El problema está en mí, lo sé. Creo lo he sabido siempre, incluso cuando desesperadamente intentaba encontrar una solución, una salida que estaba delante de mis narices, pero que yo no era capaz de ver, no sé por qué, quizás sencillamente porque no es un camino fácil de recorrer, pero camino es, al fin y al cabo, y te lleva a alguna parte, aunque se trate de una senda estrecha, en la que sólo cabe uno… Es ahora, y no sé por qué ahora y no antes o después, cuando me estoy dando cuenta de una manera clara, brutal casi, de que eso que siempre me ha angustiado tanto y que aún lo hace a rachas, esa sensación de estar siempre fuera de lugar, de no encajar, de mirar y sentir que nadie me veía, no es una tara, ni una maldición, o puede que sí, pero ser una tarada, después de todo, quizás no sea tan malo… Sé que ser como soy hará que jamás logre estar rodeada de gente, o si llego a estarlo no terminaré de mezclarme nunca con ellos, como el agua y el aceite, y también sé que nunca lograré tener una vida social emocionante y convencionalmente plena, que siempre terminaré sintiéndome sola, porque en realidad si no lo estoy siempre le falta bien poco, pero ¿y si en realidad es justo eso lo que yo necesito? ¿Y si en el fondo me sobrara la gente? ¿Y si jamás he logrado moverme con agilidad entre grupos grandes de amigos o conocidos porque ése no es mi sitio? ¿Y si tan sólo necesito tener cerca a una o dos personas que me importen? ¿Y si en el fondo soy una solitaria? ¿Y si ya esa certeza no sólo no me preocupa lo más mínimo, sino que no me disgusta?

¿Y si soy lo que soy, y eso ni tiene remedio, ni falta que le hace?

Haiku (IV)

Desasosiego.
Tibias gotas de ausencia
calando el alma.

La frontera que te sitúa a uno o a otro lado de la línea que separa a los fracasados de los afortunados, a los solitarios de los acompañados, a los que juegan de los que miran, es tan fina, tan tenue y tan movediza que quizás sea mejor no poder verla, y sólo sentir su presencia cuando nos chocamos contra ella, cuando se nos enredan los pies e igual que si de una alambrada eléctrica se tratase, pegamos un respingo al comprobar que nuestra vida está cambiando radicalmente. Es demasiado desasosegante la conciencia de lo poco que diferencia el tener del no tener, el ser amado de no serlo, el estar del dejar de estar, como para ver, cada día, lo fácil que es dejar de estar en uno u otro lado, sobre todo cuando estás del bueno.... Aunque tampoco estaría mal que esa frontera fuese un muro bien visible, para los que nos rodean se diesen cuenta de que ya no estamos donde llevan años acostumbrados a vernos, y quizás así empezasen a tratarnos de otra manera. Con ternura y compasión, si hemos caído en desgracia y necesitamos afecto y apoyo para habituarnos a una mala racha que se ceba en nosotros. O con renovado respeto y alegría por el éxito ajeno, si la suerte al fin se ha dignado a sonreírnos y hemos dejado de ser unos pobres desgraciados. Pero eso es demasiado pedir en un país donde el mal de muchos siempre consuela y reconforta, y la suerte del otro no alegra, ni estimula, sino que cabrea, y mucho, porque no hace sino poner de relieve el fracaso propio…

El día del libro es el único día del año en el que me entran unas ganas locas de coger un lanzallamas, cual Montag en “Fahrenheit 451”, y liarme a chupinazos contra los puestos de best sellers que inundan las calles de Madrid. Y llevada de mi vena destructora, dar de bofetadas a los que se alejan de los chiringuitos con cara de felicidad y sintiéndose cultos e intelectuales con su “Codigo Da Vinci” bajo el brazo. Gente que seguramente no volverá a tener un libro entre las manos hasta la próxima vez que se lo metan por los ojos, ya sea en las rebajas, en algún dos por uno, o, lo que es peor, cuando empiecen a acumular decorativos tomos que un espabilado comercial del Círculo de Lectores logrará colocarles en un momento de guardia baja en el metro, camino del trabajo…

Hay personas que se morirán sin sentir el placer de descubrir que el universo cabe holgadamente entre las páginas de un libro, porque se limitarán a mirar la portada y lo bonito que queda en la estantería Billy de Ikea. Gente que se perderá sin saberlo el cosquilleo emocionante de escarbar entre el montón de libros viejos y, entre la morralla setentera de ediciones baratas y sin el menor interés, encontrar una primera edición que te salta a las manos, diciéndote sin palabras “Llévame contigo, te pertenezco, te he estado esperando desde siempre, oculto tras ese Gironella y esa Enciclopedia de Minerales, que han logrado que nadie me viese hasta que tu llegaste…”. Puedo pasarme meses sin comprar un solo libro, releyendo los que tengo o, por el contrario, lanzarme a los pasillos de la biblioteca y devorar un libro por semana. O si me da por ahí, irme a La Casa del Libro o a una feria de libros antiguos y fundir la tarjeta de crédito, en una borrachera biblófila de la que no soy consciente hasta que ya, en casa, empiezo a vaciar las bolsas y empiezo a sumar, y tengo que sentarme porque se me va la cabeza. Pero hay algo que odio con toda mi alma, y es que me digan lo que tengo que hacer, cuándo tengo que querer leer o si hoy es el día en que toca, por decreto consumista, comprarme un libro.

Así que, fiel a mí misma, me niego a participar en la pantomima libresca de cada 23 de Abril, vuelvo los ojos a mi estantería dedicada a Pérez Galdós y cojo mi tercera edición de “El Doctor Centeno” (Madrid, 1886, Imprenta y Litografía La Giralda, Calle de las Pozas, num.12). Y confieso que no sé qué me gusta más, si la historia, leída tantas veces que ya forma parte de mi vida, o el sello que me salta a los ojos en la primera página: “Librería A.B.C. Lectura a domicilio. A.Pou. San Bernardo, 96, Madrid”. Y no puedo evitar imaginarme al Sr. Pou leyendo las desventuras de Celipe Centeno a alguna señorita decimonónica mientras ella borda y su madre hace punto… Ni tampoco puedo dejar de pensar que simplemente ese sello, ese señor Pou (¿Antonio? ¿Andrés? ¿Angel?) que cobra por leer a domicilio (¿un catalán emprendedor trasplantado en Madrid?), ya esconde tras de sí una historia que, quizás haya estado esperándome a mí, desde 1886, para ser contada…

Cuando trabajas en un polígono industrial donde no hay ni una sola tienda, ni bares, ni kioscos, ni nada, y te pasas allí casi doce horas, aunque tengas tu vena consumista bajo mínimos, siempre necesitas comprar algo. Un día puede ser que quieras comer con pan el pollo con tomate que te has traído en la tartera para calentarte en el microondas, o una tarde calurosa ceder al capricho de comprarte un helado e invitar a tu vecino de mesa, porque sí, hala, porque es un tío muy salao y te apetece. O la primavera te altera y no puedes dejar de estornudar sin control, y te ves necesitando con verdadera urgencia un paquete de pañuelos de papel a riesgo de terminar en menos de dos horas con todas las existencias de papel higiénico del baño. Podrías tener pocas ganas de ir a casa a comer, así que decides comprarte un bocadillo y un batido de chocolate, y comértelo al sol, aprovechando ese rato antes de volver al tajo para leer el periódico tumbada en un banco, o mirar las retamas en flor mientras desconectas durante un ratillo de tanto teléfono y tanta mala baba oficinesca. Todo eso podría ocurrir, y ocurre, pero sin ningún sitio al que acercarse en un momento, si necesitas comprar algo, lo que sea, desde una barra de pan a un paquete de tabaco, no te quedan muchas más opciones que coger el coche y acercarte a la gasolinera más cercana. Con lo cual, más de un Calippo se queda en la nevera de la BP, el papel WC se termina más veces de las que debería, una se acostumbra a comer las lentejas recalentadas con unas rebanadas de pan tostado y si quieres montarte un picnic, te toca ser previsora y traerte el bocadillo de casa, a riesgo de que el día no amanezca tan radiante como parecía, y te toque comerte el bocadillo a cubierto, haciendo tiempo para empezar a trabajar de nuevo, mientras miras por la ventana cómo llueve…

Y me pregunto yo ¿cómo es que no ha llegado hasta este polígono mío un chino de esos emprendedores dispuesto a poner uno de esos badulaques llenos de todo, donde lo mismo te compras un kilo de patatas que una bolsa de kikos, y que son una plaga en el centro de Madrid? Con lo avispados que son, ¿ cómo no han visto aún el campo aún sin explotar, virgen e inmaculado, que son las zonas industriales y de oficinas? O mejor aún ¿qué demonios hace el Vips, que no pone un chiringuito aquí cerca, nos alegra la vida a los pobres currantes y de paso se forra?

Lo que son las cosas: lo único que echo de menos de no trabajar en Madrid es el chino de la calle Argumosa y el Vips de O'Donnell...

La fuerza de los débiles es discreta, velada, apenas adivinada tras el humo de la timidez que los menos duros esgrimen para moverse con un mínimo de seguridad por el mundo. Pero hasta el más frágil guarda en la manga un as, y ahí donde no llegan las miradas inquisidoras y el sarcasmo sangrante de los más crueles, el débil esconde un coraje latente, larvado, fermentando al fuego lento de los comentarios hirientes y las miradas desdeñosas, aventado por las brasas de esa indiferencia gélida que hiela el alma y quema el corazón. Quizás el débil nunca explote y toda su vida se deje pisotear sin pestañear. Es una posibilidad. Pero si yo fuera un fuerte de ésos, de los que usan su poder para abusar y humillar a los más faltos de reflejos y brío, no dormiría del todo tranquila, porque no hay furia peor que la de un débil cansado de sufrir. Porque ya no les queda nada que perder.

Y no hay nadie más temerario que quien tiene todo por ganar.

Las primeras veces tienen el encanto de lo novedoso, ese aleteo del corazón, el vértigo de un abismo que te llama, y que siempre imaginas profundo, aunque no todas las veces sea un desfiladero sin fondo, y en demasiadas ocasiones, cuando esperabas despeñarte, tan sólo terminas pegando un traspiés que te hace perder un poco la compostura y te deja el tobillo hinchado durante unos días… Pero incluso un batacazo, si es por la buena causa de una primera vez, merece la pena, aunque sólo sea por la emoción previa, ese retortijón del estómago, la conciencia de momento único que te nubla un poco la vista, y te hace ser consciente de algo básico y que tantas veces olvidamos: que aunque volvamos al día siguiente al lugar de los hechos y el paisaje parezca idéntico, nosotros ya no somos los mismos…

Cuando era pequeña, en esa época en la que los niños aún merendábamos bocadillos de jamón o de foie gras Mina o La Piara, los mocosos tampoco éramos de piedra, y, aunque obligados por nuestras madres a comernos el bocadillo de chorizo sin rechistar, reivindicábamos nuestra dosis de azúcar, grasas y colorantes a media tarde. Pero con unas madres inflexibles y doctoradas por la Universidad de la Transición y el Cinturón Ajustado en Nutrición, Limpieza y Ahorro, impensable reclamar un Bony, Tigretón o Pantera Rosa para merendar. ¿Cómo? Eso era mero golosineo, y la merienda era una cosa muy seria... Ya podíamos darnos con un canto en los dientes si lo habíamos llevado de bollo para el recreo por la mañana, en lugar del habitual Donut sin chocolate (más barato que con, evidentemente…). Así que por la tarde a lo máximo que una llegaba era a conseguir un bocadillo de mantequilla con chocolate (dos rebanadas bien untadas de mantequilla con unas onzas de chocolate La Campana de Elgorriaga o Nestlé entre medias - ¡pobres encías infantiles, pero qué rico…-), o una buena rebanada de pan con Nocilla. Siempre después del bocadillo reglamentario de embutido, claro está.

Aunque, la verdad sea dicha, después de meterse entre pecho y espalda un bocadillo de queso manchego tampoco quedaba ya mucho hambre, ni siquiera para la Nocilla, aunque fuera de dos gustos….mmmm… esa Nocilla Blanca….. Pero un niño es un niño, y algo genético debe haber en esa necesidad de dulces cuanto más guarrindongos mejor. Y la Nocilla, a fin de cuentas, a pesar de su llamada tentadora era algo que las madres veían dentro de los límites de corrección nutricional (ya se sabe, ¿qué es la Nocilla si no leche, cacao, avellanas y azúcar, excelentes alimentos vistos así, por separado?). No así la que yo y medio patio del recreo llamaba “mantequilla de colores”, una crema de untar que se compraba al corte en las charcuterías y que, a diferencia de la Nocilla no sólo tenía tres colores (¡tres!), sino que éstos eran marrón (chocolate), rosa (¡fresa!) y amarillo (nunca supe a qué sabía exactamente la parte amarilla; unos días sabía a chocolate blanco, otros a vainilla, otros… ni idea). Eso si que era La Tentación. Mi madre, harta de mis súplicas, cedió y me compró la “mantequilla de colores” un par de veces en toda mi niñez. Pero ya me dijo bien claro “Despídete de ella, en cuanto se acabe volvemos a la Nocilla.” Yo no entendía por qué ese rechazo a algo que era mucho más molón y que además me ponía a la altura de las niñas más enrolladas de la calle, que merendaban eso. La cosa nutricional no me convencía: mis amigas no estaban malas, y lo merendaban un dia sí y otro también. Así que mi madre, ante mi emperramiento y pesadez, acudió a un argumento definitivo que me cortó en seco: la mantequilla de colores era demasiado cara, y no podíamos permitirnos ese gasto. Mentira y gorda: esa crema de untar era baratísima, y eso precisamente era lo que más asustaba a mi madre, un precio demasiado tirado como para no ser puro veneno.

Me enteré del precio de la mantequilla de colores hace dos o tres años, un día, por casualidad, que me topé con ella en una charcutería de barrio. Aluciné al ver lo que costaba. Entendí muchas de las tácticas de mi madre para disuadirnos a mi hermano y a mí de nuestras ansias consumistas e imitativas… Y me sentí un poco idiota, al ver de qué manera funcionaron, al menos conmigo: yo no era una niña buena ni obediente, era una niña tonta…

Aunque mi hermano nunca se tragó la mitad de ellas, y toda la perspicacia y mano izquierda que mi madre desarrolló conmigo, se desbarataban a cada paso con su hijo pequeño, pero… ésa es otra historia.

¿Ninguno de los creativos de la agencia Publicis se ha dado cuenta de que la música del anuncio de Movistar (Walking on sunshine, de Katrina and the Waves) es una versión (mala) de la misma canción que hace unos años usó Bonduelle para anunciar sus salteados de verduras congeladas?

¿Ninguna persona del departamento de marketing de Movistar reparó en este pequeñó detalle antes de firmar el contrato que obligaría a Telefónica Móviles a desembolsar 75 millones de euros por una campaña publicitaria que intenta emular descaradamente la imagen fresca y el espíritu desenfadado e imaginativo de Amena, sin conseguirlo?

¿Soy la única que, sin haberlas comido nunca, no puede quitarse de la cabeza las verduritas de marras desde hace semanas, justo desde el lanzamiento de la campaña publicitaria de Movistar? ¿No hay más gente a la que como a mí, en lugar de entrarme unas ganas locas de cambiarme de operador de móvil, me da la risa floja al ver uno de los patinazos más mayúsculos, millonarios e innecesarios de los últimos tiempos?

Ahora que la primavera asoma tímidamente la cabeza, y que las revistas empiezan a inundarse de reportajes sobre vientres planos, pieles de naranja, “operaciones bikini” y recetas ligeras, me he dado cuenta de que no sólo no me hace falta nada de eso, de hecho como cada año, sino que en los últimos meses he adelgazado algo así como dos kilos. No es mucho, pero sí lo suficiente como para haber perdido una talla. Talla y media, diría yo. Demasiado como para no haberlo notado poco a poco en los últimos meses, cuando veía cómo se me caían todos los pantalones del año pasado y me sorprendía comprando una talla 40 cuando desde hace años la que usaba era una 42… Sin embargo hoy lo he visto con una claridad tan brusca que, confieso, me ha asustado un poco, cuando me he visto en dos fotos y me ha costado reconocerme en esa flaca flaquísima que aparecía en las fotos que alguien se ha puesto a hacer mientras trabajabamos ajenos a todo… Me he visto y he visto a alguien que me suena, pero no me he visto a mí. Ha sido extraño, y raro, y bastante inquietante. Aunque haya logrado, sin quererlo, aquello por lo que la gente sufre, pasa hambre, se obsesiona y gasta fortunas a veces con pocos resultados…

Así que, mientras la gente compra yogures desnatados, hace abdominales y se embadurna de cremas anticelulíticas, yo sigo el camino contrario. Cruzando los dedos cuando me subo a la báscula, a ver si hay suerte y peso medio kilo más que hace dos días. Comprándome donuts de chocolate y obligándome a merendar uno a media mañana y otro a media tarde. Intentando conseguir que cuando lleguen los calores no me salga de mi ropa, y así no tenga que vacíar mi armario para llenarlo con faldas y pantalones de una talla menos…

Siempre contracorriente…

Crece el deseo como crece la mala hierba, invadiéndolo todo, apoderándose del terreno que pisas, enredándose en tus pies y haciéndote tropezar. Cubriendo tu vida poco a poco, pero sin piedad, sin dejar ni un solo resquicio libre. Brotando allí donde había cotidianeidad, de ésa que a veces se confunde con la rutina. Creciendo tupido y espeso en las estepas de tu aburrimiento. Enmarañándose en las zonas más ocultas de ti mismo, tapando rincones llenos de telarañas y soledades. Haciendo que te lances al vacío sabiéndolo, y aún así, que no te importe. Eres consciente de que te espera el fondo del abismo, pero el miedo no te frena, al contrario, ese vértigo te acelera el pulso, hace que te hierva la sangre, y saca de ti ese lado salvaje y suicida que a veces asoma la cabeza, pero que la prudencia y el miedo logran hacer recular la mayor parte del tiempo…

Sabes que la ley de la gravedad también rige para ti, pero también estás convencido de que esta vez no te estrellarás.

Porque caerás en sus brazos.

No eliges a tu familia. Caes en la que caes, y sus miembros hacen de ti lo que eres, lo cual a veces es una auténtica putada, pero bueno, no puedes hacer nada sino sobrevivir hasta que terminas por volar del nido, aunque con tu libertad te llevas demasiadas cosas que, por mucho que te desvincules de ellos, siempre te acompañarán. Unos hilos finos, que no se ven, pero están ahí, y en cualquier momento pueden tirar de ti de nuevo hacia ellos. Eres lo que eres y vienes de donde vienes, sí, pero no por decisión propia. Te viene dado. Sin comerlo ni beberlo.

Tampoco eliges a tus compañeros de trabajo. Un currículum afortunado se libra de la papelera, tu foto le cae en gracia a la secretaria que abre el correo, o quizás el anterior entrevistado era tan patético que tu has brillado con una luz fulgurante y te has hecho con el trabajo desde el instante en que abriste la boca para saludar. Igual que te toca soportar a los padres que te han tocado, te ves obligada a convivir cada día durante ocho horas con gente que no siempre (más bien, casi nunca) son el tipo de personas con las que terminarías haciendo buenas migas. Con algunas crearás un buen rollo que podría confundirse con la amistad, pero que no es más que convivencia civilizada, roce que hace algo parecido al cariño, pero propiciado por la necesidad, por el interés de que las cosas salgan. Sin embargo, tú y ellos sabéis que fuera de esas cuatro paredes no os iríais de cañas, ni le contarías tus problemas, ni te invitarían a su cumpleaños.

Pero igual que en tu familia siempre hay un primo con el que te llevas bien, pero de verdad, o un tío enrollado al que quieres con toda tu alma, en los trabajos a veces la flauta suena, y se establece esa complicidad con alguien. Lo que empieza siendo una relación de compañeros va evolucionando hacia algo parecido a una amistad. A mi me está pasando con F. Después de unos meses borrascosos en los que se enfadó de veras conmigo y me retiró el saludo, de nuevo, sin que ninguno de los dos dijera nada, las cosas han vuelto a su punto de arranque. Como antes de aquello. ¿Y dónde sino en las relaciones amistosas ocurre eso, ese volver a encontrarse tras un tiempo y retomarlo todo como si fuese ayer mismo la última vez que ambos se vieron? F. me aprecia. Eso puedo sentirlo. Y yo le aprecio. Y él lo sabe. Y por eso, porque yo sé y él sabe que sé, no ha hecho falta pedirnos perdón, ni dar explicaciones, y de nuevo solemos ir a tomar un café después de comer, antes de volver al tajo. O nos quedamos hablando él y yo en la puerta de la empresa, cuando todo el mundo se ha ido ya y él va a cerrar, y cuando queremos recordar ha pasado una hora, sin darnos cuenta. Entre confidencias, complicidad y esa agradable sensación del que descubre con sorpresa que en la jungla laboral, donde hay que desarrollar ojos en el cogote para evitar puñaladas, también puede haber sitio y ocasión para encontrar un amigo.

Salgo de trabajar pronto. Hoy la tarde es toda para mí. Decido salir a dar una vuelta, y quizás aprovechar para fundir un poco del dinero que cada mes tengo menos tiempo para gastar. Irónicamente, así es. Seguro que si no tuviera más que cuatro duros y nada que hacer, andaría suspirando frente a los escaparates y amargándome la vida por no poder comprarme nada. Sin embargo, ahora que podría darme bastantes caprichos sin remordimientos, salgo tan tarde de trabajar que de lo que menos ganas tengo es de patearme tiendas y probarme ropa. Además, de un tiempo a esta parte los centros comerciales me agobian, demasiado espacio (¿será agorafobia?), demasiadas cosas, demasiada gente…, y sobre todo me aburre y me cansa terriblemente ese deambular por las tiendas, probarte, ver que no te vale, salir por otra talla, terminar dejándolo porque no te convence, aunque te has tirado dando vueltas para nada casi una hora... Acudir sola a estos menesteres consumistas tampoco ayuda mucho, no cambiar impresiones con alguien limita bastante, ese entusiasmo derrochador que contagia a más de dos mujeres juntas cae en picado, y casi siempre termino saliendo como entré: sin nada, con todo mi dinero intacto en el monedero. Y lo que es peor, pensando que, después de pasarme la tarde dando vueltas, sigo igual: necesitando imperiosamente darle un giro a mi armario, verme diferente, variar un poco el sota, caballo y rey al que una se termina limitando y que tanto pesa y aburre cuando la temporada termina. Ahora estoy así exactamente: harta de mi ropa de invierno y sin suficiente espíritu primaveral como para liarme a comprar blusas vaporosas y faldas de flores… Demasiado frío todavía cuando salgo a las 8 de la mañana de casa…

Sé que es una aberración, y que deberían caérseme los dedos cuando escribo esto, pero confieso con vergüenza que en ocasiones como ésta echo terriblemente de menos la disciplina férrea, pero cómoda y despreocupada, del uniforme del colegio de las monjas…

No soy amiga de salir por la noche. Podría pensarse que es cosa de la edad y quizás eso también tenga su parte de culpa, pero lo cierto es que nunca he sido buena trasnochadora. Ni siquiera cuando eso, deambular hasta las tantas, suponía una trasgresión tentadora, una forma de crecer y salir del cascarón. Incluso entonces me tiraba más la llamada de las sábanas calentitas que hacer botellón en un parque helado a las 2 de la madrugada. Me gusta dormir, pero más que la cama me gusta la sensación de seguridad que me invade cuando es de noche y estoy en casa. Es un poco la misma sacudida que no puedo dejar de notar cuando volviendo de un viaje por carretera empiezo a ver paneles con la palabra “Madrid”. Me gusta viajar, pero más que nada en el mundo me gusta volver. A casa.

Y es en casa, cuando de noche me asomo al balcón y veo luces encendidas en otras ventanas, cuando siento que estoy donde debo estar, y lo que es mejor, donde si no estuviera seguramente estaría deseando estar, así que por esa simple regla de tres, al menos en ese instante, soy una tía con suerte. Con mucha suerte. Aunque no es cierto y lo sé de sobra, no me importa: en ese momento es como si nada malo pudiera pasarme por el solo hecho de estar ahí. Y lo mejor de todo, como si después, ya bajo el edredón y tapada hasta los ojos, sintiendo mi propio calor y el suyo, firmara una tregua conmigo misma. El sueño como algo reparador. No sólo de un organismo físico más o menos cansado tras un día seguramente agitado y repleto, sino sobre todo de una mente a veces demasiado calenturienta y amiga de darle más vueltas de la cuenta a todo. Quizás por eso me asusto tanto cuando algo logra mantenerme despierta y preocupada por la noche. Porque la ilusión de estar a salvo de todo se rompe, y veo al enemigo paseándose por el territorio conquistado, pateando mis cosas y riéndose de mi falsa seguridad.

Porque es imposible ponerse a cubierto de uno mismo…

He pensado que la próxima vez que alguien me llame por teléfono por error no diré “Lo siento, se ha equivocado”. En lugar de eso, le seguiré la corriente, y diré que sí, que soy Rocío, claro, y que estoy encantada de hablar con él, ¿qué digo encantada?, más que eso, vamos, que estaba deseando que me llamara de una vez, porque ya le vale, siempre me toca llamar a mí. Y lo mismo hasta me lanzo y sugiero que tomemos ese café que me debe desde hace semanas… Entonces, podría quedar con él, y darle plantón, y entonces me llamaría de nuevo, y quizás me pegaría bronca, y entonces yo, sorprendida y educadamente, le diría “Perdona, pero aquí no vive ninguna Rocío”. Aunque si me pillara en un día gamberro atajaría su enfado diciéndole que cómo no iba a darle plantón, si me torcí el tobillo yendo hacia el Starbucks donde habíamos quedado, y el móvil me lo robaron en el barullo que se armó cuando en urgencias, mientras me tomaban los datos, un gitano con una brecha en la cabeza me puso verde por colarme… Entonces él se disculparía, y se sentiría fatal por haber pensado mal de mí, y me diría tiernamente que descansara, que ya hablaríamos. Y quizás cuando se encontrara a la verdadera Rocío le preguntaría qué tal está su tobillo, mientras ella le miraría con cara de susto, y le diría que bien, que ella no ha tenido ningún esguince, pero que quizás tendría que hacerse uno, porque hasta ese día nunca le había visto tan dulce, tan tierno y tan interesado por ella. El la miraría extrañado, pero la sonrisa de ella haría que ninguna explicación más fuese necesaria.

Yo nunca me enteraría de nada de eso, claro, pero bueno, tampoco importa tanto. No importa porque puedo hacer que ocurra simplemente imaginándolo aquí.


Y eso ya hace que, en cierto modo, haya sucedido...