Hay personas que nacen para mandar.
Otras están hechas para obedecer.
Pero a veces los papeles se invierten. Las circunstancias los cambian. O la suerte juguetea y lo vuelve todo del revés.

A los mandones a los que les toca agachar la cabeza y acatar órdenes les devora la humillación de verse abajo y la seguridad de que una terrible injusticia está privando al mundo de sus innegables dotes de mando. Harán lo que se les ordena, porque a fin de cuentas saben que no les conviene caer aún más bajo, pero lo que hagan lo harán siempre con ese rayo de odio en sus ojos ante quien les dirige. Porque sentirán que, sea quien sea su superior, es un ladrón: ése debería ser su sitio y el de nadie más. Y la impotencia les consumirá, porque siendo como es un líder nato ya no tiene poder suficiente como para evitar semejante desajuste de las leyes de la naturaleza.

Los dóciles que de pronto se ven con poder, aunque se lo hayan ganado a pulso, nunca terminarán de sentirlo del todo suyo. A pesar de que tengan legitimidad y capacidad para dirigir, la sombra de su pasado les acompañará siempre, como a los nuevos ricos que, a pesar de los millones y los Mercedes en el garaje, siempre serán mirados por sus antiguos iguales como destripaterrones muertos de hambre con las uñas tan negras como las suyas, y sin gracia ninguna para lucir la ropa de marca por mucho que se esfuercen. A quien siempre obedeció hasta que le tocó mandar le costará imponerse y hacerse respetar, sobre todo por los que le conocieron obedeciendo y de la noche a la mañana se encuentran a su igual dándoles órdenes.

El mundo está mal hecho. Porque hay personas que nacen para mandar, mientras que otras están hechas para obedecer. Porque eso puede cambiar, pero en el fondo nada cambia.
Aunque quizás el mundo no tenga culpa de nada, y los que estemos mal hechos seamos las personas.

Me gustaría pegar un salto en el calendario, desde este domingo hasta el siguiente, y esquivar una semana que se anuncia dura. Ajetreada e intensa, en lo que a lo laboral se refiere. Difícil y seguramente conflictiva. Una semana que si soy capaz de superarla sin haber mandado todo a freír espárragos, seguramente me convierta en alguien capaz de aguantar lo que me echen. Pero tengo mis dudas, porque me conozco lo suficiente como para saber que estoy al límite de mi capacidad de aguante. Tengo esa pesadez en el estómago, ese malestar general que invade todas las demás parcelas de mi vida, esa tristeza que se apodera de mí cuando las cosas no van como tienen que ir en ese sitio en el que tengo que pasar ocho horas diarias. Esa desazón que ha hecho, tantas otras veces, que presente mi dimisión de la noche a la mañana sin titubear, sin que me temblara el pulso al firmar la carta de baja voluntaria. Y sin derecho a paro. Con un par.

Pero tengo que aguantar, esta vez he de hacerlo aunque sólo sea por rentabilizar tanto trabajo, tantos sofocos y tanto sufrimiento como los que he soportado en el último año. Porque que termine tirando la toalla es justo lo que esperan algunos. Y quedarme, y seguir adelante, y no rendirme es exactamente lo que debo hacer si no quiero dar la razón a esos algunos, los causantes directos de mi desasosiego, la fuente directa de todos mis males. Pero no sé si el esfuerzo merece la pena.

Y lo malo es que, muy en el fondo, sí que lo sé, porque esa simple duda, plantearme si compensa o no el esfuerzo de seguir, ya es por sí misma toda una respuesta.

Me temo.

Duelen los golpes, todos. Y hacen daño siempre, porque la mayor parte de las veces lo de menos es su gravedad; no importa su profundidad, si son meros arañazos superficiales o cuchilladas hondas: el ser humano puede aguantar mucho más de lo que imagina. Lo que de veras provoca dolor, y marca, y mata, no es la puñalada en sí, ni el golpe bajo dado donde más duele, sino la mano que te acuchilla. Aunque la mayor parte de las veces lo que de verdad hiere de muerte sea la forma en que te atacan. Que sea algo inesperado, con una saña y un veneno que no concibes por injustos y desmedidos, y lo peor de todo, procedente de personas que jamás hubieses imaginado que podrían tratarte de ese modo.

Sí. Duele más la mano que hiere que la propia herida…

Estaba tan acostumbrado a ver siempre ciento volando que el día que logró tener pájaro en mano la cerró con tanta fuerza que la pobre avecilla pereció despachurrada.

Muchas veces me he preguntado el por qué de mi aversión al ejercicio físico. Yo era de las que suspiraban por tener un justificante médico para librarme de la clase de gimnasia, no digo más. Y me he resistido, y de qué manera, apuntándome (y yendo) a un gimnasio o a la piscina, pero al final lo he terminado por dejar. Pero lo peor no ha sido mi inconstancia, sino el no haber disfrutado en absoluto de la experiencia. Y la sensación de que, por más que mi voluntad quiera imponerse, mi rechazo es más fuerte. Supongo que es porque mi animadversión hacia el ejercicio físico está en forma desde hace mucho tiempo…

Y curiosamente, después de años con la incógnita de por qué no puedo con la actividad física, el domingo creo que descubrí al fin qué es exactamente lo que me repele de pensar en alguien (yo misma incluida) haciendo pesas o estiramientos, corriendo por un parque o haciendo pilates. Fue una revelación de esas tipo fogonazo: de pronto lo entendí todo. Me di cuenta de que yo no odio moverme porque sí, es más, me gusta la competitividad del deporte practicado (he descubierto con regocijo lo mucho que me gusta corretear y echar los bofes jugando al squash). Y si me remonto a mis años más tiernos, me recuerdo siempre yendo corriendo a los sitios, llámese panadería, papelería o para subir a cenar después de haber estado jugando a la goma en la calle, jamás andando. ¿Y por qué? Porque si corría llegaba antes: el correr tenía una utilidad. Era algo real, integrado en la acción de mi vida en ese instante. En fin: que de pronto, mientras sacaba la raqueta de la funda, y veía a mis vecinos haciendo flexiones y levantando pesas, comprendí que lo que más odiaba de lo que habitualmente se denomina “estar en forma” es el proceso. El hecho “artificial” de moverse o afinar un músculo como objetivo, no como consecuencia de algo propio de tu actividad normal, ni como utilidad de la vida diaria.

Así que, después de mucho tiempo dando vueltas a por qué me daba tanta pereza y asquito hacer ejercicio, creo que sé lo que me pasa:

Me gusta correr porque pierdo el autobús y alcanzarlo, pero es ponerme a hacer abdominales y empezar a bostezar y a preguntarme qué leches estoy haciendo. Me encanta sentarme con las piernas hechas un ocho, pero pocas cosas me resultan más ridículas que alguien haciendo estiramientos, no puedo evitarlo. Pocas cosas hay que me hagan disfrutar más que una buena caminata: es como si de pronto te dieses cuenta de que tú y tu cuerpo podéis llegar a cualquier parte con la sola ayuda de un par de zapatillas, pero jamás he podido irme a correr sin sentirme como una imbécil.

Me gusta jugar al squash porque es eso, un juego, en el que intentas que el otro no la dé y darla tú, y, si es posible, correr poco y que el otro corra mucho, y si puede ser, que tu contrincante se estampe inútilmente contra la pared y al final tampoco pueda pegarle a la pelota.

Pero sin dudarlo, aún hoy, si tuviera que ir al gimnasio por obligación, daría mi reino por un justificante médico que me eximiera de semejante condena…

Hay días en los que la fuerza de la realidad te golpea, te zarandea, te pega un par de leches bien dadas y de pronto paras, dejas de hacer durante un rato lo que estabas haciendo, abres los ojos y miras a tu alrededor. Y aunque lo que te rodea no ha cambiado respecto a hace un momento, ves las cosas de otra manera. ¿O quizás las ves al fin?

Y es que aunque no nos demos cuenta, el hecho de estar vivo es lo raro. Pero la vorágine de la rutina diaria hace que olvidemos lo frágil que es el hilo que nos mantiene unidos a la vida. Un corazón que late todo el rato… hasta que deja de hacerlo. Unos pulmones que funcionan sin que nos acordemos de que están ahí… hasta que el aire no es capaz de llegar hasta ellos. Y así con todo.

Hay días en los que de veras valoras que no te duela nada, esa sensación única de no sentir tu cuerpo sencillamente porque todo está en su sitio, haciendo lo que debe, y, en consecuencia, las alarmas no suenan. Días en los que te alegras especialmente de estar vivo, pero al mismo tiempo y paradójicamente, terminas quitando importancia a estarlo o no. No es que te dé igual morirte que seguir respirando, pero sí que te das cuenta de que morirse no tiene que ser tan malo, quizás sólo es jodido cuando la cosa es lenta y dolorosa, bastante injusto para los que se quedan y te van a echar de menos, y, eso sí, casi siempre inoportuno, y, en consecuencia, una putada las más de las veces. Pero la vida sigue, a pesar de nosotros y sin nosotros, y eso es tanto un alivio como una injusticia egoísta. Aunque el mundo se acabe cada día para todos aquellos que lo abandonan, nada se para, por nada ni por nadie.

Sin distinciones. Lo cual desasosiega, sí, pero tranquiliza bastante. Porque arrambla con todos: ricos, pobres, buenas personas, indeseables, grandes y chicos. Será por eso que la muerte, esa señora de la guadaña tan poderosa e implacable, escuálida y sin una brizna de carne en su esqueleto, luce en su rostro de calavera unas cuencas vacías, y no puede elegir a quién se lleva por delante…

¿Nos conoce alguien realmente? ¿Puede alguien ajeno a nosotros mismos, cuando ni siquiera a veces uno lo logra, llegar a descubrir cómo somos de verdad? No digo ya llegar hasta el fondo: a veces no es preciso bucear tanto, y simplemente rascar un poco en la superficie también logra confundir. Hasta la transparencia excesiva deslumbra y aturde. A veces uno no puede evitar pensar que no hay cristal cuando lo único que ocurre es que está excesivamente limpio. Y claro, con la tendencia generalizada a buscarle tres pies al gato, uno termina por no ver que el cuarto pie es eso, nada más que un pie, el cuarto, y no la cola del animal, ni ninguna otra ilusión óptica.

Yo creo que sí se puede conocer a los demás. Que sólo basta un poquito de atención y algo más, tampoco demasiado, de interés para llegar de verdad hasta alguien. De intentar aunque sólo sea un ratillo de salirse de uno mismo y olvidarse durante un rato del propio ego. De escuchar, en lugar de esperar su turno de palabra, sin atender a lo que dice al otro, porque bastante tiene uno con preparar lo que va a soltar inmediatamente después, mientras, eso sí, asientes cada cierto tiempo, abres los ojos desmesuradamente y exclamas "¿Sí? ¡No me digas! ¡Increíble!". De tomar en serio lo que merece ser tomado en serio, dosificando con el mismo buen pulso las bromas y las veras. Porque el que no sabe cuándo es el momento de decir ¡Basta!, no valora realmente el poder de la risa.

A pesar de que cada persona es un universo con vida propia, los sistemas solares se parecen mucho unos a otros. Pueden tener más o menos planetas, uno o varios soles, satélites montañosos o desérticos, pero en el fondo todos son lo mismo. Y es que, a pesar de nosotros, suele ser mucho más fácil. Todo suele ser mucho más sencillo, pero tenemos dificultades para verlo. A pesar de nuestro gusto por el embrollo, las cosas tienden a obedecer a una lógica tremendamente simple.

Y es que, aunque tenga malísima prensa decir algo así, en realidad nos pierde el gusto por movemos en los extremos. Porque, de hecho, todo es blanco o negro. O al menos, en lo que de verdad importa, los matices sobran.

Dicen que los temores más ocultos se manifiestan en los sueños,envueltos entre el calor de las sábanas, al abrigo de la noche, cuando bajamos la guardia. A veces lo hacen de manera simple y clara, mediante pesadillas brutalmente cristalinas, otras a través de extrañas metáforas, recovecos simbólicos a los que hay que buscarles el sentido, no siempre evidente. Parece que lo que más miedo nos da no somos capaces de formularlo ante nosotros mismos si no es flotando entre los vapores del sueño. Y es ese carácter medio irreal de lo soñado, el mismo que hace que no recordemos la mayoría de lo que ocurre mientras dormimos, lo que hace que la mayor parte del tiempo estemos a salvo de nuestros mayores terrores. Sencillamente porque pocas veces tenemos que enfrentarnos a nuestros miedos de cara, mirándonos directamente a los ojos.Yo tengo un sueño recurrente, al que no encuentro sentido, pero que me asalta cada cierto tiempo, con una claridad impetuosa que me desconcierta, porque a pesar de lo detalladamente que soy capaz de recordarlo cada vez, no puedo encontrarle su verdadero sentido. Y es que ¿acaso lo tiene seguir soñando, quince años después de haber terminado la carrera, que aún tengo asignaturas pendientes por aprobar? Cada cierto tiempo, me veo en mi antigua facultad, con mi carpeta y mis libros, asistiendo a clase porque no tengo todo aprobado. Otras, haciendo un examen que evidentemente no me sé, y me veo a mí misma dentro del sueño diciendo: "Pero si yo ya tengo el título en casa, ¿cómo voy a haber estudiado para este examen? Yo no debería estar aquí..." Es angustioso, y sobre todo, desasosegante. Porque sé que en esa obstinación de repetirse, una y otra vez, cíclicamente, cuando menos lo espero, y con esa claridad cortante, ha de tener un significado. Oculto. Enrrevesado. Y, si lo desvelase, quizás terrorifico...

Y es que las cosas que más miedo dan no tienen por que ser las más sangrientas o depravadas. La resistencia de las personas ante el dolor y el horror es casi infinita, nos estremeceríamos si pudieramos ver en los ojos de la gente que nos cruzamos en la calle cuántas historias escalofriantes llevan a sus espaldas mientras siguen su camino, algunos incluso con una sonrisa... Son esas pequeñas cosas inaprensibles que no podemos dominar, las que nos hacen sentir pequeños e indefensos, ésas que nos hacen ver lo débiles y vulnerables que seguimos siendo aunque ya seamos adultos, las que se manifiestan cuando menos podemos defendernos. Mientras dormimos, cuando hundidos entre las mantas y sintiendo el calor próximo de la persona que nos quiere, nos creemos a salvo de todo. Y quizás lo estemos. Durante unas horas robadas a la luz del sol. A salvo de las grandes catástrofes. De la adversidad. De la mala suerte.

Pero ¿cómo se protege alguien de uno mismo?

Desde que no tengo internet, me siento como cuando se va la luz: el mundo tiene otro color y el tiempo otra cadencia. El día podría durar más, pero dura menos. Los días se alargan y yo me acorto. A las nueve y media de la noche ya me caigo de sueño, y no tengo ni ganas ni fuerzas para ningún tipo de esfuerzo mental. Podría leer, pero apenas puedo centrar mi atención durante más de diez minutos cuando suelto el libro, aburrida. Podría escribir en vistas a tiempos peores, hacer un stock de posts para bombardear a mis lectores a mi vuelta o cuando vea que la inspiración me abandona. Podría al fin dedicarme a escribir un relato largo o una novela corta, pero no tengo ideas y las que tengo me parecen malas, y eso hace que cada vez me tenga menos claro que pueda hacerlo algún día.

Cuando era pequeña quería escribir esa novela antes de los 20 años. Luego, antes de los 30. Ya sé de sobra que no la escribiré antes de los 40. Lo de los 50, ya ni me lo planteo. A los 60, suena como actividad propia de taller anti-aburrimiento del hogar de la tercera edad.

Ni hijo, ni libro... Tendré que ir pensando en pasarme por un vivero a por un árbol...