Hay que estar muy solo y aburrido para leerse la composición del ketchup mientras te comes el plato del día. Nada de un vistazo distraído, antes de soltar el sobrecillo vacío tras estrujarlo sobre las patatas fritas. Leído y bien leído. De pe a pa. Durante varios minutos. Como si fuera lo más interesante de este mundo.

Pero también hay que estar muy sola y aburrida para quedarte con el tenedor el alto mirando al tipo de la mesa de enfrente que lee el sobre del ketchup…

Me gustaría ser capaz de abordar a otro solitario en su mesa, o mostrar una actitud que hiciera que otra solitaria acercara su silla a la mía y me dijera: “Me he leído ya los ingredientes del la mayonesa y la mostaza. Creo que si sigo con los del ketchup, vomitaré… ¿Te importa si me siento contigo?” Pero supongo que si me quedo mirando a los solitarios que leen lo que pone en el ketchup es porque no abordaría jamás a otro solitario, por muy patético y lastimoso que me pareciese, por muy deprimente y triste que me resulte comer sola.

Por eso es por lo que estoy escribiendo esto en una servilleta, mientras el del ketchup saca veinte euros de la cartera, y la camarera le pregunta si tiene la tarjeta Vips…

Uno de los primeros recuerdos que tengo de un adulto hostil, alguien amenazador y extraño, capaz de asustarme y de darme que pensar que quizás el mundo podía ser malo y hacerme daño si mis padres no andaban cerca fue esa ciega. Debería tener la edad de mi madre, o sea, unos veintiocho años en esa época en la que nos la cruzábamos de vez en cuando. A mí siempre me dio muchísimo miedo. Andaba rápidamente, sin titubear, como si realmente viera, arrasando y llevándose por delante todo lo que le estorbara a su paso. Porque si alguien se interponía entre su bastón y su camino daba unas voces y unos mandobles con el palo blanco que más valía correr y taparse los oídos cuando se la veía llegar. Jamás la vi sonreír, cosa que, a mis escasos cinco añitos me parecía lo más lógico y razonable del mundo, porque eso de no ver era como para enfadarse con todo bicho viviente, con el universo entero y con Dios mismo. Cada vez que nos la cruzábamos, me dejaba una destemplanza y una aprensión que me duraba un buen rato, así que cuando la veía acercarse le suplicaba a mi madre que nos cambiáramos de acera. Ella me veía tan acongojada que rápidamente pasábamos de ser potenciales víctimas de la ira de la ciega a simples espectadoras de un espectáculo tan triste como idéntico a sí mismo. Siempre desasosegante. Y capaz de marcarme lo suficiente como para que, más de treinta años después, no pueda evitar evocarla con desazón y pesadumbre .

Me acordé de ella de repente, de esa ciega rabiosa y amargada, iracunda e incapaz de resignarse, cuando vi en Cannes un cartel junto a una plaza de aparcamiento reservada a los minusválidos:

“Si tu veux ma place, prends mon handicap” (*)

Demoledor.

(*) Si quieres mi sitio, coge mi minusvalía. Sí no, te jodes y te largas echando hostias, que diría la ciega...

He vuelto. Adaptándome a la rutina como si nunca me hubiese ido. Vadeando el mar de papeles y de asuntos acumulados en mi ausencia con energía renovada, que falta me hacía, dicho sea de paso. Con la misma rapidez con que me zambullí en la vorágine cinéfila, apenas en lo que se tarda en dejar la maleta en la casa y lanzarse Rue de Sant-Antoine abajo, hacia La Croisette. Madrugando sin pereza para llegar a la sesión de las 8.30. Saliendo de la sala corriendo para volver a ponerme en la cola para la de las 11.00, y repetir la jugada para entrar a la de las 14.00. Y luego a las 16.30, quizás a la de las 18.00, o a la de las 20.00, para rematar el día con la de las 22.00. No pudiendo entrar a todas, afortunadamente… porque viendo tres o cuatro películas al día, mi dosis de cinefilia viene más que cubierta para unos meses. Y llenando los huecos entre las 21 películas vistas con miradas furtivas a los escaparates de las tiendas de lujo, o dando una vuelta por el hall del Hotel Noga Hilton para coger las revistas del día (Le Film Français, Variety, The Hollywood Reporter…) y quizás cruzarse con Sergi López y pedirle un autógrafo… Compartiendo la ida en avión con Paz Vega, y la vuelta con Penélope Cruz.

La vida real se impone, de nuevo. Las historias de mentira, que a veces son más verdaderas que las de verdad, tendrán doce meses para salir a la luz. Hasta el año que viene.

Mi décimo Festival de Cannes.

Dicen los expertos que cuando uno sale de vacaciones debe tomar precauciones para evitar que entren los ladrones y, a la vuelta, no sufrir la desagradable experiencia de encontrarse la casa patas arriba. Ya se sabe: programar la luz de alguna habitación para que se encienda a determinadas horas, no bajar las persianas hasta abajo del todo, dejar la llave del buzón a algún vecino para que te saque el correo… Yo debo ser una inconsciente, o será que confío plenamente en el vecindario de esta casa blogosférica, porque me voy de vacaciones y, aunque cierre la puerta, durante los diez días que pasaré en Cannes, dejo esta ventana entreabierta…

Así llegarán hasta aquí los ecos de la muchedumbre jaleando a las estrellas cuando suban las escaleras tapizadas en rojo del Palais des Festivals. Y el aroma salino de la brisa que siempre sopla en la Croisette inundará este rincón. Los rayos de sol reflejándose en el blanco resplandeciente de los yates de los millonarios deslumbrarán a los que pasen por aquí. Y, entre sesión y sesión, en los próximos diez días, quizás encuentre tiempo para hacer volar hasta aquí un puñado de palabras que se colarán por la rendija de esta ventana entornada. Intentando, inútilmente tras tantos días viendo un mínimo de cuatro películas al día, atrapar en algún post sensaciones entremezcladas... Aunque no pueda evitar terminar por no saber si mis emociones son mías, de la chica china de la película de ayer, o de la niña sueca de la de esta mañana…

Lo dicho: la llave está bajo el felpudo.

Haiku (V)

Distancia rota.
Centímetros de abismo
junto a tu boca.

Con eso de tener el trabajo tan cerca de casa (15 minutos a toda leche por la M-50, un día vamos a tener un disgusto…), me estoy perdiendo buenas costumbres que, ¿para qué negarlo?, echo un poco de menos, y que no son otra cosa que ese lado bueno que intentas buscarle a las cosas cuando te toca apechugar con marrones absurdos como el de tener que gastar demasiado tiempo en desplazarte a tu lugar de trabajo. Me tiré año y medio teniendo que bajar a Madrid desde la periferia, cogiendo el coche, el tren y el metro para llegar a la calle Génova a las 9 de la mañana. Alguna ventaja debía tener algo tan demencial como tener que hacer tales malabarismos para recorrer 33 putos kilómetros en dos horas, dos veces al día, una distancia que en circunstancias normales (¿existen esas circunstancias en una ciudad como Madrid ¿) se hace en treinta minutos escasos. El madrugón terminaba siendo lo de menos cuando la expedición diaria incluía coger el coche (venga, seamos positivos, ventaja número 1: ¿y lo divertido que es escuchar “No somos nadie” y reirte a carcajadas al mismo tiempo que tus compañeros de atasco? Cuanto menos curioso…), luego el tren de cercanías (ventaja cultural número 2: ¿leerte un libro a la semana, y no de los finos y de letra gorda, precisamente?) y luego el metro (sí, a pesar del mogollón, de los olores no siempre fragantes, el metro tiene su encanto, oculto, subterráneo incluso, pero sólo hay que saber buscárselo: ¿hay algo más interesante y estimulante de buena mañana con las legañas casi puestas que observar a la gente, y sorprenderte cada día de lo raros y lo iguales que somos? ). Ya no me toca madrugar, y en tan poco tiempo de coche apenas me da margen a escuchar tres o cuatro canciones de Kiss FM o de algún CD (no hay manera de coger como es debido M80 en mi coche si no pongo la antena, y siempre se me olvida, no hay manera…). Ahora llego tan pronto a la oficina que si quiero leer algo tengo que aprovechar las dos horas de la comida para hacerlo (una come rápidamente, y se ventila la tartera o el plato combinado del Vips en media hora...). Y si quiero ponerme en plan voyeur y antropológico de todo a 100, la única gente que puedo observar ya la tengo demasiado vista: mis compañeros de trabajo no son nada estimulantes o si lo son, lo ocultan bien... Siempre hablan de lo mismo, y no, no es ni fútbol o sexo ellos, ni ropa o Los Serrano ellas: más bien habría que decir que siempre se quejan de lo mismo. Sé que una no va a trabajar para conseguir amigos, pero… ¿es necesario terminar SIEMPRE hablando de trabajo o poniendo verde a los que no están delante?

Ya. Yo también me quejo. Y mucho. Tan pronto digo que soy feliz y que tengo mucha suerte como que lloriqueo por tiempos pasados que, evidentemente, no fueron mejores. Pero ¿y el miedo a perder lo que se va logrando? ¿Y la sensación de estar viviendo algo que sí, está genial, pero ya dura demasiado en condiciones demasiado buenas? ¿Y ese repelús del pesimista, ése "esto-no-puede-estar-pasándome-a-mi-yo-no-tengo-nunca-tanta-suerte-dónde-está-el-truco"?¿Acaso la felicidad hace que automáticamente uno sea feliz?

Ojalá fuera tan sencillo como eso...

Los tacones son para las mujeres el equivalente a las corbatas para los hombres: incómodos, inútiles y con el extraño, pero definitivo poder de elevar a las personas que los portan a las esferas de la respetabilidad y el lustre social. No te miran igual con una corbata que con una camiseta de Iron Maiden, aunque el encorbatado sea un analfabeto y el otro un doctor en Derecho. Y de igual manera, si llevas zapato alto, no sólo tienes unas mejores piernas y un considerable dolor de pies al final del día, sino que sientes que las miradas son muy distintas a cuando vas con unas chanclas, por muy fashion que sean. Igual que el tipo con una corbata al cuello, por algún extraño fenómeno, automáticamente destila solvencia y competencia, una mujer a bordo de unos tacones resulta inquietantemente interesante, poderosa y sexy.

No me gusta pensar que si me subo a unos tacones bien altos y me pongo un pantalón de raya diplomática ya soy mucho más respetable y respetada que si me presento con mis Converse blancas, mi pantalón cargo beige y mi camiseta del último Festival de Cannes. Pero es un hecho: es necesario hacer equilibrios sobre unos stilettos para sentir de cerca el aliento del poder, aunque no lo tengas, las cosquillas de la admiración, aunque no la merezcas, el vértigo del control, aunque en el fondo no seas más que un peón más del tablero. Y cómo basta con bajarse de ellos y ponerte unas zapatillas cómodas para notar con toda su fuerza un extraño fenómeno que hace que el poder parezca menos poder, aunque siga ahí, la admiración se licue dejando gotitas de camaradería a todas luces infundada, y el control, aunque no se pierda en ningún momento, parezca difuminarse.

Por eso, aunque sólo sea por desconcertar un poco al personal, es tan divertido ir por la vida así, un día impecablemente vestida de ejecutiva agresiva y, al siguiente con unos vaqueros del Carrefour y unas zapatillas de deporte que están diciendo “Tírame…”.

Si fuera realmente consciente de lo afortunada que soy, creo que no podría vivir, porque andaría todo el día pellizcándome para ver si no estoy soñando, y terminaría con el cuerpo lleno de cardenales. Así que intento no pensar demasiado, aunque me cueste, y me obligo a vivir el momento, sin más. Me agarro al instante, y aunque a veces me dé un poco de vértigo, dejo que me lleve, que me arrastre hasta donde sea. Ya habrá tiempo de responder a un “¿Cómo te va?” con un resignado “Tirando…” cuando sea mi turno de tirar del carro… De momento, prefiero que me pregunten de vez en cuando con cara de susto "¿Cómo te has hecho ese moratón?" Me limitaré a sonreir mientras me froto el brazo, y a seguir deslizándome por la vida como lo hago: siempre sorprendida, estremecida a veces, y continuamente agradecida por la suerte que tengo. Hasta que pase mi ola.

O hasta que me despierten...

Cojo el libro y salgo a la terraza. Hace un sol inmisericorde, de ese sol por el que los turistas pagan y que les emborracha más que un litro de sangría DonSimón, un sol que torra y que te deja en un rato como un cangrejo de rio a poco que te descuides. Yo no aguanto el sol, pero desperdiciar éste sería un pecado después de quejarme tanto de meses de frío y nubes, así que me vuelvo a mi habitación y me pongo un vestido de tirantes. Estoy tan blanca que casi parezco transparente. Sé que no aguantaré mucho rato sentada bajo ese sol, pero lo intento. Me unto bien los brazos y el escote de bronceador, aunque me dará igual: dudo mucho de que me libre este año de la alergia solar que cada año me llena los brazos y las piernas de granitos durante semanas, pero como que me da igual, ya me tomaré el antihistamínico de todos los años… Me pongo las gafas de sol y empiezo a leer, pero pronto me hierven los sesos, así que busco en el cajón de los bañadores mi gorro de margaritas. ¿Ahora sí? Pues no. Tengo sed. Un zumo de naranja sanguina con tres cubitos de hielo. Vuelvo a abrir el libro. Me pierdo en sus páginas durante un rato largo. ¿Largo? Sólo han pasado veinte minutos, pero es que no aguanto más al sol. Recojo mis bártulos, libro, zumo , butaca y mi cuerpo achicharrado, y me voy a la sombra. Esto es otra cosa. ¿Quién necesita el sol cuando existe la sombra? ¿Dónde estaba esta brisilla refrescante que acaricia de esta manera tan agradable, casi sensual, tan sólo dos metros más allá? Ahhhhhhh… Ahora sí…

Cuando quiero levantar la vista del libro, han pasado casi dos horas…