Cuando un hipocondríaco empieza a darle vueltas a una molestia, a ese pequeño dolor que de pronto le perturba, se desencadena una tormenta que se sabe cómo y dónde empieza, pero de la que no es posible evaluar los daños hasta que termina. Y su fin puede estar muy cerca o, por el contrario, terriblemente lejos. Porque no se sabe que es peor para un neurótico de la salud, si constatar que, en efecto, sus sospechas se confirman y está malísimo, o comprobar que, después de todo, no había por qué preocuparse. El sentimiento de haber sufrido para nada en el segundo de los casos puede ser más dañino que constatar un miedo, porque el hipocondríaco siente que ha sufrido por nada. Y el alivio de saberse sano se ve enturbiado por la sensación de haber hecho el tonto ante el médico y ante uno mismo, por haber pasado unos días angustiado sin motivo, y ni siquiera la seguridad de estar bien de salud consigue limpiar del todo el horizonte de nubes. Porque esta vez no, pero habrá más próximas veces. ¿Y quién dice que la próxima vez ese dolorcillo no será algo realmente grave?

No me gusta sentirme enferma, en eso no soy demasiado original, me temo... Pero me gusta mucho menos aún mi miedo a ponerme enferma. Porque no puedo controlarlo, es él el que puede conmigo, por más que intento ponerle freno. Porque no es tanto una auténtica hipocondría, ese miedo a ponerse malo por el miedo al dolor, a las pruebas, o al tratamiento. Es más bien un pánico nada irracional a entrar en el sistema sanitario español, a enfrentarme con el personal médico, con su desinterés, con su desidia. He comprobado demasiadas veces que la calidad de la atención que recibe un enfermo en la Seguridad Social es directamente proporcional a su gravedad. Y eso, francamente, me asusta mucho. Porque no pienso rendirme y cambiarme a la sanidad privada. Eso sería claudicar. Pero soy escéptica, a pesar de que deseo con toda mi alma llegar a conocer a un médico al que pueda ir sintiéndome segura y reconfortada, en lugar de, como ahora, tener la sensación de que le estoy incordiando y lo que más desea es que termine pronto de explicar qué leches me duele para que salga de una vez de su consulta… Alguien que, igual que tu madre cuando de pequeña te caías, supieras que está ahí siempre, dispuesto a ahuyentar tus miedos infundados y sacarte con firmeza y determinación de tus peores pesadillas… Alguien en quien confiar.

No habrá por casualidad un médico así en la sala, ¿verdad?

Después de más de dos semanas sin posibilidad de entrar en la red, me he sentido un poco como uno de esos enfermos que sufren un ataque cerebral y de pronto se encuentran incapaces de comunicarse con el resto del mundo. El pobre hombre lo comprende todo, lo que le dicen los que le rodean y su tristísima situación, pero no puede hacerse entender por más que lo intenta. Salvando las distancias, quedarte sin conexión durante tanto tiempo cuando eres un habitual del medio es un poco lo mismo: tu sigues ahí, viviendo tu vida como siempre, pero para el mundo cibernético estás missing, que es lo mismo que no existir, que estar muerto. Esta situación de estar sin estar me ha llevado a pensar qué pasaría si, un suponer, yo tuviese un accidente de coche y me matara. Evidentemente, nunca más volvería a entrar en el blog. Y mi silencio podría interpretarse como lo que suele ser habitual en los casos de pausas prolongadas sin actualizar:se ha aburrido, está demasiado ocupada viviendo y no tiene ni tiempo ni ganas de contarlo, está enferma o tiene problemas técnicos. En cualquiera de esos casos, un buen bitacorero terminaría dando señales de vida: el aburrido podría un post culpable y justificativo contando que ya no tiene inspiración, el feliz vendría a decir que su blog ya no le hace falta ahora que no tiene penas que contar, el enfermo se curaría, y el que tuviese problemas con su conexión terminaría yéndose a un cibercafé o a una biblioteca. Casi nadie, salvo los fatalistas, se pondrían en lo peor, pero ésa es una posibilidad que está ahí. Si el dueño de una bitácora muere en su dimensión física y de carne mortal, su blog se quedaría ahí, congelado, como las habitaciones de esos adolescentes que mueren trágicamente y que sus padres se obstinan en conservar intactas hasta el fin de los tiempos. Estos días de desconexión obligada me han hecho pensar en que debería existir algo así como la figura de un albacea bloguístico. Una persona de confianza, que compartiera con uno las claves de acceso al blog y al que te uniera una relación más allá de la esfera cibernética, traspasándola y saltando a la dimensión corpórea y material. Alguien que, en casos extremos y dramáticos, pudiera cerrar con dignidad unos blogs que, de otro modo, quedarán flotando en el ciberespacio como cadáveres vivos, zombies a medio camino entre este mundo y el otro, seres a pesar de todo reales, tan reales que también mueren y que jamás descansarán en paz…
Por cierto, sigo sin conexión...

A veces me pregunto qué hubiese sido de mí si todo este mundo cibernético hubiese existido cuando yo no era más que una adolescente. Seguramente hubiese salido mucho más de lo que salí en su momento, porque hubiese tenido montones de amigos gracias al blog que seguramente tendría y a mis charlas en chats y messengers, en lugar de languidecer en mi habitación mientras escuchaba a Bruce Springsteen y escribía en mi diario lo sola que estaba, y hubiese sacado bastante peores notas de las que saqué, eso también es muy probable... Envidio a los que ahora crecen con este universo casi infinito a su alcance, y aunque tarde para algunas cosas, intento sacarle el máximo partido. Será porque el vértigo de la comunicación que propicia el cibermundo me parece irresistible. Y no, no me resisto. Ni lo más mínimo.

Estoy conociendo a gente que, sin este medio, jamás se habría cruzado en mi vida. Y sé que aún tengo por conocer a otros aún más increíblemente interesantes que los que ya he conocido, personas que están ahí, que yo siempre intuí que estaban ahí, pero que ahora aparecen al alcance de mi mano, de mis dedos y mis palabras.

Precisamente gracias a eso: a las palabras. A las mías y a las suyas. Porque lo mejor de todo esto es que es un camino de ida y vuelta. Yo llego hasta ellos, pero ellos también llegan hasta mí.

Porque el cristal de mi ventana jamás podrá ser una luna tintada…

No sentirse triste cuando se supone que se debería estar tremendamente abatido, hundido, desbordado incluso por los acontecimientos o la adversidad, es una sensación rara, incómoda, y casi peor que sentir una auténtica congoja devastadora, de esas que te desbaratan por dentro. Porque la ausencia de dolor, aunque parezca una ventaja, un anestésico del alma, deja a su paso un sentimiento ambiguo y, paradójicamente, tremendamente duro para con uno mismo, una extraña mezcla de culpa e insensibilidad hiriente. Y es que a veces, cuando menos te lo esperas, aparece esa imposibilidad de que la tristeza te duela. La certeza de que deberías sufrir, pero no poder hacerlo, sentir que esa pena que debería pertenecerte te resbala, como la lluvia sobre un impermeable, sin dejar calar ni una gota. Pero por más que buscas algún resto de abatimiento ves que no hay nada, sólo la sensación clara, nítida e indiscutible de que no te sientes mal. O sí, quizás si miras bien notarás un cierto malestar, una desazón que crece cuanto más intentas analizarla, porque no estás así por las razones adecuadas, sino precisamente porque esas razones que a cualquiera lo tendrían deshecho en lágrimas, con un nudo en el alma, a ti no te sirven. Porque por más que te esfuerzas no logras sentir lo que se supone que debes sentir, y eso es mucho peor que la peor de las tristezas.

Le rompió el corazón como el que explota plástico de burbujas de embalar. Disfrutando de cada chasquido, primero con lentitud, intentando prolongar al máximo el placer de cada pequeño estallido. Luego con fruición nerviosa y algo frenética, cada vez más acelerado el pulso, sabiéndose ya incapaz de poder parar, es más, sin querer poder parar hasta no dejar ni una sola de esas pompitas por reventar. Disfrutando del vértigo de saberle vulnerable, gozando de un poder ilimitado para destruirle, tan grande como fue el de crearle desde la nada más absoluta en la que le encontró. Y así siguió, con él en sus manos, dueña de su final como lo fue de su principio, sabiendo que ese corazón propio latiendo en un pecho ajeno no soportaría ni una explosión más. Y sin embargo, incapaz de detenerse hasta dejarlo hecho añicos. Hasta que no hubo ni una sola pompa más que explotar, y en sus manos sólo quedó un trozo de plástico silencioso, al que sólo quedaba tirar a la basura. Al que, difícilmente, nadie más podría sacar partido.

Porque nadie necesita para nada un plástico de burbujas completamente explotado...

Descubrí el patchwork hace diez años, de paso por el condado de Lancaster, en Pensilvania en una ruta que cubrió buena parte de la costa este, desde NYC hasta Nueva Orleáns, y vuelta. Aparte de reconocer muchos rincones y rostros de la película “Único Testigo”, aprendí cosas muy interesantes en esos tres días en un coche alquilado, atravesando campos arados con caballos y granjas sin luz ni agua corriente. Y es que cuando vives como hace doscientos años, autoabasteciéndote hasta límites impensables para un urbanita del siglo XXI, es lógico ingeniárselas para aprovecharlo todo e ir lo menos posible a las tiendas convencionales. Por eso, era previsible que a los amish también se les ocurriera sacarles el máximo partido incluso a esos los restos de tejido que te sobran cuando coses una camisa o una falda. Recortes diversos en colores y formas que, unidos con gusto y armonía, logran crear ropa de casa útil y, desde luego, única.

Una de las cosas que más me marcaron cuando me fui adentrando el universo de eso de juntar trocitos de tela con aguja e hilo fue saber que cuando se hace una obra de patchwork, por muy bien que se sepa hacer y a pesar de poder hacerla perfecta, sin una sola puntada fuera de su sitio, siempre hay que hacer que tenga un error, una imperfección visible, aunque haya que hacerla a propósito. Sencillamente porque, según la humilde filosofía amish, nadie, salvo Dios, puede hacer una obra que pueda considerarse perfecta.

Hace más de cuatro años que empecé un edredón de patchwork. Es el segundo que hago, el primero fue inmediatamente después de volver de Estados Unidos, ansiosa por imitar lo que allí había visto. Fue una manta para una cama de 90 que en realidad uso para arroparme en el sofá, mientras leo o veo la tele en invierno. Creo que si tuviese que salir huyendo de mi casa porque se la lleva volando un huracán, ese edredón sería la primera cosa que cogería antes de salir pitando. Este segundo es mayor, para una cama de matrimonio, y aparte de que no le estoy dedicando tanto tiempo e ímpetu por la novedad como al otro, es bastante más complicado y difícil de hacer. Llevo ya con él mucho tiempo, y lo que me queda, porque yo, igual que las amish más fundamentalistas, las que ni siquiera tienen máquina de coser porque es algo demasiado moderno, lo hago a mano. Todo. Cada puntada. Y como buena seguidora de la filosofía amish, soy imperfecta, y humilde, así que ya me he equivocado unas cuantas veces, y no precisamente queriendo...

Algunas personas me preguntan que por qué no lo termino de una vez a máquina, y me lo quito ya de en medio, si incluso cosiéndolo a máquina no deja de ser un trabajo laborioso y lleno de mérito. Hasta a mí, lo confieso, me ha tentado esa idea alguna vez, desesperada viendo tanto trocito de tela suelto en el costurero, tantísimas puntadas aún por dar. Pero igual que ha venido la idea se ha ido. Como un relámpago. Me ha bastado con ver el otro edredón sobre el sofá.

Con sus imperfecciones, que las tiene, no muchas, pero las tiene, tal y como mandan los cánones, pero también sabiendo que nadie, nunca, en ninguna parte, tendrá una manta exactamente igual a la mía.

Sintiéndome un poquito diosa por un instante...


Nuevo lavado de cara a la ventana. Estaba empezando a cansarme de las cortinas azules, y de la chica de Mattisse languideciendo frente a la ventana, mientras que fuera las palmeras y el sol invitaban a salir a dar una vuelta... Igual me pasó con la de Hopper, sentada en la cama mientras su mirada se atravesaba la ventana abierta, de la que nunca supe si esperaba a que viniese alguien o se había quedado ahí, pensativa, porque el que había venido ya se había marchado. Así que ahora, en lugar de quedarme sentada frente a la ventana, viéndolas venir, soy yo la que se va, siempre atenta al paisaje que pasa ante mí, eso sí.

Siempre me encantó mirar por la ventana cuando viajaba. Después de años haciendo la ruta en el autocar del colegio, llegué a aprenderme todos los nombres de las calles y las bocacalles por donde pasábamos, pero no sólo eso, también los de cada tienda, y hasta las caras de alguna de la gente que pasaba por el mismo sitio cada día a la misma hora se me quedaron grabadas para siempre. También los aburridos viajes al pueblo eran menos tediosos cuando te quedabas mirando por la ventana, e imaginando que, en lugar de dirigirte a un poblacho manchego, ibas a Barcelona, a Sevilla o, ¿por qué no? incluso a la misma Nueva York, y el coche de tu padre no era el coche de tu padre sino un taxi, y tu no eras tú, vestida con el chandal y una coleta, sino Audrey Hepburn, recién salida de una fiesta y volviendo a casa a las ocho de la mañana con un vestido de fiesta y con un capuccino en un vaso de cartón entre las manos...

Ahora que conduzco miro por la ventana de otra manera. Menos soñadora por exigencias de la conducción, pero mucho más placentera. Porque la que conduce ahora soy yo. La que elige el destino. Y la hora a la que salir. Si acelero o si voy despacito. Si pongo el aire acondicionado o abro la ventana.

Y sin una ruta marcada. A ojo. Perdiéndome siempre que me salgo del trayecto de todos los días, dando mil vueltas y llegando, porque siempre llego. Y es que a mi los mapas no me sirven de nada. Ni los de papel, ni los de internet, ni siquiera creo que me entendiera con un GPS de esos tan listos... Ya lo tengo más que asumido.

Será porque lo importante es el camino...

Mi pierna mejora al mismo ritmo con que aumentan mis remordimientos por estar tan ricamente tumbada a la bartola mientras veo la tele, levantándome cuando me canso, poniéndome a leer hasta que me aburro, cosiendo mi patchwork un ratillo mientras oigo la radio, escribiendo unas cuantas tonterías aquí, o respondiendo a varias de las llamadas que, confieso, me han sorprendido en estos días de convalecencia. Mi conciencia es así de amiga de la patronal, no puede soportar verme escatimando mis energías a la empresa, y me picotea de vez en cuando para recordarme que sobre mi mesa se deben estar acumulando papeles, y que estoy siendo una niña mala por no haber protestado aunque sólo fuese un poquito cuando la médica de la mutua dijo que me daba la baja…

Pero no quiero quedarme lesionada para los restos, me gusta demasiado andar deprisa, subir las escaleras corriendo y, aunque no soy una deportista vigoréxica, quiero poder ir a pegarme unas carreras jugando al squash de vez en cuando o subir al Yelmo si se tercia. Vamos, que tengo a mis patichuelas en mucha estima, y ahora me he dado cuenta de la mucha falta que me hacen para seguir siendo la que soy, una no deportista nata que se obstina en encontrarle gusto a la cosa del moverse y sudar tinta. Así que tendré que pegarle codazos a mi conciencia cuando se ponga pesada y me susurre “Deberías estar currando, so vaga, que ya te vale, sentada como estás ahora podrías estar trabajando, igualito, parece mentira, tú, de baja, quien lo iba a decir… , la misma que se fue con gripe al día de estar en casa, cuando el médico le dijo que se quedara tres días de reposo, quien te ha visto y quien te ve… ni sombra de lo que eras”…

No he llamado a la oficina. Ni lo hice ayer. Ni lo haré mañana. La verdad es que no me reconozco. Y mi conciencia, tampoco.

Que le den.

A mi conciencia, digo.

Cuando eres una simple chupatintas de oficina (más bien golpeateclas y arrastrarratones…), y tu hábitat natural son los papeles (que, por cierto, me dan alergia… alergia a las hojas A4… ya me vale…), los archivadores AZ, las fundas multitaladro, los clips mariposa o el Tippex de tira, las emociones fuertes y los peligros laborales brillan por su ausencia. O casi. Es poco probable que te saltes un ojo, ni que te caigas por el hueco del ascensor, ni que te aplastes la mano con una máquina. Como mucho te cortarás con un folio, o te rebanarás el dedo con el cutter al abrir una caja demasiado bien precintada, o quizás te estrujes las narices contra la puerta de la cocina, creyendo que estaba abierta, como casi siempre. Pero si es así, te apañarás con las tiritas del botiquín del cuarto de baño, te tomarás una tableta de Paracetamol o Aspirina Efervescente y a otra cosa. Pero, ay de ti si eres de las que no haces remilgos cuando toca ayudar al de UPS con una caja demasiado aparatosa en lugar de quedarte mirando, o, literalmente, te remangas y tú solita, sin ayuda de nadie, como una machota, quitas de en medio ese bulto que alguien dejó en la recepción y que podría quedarse ahí hasta el día del juicio sin que nadie moviese un dedo, entonces, si eres así de eficaz y de “echá p’alante” , entonces pasa lo que pasa. Porque ese paquete pesa más de 40 kilos, y tú no recuerdas ni por asomo ese curso de Prevención de Riesgos Laborales que te dieron esa tarde tediosa e interminable en la empresa de trabajo temporal hace ya casi dos años, y al que asististe con la misma nula atención que a las explicaciones de los chalecos salvavidas en los aviones, y sólo después de dejar el bulto en su sitio, acalorada y con el aliento entrecortado, te das cuenta de que lo has hecho justamente de la manera en que nunca se debe hacer…

Pues eso, que pasa lo que pasa: que te haces daño, pero no te enteras hasta dos días más tarde. Empiezas notando la pierna rara, floja, como cuando llevas demasiado tiempo de pie. Y luego empiezas a cojear, pero sólo un poco. Y más tarde sigues cojeando, mucho más, porque te duele un montón, y al final del día eres incapaz de caminar recta, y se te estropea el fin de semana en el que ibas a montar a caballo por primera vez, y te da una rabia de la leche, y lo peor de todo, cada día te sientes más como una abuelita baldada.

Así que, después de una visita a urgencias este fin de semana y a mi inútil médico de cabecera ayer (¿por qué este hombre cada vez que voy a verle tiene que pedir a su compañero de al lado que venga para le cuente a él también lo que me pasa? ¿Tan difícil es diagnosticar una gripe, o una ciática? ¿Tan inseguro se siente?), al final me han mandado a casa. De baja. Por lo menos, hasta el viernes. Pero sólo después de ir donde tenía que haber ido desde el principio: a la mutua. Porque estoy así de jodida, ya oficialmente, por accidente laboral. Y me está bien empleado: por ordenada, por tiquismiquis, por autosuficiente, y por pardilla.

En fin, que voy a tomarme uno de esos relajantes musculares que dan amnesia. Hala. A ver si se me olvida lo tonta que puedo llegar a ser a veces...