Acabo de hacer una auténtica escabechina en mis enlaces de blogs que leo. Supongo que más de uno lo tomará como algo personal y me borrará de sus links, como me ha ocurrido ya alguna vez, pero eso es algo que no es asunto mío. Igual que añado a gente que me interesa, me siento capaz y legitimada para quitarla cuando ya no la leo con el mismo interés, cuando me paso días sin pinchar en esos nombres para leer lo que cuentan. Así que, cada cierto tiempo, hago limpieza y tan sólo dejo en la columna de “Miro” las bitácoras que leo con auténtica avidez, esos blogs que no puedo pasar sin leer, esos que, cuando me paseo por sus páginas, logran que dé las gracias a Santa Tecla o a quien sea menester por haberme descubierto este universo bloguero que tantas alegrías me ha dado desde aquel primer post en el que declaraba mis intenciones de mirar y dejar que me mirasen.

Y me he dado cuenta de algo que no había visto hasta ahora, un dato que me había pasado desapercibido, pero que estoy segura que tiene su intríngulis, auque desentrañarlo tampoco me quita el sueño: todos los enlaces que tengo (y los que he borrado también) son de blogueros. Hombres. Ni una sola fémina.

Curioso. Muy curioso.

Te dejaría marchar, aunque con tu partida arrastraras buena parte de mí, posiblemente lo mejor, seguramente lo único que me hace especial. Esa parte de mí que cuando tú llegaste no existía. Todo eso que tú hiciste surgir, brotar de la nada, o quizás del todo, igual que esos escultores que mirando el bloque de mármol afirman ver la estatua que está dentro y a la que sólo falta desembarazar de la piedra que sobra. Pero ¿dónde está ahora lo que a mi me sobraba? Tú y yo lo dejamos en el camino, ya no servía, nunca sirvió, y si ahora te llevases contigo lo que sacaste a la luz, ¿qué me quedaría? Pues algo muy parecido a la nada. O al todo, de nuevo. Aunque la pregunta entonces sería si yo podría vivir de nuevo así, si alguien más sería capaz de llegar hasta mí como tú lo hiciste. Sin buscar, pero encontrando, de la manera en que se producen los mejores descubrimientos. Arrojándose al vacío sin miedo al vértigo de lo incontrolable de mi alma, sin preocuparse del filo cortante de los riscos de mi carácter. Capaz de mirarme, y de ver.

Sabes que te dejaría marchar si tú me lo pidieras, pero lo que no sabes es que aunque con tu marcha me dejases sin nada, no podrías evitar que me quedara con lo mejor de ti. Guardaría para siempre todo lo vivido a tu lado. Todo el vendaval de emociones que desencadenaste con tu presencia. Desde tu primer guiño cómplice hasta el último de tus abrazos. Y eso es algo que ni el desencanto por la pérdida, ni la desesperanza ante un futuro sombrío, ni siquiera la terrible perspectiva de la nada más absoluta y desoladora podría arrebatarme.

Haiku(VI)


Hilo invisible.
Atrapando tus sueños
con lazo, al vuelo…

Lo mejor del verano para mí no son los helados, ni las cerezas, ni el gazpacho, ni siquiera lo es la ropa ligerita que permite volver a ser consciente de que una tiene un cuerpo, y te permite ver y dejar ver, aunque demasiadas veces traicione más que haga favores... A mí lo que más me gusta de la época veraniega es el derecho a la indolencia. La legitimidad de la pereza y la dejadez. La coartada del calor para justificar una apatía y una flojedad de la que el resto del año no resulta demasiado elegante alardear, pero que bajo la canícula es lógica y hasta une y crea extraños compañeros de sudores. Cuando eres mayor y ya no tienes tres meses de vacaciones, la jornada intensiva es lo más parecido a eso. Llegas a casa a las tres y media, comes, te echas la siesta, te levantas sudando tinta y mucho más cansada y cabreada que cuando te tumbaste, pero no te importa, porque estás en casita y no en la oficina, y te puedes preparar un bocadillo de nocilla, beberte un batido bien frío, o comerte un flas del paquete que tienes en el congelador. Incluso alguien tan de secano como yo, aburrida y sofocada hasta el extremo, puede caer en la tentación de pegarse un chapuzón en la piscina, y pasarse un buen rato aletargada sobre la toalla con los cascos puestos, mientras Jorge Drexler le susurra al oido que quiere ser uno y que sea lo que sea… Y así, sin hacer nada, solamente dejando pasar al tiempo, que llegue la hora de la cena, preparar algo facilito y terminar el día aquí, escribiendo algo o sencillamente visitando a otros menos vagos que tú que sí que han escrito. Sintiendo que no has aprovechado una tarde que es un regalo, y sabiendo que malgastarás el resto de las que te quedan hasta que vuelvas a trabajar mañana y tarde, pero curiosamente sin remordimiento alguno. Porque sabes que sigues siendo la misma, la que jamás se compró un libro de vacaciones Santillana, y te reconoces cuando te sientes incapaz de leer nada más sesudo que un Cosmopolitan hasta que empiece de nuevo el frío, y sonries. Porque el verano es la época en la que el no hacer nada no sólo no es malo, sino que resulta tan terapéutico que debería ser obligatorio, como las vacunas, y recomendado por la Organización Mundial de la Salud.

Hasta los seis años viví en una casa que sólo tenía un comedor, un dormitorio y una habitación que se podría llamar “cocina” porque allí había un par de armarios llenos de platos y cacerolas y un camping gas con una bombona azul sobre una mesa. No, no me olvido del fregadero, ni del cuarto de baño, sencillamente es que no los había: no teníamos agua corriente. Mi madre salía a fregar los cacharros y a lavar la ropa al patio, en una pila que había allí, y compartíamos un water con otros vecinos que habitaban en cuchitriles similares al nuestro. En todo ese tiempo, yo me bañé siempre en un barreño y usé orinal, porque mis padres no me dejaban ir el aseo comunitario. Hasta que no nos mudamos al piso nuevo, donde estuve hasta los veintiseis, no supe lo que era tomar un baño, y tampoco tener una habitación propia con una cama de verdad. Y es que en mis primeros años, después de dejar la cuna dormí en una cama-mueble que se extendía en el comedor (que no salón, puesto que sólo había cuatro sillas, una mesa y un mueble, nada de sofá, no cabía….). De aquel primer hogar guardo un puñado de recuerdos tremendamente nítidos para lo pequeña que era. El dolor que sentí al hacerme la herida de la cicatriz que aún tengo en el meñique y que me hice raspándome contra la pared a bordo de un triciclo. O a la señora Ruperta, nuestra casera, y cómo me retiraba el pelo de la frente y suspiraba con auténtica pena: “Ay, qué lástima, qué sola te vas a quedar, con ese pico de viuda no habrá marido que te dure un asalto. Mírame a mí, que también tengo pico y ya he enterrado a dos maridos…”.

Supongo que ahora tendría que decir que, a pesar de todo, fui feliz en esa casa, y que, tras la bruma borrosa del tiempo pasado miro aquellos años con melancólica ternura. Pero no es así. En aquel entonces yo era pequeña, sí, pero yo quería tener una habitación mía, con una cama que siempre fuera cama, y muñecos sobre ella. Y cuando veía un cuarto de baño en la tele envidiaba a la gente que podía llenar la bañera de espuma y me hubiera encantado ver salir a mi madre envuelta en una toalla de manera arrebatadoramente sexy. Yo quería poder tumbarme en un sofá, y no tener que ver la tele sentada en una silla. Yo quería más. No es cierto que la infancia sea una inopia, un paraíso de juegos e inocencia. A mi me gustaba jugar, y disfrutaba de mi mundo, y tengo buenos recuerdos de ello. Pero vivir así no era fácil.

Porque yo era pobre. Y lo sabía.

Y esa certeza era más fuerte que la más pura de las inocencias....

Hoy he tenido la posibilidad de decir a alguien que tengo un blog, y no lo he hecho. No he sido capaz. No me he atrevido, vaya. F. me ha pillado en mi bar del hotel con mi cuaderno, garabateando algo parecido a un haiku, y, lógicamente, viéndome concentradísima y ensimismada, sin verle llegar hasta que se ha sentado a mi lado en el sofá, me ha preguntado si escribía un diario. Yo he cerrado inmediatamente la libreta y le he dicho “Bueno, sí, digamos que escribo algo parecido a un diario”. ¿Por qué no he seguido hablando y le he dicho claramente “Pues sí, escribo un diario en Internet. ¿Sabes lo que es un blog?”, para acto seguido darle la dirección de esta página y sanseacabó, a otra cosa? Pues sencillamente porque no he podido. He sentido las frases bailotear en mis labios, pero no han podido salir, no las he dejado. Lo cierto es que nadie de mi círculo “real”, exceptuando a mi hermano, conocen este rincón. Y hoy me he dado cuenta de que quiero que eso siga así. Lo que me ha inquietado más ha sido esa sensación de no querer compartir esto con alguien de la vida corpórea, de la realidad más palpable y cercana. ¿Qué es lo que temo? ¿Que me vean demasiado claramente? ¿Qué pretendo ocultar? Supongo que la visión que se pueda tener de mi tras leer lo que escribo aquí es demasiado nítida, y eso trae consigo una dosis de vulnerabilidad que, lo confieso, en manos de gente demasiado “cercana” me asusta. Me asusta de veras. Está claro que el anonimato protege, aunque ¿de qué? Porque, paradójicamente, algunos de los que se han asomado a esta ventana sin conocerme, gente del cibermundo tan intangible y lejana a mi realidad más inmediata, han terminado saltando al otro lado del espejo. Con desigual resultado, también hay que decirlo, pero de forma natural y lógica, en un proceso que jamás me ha preocupado dejar fluir. Las situaciones han terminado pidiendo ese salto, y yo lo he dado o lo he dejado dar sin dudarlo, con curiosidad e interés, con emoción y nervioso placer. Algunas personas que terminaron materializándose se han ido diluyendo lentamente, hasta desaparecer. Otras se esfumaron al poco, tan bruscamente, tan de repente como llegaron. Las menos siguen ahí, y creo que seguirán durante mucho tiempo. Y sé que seguirá siendo así. Entonces ¿por qué lo de hoy? ¿Qué hace tan difícil el salto en sentido inverso, de lo "real" a lo cibernético? No tengo ni idea, pero me lleva a preguntarme, no sin algo de inquietud, si la atmósfera de la blogosfera no será mucho más beneficiosa que la del mundo tangible… Al menos en lo que a mi y a mis relaciones con la gente se refiere…


La primera vez que me corté el pelo corto, fue después de la selectividad. No por ninguna razón de tipo metafísico o supersticioso, o quizás sí, porque recuerdo mi necesidad imperiosa de marcar un antes y un después de tanta tensión, de ese hito tan importante en mi vida, del que iba a depender el resto de lo que me pasara. Además, a mi madre le parecía una barbaridad eso de pasar del pelo hasta cerca de la cintura a parecer un chicazo, lo cual, no digo yo que no, también contribuyó a terminar de empujarme a la peluquería… Sin embargo, mi ataque de radicalidad y autonomía estética no sirvió de mucho, porque nada cambió significativamente, aunque sí que marcó un antes y un después, porque desde entonces siempre he llevado el pelo corto. Salvo una temporada en la que de nuevo volví a la melena, y tuve la osadía de hacerme unos rizos nada favorecedores, (ahora lo sé cuando veo aquellas fotos…), y que me costaron muchísimo trabajo hacer desaparecer. En todos estos años he tenido varios momentos de ataques de nostalgia por mi melena, arrebatos que la cruda realidad se ha encargado siempre de parar en seco: tengo el pelo demasiado liso y esa fase intermedia en la que no se tiene el pelo ni corto ni largo es demasiado dura de pasar, así que, a los pocos meses de haber decidido que quería hacerme de nuevo una buena coleta, me he rendido y he terminado de nuevo en la peluquería. Y hala, de nuevo cual Demi Moore en “Ghost”, como alguien me dijo una vez…

Sin embargo, esta vez mi arrebato a favor de la vuelta al pelo largo ha venido dado por mi último corte de pelo: no me gusta nada, porque ha quedado demasiado corto. No voy a decir que parezca la Teniente O’Neill, porque sería exagerar, pero no estoy nada contenta. Y de nuevo me ha entrado la morriña de mis greñas largas, lisas y rebeldes.

A ver cuánto dura. Se admiten apuestas.

Si un día cierro esta ventana y abro otro blog y, como hace la mayoría de la gente, decido ocultarme tras un seudónimo, creo que lo tendría muy fácil a la hora de elegirlo. Igual que ella, siempre termino pensando en los demás antes de pensar en mí misma, aunque eso suponga que termine desquiciada y me quede medio calva por culpa del stress. No tengo un marido que me desespere a cada paso que dé y que se me emocione oyendo “Lluvia de hombres”, pero, como le sucede a ella, también yo estoy loca por él, aunque yo sí que tenga muy claro el por qué… Mi vida podría haber sido muy distinta, seguramente mejor, aunque ¿quién decide que sea peor preparar el desayuno de sus tres hijos o bregar con un abuelo inmanejable que ser una pintora de éxito o una eficiente agente de la autoridad? ¿Acaso los mismos jueces que consideran que no usar aquello para lo que se estudió es signo de fracaso, aunque salte a la vista que una vale mucho más para lo que hace que para lo que, con buen criterio, nunca hizo ni hará? Yo no tengo miedo a montar en avión por culpa de ningún trauma infantil, pero como ella, no logro librarme de ese miedo a sentirme sola desde aquellos lejanos años de mi niñez de niña poco popular, estudiosa y con gafas. y aún hoy, tanto tiempo después, sigue asustándome mucho ese sentirme siempre fuera de lugar, sintiendo que la vida me resbala, como si llevase un chubasquero, mientras el resto de la gente ríe y chapotea en los charcos…

Ella no tiene soluciones para todo, pero todo parece menos caótico cuando ella está cerca… Y como me pasa a mí, poca gente sabe aparcar sus problemas para interesarse por los suyos, quizás porque la falta de costumbre hace que no hablemos casi nunca de nosotras mismas, y lo que mejor hagamos sea escuchar… Ella lo hacía por ayudar al Reverendo Lovejoy, que no podía con tanto problema de sus feligreses y le pidió un poquito de colaboración en plan voluntariado. Yo lo hago porque…. ¿por qué lo hago yo?

Pues no sé por qué lo hago, pero lo que sí tengo claro, cada día más, es que soy una Marge Simpson ibérica, sin el pelo azul ni la piel amarilla, pero, como ella, incapaz de escapar a mi destino: ser La Señora que Escucha…

La vida te pone cerca de personas, a veces muy cerca de muchas en poco tiempo, en otras ocasiones poniendo tan sólo un puñado a lo largo de años, porque, de alguna manera, nadie es totalmente impermeable a los otros, ni el más misántropo, ni el más arisco, escapa de la obligación, dulce a veces, tirana en demasiados momentos, de convivir con sus semejantes. Las circunstancias te hacen conocer gente, pero eso, aunque te ciegue el brillo de la sociabilidad, el vértigo de la empatía, y te tiente pensar lo contrario, sabes que, en el fondo, no significa nada. Cada persona tiene un límite de gente a la que acoger en su vida, en sus afectos, y está claro que, cuando el cupo se rebasa, los que siguen llegando no entran, por mucho que se pongan de perfil y metan la tripa. Puedes negarte a verlo una temporada, pero un mal día te terminas dando cuenta de que, imperceptiblemente has ido soltando lastre, has ido dejando en el camino nombres, números de teléfono, caras, voces… O quizás eres tú a la que han soltado la mano, y cuando quieres recordar, nadie más que tú baila la konga, aunque la música siga sonando.

Y un día te encuentras de nuevo solo. Aunque quizás tu gran error fue pensar que en algún momento, dejaste de estarlo del todo…

Suelo comer en el Vips de la Ciudad de la Imagen, lugar propicio para encuentros con gente del mundillo de la tele y de lo audiovisual. Hoy se me ha sentado al lado la que fuera directora de "Madrid Directo", Luz Aldama, quien, por lo que me he enterado hoy, se ha marchado de Telemadrid. Mientras daba cuenta de mi Ensalada Mexicana de Carnitas (novedad de la carta de ensaladas), he escuchado los tejemanejes derivados de la marcha de la responsable de un programa tan importante, las miserias y las envidias de los que se quedan, los reproches de los candidatos a sustituirla, airados y decepcionados... Y confieso que he pasado un rato de lo más entretenido, pero en ningún momento he sentido la punzada de la nostalgia, del "¿Qué hubiera pasado si...?" que podría haberme asaltado, sobre todo si eres alguien como yo, que acabó la carrera hace ya 15 años y sólo la ejerció en los meses de verano, mientras estudiaba.

No he sentido envidia. Ni frustración. Ni deseo de dar marcha atrás en el tiempo. Ni mono informativo. Nada. Sólo curiosidad. Y sí, también he sentido que ahora estoy, si no donde se suponía que tenía que estar, sí donde debo.

Porque en muchas ocasiones, el destino y las circunstancias son mucho más sabios que nosotros mismos.

En la penumbra, sus dedos tibios se deslizan lentamente, recorriendo mi pierna centímetro a centímetro, desde la planta del pie hasta la cadera, sin prisa, como si tuviese todo el tiempo del mundo en sus manos, aunque sólo dispone de poco más de media hora. Un calor extraño brota de sus manos, oleadas cálidas capaces de sacarme alternativamente escalofríos y llamaradas, con una firmeza dulce y una suavidad rotunda. La música, suave, casi tan imperceptible como la luz que nos rodea, invita a cerrar los ojos, y dejarse ir, pero soy curiosa y no puedo evitar mirarle: él sí que mantiene los ojos cerrados, mientras va y viene a lo largo de mis piernas, con decisión y delicadeza, una seguridad que recuerda a la de un pianista absorto en su música, concentrado y ausente de su auditorio y del mundo, sin necesidad de mirar ni la partitura ni el piano, porque conoce de sobra las teclas que ha de tocar, la intensidad de cada nota y el efecto que causará en el público.

Pero nada dura eternamente, aunque cuando me susurra “Te dejo. Sal cuando estés lista” me cuesta lo suyo recomponerme, volver a pisar el suelo y vestirme, y tengo la impresión de que llevo horas sintiendo el tacto de sus manos. Unas manos sabias, tan sabias como para lograr arrancar sensaciones parecidas como si fuesen únicas a todo aquel que, en un rapto de voluptuosidad y ganas de mimarse un poco, decida pagar 30 euros por un masaje de 40 minutos…

Por definición, poder ver a Bruce Springsteen cantar, desde la fila 6 de la pista, a escasos 20 metros de ti, es una suerte. Un privilegio. Una loteria, teniendo en cuenta el caos que fue la venta de entradas para este concierto...

Haberlo visto en esta gira acústica, de la que no había escuchado ni una sola canción, ni siquiera de pasada en la radio, ha sido un poco decepcionante. Sobre todo cuando sabes que, de haber visto desde ese sitio privilegiado un concierto de los correspondientes a los discos anteriores, cualquiera hasta la gira de “Tunnel of love”, hubiese sido una experiencia de esas que no se olvidan nunca. De las que te mantienen en estado levitativo durante semanas. ¿Qué digo semanas? Meses. Sin embargo, a pesar de todo, Bruce sigue siendo Bruce, y estar allí anoche mereció la pena. A pesar de echar de menos ese Bruce rockero que el Bruce melancólico, meapilas y minimalista que anoche actuó en Madrid se encargó de mantener a raya...

Escucharle ayer fue como volver después de mucho tiempo a la casa donde naciste y viviste tus primeros años. Un hogar del que quizás no todos son buenos recuerdos, pero que fue tuyo, y del que aún reconoces cada rincón. Un lugar que, tras años sin pisarlo, el día que regresas te parece más pequeño, menos luminoso, o quizás sólo se trate de la nueva decoración, esa reforma tan radical que han hecho los nuevos dueños, demasiado distinta, excesivamente osada, que te desconcierta. Pero a pesar de todo, sigues sin poder evitar un escalofrío al recorrer sus pasillos. Era tu casa. Aún es tu casa. Siempre lo será. Porque aunque sus paredes se hayan quedado ahí, cambiando de color, sepultadas tras sucesivas manos de pintura, su esencia nunca dejó de acompañarte, y ya es parte de ti.

Ayer con Bruce me pasó exactamente eso...

Llegará un día en que domine este carácter mío, tan proclive a campar por sus respetos sin mi consentimiento, tan amigo de zarandearme, de desconcertarme, como si no llevase conmigo misma el tiempo suficiente como para verme venir. A pesar de todo, confío en lograr alguna vez ser yo quien lleve las riendas, quien sepa cuándo tiene que ser dulce y tierna, y serlo, sin miedo a mostrarme vulnerable, o cuándo es preciso helar la sangre a alguien con mi indiferencia, y hacerlo sin piedad ni remordimientos. Tengo que pensar que es posible, lo necesito, pero hoy por hoy, no controlo ni mi blandenguería, que siempre está ahí, agazapada, lista para echarme por tierra y dejar que me pisoteen sin quejarme siquiera, ni tampoco mi dureza, que la tengo, y hace daño de veras, muchas veces a quien menos lo merece.

En mi ingenuidad espero ese día, si no glorioso, si lo bastante memorable como para considerarlo el principio de una vida mejor, sin esta sensación de no saber cómo acertar, de estar siempre fuera de lugar, de no dar pie con bola, de pecar tanto por exceso como por defecto. De no conocer las técnicas básicas para saber convivir ya no con el resto del mundo, sino conmigo misma.

Quizás si ese día llega, deje de ser un poco yo, pero, francamente, hoy es un día de ésos en los que esa posibilidad me importa un bledo.