Una, aunque ya veterana en esto de la virtualidad y la cosa blogosférica, tiende, quizás por un carácter por naturaleza débil y confiado, a pensar bien. Aun así, de vez en cuando, el instinto de protección, la experiencia o, sencillamente, el sentido común hacen saltar la alarma, y te recuerdan que éste es un caldo de cultivo demasiado cálido y propicio a la proliferación de tarados y farsantes, y haberlos haylos, a pesar de que la luminosidad de la buena gente que te cruzas te ciegue y te vuelva “chupilandístico” y confiado, haciéndote olvidar que nunca, y menos en la cibercosa, hay bajar la guardia. Jamás.

Recuerdo la decepción al saber que la famosa Berta Bertotti, la señora gorda argentina que escribía un diario, no era más que una ficción de un argentino brillante, Hernán Casciari. Creo que en mi yo bitacoril hubo un antes y un después de esa revelación, un poco como tras el descubrimiento de la auténtica naturaleza de SSMM Los Reyes Magos. Me siguió encantando el blog de Mirta, pero desde entonces miré los blogs con mucha menos inocencia, disfrutándolos, sí, pero con reservas, sin ese candor arrebatado y generoso, sin esa empatía a tumba abierta, de alma a alma. Con placer, curiosidad inagotable, y gozando de los que merecen ser gozados, pero muy a mi pesar, incluso en los mejores momentos, sin poder evitar ya en mi mirada un escepticismo tenue, sutil, casi imperceptible, pero que está ahí. Yo sé que está ahí…

La polémica desatada por la ausencia de Nepomuk (sólo hay que leer los tropecientos mil comentarios de su último post) ha vuelto a abrir esa antigua herida mía sobre la verdad-mentira de las bitácoras. Lo cierto es que yo nunca había dudado de la autenticidad de Ariel Serlik y su blog, pero hay gente que lo hace, le llama farsante, pone en duda su ausencia por ingreso hospitalario, y lo cree de vacaciones, usando la compasión de sus fans para aumentar su número de votos en el concurso del “20 Minutos”, donde, por cierto, está en los primeros puestos. Retorcido y cruel. Demasiado desalmado e hiriente para la gente que de veras se está preocupando por la salud de Nepomuk. No quiero pensar que alguien sea capaz de algo tan ruin, aunque tampoco soy tan ingenua como para no ser consciente de que habrá gente capaz de cosas así e incluso peores. Pero no puedo pensar algo así de alguien como Nepomuk. No. Me niego. Sin embargo, aún así, es tan triste, tan desalentador que alguien llegue a vislumbrar una posibilidad semejante, tan desalmado, tan manipulador y tan desagradable, que, a pesar de todo, a pesar de que me rebelo ante algo tan repugnante, no puedo dejar de sentir una amargura y un desencanto que, lo sé, desaparecerá poco a poco, pero que, pase lo que pase con el asunto de Nepomuk, se llevará consigo un poco (o un mucho...) más de esa inocencia candorosa con la que, allá por mayo de 2003, me asomé por primera vez a mi ventana…

“Trasto” ha muerto.
¡Viva “Golfo”!

Aunque, desgraciadamente, no siempre es posible ir a la tienda de animales a por un perro de repuesto…

Cuando me fui de vacaciones, M. iba a comprarse una serpiente. Una falsa pitón, creo recordar. A mi vuelta, me entero de que lo que se ha comprado es un perro. Un yorkshire. Como todo nuevo dueño perruno, ayer nos deleitó con una sesión de fotos del susodicho, “Trasto” para más señas, y arremolinó en torno a su monitor a un puñado de chicas suspirando “Qué mono… Pero que ricura… Está para comérselo… Yo quiero uno…” La verdad es que el bichejo es una monada, y hasta al más exacerbado antimascotas sentiría algún pellizco de ternura en lo más hondo de su instinto pro-animales de compañía al verle gamberrear mordiendo una zapatilla... M. nos contaba que dentro de unos meses va a buscarle una novia a Trasto y que va a dejarlos retozar a placer, y si la niña tiene perrillos, pues mira, unos euracos extra que se echará al bolsillo.

Hoy M. ha venido más silencioso que de costumbre. No se ha reído del perrazo de N., ni le ha llamado “diplodocus”, como hace siempre para cabreo de ella y risas del resto de la oficina. Tampoco ha ofrecido hacer cafés al resto cuando se ha preparado el suyo. No hemos hablado de lo que ha hecho durante toda la mañana frente al ordenador, sin casi parpadear.

Ayer su mujer pisó a Trasto. Está ingresado en una clínica veterinaria, y no dan dos duros por él. Las fotos que anteayer le hizo y que nos hicieron babear de envidia quizás sean lo único que quede del perrillo tras sólo diez días de tenerlo en casa.

La fragilidad del hielo a veces asusta tanto que dan ganas de quedarse en un rincón, y no moverse…

Hoy podría escribir uno de esos posts deprimentes, de esos que zarandean el alma del que lee, de los que tiran con bala a la zona más vulnerable y compasiva que todos, incluso los más duros, tienen, pero no voy a hacerlo. Sería como dar la razón a la teoría de la depresión post-vacacional, y tampoco es eso. Mi vuelta al tajo no ha sido especialmente traumática, así que no voy a lloriquear porque tengo que volver a currar mientras aún hay gente de vacaciones, a pesar de atisbar borrascas y nubarrones bien negros laboralmente hablando en un horizonte no muy lejano... Ha sido el hecho de tener que madrugar el me trae a mal traer, el arrastrar un cansancio que no me suelta y que reduce mis tardes a comer a las tantas, dormitar un rato, obligarme hacer algo en casa (ese cerro de ropa lavada tras deshacer la maleta de las vacaciones… brrrrr… escalofíos me dan), intentar escribir un post digno que no llega ni a tres tirones y leer blogs ajenos… Estoy baja físicamente, cansada, con sueño, sola en casa, aburrida e indolente, con la sombra terrible una cita con el dentista ahí mismo, el lunes, pero no es sólo eso. Ojalá. No quiero, y me resisto, pero no puedo evitarlo: me invade esa tristeza sin sentido que hacía meses que no me asaltaba, la peor, la que te atosiga más por su falta de razones que por su intensidad o su negrura. Y siento lo frágil del equilibrio en el que me muevo, el hielo fino y resbaladizo del que está hecho eso que unos llaman felicidad y otros ausencia de desgracia, un pantanoso territorio por el que puedes deslizarte a toda velocidad y haciendo piruetas y llegar lejos, o por el contrario, en un pestañeo, a poco que te descuides, estrellarte y morir desnucado…

Sí, siempre queda el recurso de quitarse los patines y andar, pero hay caminos que, una vez andados, no hay forma de desandar: sólo tienen un sentido. Y no te queda más que seguir adelante, incluso en días en los que estás triste y no sabes por qué, y te sientes más mohína e infeliz aún por esa ausencia de razones. Aunque no sea más que por esos otros días en los que tampoco tienes muy claro por qué te sientes tan bien y tan oportunamente puesta en este mundo.

En fin.

Las vacaciones, si son como deben ser, sirven, sobre todo, para salir de la noria de la rutina, distanciarte de tu vida y verla como realmente es, precisamente de la manera en que nunca podemos observarla por estar dentro. Ese salir del cuadro, recular y mirar desde lejos, viendo el bosque y no los árboles, hace que tengas una perspectiva bastante exacta de lo que es tu existencia, de lo que has venido haciendo en los últimos meses con el tiempo que te ha tocado vivir y de cómo eres realmente, y claro, una visión así puede ser algo muy bueno o algo muy, pero que muy malo, como todo. Si ese ejercicio de reflexión juega en tu contra, puedes terminar con depresión post-vacacional o rompiendo con tu pareja. Si, por el contrario, es positivo, la vuelta a la vida normal se convierte en algo estimulante, y septiembre le roba con descaro a enero el título de “mes de los buenos propósitos” para convertirse en eltiempo idóneo para los balances y las listas de “cosas por hacer”…

Yo no he podido evitar liarme a apuntar con furia y optimismo desmedido un buen puñado de cosillas que me debía a mí misma y que el farniente estival me ha hecho ver más claras y necesarias, pero me suenan tanto de otros agostos que mejor me las callo, que si no luego, cuando no las cumplo, me duele y me averguenza mucho más verlas en negro sobre blanco...

Diez minutos (y encima sin la n en el teclado...) para casi dos semanas de ausencia. O sea, imposible. Solo tiempo suficiente para dar fe de que necesito mi blog mas de lo que pensaba ( y pensaba que era mucho...). Pero no solo noto la falta de poder mirar por mi ventana, sino tambien echo de menos mirar por la de los otros... Es curioso como este mundo paralelo deja de serlo, y sin darte cuenta, como la lluvia fina, te va calando, y termina siendo parte de tu Vida.