El verano no me gusta, no sólo por el calor, que me atonta, me atolondra y me anula, sino por esa obligación insana de pasárselo bien por huevos, de estar guapo y delgado por decreto ley de todas las portadas de revista, de ligar o morir en el intento, de tener que contar historias acojonantes a tu vuelta de algún lugar aunque no te haya pasado nada interesante, de huír hacia cualquier parte, donde sea y al precio que sea, aunque sea al puto pueblo que tanto odias, el caso es salir, como si la casa propia quemase y hubiese que salir pitando de ella en cuanto toca pasar bajo su techo más de las horas reglamentarias de cenar, dormir y desayunar.

Pero da la casualidad de que a mí el sol me da alergia: he vuelto de este fin de semana largo llena de granos por los brazos y las piernas que me pican horrores. No sé pasármelo bien cuando se supone que tengo que hacerlo: es como si me bloqueara y me volviera más sosa y sin sustancia que nunca. He recuperado los kilos que se me escapaban del cuerpo estos meses atrás, así que, si no tengo cuidado y como demasiadas salchichas y choucroute en Alsacia, septiembre me recibirá con el ceño fruncido, una dieta que jamás he tenido que hacer en toda mi vida y la amenaza del gimnasio en el horizonte. Y si no fuera por el puto calor de este infernal Madrid, me quedaría en casita mis tres semanas de vacaciones, disfrutando de ella todo lo que el resto del año apenas puedo, en lugar de salir corriendo hacia tierras más frescas en cuanto me suelten el próximo viernes…

Lo cierto es que odio el verano. Me roba las ganas de leer, y aniquila el placer de escribir. Si se pudiera, haría el equivalente de la hibernación, cerraría los ojos a primeros de junio y los abriría en septiembre. Pero no puede ser. Así que sólo me queda intentar disfrutar de mis próximas tres semanas por tierras francesas, y desear con toda mi alma la vuelta a la normalidad. Igualito que cuando era pequeña, y a primeros de Agosto ya estaba deseando que mi madre me comprase los libros de texto para ir forrándolos...

Ya, ya lo sé. Seguramente me trague mis palabras a los tres días de desconexión y luego no quiera volver al tajo ni atada. Y lo más probable es que el fresquito de la Douce France consiga que me lie a escribir posts como una loca en una libreta, y lo primero que busque en los pueblos que visite sea el cibercafé para poder colgarlos. O lo mismo no tengo ni tiempo ni ganas de escribir nada hasta que vuelva. Y que cuando vuelva, ya no tenga sentido ponerme a contarlo. No tengo ni idea.

Bueno, pues eso. Que el viernes me voy. Pero volveré. Yo siempre vuelvo. Igual que el otoño, que es lo bueno que tiene: que siempre termina por volver.

Lo malo es que el verano, también...

Haiku (VII) (*)

Ojos de agua.
Niño mayor, mar azul,
mundos inmensos...


(*) Para
Nepomuk, porque hoy es su cumpleaños.

Suele asustar lo impredecible de la vida, los giros bruscos del azar, lo inesperado que te tira el castillo de naipes que creías sólido, los volantazos del destino que aturden y descolocan. Sin embargo, a pesar de no ser inmune a los latigazos de la suerte, siempre me ha perturbado, pero bastante más, esa parte controlable y controlada de las circunstancias. Lo que se da por sentado, lo que se supone que tiene que ser, que llegará, o no, aunque la presión siempre está ahí, recordándote que tiene que ser, y si no… bueno, pues eso, que más te vale que sea. Es mucho más rápido y más seguro viajar sobre los railes de un tren, sólidamente anclados en la tierra, pero está claro que, desde tu asiento y con el aire acondicionado alborotándote el pelo, terminarás perdiéndote muchos paisajes a los que sólo se llega con los hombros quemados y dentro de un par de Chirucas sudadas. Y es que todo eso tan “comme il faut” que nos venden como bueno por el sólo hecho de ser frecuente y aceptado, quieras que no, por muy rebelde y despreocupado que puedas ser, termina siendo una presencia constante y pegajosa, que revolotea persistentemente en torno a ti, recordándote que no lo estás haciendo como es debido, y aunque esa sea una apreciación que te importe bien poco, puede convertirse en un zumbido molesto, algo así como el ruido de fondo de un restaurante que al principio no notas, pero que termina aturdiéndote, un rumor de olas que, si te paras a escucharlo, puede volverte loca. Un sonido que, aunque hagas como que no escuchas, está ahí y terminas por acostumbrarte a él, quizás a costa de perder un poco de oído, quizás desarrollando una piel de rinoceronte que hace que cada día te resbale todo un poco más, pero eso no quita que siga siendo un ruido jodido con el que convivir y que, francamente, darías cualquier cosa por poder apagar del todo.

Y yo, lo confieso, hay días que daría cualquier cosa por poder bajar el volumen. Pero de todos es sabido que el estruendo del oleaje del océano no se puede poner en modo “mute”….

Se dejó envolver por sus palabras, y durante un instante que le fue imposible hacer eterno, dejó de sentir esa destemplanza, esa tiritona del espíritu que a veces le asaltaba, como si los algodonosos adjetivos con los que ella le regalaba fuesen capaces de reconfortarle el alma, y al mismo tiempo el cuerpo, más y mejor que el más estrecho de los abrazos o la mejor taza de chocolate caliente. Mientras ella hablaba supo lo que se siente dejándose llevar por la palabra justa, cabalgando sin montura al galope de un sustantivo certero, meciéndose despreocupadamente entre las sílabas de una frase que te estremece, zambulléndose en los silencios sin ahogarse, aunque pierdas pie... Y mientras se hundía en su mirada sin fondo, agarrándose desesperadamente a las últimas palabras dichas por ella, descubrió admirado que, mientras la tuviese cerca, incluso el silencio podía ser elocuente.

A veces creo que mi destino está irremediablemente ligado a mi incapacidad de decir “no” sin sentirme mal. Y es que no distingo si me siento peor cuando digo “no” y veo el efecto nefasto que para mí tiene, o cuando soy débil y digo “si” cuando realmente lo que quiero decir es un “no” rotundo y cabrón, de esos que abofetean ya no tanto por lo que traen consigo sino por el factor sorpresa y el respingo que pega el que espera un “sí” que parecía inevitable. De esos que hacen que la gente, después de soltarte un “no” que te deja k.o., se vaya con una sonrisilla de gusto y autosuficiencia que yo jamás he sentido. Y que reclamo el derecho a conocer. Estoy harta de decir “si”. De ceder. De priorizar siempre a favor de los demás y dejar para el final de la lista lo mío, que siempre puede esperar. De sentirme mal. De saber que me sentiré mal y que luego me sentiré peor por saber que así sería y no haber hecho algo.

No. No ha sido un buen día. Porque me he dado cuenta, tarde una vez más, de que la caridad empieza por uno mismo. Que debo hacer mío eso de “Ande yo caliente, ríase la gente”. Que no tengo madera de mártir, o si alguna vez la tuve, los años y tantos “noes” no dichos han hecho que cada vez está más apolillada… y ya estoy harta. Que nadie tiene la culpa de esto salvo yo, ninguna de esas personas es responsable de mi pusilanimidad: ellos sí saben vivir y no se calientan la cabeza: si es que “no·”, es no. Pese a quien pese. Y punto.

Así que aviso: estoy a punto de convertirme en un bicho malo. Y no, no pienso dar marcha atrás.

NO. (*)




(*) ¡Ay, pero qué a gusto me he quedado!

Me cuenta cosas que me suenan, me suenan tanto que más bien retumban en lo que yo creía el desván ya vacío del pasado, donde se amontonaban tristezas, abandonos y soledades, y que yo creía haber limpiado hace tiempo. Pero no. Lo que me cuenta despierta ecos lejanos, o quizás no tanto, y compruebo con una pena dolorosa y una sinceridad hiriente que aunque todo ha cambiado mucho, hay cosas que no cambian nunca. Precisamente las que deberían arrancarse de cuajo lo antes posible, porque son las que más duelen, pero justamente son ésas cuyas raíces se hunden demasiado hondo, tan profundamente que ni siquiera uno mismo es consciente de qué manera indestructible forman parte de lo más esencial y, al mismo tiempo, lo más dañino de uno mismo. O sí lo sabes, pero te engañas, y te autoconvences de que tú también tienes derecho a encajar, y hasta te lo llegas a creer, porque no hay mentira que, repetida un número suficiente de veces, no parezca un poco verdad…

Y cuando me encuentro diciéndole precisamente eso, que tiene que cambiar su forma de mirar y mirarse, ese espíritu negativo que empaña todo y que crea mal rollo a su alrededor, dando lugar a una cadena sin fin en la que nunca sabrá si está triste porque no le aceptan o si no encaja en ningún sitio porque transmite esa tristeza heladora, cuando me escucho me doy cuenta de que todo lo que predico con la mejor de las intenciones no me lo creo ni yo. Porque yo también quiero sentir que encajo. Mirar la función desde el escenario, aunque sea siendo la “Doncella Número 3 que sirve el café”, pero dejar de verla desde un mal asiento, ni siquiera centrado, del patio de butacas. Que las excepciones se conviertan en la regla. Dejar de ser invisible. Pasar a ser alguien que cuenta, para lo malo pero también para lo mejor.

Y yo no sé cómo lograrlo. Sin embargo, me empeño en que él lo consiga, porque lo merece, porque nadie debería sentir ese abandono, ese vacío a sus pies, esa desazón que nada puede calmar. Porque duele vivir así, duele sentirse solo, aunque no lo estés, y duele más saber que lo estás, y que a nadie parece importarle que sigas así eternamente. Y más aún hiere la certeza de que ese vacío que te rodea espanta, asusta, repele… Duele sentir a tu alrededor esa especie de barrera invisible que hace que el mundo rebote contra ti. Una barrera contra la que yo aún me estrello demasiado a menudo, y todavía aturdida por el último golpe me pregunto si la he creado yo para protegerme o la han creado los demás para mantenerme lejos… Aún así, yo siempre tan optimista cuando se trata de los otros, intento convencerle de la facilidad de algo que yo llevo intentando lograr hace ya más de 30 años, sin éxito…

Y cuando le cuelgo el teléfono, después de casi una hora de charla llena de silencios que sustituyen a las miradas que no necesitan palabras, me doy cuenta de la inutilidad de todo lo que he dicho, del escaso poder de persuasión que tiene un ciego explicándole a otro los colores de una puesta de sol que ninguno de los dos ha disfrutado nunca. Aunque, si lo pienso mejor, quizás algo sí ha cambiado. El me tiene a mí. Lejos, pero me tiene. Yo le tengo a él. Y no sólo siento su desesperación, también me llevo lo mejor de sus escasas sonrisas… Quizás visto así no sea mucho, pero es algo. Para dos piezas de puzzle que siempre sobran, no está mal…

Espero ser su mejor amiga el resto de mi vida.

No recordaba que esto de la jornada intensiva fuese así. Una fantasea durante meses con la golosina de tener la tarde libre, pero cuando llega… es aún mucho mejor de lo que parecía que iba a ser. Se trabaja tan sólo una hora menos que el resto del tiempo, pero la impresión de mayor relax se palpa en el ambiente. Para empezar, la gente llega tarde, y se pone a trabajar después de preparase el cafetito y charlotear un poco, con lo que realmente se arranca una hora más tarde, o sea, media hora más tarde de lo habitual. La mañana tiene otro aire, una atmósfera más amable, más relajada, un no sé qué desdramatizador de lo que en otras ocasiones crispa y altera, como si ahora nada fuese tan importante (total, aquí y allá también tienen jornada, Fulanito está de vacaciones, Menganita acaba de llegar y te cuenta sus aventuras). El hambre aprieta cuando el resto del año se come a la 1 y media, así que cuando menos te lo esperas ves a la gente rechupeteando un Calippo o proponiéndote un café para engañar al hambre, y tras un par de llamadas de teléfono te das cuenta de que la gente ya está recogiendo, llamando a sus novios desde el fijo de la empresa sin ningún rubor y formando corrillos poniendo verde al que no está, cuando realmente falta más de media hora para salir. Los jefes salen de viaje, y las charletas sobre Letizia, los bolsos de imitación de Carolina Herrera del mercadillo de Leganés y las risotadas descontroladas son igual de molestas cuando intentas hablar por teléfono y no consigues ni oír tus propios pensamientos, menos aún la entrecortada voz de tu interlocutor llamando desde un móvil con poca cobertura. Todo es igual que siempre, realmente, pero lo distinto es que lo que en otros momentos te llega a cabrear, ahora te da un poco igual: tú sigues llegando a tu hora, con mucho más sueño, pero con los mismos montones de trabajo, suspirando porque enseguida llegan las 3 y el día se te escapa por entre los dedos, pero lo que cambia es que no te importa. La tarde está ahí, tentadora. Y, más que nunca, es tan cierto eso de que mañana será otro día. Y si no, más se perdió en Cuba, y venían cantando…

Eres libre cuando puedes coger tu tiempo, tu vida y a ti mismo y hacer con ellos de tu capa un sayo, esas pequeñas grandes conquistas a la rutina o a lo obligatorio, esos triunfos sobre los demás y, lo más importante, sobre uno mismo, que te hacen dar gracias por estar vivo incluso mientras te pones mercromina en las heridas. Pero también lo eres, quizás aún mucho más libre, cuando puedes vomitar sobre esa libertad, y pisotearla, si te place. Cuando puedes elegir entre lo bueno y lo mejor, sí, pero también cuando tienes derecho a equivocarte y a estrellarte a conciencia. Malgastar lo que tienes, vida, libertad, dinero, lo que sea, inútilmente, con mala conciencia y remordimientos feroces, a sabiendas de que hay cosas que jamás recuperarás, pero con un íntimo, morboso y controlado descontrol de la situación. Tirarlo a la basura o dejarlo en manos de otro, pero mientras tú lo sepas, mientras seas consciente de que tu vida o tu libertad está en manos ajenas porque tú lo has querido o porque incapaz de tomar las riendas de tu vida o rebelarte, seguirás siendo paradójicamente libre, un esclavo libre pero incapaz de reaccionar y condenado a vivir bajo la bota de otro el resto de tu vida. Jodido, pero consciente de tu condición de humillado.

Lo malo es cuando crees que eres libre, cuando tu edad, tu vida y tus circunstancias te dibujan como una persona autónoma, dueña de su cuerpo y de su mente, de sus triunfos y sus fracasos, pero en realidad no lo eres. Cuando sientes el tirón de esa cuerda que creías rota, pero que de pronto, cuando ya no te acordabas de que estuvo ahí, se te enreda en los pies y te hace tropezar, y no sabes qué es más humillante, si dar un traspiés y sentir que aún estás atado, o las contorsiones que te ves obligado a dar para librarte del lazo, incapaz de coger un cuchillo y cortar de una vez la soga que, aunque larga e imperceptible la mayor parte del tiempo, sigue ahí. Cuando tienes la impresión de que, por mucho tiempo que pase, tú cambias, pero ellos jamás lo harán: hasta el fin de sus días, ellos serán lo que son, ese entorno férreo e incapaz de ver más allá de sus límites, esa familia agobiantemente protectora, esos padres asustados y temerosos de que alguien te aborde a la salida del colegio, te ofrezca un caramelo envenenado y no vuelvan a verte nunca más.

Lo peor es cuando sabes, en lo más hondo, que nunca serás capaz de romperlo del todo, porque si lo haces destrozarás el corazón de gente que te quiere, y a pesar de que no te faltan ganas y, sobre todo, motivos, no eres capaz de dar el paso y decir “Hasta aquí hemos llegado”, porque piensas más en ellos que en tus intermitentes ataques de angustia y rebelión. Y sigues permanentemente atado, trampeando, engañándote y engañándoles, con la falsa sensación de que eres libre, sólo porque teórica y objetivamente tienes todo para calificarte como tal. Y no pasa nada. Algunos se casan por la Iglesia sin quererlo, sólo para no dar un disgusto a la familia. Otros estudiarán la carrera que diga papá, desoyendo sus propios gustos, para evitar discusiones. Unos pocos jamás confesarán que esta noche salen a tomar algo con alguien que conocieron en un chat, ¿cómo convencer a una madre de que no van a ir al encuentro de un psicópata dispuesto a cualquier cosa? Pero claro que pasa: pasa el tiempo, se sale del paso, pero queda ese resquemor amargo de que los que más te quieren te están robando algo valioso, algo aún más valioso que la propia libertad: la sensación de sentirse libre, incluso aunque no lo seas tanto (¿quién lo es del todo?), ese vértigo que todo el mundo debería poder decir que ha experimentado y que sólo se intuye al saberse capaz y legitimado para ser dueño y señor de tu propia vida.

Si hay algo a lo que no puedo resistirme, y que hago siempre con una mezcla de bastante bienestar propio, una pizca de inofensivo gamberrismo y un buen puñado de divertida curiosidad ante la reacción del otro es pedir las cosas por favor para, a continuación, dar las gracias. Algo tan lógico (cuando pides, obligas a alguien prestarte atención, que luego te dé o no lo que solicitas, es otra historia, pero el sólo hecho de atenderte ya es un favor en sí mismo) y acorde con las mínimas normas de buena educación (¿no era de bien nacidos ser agradecidos?) suele resultar desconcertante para la mayor parte de la gente, que se queda absolutamente descolocada cuando añades a tu petición un “por favor”. Las mismas miradas huidizas y esos cambios rápidos de conversación, intentando quitar hierro al asunto, que cuando sueltas un “Gracias” acompañado de una sonrisa sentida, de esas que salen de dentro e iluminan, una sonrisa en los labios, y en los ojos que buscan la mirada del otro. Miradas agradecidas que demasiadas veces rebotan contra el muro del desconcierto del otro, y que son casi cómicas, quizás por lo milimétricamente previsibles que sus efectos llegan a ser. Pero si lo piensas también es bien triste que a alguien le resulte tan embarazoso, tan violento e incómodo que otro le transmita su agradecimiento o su consideración al pedirle algo por favor. Quizás el azoramiento del “Por favor” y de un “Gracias” demasiado entusiasta venga por la obligación implícita de tener que decir que sí de nuevo, de no poder negarse. Y el agradecido contento ¿no se convierte en un posible nuevo solicitante de ayuda?

Me encanta dar las gracias. Y pedir por favor. Pero mucho más me gusta cuando, después de darlas, siento que el otro me sostiene la mirada contento de que se las dé, y desde sus ojos sonrientes me lanza el mismo rayo, mezcla de curiosidad, satisfacción y secreto compartido.