guapa en el autobús, y me imaginaba lo bueno que sería ser por un rato su hija, y parecerme a ella, tener ese pelo rubio y esos rizos. O me quedaba pasmada escuchando a un señor gordo, contando sus problemas de colesterol en la sala de espera del médico, y me daba mucha pena, porque su mujer sólo abría la boca para meterse con él, para llamarle tragón o cosas peores. Y me iba de allí con ganas de saber más, y quizás de tener suficientes años como para decirle a la señora esa que si le hablase con menos odio y pensara en él a la hora de cocinar, quizás no estaría tan asquerosamente fofo y podría presumir de marido, porque el hombre era un auténtico encanto a pesar de los michelines, y no había más que escucharle hablar y, sobre todo, soportar los comentarios hirientes de su costilla.
A pesar de mi madre, sigo siendo curiosa, sólo que ahora ya no me quedo mirando. Me lanzo a descubrir lo que ofrecen las personas, incluso me atrevo a ir más allá e intento ver un poco más lejos, y a veces hasta descubro lo que esconden. En ocasiones me estampo contra un cristal blindado, y duele, pero no me importa. Sólo por las otras veces en las que consigo entrar y llegar hasta lugares increíblemente cálidos y sorprendentes, donde pocos han puesto el pie, merece la pena.
Siempre supe que merecería la pena.
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sábado, diciembre 11, 2004
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10:14 PM