Creo que, después de todo, he terminado por comprender de donde viene este desapego mio, año tras año màs y màs grande, por la cosa navideña. Yo, que era el espiritu navideño de la casa cuando era pequeña, la que movilizaba a mi madre para poner el àrbol, la que mandaba los christmas con tanta ilusion, la que deseaba y creia de verdad en esas cosas tan bonitas de la armonia y la paz universal, yo precisamente he terminado siendo lo màs parecido a una Mrs. Scrooge deseosa de que todo esto pase lo antes posible. El porqué lo estoy entendiendo ahora, aqui, precisamente en este lugar perdido de la Francia profunda. Rodeada de campo, abetos y nieve. Sumergida en lo mas parecido a una postal navideña. Y es que desde la que hoy es mi ventana, ahora mismo, en este instante, veo un abeto enorme, verde y blanco, y una gran explanada nevada, donde cinco niños corretean y se tiran bolas de nieve. Por ellos es por lo que tiene sentido decorar la casa, poner un àrbol y escribir postales. Por ellos no cuesta trabajo pensar en regalos y hacer paquetes primorosamente envueltos sin sentirse victima de una fiebre inutilmente repetida año tras año. Con ellos como pretexto tiene sentido todo. Ninguno de esos cinco niños es mio: ésa es la razon, no otra, de que la navidad sea para mi lo que ha terminado siendo. Un tiempo que, al igual que a las personas que han perdido a seres muy cercanos, solo sirve para poner mas de manifiesto su falta. Y me estoy dando cuenta de que es asi siempre, cada año, cada navidad de forma un poco màs virulenta: tan solo unos dias son capaces de dar al traste con un año entero de asumir lo que hay, de encontrar ventajas en lo que si se tiene en lugar de lamentarse por lo que falta, de lograr encontrar felicidad en lo que te ha tocado vivir. Un puñado de horas son capaces de hacer tambalearse a la estructura sobre la que se construye tu vida, que se te antoja fràgil, como una choza hecha con un puñado de juncos frente a un castillo inalterable con siglos de historia. Pero ese chamizo tuyo es tu hogar, en el que vives el resto del año, y en el que eres feliz...

Es ésta una época triste para muchos porque les recuerda lo que tuvieron, pero ya no tienen y nunca màs tendràn. Para mi también se ha convertido en un puñado de dias esperados con una cierta aprension, porque me muestran lo que no tengo y nunca tendré... Algo que el resto del año me importa poco, o me importa mucho menos, tan poco que apenas logra arañarme un poco el corazon, pero que ahora, no sé por qué, logra hacerme bastante daño. Y lo que es peor, hacerme sangre.

La Navidad, ajena a todo esto, sigue su curso. Y reflexionas, y llegas a la conclusion de que nada es bueno ni malo porque si, todo tiene la carga mortifera o sanadora que las circunstancias y nosotros mismos terminamos por darles. Los niños ya se han cansado de corretear sobre la nieve y ahora dibujan y colorean en el salon. Los regalos se amontonan por los rincones, abandonados a su suerte después de un primer momento de expectacion e interés: queda un año entero para jugar con ellos. Un año en el que, afortunadamente, ya no es Navidad. Y aunque tu hogar no sea un castillo con siglos de tradicion y antiguedad en sus muros, no te importarà. Puede que solo sea un chamizo fragil y vulnerable por los vientos y el espiritu navideño, una chabola silenciosa, sin carcajadas infantiles ni làpices de colores por los rincones, pero sabes que, pasada la marejada, resistirà. De nuevo. Como siempre. Porque quizàs tu chabola solo esté hecha de cuatro palos y un poco de paja, y no tendrà historia, ni una biblioteca con una chimenea, ni un escudo de armas milenario. Pero es tu casa, y alli eres feliz 360 dias del año. Porque es tu vida, la que te has creado con las cartas que te han tocado en la partida. Y ya se sabe, ni todo es la habilidad del jugador ni todo es la suerte...

Mientas tanto, sigue nevando fuera... Y lloviendo dentro.

Por cierto, Feliz Navidad a todos.

Ayer me fui a patinar sobre hielo. Sólo lo había hecho antes una vez, hará más de cinco años, y sólo recuerdo el frío que pasé y cómo no podía separarme de la barandilla si quería mantenerme en pie. Sin embargo, ayer no sólo no tuve nada de frío, sino que terminé, despacito y buena letra, eso sí, atreviéndome a aventurarme a la zona central de la pista, ahí donde, por el poco trasiego de los patinadores, el hielo está liso y perfecto cuando el resto de la pista, después de una tarde entera, es un auténtico granizado de limón. No tengo nada de estilo patinando, evidentemente, es más, tiendo a usar sólo una pierna para impulsarme, temo como un chubasco que se me echen encima los expertos que hacen piruetas y van marcha atrás, pero me mantengo en pie y avanzo, y lo más importante, me lo pasé muy bien y me quedaron ganas de volver pronto a calzarme los patines.

La pista estaba repleta de adolescentes. Yo tengo treinta y ocho años, y algunos de los chicos que se lanzaban entre risotadas por la pista podrían ser hijos míos, pero no me sentí fuera de lugar. A veces creo que, a destiempo, con una especie de jet-lag vital, estoy experimentando cosas que debería haber vivido en su momento, pero que no tuvieron lugar entonces y me están sucediendo ahora. Porque tenían que sucederme. Y yo no las esquivo.

No vivo cada día como el último, aún no he llegado a destilar hasta ese punto la esencia del Carpe Diem. Pero sí que intento que la vida no pase sobre mí, sino pasar yo por la vida.

Aunque sea deslizándome, medio tambaleándome, sobre un par de patines de hielo...


Ultimamente ninguna melodía que escucho logra atraparme. Ninguna canción, ni siquiera mis preferidas, ésas que en otros momentos he adorado, que han hecho de mí lo que soy, ni ésas logran mantener mi atención. Ninguna música de las infinitas que nos rodean tiene poder suficiente como para sacarme del aburrimiento, del hastío, de la dejadez. Y es que ni siquiera soporto lo que parece ser la única solución en esos casos: el silencio.
En esos momentos, cada vez más frecuentes, me he dado cuenta de que siempre queda J.S. Bach…
Aunque me pregunto si será que ahora cualquier cosa que escuche después de haber descubierto a Johann Sebastián, es incapaz de atraparme, todas las canciones me hastían, me aburren, y nada logra mantener mi atención.

No me canso de escuchar los Conciertos de Brandenburgo…

Hay gente que te aborda con un “Tienes mala cara. ¿Te pasa algo?”. Y a ti, mira por donde, hoy no te pasa nada. Así que te toca argumentar y justificar tu cara normal y corriente, tu estado absolutamente neutro, ni feliz ni dicharachero quizás, pero tampoco especialmente tristón ni alicaído, simplemente con la mente un poco más ocupada y concentrada que de ordinario. Pero ellos insisten. “¿De verdad? ¿En serio que no te pasa nada?”. Pues no, chiquillo, que no, que ésta es mi cara de todos los días, y si es mala imagínate cómo se me va a ir poniendo si sigues insistiendo y preguntando si me pasa algo. Inútil: el empeño por sonsacarte algo que no existe persiste, con una energía inagotable, casi centrífuga, hasta que tu paciencia va colmando su medida y al final sí, termina poniéndosete mala cara, una cara pésima, cara de perro loco y asesino, a punto de abalanzarte sobre su yugular, a ver si así se calla al ver que sí, que te pasa algo y el único culpable ha sido él. Y es en ese momento, cuando ya ha logrado sacarte de quicio o ponerte de un mal humor agrio y absurdo por lo inútil cuando al fin se calla y se va, convencido de su buen ojo al detectar las penas ajenas, aunque algo mustio por no haber podido ayudarte…

Y es que el camino del infierno está lleno de buenas intenciones…

Al final caí: compré un paquete de Christmas. Y los terminaré mandando, como siempre, a pesar de que, de nuevo, sea incapaz de ser original y de escribir en ellos algo más que eso de “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo” (¿dónde se queda mi creatividad cuando me pongo delante de una tarjeta navideña?). A pesar de que los enviaré sin gana ninguna, sin ese chispazo de entusiasmo ilusionado que antes me llevaba a esperar con ansia ese momento, buscarlos, elegir los más bonitos, hacer la lista de gente a la que mandarlos, comprobar las direcciones, comprar los sellos y, finalmente, echarlos al buzón, teniendo en cuenta la fecha más indicada para que llegasen en el momento justo y para esperar respuesta de todos ellos, aunque no fuera más que por corresponder educadamente a mi gesto de elegirles a ellos para recibir los míos.

Pero el círculo se reduce, y este año, de un paquete de seis me sobrará uno. Seguramente, tres de las personas a las que se los envío me envíen otro de una manera tan automática, desapasionada y utilitaria como yo lo hago: para evitar romper un hilo demasiado largo ya, pero en absoluto resistente. Un hilo, el de E., se remonta a mis 14 años, casi nada; un hilo largo, largo… y maldito lo que valgo, porque creo que la última vez que nos vimos fue, por casualidad, en 1997. El hilo que me une a M. y M.J. se estableció en mis tiempos de universidad y se mantiene precariamente tenso gracias a la celebración de nuestros tres cumpleaños. Los otros dos, D. y J., seguro que se alegrarán de verdad de recibirlos, seguramente porque no los esperan, y creo que sólo por eso se los enviaré con unos cuantos átomos de algo parecido a la ilusión.

Mierda de Navidad.

Cada año que pasa, tengo menos espíritu navideño. Será porque no tengo niños cerca y las visitas a Cortilandia o a los puestos de artículos de broma a la Plaza Mayor quedan muy, muy lejos, allá en los tiempos en que mi hermano era un mico que no podía perderse ni un solo año el espectáculo navideño de El Corte Inglés y que adoraba los petardos y los paquetes de chicles que te pillaban el dedo al coger uno. Será porque el tiempo te quita ilusión y te da pragmatismo, y los centros comerciales y las tiendas cada día me dan más pereza y más agobio. El caso es que, limpia de cualquier principio religioso que, tiempo atrás, pudo haberme hecho pensar en estas fechas como en algo especial, ni siquiera me queda el recurso del consumismo salvaje: no me hace ilusión alguna “pedirme” nada para Reyes, ni que me regalen nada en concreto. O lo tengo todo, o no me hace falta gran cosa. Regalar a los demás me parece una obligación que me calienta la cabeza ya desde octubre (es que “es” una obligación), lo cual le quita bastante encanto al asunto. Ni siquiera me hace ilusión ya lo de envíar y recibir postales navideñas: lo que antes me encantaba ahora me provoca un hastío indecible. Me parece una hipocresía y un sarcasmo desear a alguien felicidad una vez al año por decreto y no ser capaz de decirle a esa misma persona, pongamos, un 5 de julio, que la quieres, o que crees que se merece una vida mejor, o que es estupenda cuando es eso lo que sientes y lo que necesitaría oír.

Creo que lo único que me hace desear la llegada de diciembre es visitar a esa parte de la familia a la que, por lo lejos que está, sólo puedo ver una o dos veces al año. Y si espero con ganas que las fiestas lleguen para que pasen de una vez es también por esa idea tan infantil e ilusa de “Año nuevo, vida nueva”...

¡Ah! Y por la posibilidad de estrenar agenda…

Me gustaría lograr hablar de mi cotidianeidad como lo hace Amanda. Dando detalles sobre mi día a día, pero no sé: supongo que me puede el pudor, aunque luego termine hablando de aspectos míos realmente profundos.

Me encantaría conseguir el toque poético de Audrey. Ese encanto que desprende, tan similar al de su homónima Hepburn. Pero supongo que con eso o se nace o nada…

Me gustaría tener más tiempo y tener otro blog: uno de recetas, tan chulo y útil como Algo se cuece. Pero ya me cuesta trabajo encontrar un hueco para mantener decente éste…

A veces me da un poco de envidia Donna. Porque me recuerda a esas damas de la ilustración, cultas y refinadas, que convocaban a su alrededor a lo más granado de la cultura de su tiempo, en tertulias y banquetes de preciosas casas de campo. Los aristócratas que se sientan a su mesa son igual de inteligentes y brillantes, y la adoran, besan el suelo por el que pisa…, aunque no sean marqueses, ni condes, sino que respondan por nombres tan dispares como Ernesto o el señor de Portorosa.

Los que me dan no un poco sino muchísima envidia son Dwalks y Would. Ofrezco mi brazo izquierdo y el dedo meñique del derecho por encontrar un día un compañero de curro con el que me lleve la mitad de bien que parecen llevarse ellos… Y la uña del dedo gordo del pie por saber contar con esa gracia y ese salero lo que haces en un día en el que no haces nada, sino levantarte a las tantas y vegetar en casa de tus padres junto a tu hermano. Chapeau, Mr. Dwalks (sin desmerecerte, Would, pero descubrí antes a Dwalks, lo siento…).

Mirar el blog de Gonzalo es una angustia permanente, porque nunca sabes cuando lo vas a encontrar vacío. Pero también te hace disfrutar más que nadie del Carpe Diem cuando escribe. Quizás ese post tan logrado sea el último… Saboréalo. Y mañana… ya se verá.

Leer al Indeciso es sentirme un poco menos pesada y cansina: al menos hay alguien que habla de su trabajo tanto como yo, si no más. Odio ponerme tan monotemática, pero es un tema que me preocupa, me invade y me trastorna… Pero ya se sabe, mal de muchos…

Jesús CieloVacío, Zoldado y RojoDos fueron de los primeros blogs que leí, cuando apenas sabía qué era exactamente una bitácora. Y terminaron siendo de esos que terminas leyendo íntegramente, con esa furia descubridora de los primeros momentos. Queriendo parecerte a ellos. No consiguiéndolo. Admirándolos siempre.

El otro Jesús, el de Cromagnon, consigue cada día (y digo “cada día”, sin excepción) conmoverme, admirarme y hacer que me sienta feliz de poder leer lo que escribe. Todo un mérito cuando cada día soy más crítica con mis lecturas y menos libros logran atraparme… Porque lo que Jesús escribe es literatura. Y mucho mejor que el 90% de lo que circula impreso por ahí.

Me encantaría tener el fino humor y la ironía de Joi. Y su concisión. Avasallador y brillante.

De Malasanta admiro su manera de valorar lo que tiene. Quizás algún día se dio cuenta de que aullar a la luna por lo que te falta sólo consigue que te pierdas disfrutar de eso que te espera en casa…

Montag… ¿Qué puedo decir de ti, mi querido Montag? Afortunadamente, nadie le hizo caso cuando suplicaba que le dispararan. El diría que fue porque nadie se paró a escucharle. Yo diría que aparecí ante él como uno de esos polis negociadores que, con palabras tranquilizadoras, se acercan al criminal loco y desquicidado y logran quitarle la pistola o conseguir que se baje del borde de la terraza…

Me encantaría tener un poco del encanto y el buen rollito que a Nepomuk le desborda por los poros. Pero creo que tiene tantos admiradores que a mi me tocaría un átomo o dos, como mucho, si se pusiera a repartirlo… Así que me conformo con leerle.

Admiro la versatilidad de MH: lo mismo te hace un post lleno de contenido político como que te cuenta lo que ha hecho su hijo en el colegio. En la variedad está el gusto.

Me gustaba leer al Tipo Raro, por eso: por lo peculiar que era. Y digo “era”, porque ahora es cada día un poco menos raro. Mal que le pese. Pero no se puede tener todo. Un hijo bien vale perder un poquito de rareza, ¿no?

Trapo es todo ingenio y chispa, gracia y sentido común. Creo que no hay ni un solo post en mi blog, camino de cumplir su tercer año, que esté a la altura de su post menos ocurrente. Por eso, cuando no se me ocurre qué escribir, jamás paso a ver qué ha escrito él: ver el partido que él saca de la idea más simple mientras yo me devano los sesos hace que me sienta mucho más estúpida…

Uma es amiga de Dwalks. ¿Qué mejor tarjeta de presentación? Menos verborréica, pero con ese mismo toque de buenrollismo, de vida plena y de positivismo. Y nunca está de más refrescar el inglés…

Cada día me asomo a sus ventanas, con curiosidad y, sobre todo, con admiración. Y con gratitud. Mucha gratitud. Sintiéndome privilegiada por conocerles. Sabiéndome afortunada por haber llegado hasta ellos.

Gracias.

La semana ha pasado, todas lo hacen, incluso las que son como ésta, que yo, con razón temía tanto. De hecho, mi fin de semana ha empezado hace unas horas, justo después de comer. Trabajar un sábado o un domingo es algo extraño… Una putada, por supuesto, pero sobre todas las cosas algo muy raro y peculiar. La oficina tiene una atmósfera muy diferente. Ese silencio… donde todo suena diferente. Hasta el olor.

Perder mi viernes noche, mi sábado entero y medio domingo trabajando no ha solucionado el problema, tal y como era de esperar, sólo me ha mostrado más crudamente las dimensiones mastodónticas que ya intuía. Me ha hecho ver más claro, si cabía, que estoy en un callejón sin salida, del que nadie puede sacarme, salvo con un helicóptero… Pero me temo que los equipos de rescate no vendrán, y seré yo quien siga buscando inútilmente una forma de arreglar algo que no tiene solución. Me siento como si me hubiesen dado una cucharilla de café, el desierto del Sahara y la misión de no dejar ni un solo grano de arena. Sé que es imposible, pero mi manera de afrontar mis obligaciones me impide devolver la cucharilla, dar media vuelta y largarme. Y ahí sigo, y seguiré, dale que te pego, intentando beberme el mar, intentando lo imposible…

Y una nueva semana empieza dentro de un rato…