Una nunca ha sido deportista, y tampoco va a presumir de serlo ahora, pero aún así acude obediente y puntual a su cita de los lunes y los miércoles a la piscina, a hacer algo que cualquiera que se quedase a mirar llamaría “chapotear” pero que, en el folleto del ayuntamiento definen con un término tan “cool” y sonoro como “aquaerobic”. Si me apunté fue porque vivir en un pueblo como éste con unas instalaciones deportivas municipales tan buenas y no usarlas me parecía una pena y un desperdicio, así que, ahogando los gritos en contra de mi yo mas amigo de la “mens”, y escuchando los susurros de mi “corpore” pidiendo un poco de atención por una vez, cerré los ojos y eché mi solicitud, casi cruzando los dedos para que la lista de espera fuese inmensa (que lo fue, aunque no lo suficiente como para que me cogieran en el segundo trimestre del curso…), y al mismo tiempo, pensando que quizás éste fuese un buen momento para ayudar un poquito a la madre naturaleza que tan bien se ha portado hasta ahora, manteniendo ella solita un cuerpo del que, ¿para qué andarnos con falsas modestias?, estoy bastante contenta. Y también una forma de romper la cadena “Metro-Boulot-Dodo” (*) en la que me estaba enredando los pies de forma peligrosa, añadiendo a mis días la obligación de ir a la piscina dos veces por semana, ese algo diferente entre la salida del trabajo y la vuelta a casa.

Y ahí ando, siendo la única nueva de este año entre un puñado de marujillas cincuentonas y veinteañeras al borde de la treintena, auténticas sirenas comparadas con el pato mareado que soy yo. Medio cegata sin mis gafas, medio sorda por el gorro, y absolutamente fuera de ritmo en los ejercicios. Cuando ellas terminan de hacer el slalom, yo aún estoy averiguando cómo demonios se hace el canguro, y cuando ellas hacen el skippy, yo aún estoy intentando descubrir los misterios de avanzar con el jogging marcha atrás… Es agotador, y podría ser frustrante, pero lo cierto es que es divertido.

¿Deporte? ¿Divertido? ¿He dicho yo eso? ¡Ah! Claro. Hoy he tragado demasiada agua, y esto no son más que los efectos alucinógenos del cloro…

(*) Expresión francesa que se podría traducir por "Metro-Curro-Camita".

Como buena occidental bien comida y vestida, con un techo donde cobijarme, gente que me aprecia y se preocupa por mi y con dinero suficiente como para vivir más que holgadamente, me quejo, y lloriqueo, y me desespero, y doy importancia a cosas que quizás la tengan, y encuentro motivos para que me desasosieguen, y me hagan sufrir, pero también sé, a pesar de todo, que son cosas que, miradas fríamente y con la cabeza serena, que no van a ninguna parte y que no soportarían un chubasco de los buenos, de esos cataclismos que borran de un bofetón todo lo demás, como cuando te duele un poco una muela pero de pronto te caes y te rompes una pierna y, como por ensalmo, olvidas que tenías no sólo dolor de muelas, sino que tienes dientes en la boca. Porque ahora sólo existe tu pierna y su dolor.

A veces pienso que no sé vivir, que aún me falta un hervor para considerarme adulta, y que es una suerte que no tenga a un hijo a mi cargo, porque menudo panorama de autoridad y seguridad para esa pobre criatura, yo, que me ahogo ya no en un vaso de agua, sino con que me salpiquen cuatro gotas o me dispare un niño travieso con una pistola de agua. Y lo peor de todo es que no sé relativizar e imponerme a mí misma, y aunque mi cabeza me dice sabiamente que mis problemas no son una tragedia, que puedo con ellos, o que incluso si ellos me pueden tampoco será tan grave, mi lado irracional y acobardado sigue llorando y patalaeando, sin atender a razones, como esos niños malcriados que montan el número en plena calle, avergonzando a su madre y haciendo que los viandantes se vuelvan y murmuren que los niños cada día están peor educados…

A veces me gustaría huir de mí misma. Pero no tengo otro sitio donde ir...

Acumulas tensión lenta, imperceptiblemente, mientras la fachada impecable, serena y controlada esconde una tormenta inimaginable vista desde fuera. Pero una chispa inapreciable al ojo humano, la famosa gota que hace rebosar el vaso, hace que todo estalle y se materialice en forma de lágrimas, rompiendo de pronto con la angustia y transformando lo intangible en materia en estado líquido. Un torrente que se lleva a pique tu compostura, esa serenidad tan frágil que se quiebra sin remedio, ese dominio de la situación tan precariamente estable que no soporta la furia de la contrariedad, el capricho descontrolado de las circunstancias. Una catarsis que también arrastra consigo parte de ese nudo que te impedía respirar, un buen montón de esa ansiedad, de esa desazón que te paralizaba, que bloqueaba tus sentidos y tu razón. Las lágrimas se llevan consigo esa niebla que te mantenía aislada contigo misma y tus problemas, aunque el precio de disipar esa bruma sea dejarte desnuda, tan sólo vestida con tu temor, con los únicos ropajes de las causas y consecuencias de tu desazón, indefensa ante el mundo y a la vista de los demás. Sin nada que te proteja ya, vulnerable frente a todos, buenos y malos, gente que se compadecerá de tu zozobra, y gente que disfrutará al comprobar tu debilidad.

Asustada de tu propio miedo.

Es en el momento en que alguien te mira y notas que piensa que lo tienes todo para ser feliz, y percibes su extrañeza al tenerte ahí, frente a él, cuando deberías estar en otro sitio, justo en ese lugar donde todo lo demás sobra. Es en ese instante en que ves esa certeza en otros ojos, la seguridad de que eres alguien con suerte, y lo que para él es una actitud inexplicable y sin sentido es algo que a ti no hace sino reafirmarte en la seguridad de que prácticamente nada de lo verdaderamente importante te falta, pero que precisamente el haber podido llegar hasta ahí es el mismo motor que impide que ahora te pares. Cuando sientes clavarse en ti esa mirada, tan llena de estupor y desconcierto, haciéndote sentir un poco bicho raro, preguntándose y preguntándote por qué sigues buscando y arriesgándote, y tú no sabes qué responder porque sencillamente no lo sabes y tampoco te preocupa averiguarlo, es entonces, quizás, y no antes, cuando de verdad te das cuenta de que precisamente eso, tenerlo todo y no desear algo más, es imposible.

Y quien diga lo contrario es que se conforma con bastante poco…

Cuando era pequeña, me encantaba ver en las películas ese momento en que el camarero de un bar más o menos decadente o lujoso, según el caso, nada más entrar el protagonista por la puerta ya se disponía a prepararle un whisky con hielo, mientras le saludaba con un "Buenas noches. ¿Lo de siempre?". El guapo de turno asentía, se tomaba el whisky en silencio, bajo la mirada respetuosa del barman, pagaba y se iba, dejando tras de si el bar de nuevo vacío, como si sólo tuviera sentido y realidad mientras él estaba ahí.

Ahora que ya no soy pequeña, cada día, después de comer, me dejo caer en un bar, como uno de esos héroes perdedores y desgraciados que ahogaban sus penas en alcohol. Yo no soy tan glamourosa y ni siquiera me he emborrachado jamás, así que sólo me tomo un café que me ayude a alejar de mi la modorra de la hora de la siesta, pero igualmente me sorprendo casi como si fuese capaz de desdoblarme. Y como si mirase a través del ventanal, desde la calle, me veo ahí, algo distante, aunque amable, con ese punto misterioso que tienen las mujeres solas que toman algo sin nadie a su lado, escuchando a una camarera preguntarme sonriendo "¿Un café con leche, verdad? Y observo la escena, yo con mi libro, en el sofá, junto al ventanal, conmigo misma, en una isla de soledad buscada, deseada, necesaria...

Y entonces, mientras me caliento las manos con la taza y dejo vagar a mis pensamientos prisioneros durante toda la mañana por la disciplina laboral, la camarera calienta leche mirándome de reojo, y yo me sorprendo pensando que, después de todo, a veces la vida te sorprende encajando piezas diversas cuando ya ni siquiera te acordabas de que tenías un puzzle en el armario. Y sonrio, con la certeza cada vez mayor de que mi madre se equivocaba cuando decía que algunas cosas sólo pasaban en las películas...

Haiku (I)

Fuego sin llama.
Susurro en un latido.
Cálida y brava.

A veces me sorprendo dando lecciones de materias de las que no tengo ni idea. Improvisando sobre la marcha de una manera increíblemente segura, y con una soltura y desparpajo que llevaría a pensar a cualquiera que me viera desde fuera que tengo miles de horas de vuelo cuando ni siquiera me atrevo a subirme a una escalera porque en realidad tengo un vértigo que me muero… La mayor parte de las veces mis intentos por ayudar sólo son buenas palabras dichas con la mejor de las intenciones, pero a pesar de su inutilidad práctica quizás son las únicas que pueden ser pronunciadas en ese momento, así que lo que las hace tan terapéuticas y balsámicas no es tanto su poder efectivo de solucionar la situación, que sirvan o no para sacar del atolladero al otro, sino el simple hecho de que haya alguien, yo en este caso, que esté ahí, en ese momento, y que se haya decidido a pronunciarlas desviándose de su camino para echar una mano.

Hubo un tiempo en el que ni me hubiese atrevido a opinar tímidamente de cosas sobre las que ahora me pronuncio sin titubear, y defiendo o ataco como si callarme o no dar mi opinión fuese impensable. Días lejanos en los que no me atrevía a abrir la boca, y menos a intentar convencer a nadie de nada, porque a nadie le importaba lo que yo pensara… o eso creía yo…

Al principio de empezar a comportarme así, con esa ausencia de miedo y esa osadía extrema, pensaba que era la gente la que me miraba distinto, porque yo había cambiado. Pero juraría que sigo siendo la misma de siempre, sólo que ahora he descubierto que las mismas cosas que antes me frenaban y me avergonzaban, todo eso que quería cambiar para parecerme a los demás, es ahora precisamente lo que me hace tan distinta, capaz de ver no sé si más que el resto, pero sí lo suficiente como para no cerrar los ojos a nada ni a nadie. Aunque pararme a mirar me trastorne más que pasar de largo.

Aunque me duela.

Como buena mesetaria y como humana, de esas que siempre desean lo que no tienen, me encantan los paisajes verdes y exuberantes, la humedad y el verde, el gris y la lluvia. Los secarrales castellanos, esos campos de cereales amarillos que en verano dan sofoquina tan sólo con mirarlos y en invierno muestran terrones duros como piedras, son un paisaje que no sólo no me emociona, sino que me crispa, consigue desquiciarme como sólo pueden hacerlo las vistas que un preso ha estado viendo durante años a través de los barrotes de su celda. Así que digamos que si algún día me pierdo no deberían buscarme en un pueblo de la provincia de Toledo, situado en la comarca de La Sagra, el sitio en el que aún podría estar viviendo si mis padres no hubiesen decidido venirse a Madrid al día siguiente de casarse. Y ese pueblo de tus mayores que, para la mayoría de la gente, es el lugar donde han veraneado, donde han jugado primero, ligado después y sido felices siempre, asociado a los momentos más dulces del paraiso perdido que son los primeros años de la vida, es para mí todo lo contrario. Sencillamente porque nada impuesto suele ser grato, y no hay mejor método para que termines detestando algo que te obliguen a quererlo. Asocio el pueblo con la obligación de madrugar un día más de la semana para ir allí, todos y cada uno de los fines de semana, sin excepción, lloviera o nevara, en invierno y en verano, estando enferma o no, sin opción a ir a otro sitio, como si el mundo se redujese a Madrid y a ese municipio. El pueblo y la familia que allí vivía fueron, durante toda mi infancia y adolescencia, las causas y detonantes de las mayores broncas entre mis padres, discusiones violentas e hirientes que se diluían lentamente a lo largo de la semana entrante, aunque cuando la normalidad y la armonía había vuelto a instalarse en nuestras vidas ya era de nuevo el día de volver otra vez al lugar de los hechos... El pueblo como un sitio aburrido hasta el borde de la depresión, una prisión semanal por una condena que nunca supe por qué se me había impuesto, en el que sólo cabía esperar que el tiempo pasara lo más rápido posible para poder volver a casa y seguir viviendo... hasta el siguiente sábado o domingo.

Sé que mi vida hubiese sido infinitamente mejor sin ese punto del mapa ligado a mí. Pero no, no odio La Mancha.

Aunque sólo fuera por Don Quijote...

Tengo la sensación de que hoy es lunes, ese día tan vilipendiado por casi todo el mundo y que a mí siempre me deja el buen sabor de boca del que madruga y es tan iluso como para pensar que ése será un gran día, ya no porque Dios le ayude, sino porque cuando se tiene todo un día por delante es como si el tiempo aún fuese virgen y nosotros sus amos, con carta blanca para desvirgarlo suavemente o violarlo con impetu salvaje. Luego las horas se encargan de desmentir la mayor parte de las veces tanto optimismo, pero a veces no, y al final del día cierras los ojos con una sensación de plenitud y de armonía. Aunque sólo fuera por esas contadas veces en que eso sucede, por lo increíble que puede llegar a ser terminar una jornada con el sentimiento de que ha sido un día exprimido al máximo, creo que merece la pena darle una oportunidad a los lunes. Y ¿por qué no reconocerlo?, también por llevar un poco la contraria y ponerse de lado del día más outsider e impopular, el más denostado y odiado, junto a los domingos por la tarde…

No necesito que me digas que me quieres, porque veo cómo se refleja en tu mirada el brillo de la mía, y no hay luz que ilumine más que las chispas de nuestros ojos cuando entrechocan…

No me hace falta que me repitas que no hay mejor lugar donde estar que entre mis brazos, porque me basta con sentir la delicadeza de tu caricia en torno a mi cintura para saber que toda la geografía que te interesa explorar está ahí, al alcance de tus dedos…

No es preciso que me recuerdes lo que ya sé con sólo sentir cómo me miras, me has enseñado, aunque tu trabajo te ha costado, que las palabras sobran cuando puedes concentrar en un mohín travieso o en una guerra de cosquillas toda una declaración de amor…

No te pido que me jures amor eterno, porque si algo he aprendido a tu lado es a vivir intensamente el instante, a disfrutar de uno de tus guiños, a acompasar mi pulso con el latido de tu corazón...

No busco, porque ya encontré…