Sumergirse en la blogosfera al buen tun-tun es una aventura tan arriesgada como apasionante. Yo lo necesito de vez en cuando. Y no porque no sea fiel a mis habituales, que lo soy, pero es que no pudo evitarlo: me pierde el vértigo del hallazgo. Porque no sé qué es más emocionante, si seguir de cerca a la gente interesante que vas conociendo un poco más cada día que les lees, o ese primer chispazo del momento inicial del descubrimiento, el sentir que esa persona te transmite algo auténtico y querer más, y beberte cada uno de sus posts con interés, implicándote de veras, llegando incluso al afecto sincero. En ese deambular de enlace en enlace también hay encontronazos desafortunados, textos para echarse a llorar, gente que te espeluzna, pero ni más ni menos que lo que puede ocurrir en la vida palpable y física.

El mundo es amplio. Y además la gente vive y se mueve siempre por los mismos círculos cerrados. Y no todas las personas están dispuestas a dejar que otros entren, o sencillamente resulta que no saben abrirse para dejar entrar a otra gente. Es por eso que este universo blogosférico, en el que con tanta facilidad es posible llegar a lugares y personas lejanas, pero al mismo tiempo tan cercanas…,puede llegar a ser tan tentador. Tan adictivo. Tan sugestivo.

Tan maravilloso.

Me gustaría poder cerrar los ojos y seguir andando. No mirar a mi alrededor, ni ver tanto, ni tan claro, ni tan lejos, ni tan pronto, porque esa lucidez sólo te hace sufrir dos veces: antes y durante. Me gustaría no pensar, hacer lo que pueda y lo que no pueda hacer, que se quede ahí, para más tarde, o que lo haga otro. Dejar de preocuparme por lo que no puedo controlar. Y también dejar de hacerlo por lo que sí puedo arreglar, total, si no lo soluciono en este instante y ha estado así hasta ahora, bien podrá esperar otro rato… Quisiera poder delegar, confiar en mis subordinados plenamente, como si se tratara de mí misma, y también poder abandonarme y sentirme respaldada por mis superiores. Dejar a las 7 de la tarde, en el cajón de mi mesa, bien cerradas con llave, las preocupaciones relacionadas con el trabajo. Poder repartir entre varios el peso de una responsabilidad que me atosiga, me quita el sueño, el hambre y la alegría. No tener esta madera de mártir. Ser como todo el mundo.

No quiero seguir así. No debo. No puedo. Pero también soy consciente que mi peor enemigo no está ahí fuera, sino aquí.

Dentro.

A veces es necesario parar, dar unos pasos atrás y mirar el cuadro desde una perspectiva distinta, un poco más en conjunto. Entonces descubres detalles que se te escapaban por estar demasiado en medio de la acción, cosas que quedaban a tu espalda y que no veías, ángulos muertos que aparecen de pronto como salidos de la nada, puntos de vista que hacen que tu visión de las cosas cambie.

Está claro que necesitaba pintar la casa. Hacía falta hacerlo desde la mudanza.

También necesitaba estas vacaciones. Para recuperarme del fin de semana pasado, en las Fallas.

Sí, necesitaba desconectar. De todo. Pero sobre todo de mí misma. De esa parte responsable y workaholica que últimamente se empeña en ser la protagonista de mi vida.

Haiku (III)

Echar de menos,
soñar lo ya vivido,
dudarlo acaso...

Y es que es lo que tienen los perros que no frecuentan demasiado al veterinario: al rato de darles los puntos en la oreja se dan cuatro arrascones con la pata, y se los saltan. Y hala, a seguir trotando por callejones y sembrados…

O lo que es lo mismo: hoy he ido a trabajar.

En otra vida, yo debí ser perro. Un perro de pueblo, semicallejero, de esos que antes se veían sueltos por las calles, sin collar, como mucho el antipulgas, sin chip, ni falta que les hacía, porque todo el mundo sabía de quién era cada chucho nada más verles aparecer doblando la esquina y moviendo el rabo. Uno de esos perros que el vecino te regalaba cuando su perrilla paría, y lo mismo se iba contigo a cazar liebres que no le veías el pelo durante días, porque se había ido de novias y volvía molido y con un mordisco en la oreja, fruto de las rivalidades con otros canes en sus escarceos amorosos. Pero pronto, con cuatro arrumacos, un poco de mercromina y algún caprichito gastronómico más allá que las habituales sobras del cocido, volvían a ser los mismos, ágiles, correosos, dispuestos a vagar por el pueblo libres e independientes. Eran bichos duros, resistentes, cuya única visita al veterinario solía ser cuando eran cachorrillos, para vacunarles contra la rabia y el moquillo. Muy malitos tenían que ponerse para volver a visitar a su médico, porque incluso en el caso de que fuera preciso despenarlos, era su amo el que personalmente les pegaba un tiro con la escopeta de cazar, o les dormía para siempre con un poco de veneno de fumigar la viña… (Es curioso el lenguaje, a esos animales se les “despenaba”, expresiva forma de llamar a la eutanasia animal, mucho más gráfica y “humana” que la palabra “eutanasia” que siempre, no sé por qué, me ha sonado a “autopsia”…)

¿Y a santo de qué viene mi afirmación de que, de haber otras vidas, yo debí haber vivido una siendo un chucho? Pues porque hoy, por primera vez en mi vida laboral, el médico me ha obligado a quedarme en casa durante dos días por culpa de la gripe. Un hito histórico, ya que nunca, desde que trabajo, y hará de esto unos quince años, me había quedado sin ir a trabajar y en cama por encontrarme enferma. He estado al pie del cañón muchas veces en estado lamentable, pero esta vez estaba claro que, por mucha voluntad y ganas que le pusiera, la fiebre no me iba a permitir heroicidades. Y me he sentido como uno de esos perrillos sin raza, de vuelta a casa tras una excursión vapuleado por los perros del vecino, mirando con ojillos acuosos a su amo y suplicándole que sí, que esta vez, y sin que sirviese de precedente, le lleve a la consulta del veterinario a que le de unos puntos en esa oreja...

Uf... Qué mala es la fiebre...

Hay personas que afirman que un hombre y una mujer no pueden ser amigos, que sólo son amantes en hibernación, en espera de que uno de ellos dé el paso, o bien de que uno de los dos, o ambos, queden libres de otra relación para terminar juntos. Esa certeza hace difícil, casi imposible que cultiven amistades del sexo opuesto, y si lo hacen sea siempre con esa tensión implícita, ese esperar algo que podría ocurrir, aunque de momento parezca imposible, o eso piense ingenuamente el otro, aunque para él ese “por si acaso” sea precisamente el motor que mueve esa relación, amistosa, sí, pero sólo mientras sea estrictamente necesario, una fase que hay que pasar para llegar a alguna parte, como la de la oruga en el capullo de seda, antes de ver volar a la mariposa. No se dan cuenta de que la oruga va a seguir siendo oruga, por mucho que miren el capullo, aunque se tiren horas mirándolo, no terminan de creérselo, aunque se lo digas, y cuando ven que han estado perdiendo el tiempo, se enfadan, y se sienten estafados, aunque la oruga nunca haya ocultado su condición de insecto y jamás haya hecho creer a nadie que, si esperaba el tiempo necesario, se convertiría en una mariposa despampanante.

Hay mucha gente así en el mundo.

Hay demasiada gente así en el cibermundo.

Llego a los fines de semana en un estado físico lamentable, tan cansada y sin energías que me pregunto si en tan sólo dos días podré reponerme para afrontar de nuevo otros cinco días que ya ni me planteo cómo serán. Desde hace tres meses vivo en una vorágine laboral que, cuando ya creo que se calma, me sorprende con una nueva vuelta de tuerca, poniéndome de nuevo al borde del abismo, obligada a reaccionar y a actuar sin plantearme dilemas como si soy o no capaz de pegar el salto. Simplemente o salto o salto.

Y es que cuando creo que ya no puedo más, que estoy al límite de mi resistencia y que ya sí que me desbordan los acontecimientos, algo peor sucede, pero ya el pánico no se apodera de mí, sino que intento ver el lado bueno de eso, porque sé que lo tiene. Sobrevivir a una crisis tiene el doble premio de dejar atrás un momento crítico, lo más evidente e inmediato, pero sobre todo tiene el regalo oculto de crear en el superviviente un fondo de resistencia y fortaleza que hace de él una persona muy distinta a la que se enfrentó en un primer momento a los problemas. Y ahí estoy yo, en medio de todo, obligada a deshacer el lío, a desenredar la madeja y a poner orden. La resistencia y la capacidad de reacción que yo antes no veía por ningún lado parecen ahora ser mis señas de identidad. De momento voy saliendo de los atolladeros, relativamente airosa, y cada nuevo obstáculo no hace sino reforzar mi musculatura de apagafuegos y negociadora. Está claro que lo que no te mata te hace más fuerte…

Recuerdo que cuando era pequeña, pero pequeña, pequeña, tan pequeña que aún me quedaban dedos en ambas manos para contar mi edad, en esa época me dio por pasar algunos de mis ratos con el morboso entretenimiento de calcular en qué año seguramente yo ya estaría muerta. El 2000 evidentemente era demasiado pronto, aunque sonara apocalíptico y casi territorio de ciencia ficción, pero me di cuenta, para mi asombro de niña que descubría los números, que por aquella época en la que seguramente los robots se pasearían por la calle y la gente sólo comería píldoras de paella y comprimidos de fabada, yo iba a tener justo 33 años, la edad de Cristo. Aquello me parecía un regalo del azar, una especie de privilegio, cumplir esa edad en ese año, algo así como un capricho de los números sólo para unos cuantos elegidos, yo y otros cuantos miles o millones de personas que habían tenido la suerte de nacer en mi mismo año. Pero no me servía para mis cálculos funerarios, así que seguía echando cuentas y me adentraba más allá en el tiempo, y sumando y restando llegaba al 2050, año redondo y contundente también, en el que si me moría tendría 83 años. Acorde con mi precoz gusto por la simetría y los caprichos numéricos, tampoco me venía pero nada mal lo de morirse en un año así, un principio de década, la mitad de un siglo, y lo cierto es que 83 años, cuando una tiene menos de 10, es el colmo de la ancianidad y la decrepitud, así que, como iba a ser más vieja que la tos y ya no tendría mucho más que hacer en el mundo, me parecía perfecto marcar ese año como el posible para el fin de mis días.
Hace poco, consultando otra cosa en el Google, me enteré de que precisamente esa edad es la esperanza de vida media de una mujer española. Ochenta y tres años. Un ocho y un tres. Las mismas cifras de la edad que cumplo hoy. Un tres y un ocho.
Así que, según mis cuentas infantiles, me quedan exactamente 45 años más de vida.