Son las 11 y 15 minutos. La mañana está siendo tranquila. ¿O tal vez la que está tranquila, por una vez, soy yo, y la mañana sigue su curso, tan endiabladamente como siempre, pero me resbala? Cojo mi taza del Donald enfadado que me trajeron los Reyes Magos en la zapatilla de mi hermano. Me levanto, renqueando, no sé qué demonios me pasa en la pierna izquierda desde ayer, pero me duele horrores, y me dirijo a la cocina. La máquina de café echa un agua hirviente que levanta ampollas si te salpica la mano, pero es así como a mí me gusta. Tengo una lata llena de distintos tipos de té sobre mi ordenador, junto con mi otro Beetle rojo, en miniatura, el Beetle Coupé color crema, aún más chiquitín, mi bambú y el tiesto del que será mi jacinto blanco dentro de tres meses. Es una lata pequeña, con dibujos de una publicidad de "Wright's Puff Cracknells", algunas galletas de aperitivo del siglo XIX. Allí guardo té verde de jazmín, al limón, a la manzana verde, hierbaluisa, hierbabuena, té a los cítricos, OrangeJaypur y Rusian Earl Grey. Hoy elijo uno de jazmín. Son mis preferidos, y justamente por eso no quiero abusar, así que los espacio lo más posible, para que el día que toca sea verdaderamente especial. Vuelvo a mi sitio. Una nube de aroma de jazmín rodea mi mesa, y me aísla del resto. Las voces de mis compañeros llegan hasta mí extrañamente atenuadas. Hasta el teléfono parece haberse tomado una pausa. Se lo agradezco.

Cuando vuelvo a levantarme cojeando, esta vez para lavar la taza, los teléfonos vuelven a sonar. Los sonidos de la oficina vuelven a mostrarse en toda su estridencia. Me esperan dos correos en mi buzón, y los papeles parecen haber parido durante el rato en que no les he hecho caso. Afronto lo que queda de mañana con el cuerpo reconfortado y el espíritu aún más sereno.

Salgo del oasis para volver a la realidad, aunque tengo la llave para volver dentro de una lata llena de bolsitas de té...

Me gusta releer, siempre me gustó, desde aquellas tardes de verano en las que, mientras en mi casa se dormía la siesta, yo leía y releía tebeos y libros de los Cinco, hasta casi aprenderme de memoria cada viñeta y cada bocadillo de cada picnic en la playa, más que nada porque no podía comprarme otros nuevos. Pero igual que ahora que puedo comprarme kilos de ositos de gominola o nubes no me las compro, cada vez llegan hasta mí menos libros nuevos, ni comprados ni de biblioteca. Sigo encontrando un gusto desmesurado por volver a lo ya conocido y disfrutado. Aún me gusta descubrir, por supuesto, pero ya no doy oportunidades a los libros que no me atrapan desde el primer instante: vuelven a la biblioteca o vuelan libres. Ya no tengo paciencia para buscar esa chispa que todo libro tiene, por el simple hecho de que haya salido del magín de alguien. Me he vuelto impaciente, también implacable y seguramente injusta, y estoy convencida de que me estoy perdiendo muchas cosas buenas por no querer seguir adelante y terminar dándoles un poco de cuartelillo a muchos libros. Sin embargo, no sé por qué, ahora necesito poder volver a casa, a lugares conocidos y disfrutados en otros momentos, aunque los momentos fuesen malos, quizás porque entonces fueron momentos malos... Me hace falta sentir esa extraña familiaridad con personajes que ya forman parte de mí, asombrarme ante la paradójica autenticidad de sentimientos descubiertos antes en unas páginas impresas que en la vida misma, abrigarme en la calidez de paisajes y lugares en los que, de alguna manera, habité y sigo habitando…

Será el otoño…

Estimado Lector:

No, no es a vosotros, cualquiera de los que venís a leer habitualmente este blog, ni a ti, lector errante que, sin saber cómo, has llegado hasta aquí por primera vez y debes estar alucinando al ver que un post que se dirige directamente al que lee, en segunda persona. Es a ti, sí, sí, a ti, comentarista intermitente que firmas como “Lector” y quien, al no dejar a su paso rastro, ni un mal blog de referencia, ni un e-mail de contacto, es como si firmases como “Anónimo”. En vista de lo cual no me queda otra que dirigirme a ti aquí, dedicarte un post que sólo a ti te incumbe, ya que, por alguna extraña razón que podría ser cobardía o simplemente unas ganas locas de que te dedique más atención de la que tendrías de otro modo, te impide mostrarte a cara descubierta y dejar una huella que permita tratar contigo de forma directa, sin necesidad de que el resto de los lectores tengan que asistir a algo que, a fin de cuentas, ni les importa, ni seguramente, les interesa lo más mínimo.

Aún así, después de todo, digo bien cuando digo “estimado”, porque el solo hecho de que te dignes a perder parte de tu, lo sé, valiosísimo tiempo, hace que merezcas parte de mi estima. Una parte ínfima quizás, apenas significativa, puesto que no te conozco y difícilmente se aprecia a alguien de quien se ignora todo, pero también una parte suficiente como para ser tenida en cuenta, al tender una, ya sea por debilidad de carácter o por costumbre demasiado arraigada, a valorar cualquier esfuerzo de cara a mi persona, por mínimo que sea. Por lo cual, ya desde el saludo, antepongo mi agradecimiento a cualquier otra apreciación de las que vendrán más adelante: un agradecimiento que mi vanidad no puede dejar de tener en cuenta, ya que ni siquiera ella pensó en ningún momento que mi persona podría despertar tanta polémica. Sobre todo, por la paradoja que, confieso, no deja de asombrarme, cuando tú, estimado Lector, afirmas con una contundencia inusitada que soy alguien hermético y cerrado como una lata de conservas, pero al mismo tiempo sacas conclusiones de lo más variado sobre mi carácter (soberbia, falta de humildad, orgullo, insatisfacción, gusto por ser como soy, distancia con mis lectores, miradas por encima del hombro a ellos y al resto de la humanidad, etc.). Me asombra tu capacidad de definirme y hablar sobre cómo soy mientras afirmas que no hay quien hinque el diente a mi persona, y me atrevo, ya sin rubor ninguno, a preguntarte tu secreto para ver tanto en alguien que no enseña nada.

Tus comentarios me parecen oportunos por el solo hecho de venir de ti, sin embargo, puesto que me pides cuentas y me atacas de manera más que personal creo que el lugar donde dártelas no era ni el cuadro de comentarios ni menos éste. Tengo por norma no contestar a los comentarios que me hacen, a fin de no sentar precedentes y no obligarme a responder a todos. Apenas tengo tiempo de escribir, por lo que sé que no sería rigurosa a la hora de responder a los comentarios, así que, de un tajo, suprimo esa opción. Ya ves, olvidaste “pereza” dentro de tus calificativos sobre mi persona. Como puedes comprobar, he vuelto a caer justamente en lo que siempre he evitado: escribir un post entero como resultas de un(os) comentarios. Pero bueno, una golondrina (ni siquiera dos) no hace verano, así que espero no tener que volver a aburrir a quien no tiene por qué aburrirse con algo que debería solventarse en la privacidad de la correspondencia entre los interesados, es decir, entre tú y yo.

En fin, estimado Lector, sólo añadir que tu opinión sobre mi es algo que puedes expresar cuantas veces quieras y de la forma en la que desees, por lo fino o por lo basto, ya que una cuenta con todo tipo de opiniones cuando es posible que te lea cualquier tipo de gente, y no sufre más que lo necesario cuando vienen mal dadas, igual que sólo se ronronea lo justo cuando lo que tocan son halagos. Lo que no estimo correcto, tú que tanto buscas la claridad, la apertura y la transparencia, es que tú sepas dónde encontrarme para dar tu opinión sobre mí pero yo (ni nadie) pueda llegar hasta ti para rebatirte o felicitarte por tus erróneos o acertados juicios.

Y que sepas, estimado Lector que, como todo el que quiera pasarse por aquí, siempre serás bienvenido a este mi humilde blog.

Un saludo.

Teresa

Me gustaría contarte un secreto que te mantuviera ligado a mí de por vida, algo cuyo conocimiento te hiciera sentir único, especial, el depositario de una llave que abre la puerta de un camino que desemboca en una incógnita. Pero para ello, deberías querer recorrer un sendero estrecho, por el que sólo cabe uno, rodeado de un vacío de vértigo en el que resuenan tus pasos y se hiela tu respiración. Porque esa vía recorre lo mejor y lo peor de los dos, y quizás cuando ya fuese difícil volver no querrás seguir adelante, y ya no tendrá remedio, porque incluso regresando al punto de partida ya no serías el mismo que empezó a andar. Ni tampoco yo sería la misma ante tus ojos. Y sí, seguramente sería el fin.

Me gustaría contarte ese secreto. Y he estado a punto de hacerlo más de una vez, pero no he sido capaz. Porque sé que es un saber como esas plantas que, según la dosis cura o mata, un saber envenenado, y quizás ese secreto te quemaría y terminarías soltándolo mientras te soplas los dedos abrasados. Y sería otro quien lo encontraría pisoteado en el suelo, y no se daría cuenta de que era un secreto, y quizás lo recogiese o quizás no, y mi secreto, ese que elegí expresamente para ti, porque pensaba que lo merecías, porque creía que sería el nudo que evitaría que nunca nos separásemos, ese secreto terminaría en manos de cualquiera.

Así que prefiero seguir guardando ese secreto que me acompaña desde siempre, pidiendo a gritos un poco de luz, pero que morirá conmigo, porque hay secretos que, si los cuentas a quien no debes, además de dejar de ser secretos, languidecen, se marchitan. Y lo peor es que en su final se llevan consigo una parte de ti. Trozos de uno mismo que no se recuperan jamás.

Y yo no quiero terminar quedándome en nada...

Hoy me he dado cuenta de que una de las frases que más repito últimamente es “No te preocupes”. O sus variantes, también balsámicas y consoladoras para el que escucha, como “Tú, tranquila/o”, o “No pasa nada”. De esas frases que hacen que cuando alguien te las dice, de alguna extraña manera, se te quite un peso de encima. Si no del todo, sí lo suficiente como para dejarte respirar de otra manera...

¿Será por eso que soy yo la que sí se preocupa, vive intranquila y cree que un día de éstos va a terminar pasando algo pero que muy gordo?

La primera vez que me di cuenta de que no veía bien fue en misa. Recuerdo que fue poco tiempo después de hacer la comunión, cuando aún tenía fresco todo el ímpetu de cristiana con recién estrenado derecho a comulgar, y todavía asistía a la iglesia cada domingo como si fuese un privilegio y una prueba de adultez. Aún así, y a pesar de lo moderno y ameno que era nuestro cura, la eucaristía siempre se alargaba en exceso cuando lo que estabas deseando era ir a la tienda de Epi, el de las quinielas, a fundir la paga del domingo en chucherías. Ese día estaba especialmente harta y tan deseosa de escuchar eso de “Podéis ir en paz”, seguido del sincerísimo “Demos gracias a Dios” que mis ojos se volvían constantemente hacia el reloj colgado en la pared, junto a una imagen de San Antonio, el patrón de los enamorados. Me había sentado bastante lejos del reloj, por lo que no le di mucha importancia al hecho de no verlo con claridad, sino difuminado, aunque si guiñaba los ojos la cosa se ponía casi nítida. Sin embargo, a partir de ese día empecé a observarme como nunca antes lo había hecho: mirando las placas de los nombres de las calles y las matrículas de los coches desde el autocar del colegio; en la tele, cuando pasaban los nombres de los actores al final de las películas; en misa, sentándome cada domingo en un punto diferente de la iglesia. Conclusión: no veía bien o el mundo de repente se había vuelto borroso. Aunque me resistiese a reconocerlo, era un hecho que me iba a convertir en una paria: en cuanto le dijese a mi madre que no veía, me llevase al oculista y me recetaran unas gafas. Tardé una buena temporada en contárselo a mi madre, pero al final lo hice y, en efecto, me convertí en una "Cuatro Ojos".

Y el día en que salí de la óptica con las gafas puestas, viendo el mundo con un brillo y una transparencia desconocidos, también supe que, aunque me insultaran, aunque no me dejaran jugar porque tenía gafas y aunque de repente me encontrara con que tenía menos amigas de las que tenía antes, yo no haría como algunas niñas de mi clase, que se negaban a ponerse las gafas aunque no viesen la pizarra. Ahora sabía lo que era ver bien, y quería ver siempre así, a pesar de que el precio que me tocaría pagar fuese a ser tan alto: el de convertir el resto del tiempo que pasé en el colegio en un infierno.

Jamás me quité las gafas, aunque se riesen de mí, aunque me llamasen “Cuatro Ojos” o “Magoo”, aunque no me dejasen nunca más jugar al balón prisionero, aunque cruelmente me dejasen jugar de vez en cuando sólo para pegarme un balonazo directo a las gafas y decirme “¿Ves como no puedes jugar?” Jamás se lo dije a mi madre, aunque me preguntase por qué estaba triste o por qué suspiraba los domingos por la tarde cuando empezaba a preparar la cartera para el lunes. Jamás se lo dije a ninguna de mis profesoras, porque sabía que el remedio hubiese sido mucho peor que la enfermedad, y sabía que no podría soportar pasarlo aún peor. Aguante, más bien esperé, en una cuenta atrás digna de un preso que resta días de condena, a que el colegio terminase. Y terminó.

Aunque no seré yo quien diga que salí indemne de todo aquello…

Dice Malasanta que no cuento nada, y tiene razón. Mucha razón. No me había parado a pensar en ello hasta ahora (Gracias, Malasanta), pero es una realidad a la que quizás deba enfrentarme para no dejarme arrastrar a ese lugar en el que a veces me aíslo y nadie puede encontrarme (o casi nadie…, que exploradores osados los hay en todos lados). Pocos blogs habrá más vacíos de contenidos que el mío, lo cual me lleva a preguntarme por qué demonios aún así le gusta a alguien, qué hace que a pesar de todo, de ese vacío informativo, haya gente fiel que termina por volver una y otra vez. Quizás sólo sea la curiosidad, el comprobar si la próxima vez será cuando sí que contaré algo sustancioso y consistente. Y es que si me pongo en los ojos de un extraño que se zambullese en mis archivos, reconozco que sacaría poco en claro de quién es esta tipa de la ventana que no cuenta nada y divaga sobre todo. Apenas hay datos objetivos, ni lugares reconocibles, ni retratos de gente divertida o rara, ni anécdotas desternillantes, ni confesiones sobrecogedoras, ni lamentos depresivos, ni siquiera frikadas tecnológicas curiosas que hagan que, después de leer un post, salgas un poco más listo que cuando lo empezaste. Nada de nada. Creo que esa forma de escribir sin contar realmente nada es un reflejo de mi manera de afrontar muchas veces las relaciones con los demás: deseando desesperadamente el contacto, pero muerta de miedo por lo que ese abrirse puede suponer. Soy hermética, lo reconozco, puedo serlo hasta límites impenetrables y desesperantes, sobre todo para mí, porque no quiero tener que ser así, pero no puedo evitarlo. No puedo vencer esa tendencia, quizás porque sé muy bien hasta qué punto soy capaz de lanzarme por la vida a tumba abierta, dejándome arrastrar sin pensar en las consecuencias, pecando de una generosidad suicida e inconsciente, y haciéndome (y haciendo también, que de todo hay…) mucho daño. Sé de sobra hasta qué punto puedo ser vulnerable y frágil, porque he sufrido muchas veces las consecuencias de ello, y no me gusta andar con cardenales ni teniendo que echar mano del agua oxigenada y la mercromina cada dos por tres.

Quizás por eso me pongo la tirita antes de hacerme la herida.

Cuando me di cuenta de que me gustaba escribir, también descubrí que no podía hacerlo, sencillamente porque no tenía nada que contar. Era yo demasiado joven y no había hecho en mi vida otra cosa que ir al colegio y después al instituto. Literalmente. Para poder escribir algo medianamente interesante necesitaba vivir un poco, tampoco mucho, pero sí un poquito, si no cualquier cosa que decidiera escribir sonaría falsa, de oídas. Era preciso haber amado para poder hablar del amor. Ver morir a alguien para poder transmitir la angustia de una pérdida. Viajar para poder describir algo más que mi barrio y la Puerta del Sol. Sentirme traicionada para ser capaz de dibujar el escozor del desdén. Traicionar para ver la sorpresa y la decepción en los ojos de otro. Morir un poco para poder describir cómo hay cosas que se deshacen entre los dedos y jamás se recuperan.

Luego vinieron tiempos en los que me dediqué a vivir. Y no tenía ni ganas ni tiempo para escribir sobre ello. Algún relato lograba romper la barrera de mi pereza, pero a duras penas. Y cada vez que lo lograba me daba cuenta de que ya no tenía la disculpa de no saber qué contar ni cómo hacerlo, porque ya no era una niña de diez años que quería escribir una novela del oeste porque había visto una película de John Ford la noche antes. Ahora podía escribir, y hacerlo bien, por lo que me sentía horriblemente culpable por no ser lo bastante disciplinada y malgastar mi tiempo de ese modo. Luego descubrí la blogosfera y logré adormilar un poco a mi conciencia, medio engañándola con que esto de escribir el blog también era escribir. Pero sólo era eso, una disculpa, una treta para justificar mi galbana, y aunque dejó de remorderme durante un tiempo, la mala conciencia por llevar casi dos años sin escribir un mísero relato ha vuelto a despertar, mucho más virulenta y sarcástica, odiosamente sincera y con toda la razón del mundo, y me tortura, me atormenta sin piedad llamándome vaga y cobarde. Porque hay mucho miedo a no estar a la altura de tantas expectativas, de tantos años creyendo que valgo para esto, ahora que ya tengo material para poder escribir algo que valga la pena. ¿Y si después de todo me gusta escribir, sí, pero no soy capaz más que de escribir un blog, ni siquiera de los mejores de la blogosfera, y algún relato una vez cada dos años?

Supongo que no me queda otra que descubrirlo de una vez por todas.

Cuando miro por mi ventana a veces tengo la sensación de que lo hago a través de uno de esos cristales de las limusinas, yo lo veo todo cómodamente instalada, tengo una visión panorámica nítida de la calle, de los otros coches y de los peatones, pero a mí nadie es capaz de verme con claridad. Los que se paran a mirar tan sólo me intuyen sentada en el asiento trasero, pueden ver que soy una mujer, que tengo el pelo corto, y oscuro, pero poco más: serían incapaces de reconocerme si se cruzaran conmigo fuera de ese coche.

Sin embargo, no sé por qué, a veces, cuando miro por mi ventana durante mucho rato, termino abriéndola, porque necesito aire fresco, porque me canso de estar sola, porque lo que veo ahí fuera parece interesante, pero lo único que consigo es que entre polvo y ruido, mientras la gente, simplemente, pasa de largo...

La sinceridad es como esa ropa muy de vestir, elegante, fina, delicada de mantener, de la que todos tenemos alguna prenda en el armario y que, por lo difícil de combinar solemos ponernos contadas veces. Es más fácil tirar de vaqueros y camisetas, e ir no sólo más cómodos, sino tener muchos menos problemas a la hora de lavar, ya que basta con meterlo en la lavadora y, a veces, ni siquiera plancharlo. Pues igual pasa con eso de decir lo que uno piensa en los momentos más inoportunos: es incómodo, políticamente poco correcto, impopular, y la mayor parte de las veces te trae más problemas que otra cosa. Sería mucho más práctico terminar diciendo lo que se supone que debes decir, lo que es más favorecedor para ti, lo que contribuiría a hacerte mucho más popular y reconocido, eso que te unirá a la masa en lugar de separarte de ella, convirtiéndote en un traidor y un renegado. Es cuestión de gustos (o de carácter, en este caso) decidirse por un estilo formal y muy de vestir o por lo "casual" o decididamente "grunge". O cuestión de carácter, en este caso…

Y el caso es que a mí, a pesar de los gastos en tinte, las horas de plancha y la sensación de que me he gastado el dinero para nada, me sigue gustando más ponerme esos vestidos vaporosos de mirame-y-no-me-toques que ir a todas horas con unos vaqueros rotos porque todo el mundo los lleva y si no los llevo soy una cutre. Ya sé que eso va a suponer que alguien me mire raro, y que diga "¿Dónde irá ésta con esas pintas?"

Me gusta leer a Nepomuk, creo que hace uno de los mejores blogs que me he encontrado en mucho tiempo, muy bien escrito, con una personalidad fuerte y definida, y con una coherencia de conjunto envidiable, además de un estilo inconfundible Y también confieso que antes de todo esto alguna vez ya había pensado que alguien tan especial como este muchachito, tanto si era real y tangible, con DNI y entidad corpórea, como si era una creación literaria y etérea, debía tener detrás a alguien indudablemente interesante e inteligente, alguien que sabe combinar un raro cocktail de un humor salvaje, una cabeza amueblada con primor y una ternura desarmante. Y si Nepomuk, cosa que no he dudo, es tal y como su blog deja ver, creo que en mi post del otro día no verá más que lo que hay: la reflexión sincera de una persona que se vio de pronto rememorando decepciones pasadas, y pensando en voz alta sobre lo fácil que puede ser engañar y que te engañen, manipular y que te manipulen, hacer mal y que te hieran. Alguien que se agarra firmemente a la idea de que alguien como él tiene que ser real y si no lo es, debería serlo para que este mundo fuese un lugar un poco más ilusionante y luminoso. Pero también alguien consciente de que podría no serlo. Con lo que eso supone de pérdida de inocencia, de desencanto y de morir un poco...

Si mi pecado viene por ser sincera sobre mis temores, o lo que es lo mismo, por decir lo que siento o pienso, creo que voy a seguir pecando muy, muy a menudo. Tal y como lo vengo haciendo desde que abrí esta ventana, un lugar donde, afortunadamente, no me he autocensurado nunca, ni tengo intención de hacerlo. Porque me siento libre para poder ser sincera... Y esa libertad es algo que está por encima de filias y fobias, de lo virtual y de lo real, de la gente y del mundo entero. Porque es algo que me pertece.

Sólo mío.